Éticas del medioambiente

La ética medioambiental de Aldo Leopold

«Carecemos de una ética del medioambiente que, mayoritariamente asumida, impulse la reorientación del sistema económico-político para frenar la crisis ecológica», lamenta Vicent Yusá en este artículo que inicia una serie sobre diferentes propuestas en ese sentido. Esta primera entrega versa sobre el ingeniero forestal, profesor y preservacionista americano Aldo Leopold, quien abrió una nueva dimensión de la ética que concedía un valor objetivo a la naturaleza, que merecía respeto por sí misma y que no debía ser considerada como una fuente inagotable de recursos que pudiéramos depredar sin límites.

/ Éticas del medio ambiente / Vicent Yusá /

Una de las características más definitorias de nuestro tiempo es que estamos inmersos en una era de policrisis, como bien ha señalado Naciones Unidas en su Informe de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2023. Los conflictos bélicos, el cambio climático, los millones de desplazados y refugiados como consecuencia de la violación de los derechos humanos, el aumento de la deuda externa de los países en desarrollo, entre otros, configuran un panorama alarmante que pone en peligro el progreso mundial para alcanzar los objetivos de la Agenda 2030, «el modelo más claro de las aspiraciones de la humanidad».

Una de las crisis más relevantes es sin duda la ecológica, en sus diferentes vertientes climáticas, con incrementos notables de la desertificación y la contaminación o la perdida galopante de biodiversidad. En palabras del propio informe,

«la crisis climática está empeorando a medida que las emisiones de gases de efecto invernadero continúan aumentando. El último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático concluye que la temperatura mundial ya está 1,1°C por encima de los niveles preindustriales y que es probable que alcance o supere el punto de inflexión crítico de 1,5°C para 2035. Las olas de calor catastróficas y cada vez más intensas, las sequías, las inundaciones y los incendios forestales se han vuelto demasiado frecuentes. El aumento del nivel del mar amenaza a cientos de millones de personas en las comunidades costeras. Además, el mundo se enfrenta actualmente al mayor evento de extinción de especies desde la era de los dinosaurios y los océanos se vieron cargados con más de 17 millones de toneladas métricas de contaminación por plástico en 2021, con proyecciones que muestran que probablemente se dupliquen o tripliquen para el año 2040».

La crisis ecológica nos enfrenta con la idea de progreso vigente desde la Ilustración y con un sistema económico basado en el crecimiento permanente que tiene su peor secuela en la generación de la vigente crisis ecológica, la destrucción de la Naturaleza, que lejos de mitigarse se agrava con el paso del tiempo. Quizá la incapacidad para afrontar esta crisis desde las coordenadas internas del sistema económico o mediante las dinámicas políticas vigentes, se vea además dificultada, o imposibilitada, por una carencia palmaria de un adecuado soporte ético que permita a los ciudadanos un mayor juicio crítico sobre el actual estado de cosas.

Es como si las éticas imperantes en nuestra sociedad (ética de las virtudes, utilitarismo, ética kantiana), al menos en su formulación más clásica, no fuesen lo suficientemente potentes para impulsar los cambios de valores necesarios para que la economía y la política corrijan su orientación destructiva de la naturaleza. En algunos ámbitos, las éticas convencionales del mundo occidental han impulsado, con pretensión de universalidad, aspectos claves para la mejora de la sociedad humana: por ejemplo, los derechos humanos o los derechos de la mujer. Una ética centrada en la dignidad humana ha permitido avances indudables en esos campos. No está ocurriendo lo mismo con la protección del medio ambiente. Todo lo contrario, carecemos de una ética del medioambiente que, mayoritariamente asumida, impulse la reorientación del sistema económico-político para frenar la crisis ecológica.

Sin embargo, desde los años cincuenta del siglo pasado se ha ido desarrollando un amplio abanico de éticas ecológicas que tratan de responder a las cuestiones básicas de cómo los humanos deben entender y relacionarse con el medio ambiente sin que implique su destrucción, y que nos pueden servir, de modo individual y colectivo, en ese rearme moral necesario para afrontar la crisis ecológica. Quizá la ética pionera en ese campo (al margen de las éticas convencionales del mundo moderno) sea la formulada por el ingeniero forestal, profesor y preservacionista americano Aldo Leopold (1887-1948).

Su obra principal, A Sand County almanac (Un almanaque del condado Arenoso), publicada póstumamente en 1949, está en los orígenes del ecologismo americano. Se trata de un conjunto de ensayos en los que Leopold se muestra como un apasionado admirador de la naturaleza silvestre, a la que observa con profundidad y precisión científica a la vez que realiza apreciaciones estéticas de enorme sensibilidad sobre prados, ríos, animales, plantas, montes, bosques o aves. Pero además de está mirada científico-estética, son sus juicios y razonamientos morales, en parte derivados de la irrupción atropellada y utilitaria de la civilización en el mundo natural, con su correspondiente reguero de destrucción de la flora y fauna primigenia, la que eleva sus apuntes sobre la naturaleza a reflexión ética, a la formulación de una ética ecológica.

Leopold compró una granja improductiva y en estado ruinoso en una zona denominada Los Condados Arenosos, en el centro del estado de Wisconsin. Su intención en ningún caso era poner la granja en producción, sino poder aplicar sus ideas y técnicas de restauración ecológica para recuperar unos suelos degradados por una agricultura y una ganadería poco atentas a la conservación de la tierra. Esta dedicación y sus reflexiones sobre la erosión y de la biodiversidad originaria son la semilla de su obra. El pensamiento de Leopold evoluciona desde la visión de un joven ingeniero forestal eminentemente productivista, preocupado por el rendimiento en madera de las plantaciones y por favorecer las especies más rentables frente a las originarias, a la de un conservacionista con una visión holística de la naturaleza, donde es el ecosistema como un todo el que cobra relevancia y se aleja, por lo tanto, de la visión de la naturaleza como un mero recurso económico. Su pensamiento evoluciona del mercantilismo al ecologismo. La Naturaleza adquiere valor por sí misma, no en función de los servicios o el rendimiento económico que puede prestar al hombre.

Leopold ve en ciertas formas de progreso, en sus excesos, un evidente peligro para la preservación de los espacios naturales silvestres. Tiene una especial visión crítica de lo que en su época eran los inicios expansivos de la industria del turismo:

«El consenso establecido dice que la vuelta a la naturaleza es una buena cosa para la gente. Se comenzó a observar que cuanto mayor era el éxodo, menor la ración per cápita de paz, soledad, vida silvestre y paisajes, y más larga la migración hasta alcanzar esa exigua tajada […] Homo sapiens ha dejado de gandulear bajo su propia higuera y su propia viña; ha llenado su depósito de gasolina con la fuerza motriz almacenada de incontables criaturas que a lo largo de los milenios no dejaron de menearse, abriéndose paso hacia nuevos pastos. El ser humano cubre los continentes como una invasión de marabunta […] El desarrollo de posibilidades de esparcimiento no es cosa de construir carreteras hacia los amables paisajes, sino de construir receptividad en la mente humana todavía poco amable».

Pero es en el capítulo «Ética de la tierra» («Landethics») donde de modo más filosófico, y por primera vez en Occidente, se formula una nueva ética ecocéntrica, alejada de las éticas convencionales marcadamente antropocéntricas. En el inicio del capítulo, Leopold nos recuerda el episodio de la Odisea en el que Ulises, a su vuelta a Ítaca, «colgó de una soga a una docena de esclavas domésticas, de las que sospechaba una mala conducta durante su ausencia». Y nos señala que en ese momento esa acción no era considerada una acción contra la justicia ni contra la moral, ya que las esclavas eran meros «enseres domésticos» de su propiedad, y disponer de la propiedad de manera discrecional era, como lo es hoy, algo legítimo que no implicaba un reproche moral. La historia de la ética ha sido una historia de ampliación del círculo de la moral, de modo que, paulatinamente, los esclavos, los extranjeros, todos los hombres, han ido incorporándose a la consideración moral. No obstante, apostilla Leopoldo, «hasta ahora, no hay una ética que se ocupe de la relación del hombre con la tierra y con los animales y plantas que crecen sobre ella. La tierra, como las esclavas de Odiseo, es solo propiedad. La relación con la tierra sigue siendo estrictamente económica, y acarrea privilegios, pero no obligaciones.

Es este el eje central de la propuesta ética de Aldo Leopold, de su Ética de la Tierra: ampliar el círculo de las éticas convencionales, antropocéntricas, en las que los seres humanos son la sede y la medida de todo valor e interés, y propiciar un cambio de paradigma en el que el conjunto del medio ambiente, tanto el biótico como el abiótico, en definitiva, el ecosistema, tenga relevancia moral, sea el nuevo centro de la ética.

«La ética de la tierra, sencillamente, extiende las fronteras de la comunidad para incluir los suelos, las aguas, las plantas y los animales: dicho de un modo colectivo, la tierra […] Una ética de la tierra, por supuesto, no puede impedir la alteración, la gestión y el uso de esos “recursos”; pero afirma su derecho a continuar existiendo y, al menos en algunos puntos, a continuar existiendo en estado natural».

Vemos, por lo tanto, que no estamos frente a una posición radicalmente enfrentada al progreso, a la industrialización. Leopold no aboga por una vuelta a estadios primitivos de la civilización, sino que denuncia los excesos, la visión estrictamente economicista, el seguir considerando la naturaleza únicamente en términos de los fines e intereses humanos, sin considerar su valor intrínseco y la necesidad de su preservación. En términos ecológicos, el hombre es un miembro más del «equipo biótico», y la conservación de la naturaleza requiere «un estado de armonía entre los hombres y la tierra». Leopold aboga por un cambio ético y considera que solo es posible si se produce una modificación profunda de los valores, intereses, afectos y convicciones que recibimos en nuestra educación, que a la vez debe fomentar la comprensión ecológica de la tierra. El sistema educativo, y también el sistema económico, viven de espaldas a la naturaleza, no tienen un vínculo con ella: la tierra «es solo un espacio entre ciudades donde crecen las cosechas». Asegura, además, que:

«El pivote que hay que mover para poner en marcha el proceso de evolución que conduciría a una ética de la tierra es simplemente este: dejar de pensar que el uso adecuado de la tierra es solo un problema económico. Examinar cada cuestión en términos de lo que es correcto desde el punto de vista ético y estético, además de lo conveniente económicamente. Algo es correcto cuando tiende a preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. Es incorrecto cuando tiende a otra cosa».

Aldo Leopold abre una nueva dimensión de la ética que concede un valor objetivo a la naturaleza, que merece respeto por sí misma y que no debe ser considerada como una fuente inagotable de recursos que podemos depredar sin límites. Sólo deteniendo el conflicto naturaleza/humanidad, a través de anular los privilegios absolutos del hombre, será posible detener la crisis ecológica.


Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Actualmente realiza estudios de filosofía.


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2 comments on “La ética medioambiental de Aldo Leopold

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