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Los cuadernos pálidos (72)

texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Oteiza)

Han llegado otra vez lilas a casa. Llevaba unos años sin que sucediese (antes había siempre alguien que se encargaba de preparar un buen ramo porque sabía cuánto me gustaban) y agradezco tenerlas de nuevo ante mí. Es un modesto ramo de flores apiñadas que parecen cuchichear entre ellas. Hasta aquí llega su olor de intensidad carnal. Me aplico a mirarlas, a olerlas, a rozar el entramado frágil de su arquitectura temblorosa. Solo falta poner el oído sobre ellas. ¿Habrá quien escuche a las flores?


El alba de los lunes tiene esa cualidad insuperable de sentir que estamos estrenando algo, como cuando nos metemos a dormir entre sábanas olorosas, recién planchadas. Así sentimos este primer golpe de luz en el cielo adormecido, a punto de abrirse y encender la semana.


Para los más discretos, el abecedario de los estornudos solo contiene la letra s.



Un nuevo Papa. Estadounidense. Como esos otros amos del mundo. Quién sabe si a este paso el destino del planeta se librará en una conversación de camilla entre paisanos.


Recién llovida, la ciudad luce extraña sin sus apaciguados tonos naturales de atardecer. El brillo de las calles hace rebotar la mirada contra los pavimentos; y el alumbrado público pone charcos fantásticos sobre lo mojado. Vuelve la lluvia a traer desorden necesario a los sentidos y hay algo que se queda vibrando en el corazón, como si el mundo mojado fuese una fiesta alegre a la que todos —ricos y pobres, viejos y niños— estuviéramos invitados aun sin merecerlo.


Hubiera durado un poco más el Gran Apagón y todos nos habríamos desprendido de nosotros mismos para recibir a ese otro desconocido que hay en cada cual, alguien que solo se revela en el golfo impreciso de la oscuridad. Ese día el poeta Ildefonso Rodríguez oyó decir esto en una panadería: «Si no hay luz, no hay empanada». Todo un desafío al imperio diurno de la lucidez.



En medio de una céntrica calle, un champiñón fresco oscila, empujado por el viento, sobre la tapadera de una alcantarilla pública. La imprevista imagen despide una atracción magnética en el ajetreo civil de la mañana. Inevitablemente, pienso en Lautréamont.


La tierra que más amo —así la llamaba Tundidor— es, desde luego, la más desatendida. Tan desatendida que ni siquiera se la menciona en el triste palmarés de los lugares olvidados. No se repara en ella. Ensimismada y transparente, no ocupa sitio ninguno, no hace ruido su corazón de huérfano. Mi pequeña y pudorosa Zamora.



Esa fiesta oculta de los mirlos en los árboles, la orquídea blanca y el fogonazo de su quietud, la majestad del castaño en flor con su añosa corpulencia de paquidermo, la falta de cuidado de los niños alborotados en el regreso de las escuelas, la flor de la escoba, que ya ha soltado lágrimas amarillas, esas tapias encaladas y largas como sueños que guardan el olor del sur. Razones suficientes para seguir por aquí un ratito más creyendo en la fértil efervescencia de lo inadvertido.


Paso ya todos los días por la boutique del olvido. Allí siempre dejo algo.


Me hago con un libro de 1955 del poeta Alfonso Peñalosa. Saber que nadie en el mundo leerá ya a aquel zamorano, abogado de profesión, entregado a la poesía y que apenas se soltó de la ciudad de su vida, hace ese gesto más necesario, como si ahora yo estuviera cumpliendo con un deber: volver a poner a flote en la vida, aunque sea solo en este ejercicio privado, las palabras de un poeta olvidado. Leo estos versos suyos: «Aprende a no tener prisa. / Y aprende a mirar las cosas / con ojos de despedida». ¿Y no resuena Rilke en esta propuesta de dar sentido y dignidad al abandono continuo que es toda existencia?


Lo difícil es echarse a un lado cuando llegan los estrépitos. También la grandeza habrá de consistir en eso, en quitarse la importancia de encima como quien se quita apresuradamente una gabardina mojada.



Más allá de lo imaginable, persisten las atrocidades de Israel en Gaza. Con el pretexto de aniquilar a Hamás se va exterminando diariamente y sin tregua a la población palestina. Es horrible. Inaguantable ya. A lo lejos, el mundo empieza a reaccionar suavemente, como con miedo de molestar demasiado al gigante que controla tantos entramados del orden mundial. Tan ignominioso es aquel comportamiento carnicero, que atenta contra los fundamentos de la humanidad, como esta dejadez calculada de Europa, que llega tarde para detener el horror con una sinfonía menor de advertencias.


En las escamas de las gomas de borrar todavía aletean las larvas de las palabras arrepentidas.


Trazado de pasillos por donde de continuo se están entrecruzando los que llevan daños desconocidos dentro de sí con los que saben sus nombres. Unos son dueños de los remedios; los otros, presas del miedo. Dos bandos desentendidos que nunca se saludan. Se impone la cautela de los gestos, como ocurre en los encuentros de los ascensores con la quemadura de la excesiva cercanía. Y luego vendrá eso otro: el hormigueo de las salas de espera donde todo arde a ciegas, donde nada hace pie. En las afueras de la vida. Hospital.


En las calles de esta ciudad donde vivo reaparecen nombres y estatuas de reyes y reinas medievales que hacen creer que la profundidad histórica basta para legitimar las razones de una identidad local. Pero detrás de esos monarcas borrosos, que no son los míos, hay desmanes, tropelías, crímenes interesados, incestos, abusos, comportamientos ominosos… Comparada con esto, la conducta de nuestro reciente pintoresco rey emérito suena a broma. Y, sin embargo, por aquí se alardea de haber tenido un reino gobernado por ellos (el «Salón de los Reyes», se ha titulado un espacio privilegiado municipal, decorado con supuestas escenas de aquella realeza). Al igual que, por desconocido, el futuro pocas veces se prevé con justeza, también la nebulosa del pasado, por olvidado, se reinventa acomodándola a nuestros intereses. La antigüedad ignota viene cargada de espectros que parecen inocuos: es la opacidad de la Historia. A las desdichadas exaltaciones nacionalistas de hoy en día les vienen muy bien las amputaciones que comporta el olvido. Aunque, bien mirado, si pudiéramos asomarnos a la oscuridad de nuestra propia genealogía, ¿quién podría decir que no encontraría entre sus ancestros un bucanero, un verdugo, un rufián de tercera, un salteador de caminos, incluso ya en el colmo un recaudador de contribuciones?



Esas paredes cansadas, con desconchones y cicatrices por doquier como una orfebrería mortal, y esas lascas de yeso seco en los suelos de habitaciones abandonadas son las marcas de una densidad temporal que convierte en organismos los espacios inconsolables en las fotografías de José Ramón Vega. Así las veo, así las necesito.


El poeta portugués António Osório dice:

RETORNO

Soy un papá, dice el niño
poniéndose en sus pies zapatos grandes.
Algunas horas sueñas eso de ser hombre
y te cansa. Y sin daño vuelves
realmente a la infancia.

*

Felicidad
la de, en tu cuarto
jugar solo.
Así hiciese yo los versos.

                                    Traducción de Pablo Javier Pérez López


Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).

Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.

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