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Año sabático o la novela de un ocioso

/ una reseña de Carlos Alcorta /

El problema del género viene de lejos. Basta recordar las discrepancias que suscitó, y aún suscita, adscribir La Celestina en el género teatral o en la novela. Por otra parte, el psiquiatra y psicoanalista francés Jacques Lacan, por ejemplo, afirmaba que sus expedientes médicos eran, en realidad, novelas y él mismo se convirtió en un personaje de novela: «Uno acaba siempre por convertirse en un personaje de la novela que es su propia vida», afirmó. José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963), autor de una excelente obra poética integrada por doce títulos, novelista y autor de relatos, ensayista cuyo núcleo de interés en torno al cine, preferentemente, y consumado diarista, publica ahora Año sabático para el subtítulo de La novela de un ocioso, pero ya en las palabras previas, advierte el lector que «si el posible lector […] concluye que se trata de un diario, no seré yo quien le contradiga» y unas líneas más adelante afirma que «el diarista que presta su voz a estas anotaciones no necesariamente se corresponde, en su exacta verdad biográfica, con la persona del autor», como, por otra parte, ocurre en toda escritura, pues el mero hecho de escribir ya supone penetrar en el territorio de la ficción. Practica, pues, el autor en este libro «una libre combinación más o menos fantasiosa de acontecimientos reales»; y a esto, «algunos lo llaman “novela”».

José Manuel Benítez Ariza

Mencionaba al principio de estas líneas La Celestina, y de nuevo tengo que traerla a colación, porque ambas obras estructuralmente comparten la idea de incluir un breve resumen de lo que vamos a leer a continuación: los veintiún capítulos en la obra de Fernando de Rojas y cada uno de los doce meses en los que está dividido el libro de Benítez Ariza. Comienza este en septiembre y la narración está organizada en forma de entradas de diario. Incluso los personajes que aparecen carecen de nombre propio: están referenciados con las clásicas iniciales o con las socorridas X, Y y Z, algo que, he de confesar, me resulta un tanto incongruente, sobre todo si la intención es leer estos textos como novela. ¿No hubiera podido el autor, por ejemplo, dotarles de referencias concretas imponiéndoles nombres ficticios? Es, por supuesto, una opinión, pero, como escribe Unamuno, «… ¿y para qué tiene el lector que ponerse de acuerdo con lo que el escritor le dice? Por mi parte cuando me pongo a leer a otro no es para ponerme de acuerdo con él. Ni le pido semejante cosa».

Haciendo esta salvedad, a lo largo de estas casi novecientas páginas, Benítez Ariza va dando cuenta de su cotidiano discurrir; un discurrir que se desarrolla entre libros, alrededor de la literatura: «Hay dos clases de mala literatura: la que lo es por insuficiencia, digamos, o por falta de vuelo, o por obedecer a exigencias de muy limitado alcance, pero que, por eso mismo, cumple su función, que no es otra que satisfacer los gustos de los lectores también muy limitados». Especialmente, la poesía , la pintura, el cine, la música, los paseos por la naturaleza («La caminata ha durado algo más de una hora. Ha merecido la pena»), las reflexiones sobre la escritura («Pienso mientras escribo, ni antes ni después», afirma), sobre la familia (su esposa y su hija) y amigos, los viajes y la rutina y una ristra de sucesos banales que, sin embargo, gracias a la prosa envolvente de Benítez Ariza, consiguen mantenernos alerta: «Al abrir la ventana para que se ventile el espacio en el que escribo estas líneas, espanto una enorme libélula».

Como si leyera el pensamiento y tratara de responder a las preguntas, no formuladas salvo en la distancia que le separa del lector, Benítez Ariza analiza los motivos que le llevan a escribir las anotaciones que han dado lugar a este volumen:

«Es difícil explicar ―afirma― por qué acude uno a este cuaderno casi todos los días, y más aún el hecho mismo de escribir por costumbre, o incluso por una especie de automatismo, como quien come o respira […] Y es difícil precisar que generalmente no se trata de un esfuerzo, ni tampoco de una obligación asumida en nombre de una supuesta disciplina personal; lo que no quiere decir que, a veces, estirar el acto “natural de escribir para que alcance a dar determinados frutos ―una novela, un ensayo sistemático, un ciclo poético― no suponga esfuerzo ni requiera disciplina».

Leído esto, no puede uno más que regresar a Unamuno, de quien reproduzco esta reflexión:

«Y ¡ojo con caer en el diario! El hombre que da en llevar un diario —como Amiel— se hace el hombre del diario, vive para él. Ya no apunta en su diario lo que a diario piensa, sino que lo piensa para apuntarlo. Y en el fondo, ¿no es lo mismo? Juega uno con eso del libro del hombre y el hombre del libro, pero ¿hay hombres que no sean de libro? Hasta los hay que no saben ni leer ni escribir. Todo hombre, verdaderamente hombre, es hijo de una leyenda, escrita u oral. Y no hay más que leyenda, o sea novela».

Esto no excluye que, en ocasiones, surjan dudas sobre la fidelidad a la escritura, sobre su sentido, sobre todo cuando se sufren ciertos reveses, de los que ningún escritor está libre. Evidentemente, en este voluminoso libro no podían faltar las alusiones al paso del tiempo, a la manera en que se observa la realidad y sus accidentes según uno va cumpliendo años y se acerca el momento de la jubilación, a los ritos personales que hacen de la vida un ejercicio de contemplación y de calma. En resumen, sea novela o diario, en las páginas de Año sabático, lo autobiográfico es solo una parte de la ficción y como tal ha de leerse, como una ficción y disfrutarla ―cosa que hemos hecho, sin lugar a dudas―, porque, y volvemos a Unamuno, que tanto me ha acompañado en estas últimas semanas, «todo ser de ficción, todo personaje poético que crea un autor hace parte del autor mismo», o, como escribe el novelista y también excelente diarista José Carlos Llop, «esto es idéntico a lo que ocurre en la escritura, sea ficción o no lo sea: escritor y narrador son la misma persona sin serlo y ambos son máscara, que es lo que significa en latín persona, pero en esa máscara se encuentra la verdad».


Año sabático, o la novela de un ocioso
José Manuel Benítez Ariza
Polibea, 2024
842 páginas
27 €

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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