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La poesía de Anna Świr

/ una reseña de Álvaro Valverde /

A pesar de lo bien atendida que ha estado la poesía polaca contemporánea en nuestra lengua —una de las grandes tradiciones líricas europeas— gracias a traductores tan solventes como Abel Murcia, Xavier Farré, Gerardo Beltrán o Elżbieta Bortkiewicz, de la poeta Anna Świr, que nació en Varsovia en 1909 y murió en Cracovia en 1984, y aun siendo una de las poetas polacas más importantes del siglo XX, los lectores españoles no teníamos hasta ahora noticia. Para remediarlo, Pre-Textos rescata sus versos de ese anómalo olvido gracias a la amplia antología bilingüe Hablando con mi cuerpo, dentro de la colección La Cruz del Sur.

Anna Świr

Se han ocupado de la traducción el poeta Abraham Gragera (que acaba de publicar en el mismo sello La domesticación y que llevaba tiempo detrás de este proyecto) y Teresa Casas Hernández, a partir de Selected poems: a bilingual anthology of the poetry of Anna Świrszczyńska. Aunque el título esté en inglés, los versos se han vertido desde el polaco, lengua materna de la autora.

En ese idioma publicó, entre otros, los libros Słowa czarne (Palabras negras, 1967), Wiatr (Viento, 1970), Baba jestem (Soy una mujer, 1972), Barykadę budowałam (La construcción de la barricada, su obra más conocida, 1974), Szczęśliwa ogon jak psi (Feliz como el rabo de un perro, 1978) y Cierpienie i radość (El sufrimiento y la alegría, 1985).

Suelo desaprobar los prólogos en los libros normales. Cosa distinta es cuando se trata de antologías, ediciones críticas o poesías completas. Aquí echo de menos unas páginas en torno a la vida y la poesía de Świr. Nada que no pueda remediarse con una consulta a Google, en lo que a la biografía se refiere, pero más complicado en lo relativo a lo segundo. Es verdad que los poemas de esta mujer no necesitan de agudas exégesis ni de sesudos análisis filológicos. Tal vez por eso sus traductores prescindieron de ese delantal. Acaso baste con los sucintos datos de la solapa. O, dicho de otro modo, que se basten ellos por sí solos.

Para empezar, Świr nació en Varsovia en 1909 y murió en Cracovia en 1984 y su apellido era Świrszczyńska. Para seguir, fue hija de artistas (la presencia del padre en su poesía es fundamental), pero de los que no consiguen triunfar. Para terminar, su vida, que nunca nadó en la abundancia, no fue sencilla si tenemos en cuenta los sucesos históricos que le tocó sufrir, como al resto de sus compatriotas y, por extensión, a la mayor parte de los ciudadanos europeos de su época, a costa de la invasión nazi (perteneció a la Resistencia polaca), de la segunda guerra mundial (vino al mundo al finalizar la primera y en esta fue enfermera) o de la caída del Muro de Berlín y, por tanto, del comunismo soviético. Y de eso, de su vida, es de lo que dan fe sus versos, tan crudos como transparentes. La naturalidad impera, sí. Y el realismo. En la primera acepción del diccionario: «forma de ver las cosas sin idealizarlas». Y de la segunda, puesto que «pretende representar fielmente la realidad». 

La comparación con Szymborska (Anna también, y Maria Wisława) es inevitable y algunos puntos tienen en común, siquiera sea porque ambas fueron mujeres y polacas que pasaron por circunstancias vitales parecidas, si bien la Premio Nobel era catorce años más joven que Świr. Digo mujer y en esa condición radica la fuerza de su poética. Fue una adelantada, como recalcan sus editores. Por feminista y por todo lo demás. Parece mentira, al leerla, que sus poemas tengan tantos años cuando a nuestros ojos parecen escritos ayer mismo.

A propósito del título, Czesław Miłosz (que la tradujo al inglés, junto a Leonard Nathan, en una muestra que se titula igual que esta) se preguntó cuál era el tema central de sus poemas, y respondió: «La carne. La carne en el amor y el éxtasis, en el dolor, en el terror, la carne temerosa de la soledad, pariendo, descansando, sintiendo el fluir del tiempo o reduciendo el tiempo a un instante. Mediante una delimitación tan clara de su temática, Anna Świr consigue en su poesía sensual y feroz una pulcritud casi caligráfica».

En «Poemas del padre y de la madre», están ellos (la que «se casó con un loco» y el pintor fracasado que nunca dejó de cantar) y las penalidades que soportaron: su infancia y la pobreza. Se leen con un nudo en la garganta. La mudanza clandestina de una casa por la que no pagan el alquiler desde hace meses; las colas, bajo un frío helador, para que les den carbón o comida; la fiebre que casi la mata de niña; los cuadros de su padre apilados en el atelier («Toda nuestra miseria está ahí», escribe en «Tengo once años»); el deambular de pueblo en pueblo; las muertes de sus progenitores y las consecuencias en su estado de ánimo. Pocas veces ha leído uno poemas así. Tan hondamente testimoniales, tan apegados a la realidad; tan poco literarios, digamos.

«Viento», la siguiente sección (así nombró uno de sus libros), abunda en el amor («Estoy llena de amor. […]  Como de muerte el tiempo»), la felicidad, la maternidad y ella misma. También en la enfermedad y la vejez. Más allá, aflora la compasión, que sobrevuela por encima de la ironía: «déjate dar de beber / del pozo efervescente / de la ironía». «Mi sufrimiento es el lápiz / con el que escribo», leemos.

«Soy mujer», otra parte, incide en lo ya señalado. Lo femenino unido a lo corporal. Para muestra el sorprendente «Una mujer habla con su muslo», ejemplo de lo que apuntábamos antes acerca de su don de anticipación. Sí, la verdadera poesía es intempestiva. 

En «El amor de Felicia», la embarazada y su pareja: «Tres cuerpos». El erotismo. Sensual, claro, pero también muy tierno. En «Qué es la glándula pineal», pongo por caso, o en cualquiera de los poemas que le siguen, muy «de cama».

«El amor de Antonia», lo uno y lo otro: el desamor. En poemas como «Almohaza de hierro» (uno de los más logrados del conjunto, como «Intestino grueso»), «Vete al cine», «La misma en su interior». En «Abriré la ventana» leemos: «La soledad es la primera / medida de higiene».

«El amor de Estefanía» sigue en la misma tónica. En cierto modo podría decirse que, visto lo visto, toda la poesía de Świr es una y que su tono de voz se mantuvo prácticamente igual durante toda su vida. «No te amo. Aún así te doy / felicidad», escribe en el delicioso «Góndola púrpura». Y en «Madrigal segundo»: «Copiosa como nalga / de querubín». El humor nunca estuvo lejos de su poética: «La risa la inventaron / quienes viven / vidas breves / como una carcajada». El cariño, tampoco.

El primero de «Otros poemas» es, a su vez, el título de otro de sus libros: «Feliz como el rabo de un perro»: «Feliz como algo que no importa / y libre como lo insignificante». Los rótulos dan idea de ante qué tipo de poesía estamos: «Mato de hambre a mi estómago por motivos sublimes», «Me di de cabezazos contra un muro», «Duermo y ronco» o los muy significativos «Diosa del matriarcado» y «Una escritora hace la colada». 

Es cierto que su poesía se adelgaza y se hace más concisa, por más que nunca tendiera al palabreo. «Me gusta calentarme / al sol que está dentro de mí» y «Siempre / con el silencio voy, y con la luz» son versos memorables. 

«Le digo a mi cuerpo» podría servir de emblema de toda su poesía, el que empieza, «Cuerpo mío, animal…».

Termina el florilegio con «Poemas sobre mi amigo», sección que comienza con «Amor mochilero» y «Nuestros silencios», que son un buen modelo de los que compuso al final: breves, intensos, conmovedores, amorosos. En «Gracias, destino» es palpable la aceptación de cuanto le ha sucedido, bueno o no. «Lloro humildad», dice, y unos versos más arriba: «hice el amor con mi amante / como si hubiera hecho el amor muriéndome, / como si hubiera hecho el amor rezando». Y al dolor y a la amargura canta como si fuera natural y no gravoso.

«Mi amigo habla mientras muere» cierra el volumen y lo hace con la emoción a flor de piel, como escribió y vivió esta poeta polaca cuyos versos forman parte de esa biblioteca esencial que con la edad uno ha ido edificando poco a poco. Por eso no basta con releer. La poesía nunca deja de sorprendernos. Una alegría.


Selección de poemas

Mi madre, la señorita Stasia

PASABA por la calle de la Iglesia,
en el pueblo de Ostrołęka,
y las viejas judías murmuraban,
de pura admiración:
–Esta pasando un ángel.

Cantaba
como soprano en la agrupación de música «Laúd».
El apuesto señor Raczyński
le pidió matrimonio y ella
rompió su compromiso.

Él se hundió en la miseria.
–Dios te castigara por mí.
Y Dios la castigo.
Se casó con un loco.

Tengo once años

LOS cuadros de padre
no puedo ni verlos.
Toda nuestra miseria esta ahí,
las lagrimas de madre.
Nos chupan la sangre, son vampiros
que exigen una víctima, cual dioses.

Los cuadros de padre,
los amo; son mis hermanos, mis hermanas,
mis camaradas, los únicos, en el atelier
incomunicado como el batallar
de un loco.

Cuando me quedo sola en casa,
paso mis dedos manchados de tinta
por la llama
de una vela. Quiero ser santa,
quiero estar a la altura de los cuadros de padre.

De mi odiar, de mi amar, de mi querer
estar a la altura,
no tengo ni la más remota idea.

Lavo la camisa

LAVO la camisa de mi padre muerto.
Por última vez.
Huele a sudor. Un sudor que es recuerdo
de la infancia.
Le lavé las camisas, calzoncillos,
y los puse a secar en la estufa de hierro
del atelier, prendas que él
llevaba siempre sin planchar,
durante tantos años.

De todos los cuerpos que hay en el mundo,
animales, humanos,
sólo uno exuda este sudor
que por última vez
inhalo hoy. Al lavar
esta camisa lo destruyo
para siempre.

Sólo sus cuadros
le sobreviven ya. Sólo sus cuadros,
su olor a aceite.

Duermo con un pijama azul

DUERMO con un pijama azul,
mi niña duerme a mi diestra.
Nunca he llorado,
nunca moriré.

Duermo con un pijama azul,
mi hombre duerme a mi izquierda.
Nunca me di de cabezazos contra un muro,
nunca he gritado de terror.

Ancha, muy ancha ha de ser esta cama
para que en ella haya cabido
tanta suerte.

Como un egipcio

QUISIERA ser tan pura
que mi cuerpo
no proyectase sombra.
Tanto, que no tuviera entrañas,
como un egipcio muerto.

Tanto que, en vez de entrañas,
luz sólo tenga dentro.

Le digo a mi cuerpo

CUERPO mío, animal
apropiado para el culto
de la concentración y de la disciplina.
Para esforzarse
como un atleta, un santo, un yogui.

Y convertirse
con el entrenamiento adecuado
en una puerta
para que pueda yo salirme de mí misma
y en una puerta
para que pueda entrar en mí.
En una sonda que alcance
el centro de la Tierra
y en una nave que me lleve a Júpiter.

Cuerpo mío, animal
que no se juzga
a sí mismo por tener ambiciones.
Qué magníficas
posibilidades nos aguardan.


Hablando con mi cuerpo
Anna Świr
Pre-Textos, 2025
292 páginas
25 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) ha publicado, entre otros, los libros de poesía Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Plasencias, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger, El cuarto del siroco (Premio «Meléndez Valdés» de la crítica) y Sobre el azar del mapa. Es autor de las novelas Las murallas del mundo y Alguien que no existe, del libro de artículos El lector invisible, del de crítica literaria Lecturas a poniente: poesía en Extremadura, 2005-2024, del de viajes Lejos de aquí y del de diarios Porque olvido: diario 2005-2019. También de Extremamour,  en colaboración con el fotógrafo suizo Patrice Schreyer. Sus poemas figuran en las antologías Un centro fugitivo (con selección y prólogo de Jordi Doce, con quien codirige la colección Voces sin tiempo de la Fundación Ortega Muñoz), Álvaro Valverde: antología poética (1985-2015) (con ilustraciones de Esteban Navarro) y Meditaciones del lugar (con selección y prólogo de José Muñoz Millanes). En la actualidad, es crítico de poesía de El Cultural y colabora con asiduidad en otras revistas literarias. Desde 2005, edita un blog. Su web es www.alvarovalverde.es.

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