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La vida buena, según Jorge Riechmann

/ Éticas del medio ambiente / Vicent Yusá /

Jorge Riechmann (Madrid, 1962), profesor de  filosofía moral y política en la Universidad Autónoma de Madrid, además de poeta y activista en el campo del ecologismo, es uno de los representantes españoles más destacados del ecosocialismo, una corriente de la ecología política que proporciona a la ecoética un componente social y analiza las crisis ecológicas teniendo presente sus implicaciones socioeconómicas: una posición en la que convergen la crítica ecológica a la sociedad industrial y la crítica socialista, marxista, al capitalismo. Sus posiciones ecosocialistas tienen como base una permanente preocupación por dar respuesta a la pregunta «¿cómo vivir?», y por lo tanto se interroga sobre los ingredientes que conforman la vida buena, la felicidad.

Tres son las premisas de las que parte en su disección de los contenidos de la vida buena. La primera es la consideración de los seres humanos como seres naturales, finitos y vulnerables (naturalismo); la segunda, con la que trata de descartar concepciones de la felicidad ligadas a la tradición cristiana, es la dimensión terrenal del ser humano, su inmanencia. Y en tercer lugar, una concepción de la ética como ética socio-política; la existencia de una continuidad entre ética y política.

Simplificando la concepción de Riechmann sobre la vida buena, esta se configura alrededor de los siguientes ejes: 1) Adecuación y egocentrismo, 2) Tiempo y 3) Capitalismo.

Adecuación y egocentrismo

    Asumiendo una perspectiva epicúrea, nuestro autor considera que un componente necesario de la felicidad es la adecuación entre lo que se es y lo que se quiere ser, sin que esto implique evadirse de los problemas y la renuncia a combatir la injusticia. Una adecuación que necesariamente implica la autoaceptación y un cierto equilibrio entre expectativas y logros: una apuesta por centrar la felicidad en lo posible, sin fantasmagoría. Esta adecuación debe sostenerse, sin duda, sobre la tríada que frecuentemente se ha asociado a la felicidad: tener/amar/ser. Son necesarias unas condiciones materiales mínimas, tener cubiertas las necesidades básicas de alimentación, vivienda, educación, salud, ingresos, trabajo. Por otro lado, las relaciones personales, la amistad, la integración social, se incluiría en el amar. Y el ser se entiende como autorrealización, desarrollo de las capacidades y florecimiento humano (por ejemplo, a través de la cultura). Una vez cubiertas las necesidades básicas, debería privilegiarse el hacer y el ser frente al tener, y evadirse del peligroso juego de las comparaciones y la obsesión por alcanzar bienes posicionales; esos bienes que no sirven para la satisfacción de necesidades materiales directas y están vinculados a la satisfacción del ansia de prestigio y del estatus social. Alejarse de una concepción de la felicidad como consumo imparable de bienes y servicios, que en definitiva es la propuesta de la felicidad productivista-consumista por la que aboga el capitalismo.

    En aras de la felicidad conviene, además, disminuir el egocentrismo. Evitar que nuestros deseos sean el centro de nuestro comportamiento, confundir los deseos con la realidad. Es necesario aprender a limitar los deseos y preferencias y prestar más atención a los demás: «distanciarse de sí mismo resulta una capacidad necesaria para vivir bien». Aconseja Riechmann, en clara sintonía con los maestros sapienciales de Oriente, proceder a la «relativización y descentramiento del ego», ya que defender y reforzar el ego suele producir crueles males. Es cierto que es imposible vivir en el mundo fuera de nuestra subjetividad, pero no es necesario «ordenar el mundo en torno a esta subjetividad».

    Tiempo

      Sostiene Riechmann, en concordancia con otros muchos pensadores, que la felicidad exige otra forma de vivir el tiempo; la vida buena reclama evitar esa patología occidental que significa la incapacidad de vivir en el presente, de vivir de espaldas al presente, permanentemente recordando, con nostalgia (pasado) o marcándose metas y haciendo proyectos (futuro): «prestar más atención al camino y menos a la meta». Ligada al presente estaría la necesidad de «mantener la capacidad de sorpresa, y luchar contra los mecanismos de habituación». Se trata de disfrutar de aquellos bienes que se han denominado negativos, es decir, los que solo valoramos cuando los hemos perdido, y que por ser habituales y cotidianos no reparamos en los mismos y por lo tanto no los disfrutamos en positivo.

      Vivir más en el presente conlleva realizar actividades que se valoran por sí mismas, que no son instrumentales para otros fines y metas («hago A para lograr B para lograr C»), las denominadas actividades autotélicas. Lo aconsejable, nos propone Riechmann, es convertir actividades que en principio no pensaríamos que tienen valor en sí mismas (por ejemplo, cocinar, limpiar, o incluso, para muchos el propio trabajo) en actividades autotélicas a través de la atención y la dedicación: hacerlo por el placer de hacer las cosas bien. En definitiva, hay que evitar la desvalorización del presente, vivir menos de proyectos y deseos y ser capaces de vivir más en el momento presente, de valorar con más energía lo que acaece, «vivir desde la perspectiva del Ahí». El disfrute de vivir exige lentitud: saborear cada bocado en la comida, demorarse en cada palabra en la lectura, vivir cada momento en las relaciones personales. Y todo lo resume en una palabra: Ahí.

      Naturalmente, recuerda Riechmann, «vivir en el ahora» no es la banalidad del «vivir el momento», del presente permanente que nos propone el capitalismo de consumo, de un carpe diem preñado de propaganda comercial y consumista.

      Capitalismo

      Jorge Riechmann asegura que «la producción más importante para el capitalismo es la producción de insatisfacción». En la medida en que estamos insatisfechos, consumimos más, demandamos más mercancías: el capitalismo es enemigo de la felicidad, de ahí que los «partidarios de la felicidad humana no pueden ser sino anticapitalistas». Para nuestro filósofo-poeta, el capitalismo reduce y deteriora las posibilidades de vida buena: propicia el agotamiento de los recursos y el deterioro de los ecosistemas, genera una mercantilización generalizada, incrementa las desigualdades y una exclusión de bienes básicos para amplias capas de la población mundial, y propicia una antropología (Homo economicus) errónea y perniciosa.  En este sentido, y dados los múltiples nexos entre desigualdad e infelicidad, los partidarios de la felicidad humana, de la liberación social y de la sustentabilidad ecológica han de promover la reducción de las desigualdades.

      Sobre este sustrato ético de vida buena se asientan las concepciones ecosocialistas de Jorge Riechmann, una visión de la ética ambiental que aunque posee elementos comunes con las doctrinas biocentristas o ecocentristas defendidas, entre otros, por Aldo Leopold o Arne Naess, considera que no solo es necesario una nueva conciencia, una nueva visión del mundo y del ser humano y de su relación con la naturaleza para combatir la crisis ecológica, sino que plantea además la necesidad de cambios sociales profundos, de una mayor justicia en la distribución de los recursos que supere las actuales relaciones sociales de dominación, y por lo tanto aboga por la necesidad de superar el capitalismo como condición necesaria para evitar el colapso civilizatorio.

      En un próximo artículo abordaremos con detalle esa concepción del ecosocialismo según Riechmann.


      Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad.

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