/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
Nació en 1921 en Vega del Ciego, un pequeño pueblo de cielos grises, montes tiznados y riachuelos de aguas de tinta situado en plena cuenca minera asturiana, y su nombre completo era Manuel Fernández Martínez. Pero dice la leyenda, propalada con seguridad por él mismo, que sustituyó apellidos tan prosaicos por el de Pilares en recuerdo de sus novias de juventud, todas de nombre Pilar, y como homenaje a su mujer y a su hija, que también se llamaban así. Lo más probable es que fuera el franquismo quien lo obligó a buscarse seudónimo después de sobrevivir a un consejo de guerra que lo había mandado al paredón y hacerle pasar un par de años en la cárcel, pero qué quieren, yo me quedo con la leyenda. Nunca se tuvo por escritor de primera división, sino de tercera regional. Solía afirmar que su sitio estaba en los arrabales de la literatura, donde podía ejercer bajo la condición de furtivo, «consciente del pequeño calibre de sus armas» y sin sentirse atado a nada ni a nadie. También que los libros deben ser como el pan: una cosa tierna, fragante y sencilla, sin lujos. Esa humildad, el candor y la fidelidad a unos principios inquebrantables definen la ajetreada biografía y la obra de Manuel Pilares, comunista irredento, minero, maestro, estibador, peón de albañil, ferroviario, experto bibliófilo, guionista de cine y televisión y, sobre todo, autor clandestino que se movió con soltura y habilidad en todos los frentes y al que, sea por su desprecio a las jerarquías, el empeño personal en no llamar la atención y huir del ruido y el éxito o por el arbitrario dictamen de quienes mandan en estas cosas, la historia de las letras ha relegado injustamente a los desvanes del olvido. Duele ver a Pilares entre la galería de los incomprendidos y despreciados, por más que estemos hablando de un escritor que siempre procuró su independencia respecto a capillas y tendencias y a quien la gloria literaria, si es que tal cosa existe, le importaba un comino. Para muestra un botón: cuando en 1949 quedó entre los finalistas del Adonais dijo a la prensa que los únicos motivos para concurrir al premio habían sido económicos; se acercaba el invierno y le hacían falta una buena zamarra y unas botas impermeables.
La primera vez que me encontré con el nombre de Manolo Pilares fue en los créditos de una estupenda película de Fernando Fernán Gómez titulada La vida por delante. No sé si la conocen, pero es una de las mejores sátiras que se han hecho sobre la chapucera vida española en los cincuenta y en su momento, pese a ser una producción sin niño y sin cantante, un éxito que llegó a permanecer dos meses en cartelera. Luego supe que, además de poeta, narrador y dibujante, desde finales de los años cuarenta Pilares era uno de los habituales en los mentideros del Café Gijón, donde se había hecho conocido por la facilidad para improvisar ripios, su bondad, optimismo e ingenio y el perfil de asturianín socarrón, charlatán y sencillo, con «cara de pájaro simpático», como lo describió su amigo Umbral, ataviado con pipa, corbata y una boina barojiana —homenaje a un maestro, pero también fidelidad a una tierra, un oficio y unos orígenes de clase— que solía llevar ladeada y a la que, en los primeros compases de la Transición, empezó a añadir insignias soviéticas.
Viajero impenitente y voraz lector, enamorado de aquella gran literatura rusa del XIX que podía leer en su lengua original y siempre a punto para hacer un viaje a la Unión Soviética, país que admiraba sin fisuras, Manuel Pilares se declaraba como «rojo de toda la vida». Uno pudiera pensar que por haber estado prisionero en las celdas de castigo de La Algodonera y El Coto de Gijón o pegando tiros con apenas trece años en la revolución asturiana y luego como soldado sin fortuna dentro del Ejército republicano, aunque, en realidad, lo de las querencias políticas le venía a Pilares de los pozos en los que de guaje había visto deslomarse a su padre. Escapó de la mina en cuanto pudo, se interesó por la astronomía y estudió para maestro, pero el franquismo no le permitió ejercer y tuvo que buscarse la vida en todo tipo de oficios hasta que pudo entrar en la Renfe, donde trabajó cuarenta años, dirigió una revista literaria e impulsó un concurso de cuentos y poesía que todavía perdura y en el que, para que nadie le acusara de oportunismo, siempre se negó a participar. A lo largo de esas décadas, la amistad con todas las gentes del Gijón, del café Pelayo, el Ateneo de Madrid y de cuantas tertulias participó, sin distinguir credos políticos ―entre sus íntimos se contaban un exdivisionario como Eugenio Suárez y el garcilasista José García Nieto, pero también los novelistas sociales Antonio Ferres y Armando López Salinas― ni corrientes estéticas, y el saldo de un puñado de guiones para directores como Alfonso Paso, Armiñán o Mur Oti, colaboraciones en prensa, alguna novela, varios libros de poesía y medio centenar de cuentos que están entre lo mejor del género breve de este país. No lo digo yo, lo aseveran colegas de cuyo buen juicio podemos fiarnos, como Jorge Ferrer-Vidal, Meliano Peraile o Medardo Fraile. Este último, por cierto, incluyó al escritor asturiano en la antología de narradores de posguerra que preparó al borde del nuevo siglo, junto a Olmo, Fernández Santos, Martín Gaite o Aldecoa.
Sin embargo, antes que cuentista, Manolo Pilares se consideraba poeta. Su primer libro es precisamente una colección de versos titulada Poemas mineros y se publicó en 1946. Retratos del trabajo en las minas y sus peligros, que él conocía muy bien, y enmarcados en la línea de la corriente social y cívica que imperaba entonces y que tenía a Celaya y Blas de Otero entre sus principales referentes. Leídos hoy, esos poemas ásperos y secos, de vuelo corto e inspiración popular y que hablan de las penurias en los pozos y túneles pueden parecer una cosa panfletaria y demodé, pero observarlos así es un modo de pasar por alto el sentimiento y el desgarro que hay en ellos, la rabia, la orgullosa rebeldía que comprenden y su intención de ofrecer noticia de la verdad terrible que ocurría en la negra ceguera de las minas: «Carbón más puro y negro / nadie lleva en el alma. / Dinamita más rápida / nadie lleva en el pecho», dice uno de ellos. Sobra decir que aquel libro, de manufactura casi artesanal y publicado en una pequeña editorial ovetense, pasó prácticamente desapercibido, pero al menos le sirvió a Pilares para presentarse en sociedad.
En los años siguientes, tras el desembarco en aquel Madrid huidizo, espantado y pobre de la posguerra, un sinfín de colaboraciones en periódicos y revistas que se prestaban a publicar a los recién llegados de provincias e incluso, sin que le dolieran prendas en ello, algún trabajo de negro para gente con ínfulas literarias, saldrían otros poemarios como Sociedad limitada, de título inequívoco, y la trilogía de Antisueños, que abarca varias décadas de producción y resume con su nombre la vocación de antipoeta que siempre caracterizó a un tipo como Pilares. Versos despojados de toda retórica, que fluctúan entre la melancolía y la alegría de vivir, teñidos de humor e ironía y en donde el escritor asturiano estampó su imagen de hombre apegado permanentemente a una geografía íntima, que no era otra que la de su infancia, y al que no le entraba en la cabeza eso de claudicar. Libros marcados por el tono reivindicativo o la confianza en unos ideales de justicia y solidaridad que solo el tiempo y los desengaños pudieron atenuar, donde caben las mofas y exabruptos contra los poetas oficiales del régimen —«Hacen el amor a mano. / Y con los pies cuando escriben»— o la denuncia del terror y la represión franquista —«¿Quién manda en el país / cuando el tirano duerme? / Manda el miedo, mi niña. / El miedo a que despierte»—, pero en los que también queda espacio para regocijados versos sobre el amor que harían las delicias de Juan Ruiz o el mismísimo Villon.
Tengo cerca el Primer libro de antisueños que Pilares publicó en 1969, sufragado a escote entre las amistades y donde se dice que el conjunto de poemas fue seleccionado con mimo por la hija del escritor, Pilar Fernández Abella, «de diecisiete años y estudiante de matemáticas». Lo compré hace tiempo en un rastro, que son los únicos lugares en los que hoy se puede encontrar la obra del autor asturiano, y, sorpresas que se lleva uno, el ejemplar incluye un poema autógrafo: «Dios, déjame en soledad. / En soledad completa. / Quiero saber cómo soy», dicen los primeros versos. Un destello de esa voluntad por estar al margen que siempre definió a Pilares y sobre la que vuelve más tarde cuando declara, ya en el libro: «Lo tengo todo, sí, poesía y prosa. / Mi sentir dolorido y alegrado… / Y este modo de hablar en solitario». Ahí lo tienen. El autor asturiano fue una rara avis cuya obra, aunque nunca contó con el aprecio de la crítica, sí obtuvo el de las minorías y unos cuantos amigos, que son, al fin y al cabo, para quien uno escribe. A estos últimos, quizá por la fidelidad mostrada o las ganas de inquietar conciencias, los obsequiaba todas las Navidades con unas felicitaciones confeccionadas por él mismo y en donde se incluían breves poemas y dibujos —todas bajo el marbete «Manuel Pilares versificó. Manuel Pilares dibujó. Y Manuel Pilares le felicitó»— que glosaban con un humor vitriólico la realidad cotidiana y política. No tienen desperdicio y ojalá alguien se encargara de recuperarlas. Al igual que su descomunal diario, que quedó inédito por expreso deseo suyo, y cubre cincuenta años de vida literaria y social, a razón de volumen por año. Casi nada. Lo recuerda Marcos Ordóñez en su amenísima Ronda del Gijón. Entre las estampas habituales del café en los años cincuenta se encontraba la silueta del menudo Pilares rellenando cuartillas en una mesa, sin que nadie supiera muy bien si era una carta, un cuento o un poema lo que escribía. Pero bastaba oírle decir la consabida frase «Hoy te he sacado en mi diario» para que toda la parroquia se pusiera en posición de firmes. Ahora que domina eso que se llama literatura del yo y todo el mundo se ha apuntado a la moda del dietarismo, no sé a qué están esperando los editores de este país para zambullirse en ese material que debe de ser un tesoro por lo que tendrá de testimonio y catálogo de fantasmas y publicar, si no la totalidad, que sería imposible, al menos una esmerada selección. Dicho queda, por si alguien coge el guante.
Pero no es la obra poética lo que convierte a Manuel Pilares en un autor estimable dentro de aquella generación del medio siglo. A pesar de que escribió una novela corta, El andén, con la que quedó finalista del premio del Café Gijón en su segunda convocatoria —era su amigo Fernán Gómez quien hacía de mecenas del concurso, corriendo con los gastos de la edición— y de la que Eduardo Manzano rodó una versión un tanto almibarada en 1952, es en las distancias cortas donde sobresale su gran talento. Un talento que tiene que ver con su habilidad para la anécdota, siempre sorprendentes y extraídas de cuanto veía a su alrededor, el humor socarrón, una prosa ágil y concisa o el rechazo frontal a cualquier forma de solemnidad y efectismo. Cuentos humildes, de sobria composición, escritura modesta y sencilla, a medio camino entre la fábula y la parábola y de una libertad total en cuanto a formas y asuntos, en los que lo mismo Pilares se internaba por los vericuetos de situaciones cotidianas hasta conducir a finales absurdos, que se desentendía de tramas y escenarios, apenas esbozados, para esgrimir una airada protesta contra el clima social y político del momento. Ni idea de por qué siguen en el olvido los dos volúmenes que publicó: Historias de la cuenca minera y Cuentos de la buena y la mala pipa. No ha ayudado el respaldo de los premios, como el Clarín o el Hucha de Oro, del que quedó finalista hasta en siete ocasiones y que ganó a la octava, cuando ya creía que nunca se lo iban a dar, ni las traducciones o las diversas antologías en que fueron apareciendo sus relatos. Será cosa de la desatención general que ha sufrido el cuento en este país durante décadas, el desconocimiento o la desidia. Una pena porque leer a Pilares —para Alejandro Casona, más que leerlo había que escucharlo― es una gozada. Uno se queda maravillado ante la alegría, el vitalismo, la pasmosa naturalidad y expresividad con que se registran tipos y lenguajes o el encanto que guardan sus historias.
De entre los muchos relatos que escribió Manolo Pilares, podría citarles una docena que son espléndidas piezas, pero mi favorito es aquel titulado «La escombrera». Apareció incluido en ese primer libro que publicó en 1953, Historias de la cuenca minera, y lo rescató unos cuantos años más tarde la editorial Diptongo para una colección llamada «Cuentos magistrales» en la que también están algunos de los más extraordinarios narradores del pasado siglo, de Daniel Sueiro a Antonio Pereira, pasando por Ignacio Aldecoa o Fernando Quiñones. En ese cuento que les digo, y que apenas alcanza cuatro páginas, nos encontramos ante los ambientes mineros que Pilares conoció de niño, un paisaje infantil de inviernos desnudos, sabañones, cielos de niebla y hollín, y el retrato de una familia atada al duro trabajo en la escombrera de carbón de una mina, en la que el padre ejerce de máxima autoridad y donde los demás miembros «únicamente pensamos en cosas de verdadera importancia: en el capitalismo, en el comunismo y en Dios». Un orden inmutable que se ve trastocado con el nacimiento del decimotercer hijo y del que, ante los apuros económicos, tendrá que hacerse cargo el anterior, sacando de su paga manutención, cuidados e incluso bautizo. Lo mismo ocurrirá con la llegada del decimocuarto. El tono ligero y casi burlón con que se cuenta este caso de hijos putativos vira a lo melancólico cuando se refiere la muerte de la madre, pero lo importante no es cómo se produce ese cambio de registro, sino todo lo que adivinamos debajo de una historia mínima, hecha con cuatro trazos, y que nos habla de pobreza y hambre, conflictos proletarios, de los cambios que vive la industria minera, las tensiones causadas por la explotación laboral y una tristeza universal que es la de todos los desheredados de la tierra. Ya se lo digo, un prodigio de sutileza y precisión, fiel reflejo de aquello que comentaba Medardo Fraile sobre el cuento como algo que uno siempre escribe temblando. ¿Por qué? Porque puede quebrarse.
Manolo Pilares murió en Madrid en febrero de 1992. Dos años antes había podido ver reunidas todas sus historias en una edición que dedicó a su amigo del alma Fernán Gómez y que, con esa humildad que era tan suya, tituló simplemente Cuentos. Otro de sus compinches, Eduardo Haro Tecglen, recordó unos días después de su fallecimiento que en la esquela no aparecía una cruz. Bien pudieran haber puesto una hoz y un martillo o una estrella roja. Habría sido la manera correcta de despedir a quien acostumbraba a decir que «en España, aunque gobiernen los socialistas, no hay rojos. Solo hay el Rojo, y ese soy yo».
Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.

