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La sima

/ por Ramón Espinar /

Echo de menos lo que fue internet hace quince, veinte años. Recuerdo, en los albores de YouTube, unos magníficos videos a medio camino entre lo amateur y lo profesional que trataban de condensar un marco teórico en cinco minutos de animación con una voz explicativa. «La historia de las cosas» fue quizá el mejor de todos. Hoy probablemente se sigan haciendo materiales tan buenos como aquellos, incluso mejores. A mí no me llegan. A pesar de un esfuerzo consciente, casi estoico, por educar a mi feed y cabalgar el algoritmo, mis paseos por Internet presentan sesgos muy acusados: vídeos cada vez más breves, politización filtrada a través de imágenes aspiracionales y way of life, toneladas de cinismo en forma de troleada y, omnipresente en cada reel, don Jordi Wild.

Echo de menos el Internet en que ibas a buscar, y pasabas horas haciéndolo, contenido que te interesaba. Echo de más a los algoritmos que te llenan los ojos y oídos de cosas que no has pedido, que no te interesan, pero que se parecen remotamente a un vídeo que pinchaste una vez. El día que me llamó la atención un tipo cocinando un bistec entre piedras a la vera de un río, mis dispositivos empezaron a arrojar publicidad de cuchillos de monte, chalecos de Indiana Jones y muchísimos vídeos de cómo construir una cabaña en la nieve, sobrevivir a un oso grizzly o pescar truchas salvajes. Costó unos días volver a embridar la cosa hacia las entrevistas de Aimar, lo de Facu y Maltorres y el podcast de Juanlu Sánchez.

Vivimos así de un tiempo a esta parte. Buscando nichos de confort, algo que nos haga reír o pensar un poco más despacio en mitad de una existencia escindida entre la materialidad del trabajo, recoger a los niños y hacer la comida, mientras las pupilas y/o los oídos nos transportan al Mad Max digital que es lo social en 2025. La distinción clásica entre la domus y la polis convertida en una sima: una existencia material centrada en lo cotidiano y otra digital en la que intervenimos en lo social. Las dos ciudades de China Miéville pero habitadas por la misma persona, escindida entre una lógica y otra. Buena gente que ayuda a su vecina a subir la compra a casa, el chaval que se mata por cubrirte la espalda en el partidito de fútbol 7 cuando has esprintado en ataque, el enfermero del centro de salud o la del kiosko que te guarda los cromos para la peque, abren su cuenta anonimizada en cualquier red social y se desatan, comportándose de forma antagónica a como lo hacen en su día a día material, tangible. Los cinco minutos del odio orwelliano convertidos en el troleo de las redes, toda la frustración que produce la vida (no la tuya o la mía, la vida) sumada al miedo al futuro como materia prima del presente brotando en 140 caracteres cada día.

Nadie se siente mejor cuando cierra el ordenador o la app del móvil donde ha soltado el último zasca o ha troleado a cualquier idiota. Del mismo modo que nadie se siente bien al día siguiente de una fiesta que se fue de madre hasta que recoge la casa y pone orden físico y emocional. Con la diferencia de que aquí nadie recoge: una existencia escindida y asustada necesita un lugar donde verter las emociones que el cuerpo no soporta más.

No es un problema que tal o cual red social (todas, en realidad) se haya convertido en un vertedero. El problema es que nos hemos quedado a vivir en él. Cada aplicación del móvil que implica interacción social es un lugar que habitamos y es, además, nuestra ventana a lo social: es la herramienta con la que intervenimos en la domus, en la ciudad, en la cosa pública.

Hay una sima entre los lugares que transitas de la mano con tus hijos o del brazo con tus mayores siendo la versión de ti mismo, la que cuida y quiere, y los no lugares de Internet en los que vomitas odio anónimo porque todo está hecho una mierda y alguien tiene que pagarlo. La sima se ha abierto y de sus profundidades han emergido monstruos que hemos alimentado con nuestro dolor. Porque el cinismo funciona como una lumbalgia: para protegerse del dolor que produce el pinzamiento de un nervio, el cuerpo se contrae y se contractura.

Evita enfrentarse al foco principal de dolor, pero produce una patología que, de no tratarse con estiramientos y fisioterapia, termina siendo también dolorosa. Nos hemos vuelto cínicos para no colocarnos cara a cara con algunas verdades dolorosas: que no podemos solos, que el mundo es un lugar incierto y peligroso, que nadie piensa ya que vaya a ir a mejor y que todo aquello que fueron certezas hoy se ha evaporado. Sin amor, sin partido, sin dioses, sin patria y sin sentido de trascendencia nos hemos deshumanizado. Hace décadas que Gianni Vattimo avisaba que necesitamos construir sentido (de trascendencia, de pertenencia, de comunidad) en torno a lo cercano, asumir lo efímero, lo pequeño y lo frágil para agarrarnos a ello. Huir de las grandes identidades totalizadoras que llevaron a lo peor del siglo XX sin caer en la anomia de no encontrar sentido. El Cuarteto de Nos gritaba hace ya más de una década «ya no sé qué hacer conmigo». Y el problema es que seguimos sin saber.

La izquierda vuelve a ser Casandra. Todo lo que profetizamos hace una década está sucediendo: no se refundó el capitalismo y hoy somos sociedades más desiguales y más rotas, el cambio climático ya no es futuro sino presente continuo y ya nos está matando, el destrozo del Estado y la comunidad generó anomia y desconcierto, etcétera, etcétera, etcétera… El problema es que, a pesar de pronosticar la deriva civilizatoria, no hemos sido capaces de intervenir con éxito y construir alternativas viables. Construimos en las instituciones trincheras sin retaguardia condenadas a dejar solo vacío cuando fallen cinco escaños. Y nos hemos quedado a vivir en la sima, sin capacidad para conectar los valores progresistas que cualquiera aplica en su vida diaria como sostenía César Rendueles en Sociofobia, con una esfera pública donde la competencia feroz se ha transformado en odio, mofa y resentimiento.

No tenemos solo un problema con Donald Trump, con Javier Milei, con Benjamin Netayahu, con Vladímir Putin o con Bukele. A la pregunta sobre el liderazgo del mal se respondería con un buen liderazgo, pero lo cierto es que ya hemos andado esa vía y no funciona. El gran Marcelo Bielsa dejó explicado que no hay nada peor que el éxito de un mal ejemplo: no hay problema si un buen proceso fracasa, porque es algo habitual; el problema aparece cuando un proceso mal planteado es exitoso y lanza el mensaje de que un atajo puede llevarte a un buen lugar. Porque un atajo nunca te lleva a buen lugar. No vamos a revertir cuarenta años de ofensiva neoliberal con un buen liderazgo.

Tenemos una encrucijada civilizatoria: conectar los dos lados de la sima. Recuperar para la sociedad los valores que ya solo aplicamos en casa, reconstruir lazos utilizando cada milímetro de poder social arrancado a la barbarie para generar espacios de socialización y encuentro. Dar la mano, clavar fuerte los talones para dejar de caer por una pendiente que está destruyendo todo lo que amamos.

Un buen amigo sin hijos me decía el otro día que tiene la impresión de que hoy, cualquier padre o madre debe sentirse en cierta medida como el padre de La carretera de Cormac McCarthy: solo, tratando de proteger lo que más quiere en un escenario postapocaliptico, sin lugar al que volver y enfrentándose cada día a una ruta de cuyo destino final no está seguro. La vida siempre tiene algo de esto, pero no es cierto que esto sea así: aún hay lazos y, de un lado de la sima, nos esforzamos cada día en construir juntos un mundo vivible.

La clave, como tantas veces, es entender que nadie se salva solo. Que no existe futuro sin lazo social. Las preguntas no son nuevas, pero esta vez va a costar más que ninguna en nuestra generación. Porque lo primero que está roto somos nosotros y es absurdo negarlo.


Ramón Espinar Merino (Madrid, 1986) se estrena en El Cuaderno el día 1 del año 0, horas después de la segunda victoria electoral de Donald Trump en los Estados Unidos. En los últimos años colabora de forma habitual con medios de comunicación audiovisual (Cuatro, La Sexta, TVE) y participa en su asociación de vecinos y el AMPA de sus hijos. Anteriormente fue activista social en el 15M, militante universitario y formó parte de la dirección de Podemos entre 2015 y 2019 asumiendo la Secretaría General de la Comunidad de Madrid y la Portavocía del Grupo Parlamentario del Senado.

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