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Paulina Crusat: un ave solitaria

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Juan Marsé describió en alguna ocasión a Paulina Crusat como su hada madrina. Fue ella la primera que detectó el talento del autor de Últimas tardes con Teresa, entonces aprendiz en el taller de una joyería, periodista a ratos y escritor vocacional y frustrado al que rechazaban todos sus textos. Contaba el propio Marsé que el encuentro con Crusat a mediados de los cincuenta tuvo algo de casual. Una de esas carambolas con que a veces nos sorprende la vida, pero que resultó ser decisiva. Ocurrió que la madre de Marsé trabajaba cuidando a la de Crusat en una residencia y un día volvió a casa con las señas de la escritora, afincada en Sevilla. A una primera carta llena de dudas y solicitudes de ayuda y consejo, la veterana respondió con inaudita generosidad, ofreciéndose a mediar con la revista Ínsula para que Marsé publicara sus primeros cuentos, proponiéndole lecturas, aportando opiniones y reflexiones sobre los textos enviados y, sobre todo, alentándole para que siguiera cerca de las palabras. El tutelaje se prolongaría durante unos cuantos años, hasta bien entrados los setenta, mientras Marsé iniciaba la carrera que todos conocemos y Crusat se iba volviendo una figura cada vez más borrosa en el mapa literario. Se trataron siempre por carta y solo se vieron una vez, pero el novelista nunca olvidó aquel gesto, ni la complicidad y el apoyo mostrado a lo largo de los años. Cuando en 2014 salió su última novela, Noticias felices en aviones de papel, incluyó una dedicatoria: «A Paulina Crusat, que me abrió la puerta».

Si son ustedes marsistas, puede que ya estuvieran al tanto de esta historia y del papel determinante que jugó Paulina Crusat en la trayectoria del joven Marsé. Pero si no es así, seguramente se estarán preguntando quién rayos fue esta escritora y a qué tanto alboroto. Para contestarles, retrocedamos a principios de siglo, a una Barcelona cosmopolita, burguesa y refinada, todavía con la resaca de la Exposición Universal y en pleno crecimiento industrial y especulativo, y cuyo envés serían el aluvión de inmigrantes y los hervideros anarquistas desde los que medra el Onofre Bouvila de Eduardo Mendoza. Paulina Crusat no tuvo contacto con estos últimos ambientes, porque para eso había nacido en el seno de una familia acomodada y bien relacionada, que le permitía viajes al extranjero, veladas de ensueño en el Liceo en las que podía codearse con lo mejorcito de la burguesía culta de Barcelona o veraneos en una masía en las faldas del Montseny, por donde pasaron casi todos los grandes poetas catalanes de aquella época, desde Riba y Carner hasta Manent y Sagarra. A punto estuvo de casarse con este último, pero en el camino se cruzó un empresario catalán, con fama de playboy y enriquecido con malas artes en la República Dominicana, y con el que se trasladó a Sevilla poco tiempo después. Un cambio de aires que resultó complicado, debido a que la ciudad andaluza estaba a años luz del esplendor cultural y social de Barcelona y a un matrimonio infeliz que empezó con mal pie, ya que se celebró tras la muerte repentina del padre de Crusat, lo que dejó a la familia prácticamente en la ruina. Se convertiría finalmente en un rotundo fracaso tras el nacimiento de dos hijas (a la mayor le sería diagnosticada esquizofrenia a una edad temprana y pasó toda su vida internada en un sanatorio; cuentan que la escritora la visitaba todas las semanas, mientras que el padre no lo hizo jamás) y por las serias dificultades para superar las estrecheces económicas. En esos años, ni una sola línea por la oposición de su marido, que no veía con buenos ojos aquel interés por la literatura, y la perplejidad de la burguesía sevillana, que no sabía cómo tratar a aquella mujer insólita, elegante y cultísima que leía a Proust en francés, hablaba varios idiomas, estaba al tanto de novedades editoriales, jugaba al tenis y al golf y se atrevía a llevar la contraria a los hombres en cuestiones intelectuales y políticas. Contaba el escritor Aquilino Duque en una semblanza que dedicó a Crusat años después de su muerte que el asombro y la desconfianza que provocaba en aquellos ambientes burgueses, ensimismados y encerrados sobre sí mismos, la llevó inevitablemente a relacionarse con las colonias de franceses, suizos o ingleses que había en Sevilla. Una extranjera más.

La muerte de su marido en 1945 permitió a Paulina Crusat ganar cierta independencia y solucionar problemas económicos, pero, sobre todo, recuperar la vocación nacida en aquellas veladas literarias de su adolescencia. Empezó como traductora, con una versión de los poemas del simbolista Jean Moréas, autor muy del gusto de los escritores novecentistas y hoy casi olvidado, y una antología de poetas catalanes para el sello Adonáis con la que levantó cierta polvareda al ser la primera vez que se reunían en un volumen los versos de varios autores silenciados tras el desenlace de la guerra. Aquello llamó la atención del editor José Luis Cano, que le ofreció colaboraciones en Ínsula destinadas a dar a conocer las principales obras de la literatura catalana contemporánea. Poco tiempo después llegarían sus novelas, confeccionadas a espaldas de las corrientes y gustos del momento. Buena prueba de ello es la polémica que tuvo con un jovencísimo Juan Goytisolo a mediados de los cincuenta en las páginas de la revista Destino a propósito de los méritos de El Jarama de Sánchez Ferlosio. En ella, en realidad, lo que se estaba dirimiendo era la supuesta función social de la novela y el enfoque realista practicado por aquella nueva hornada de narradores en la que ya sonaban con fuerza los nombres de Fernández Santos, Aldecoa o el propio Goytisolo. Crusat era una excepción, ya les digo, lo que, sin embargo, no impidió que alguna de sus obras quedara finalista de premios de fuste como el Nadal (estuvo cerca de ganarlo en la convocatoria de 1955 con Aprendiz de persona, el año en que se lo llevó Sánchez Ferlosio) u obtener el entusiasmo incondicional de otras rara avis como, por ejemplo, el mallorquín Llorenç Villalonga, el autor de Bearn, quien consideraba la primera novela de Crusat, Mundo pequeño y fingido, una de las mejores narraciones de toda la posguerra. Los últimos años de la autora catalana fueron, sin embargo, muy difíciles. La muerte de sus dos hijas a finales de los sesenta derivó en una grave depresión y la vuelta a la fe de la que había renegado años atrás. Encerrada en la religión y cada vez más alejada del mundo editorial, se dedicó a dar clases de manera voluntaria y continuó escribiendo, aunque sin esperar ninguna publicación. Solía detenerse en los bancos de cualquier parque acompañada de un libro, papel y pluma y muchos de los amigos de entonces la recordaban como una presencia habitual del desaparecido bar Coliseo, sentada discretamente en un rincón y emborronando cuartillas, ajena por completo al trasiego de camareros y las miradas de extrañeza de la clientela. A mediados de los setenta, cada vez más desvalida y aislada, ingresó en una residencia sevillana gracias a los esfuerzos de su amigo Manuel Halcón, de quien había preparado años atrás una edición de sus obras completas. Murió en mayo de 1981. Un poco antes, el propio Halcón y otros amigos le habían organizado un pequeño homenaje. Fue una de sus últimas alegrías.

Se quejaba Marsé del injusto olvido en que ha caído la obra de Paulina Crusat, y también nos quejamos nosotros. Desde su muerte, ha habido pocos intentos por recuperarla. Cierto es que su estrella se apagó bastante pronto, superada primero por la corriente del realismo social y barrida definitivamente por las nuevas modas que se instalaron en los setenta. En ambos momentos, su literatura se percibió, si no como simple arqueología, como algo anacrónico y a contrapelo de estilos y tendencias, el testimonio de un mundo desaparecido, aquel en el que ella se había educado, y cuya representación, además de dejar un regusto a naftalina, se avenía mal con los procedimientos y técnicas que ensayaba la narrativa de entonces. Lo dice la propia Crusat en algún momento de Las ocas blancas, la novela de la que les hablaré luego: «Este es un libro de mujer y escrito a la antigua». Una declaración con la que la autora parecía querer afirmar su propia singularidad respecto a sus contemporáneos, pero que algunos debieron de tomarse al pie de la letra y que podría explicar el arrinconamiento que vino después. Sin embargo, yo tengo para mí que ese profundo arraigo a un tiempo y unos ambientes juveniles y la pasión y delicadeza con que los recreó es la señal definitiva de la rebeldía y la honestidad que atesora toda la obra de Paulina Crusat, que escapó a los modelos presentes, pero también a una representación vacía de significado de aquella época finisecular, logrando hacer coincidir la crítica a sus contradicciones y sombras con un sentido del humor y una afectuosa ternura capaz de reconocer también sus méritos. Está, además, ese amor por lo minúsculo, por los pequeños detalles, con el que logró componer un cuadro incomparable de los usos y costumbres sociales y captar en plena acción las vidas e ideas de sus personajes, penetrando en su interior y obteniendo un minucioso reflejo de sus intimidades. No es descabellado afirmar, como han hecho algunos, que, con esa sutil labor de zapa sobre los recuerdos y la memoria, la escritura de Crusat presente algunos parentescos con la de autores como Virginia Woolf o muy especialmente Proust, lo que vendría a demostrar su impresionante modernidad y, a su vez, la confirmación de su soledad entre las fórmulas que triunfaban en la narrativa española del momento.

Alguien ha dicho que la rara unidad de la obra de Paulina Crusat, formada por cuatro novelas que dialogan entre sí, invita a un tratamiento y una lectura conjuntas. Hay, además, una especie de autobiografismo sentimental, sobre todo porque la materia de esos relatos donde la anécdota es siempre mínima surge de una exploración de vivencias personales e íntimas, trasladadas al papel con aguda sensibilidad y un tono casi elegíaco que mira con algo de nostalgia el tiempo pasado. La escritura como medio para transformar la melancolía con que se contempla el fluir de lo temporal en una medicina, aunque sea precaria y provisional, o para convertirse en instrumento con el que indagar en los misterios y recovecos del corazón humano, por más que sepamos que su estudio arroja muy pocas certezas. Algo de esto último hay, por ejemplo, en la evocación romántica de la Suiza del siglo XIX que encontramos en Mundo pequeño y fingido, cuyos escenarios y ambientes pueden parecer una cosa anticuada y demodé, pero que sirven, en realidad, para mostrar unas problemáticas y asuntos tan universales como atemporales. La ansiedad y el deseo juvenil, las alegrías y desengaños del amor, la ciega potencia de la pasión o la violencia que a veces contiene la vida. Y lo mismo sucede con Relaciones solitarias, la última novela que publicó Crusat, y en donde la mirada aún se traslada más lejos, a la Francia del siglo XVII y a las cuitas de un grupo de mujeres de la nobleza. Ejercicios libérrimos de planteamiento, técnica y estilo, pero, sobre todo, impecables análisis de los sentimientos del alma en unos mundos aristocráticos que, por más que usen ceremoniosos ropajes y se expresen a través de una morosa y cuidadísima escritura, trazan un arco con asuntos y temas que remiten a la misma época que vivió Crusat, así como a unas problemáticas que aparecen en otras autoras coetáneas.

Con todo, yo prefiero sus otras dos obras, el ciclo que ella misma tituló Historia de un viaje y en donde se incluyen Aprendiz de persona y Las ocas blancas. Novelas de aprendizaje en las que, con una fuerza poética extraordinaria y sin dejar de lado un talante crítico, Paulina Crusat atrapó el sentir de la vida y la atmósfera de unos ambientes aristocráticos en decadencia. Relatos sobre unas delicadas y coquetas muchachas en flor, educadas en la buena sociedad barcelonesa, un pelín frívolas y otro poco atolondradas, que trufan sus conversaciones de modismos franceses y se enamoran con temblor de violines porque previamente han conocido ese sentimiento en novelas románticas, sin las cuales no lo identificarían. Frente a ellas, los hombres que acuden a la platea del Liceo como «astutos y hambrientos cazadores», que valoran escotes, sopesan talles, joyas, peinados y trajes, pero, sobre todo, calculan las dotes. Ambientes y espacios de ensueño, presentados a través de breves fragmentos, y a donde no llega el ruido de las bombas que estallan en las calles o los conflictos de las fábricas; los problemas de «esa gente que obedece» y que nunca son percibidos en ese universo de organdí, uvas escarchadas, copas de champán y vestidos de tul. La Barcelona que presenta Paulina Crusat no existió. Está solo en el recuerdo de las protagonistas de sus relatos, en la imaginación con que vuelven a su pasado para descubrirnos cachitos de una existencia y conjugar la herida con la memoria y el desgarro con el tiempo. Un paraíso al que es imposible regresar. «Las ciudades, como las familias, se arruinan con facilidad», dice la narradora al inicio de Las ocas blancas. Viajes al pasado y a los episodios principales de una juventud perdida en la que el amor y el vértigo del deseo se acabarán descubriendo como una convención más entre los ritos y juegos sociales de la gran feria de las vanidades a la que nacieron estas muchachitas, ahora ya adultas y un tanto desencantadas, como la inolvidable Monsi Sureda que protagoniza Aprendiz de persona, y que miran hacia atrás con una mezcla de nostalgia, piedad y desengaño.

Pienso en estas novelas y en Paulina Crusat, ave solitaria en la narrativa del medio siglo, injustamente olvidada, y en la breve nota que aparece al comienzo de Las ocas blancas. Con humildad, se dirige al lector, «si tengo alguno», y dice que este es un libro lleno de verdad, si es que tal cosa existe en una obra de ficción. Nadie debería perderse las novelas de Paulina Crusat. En ellas sí que asoma una verdad, tan tangible y dura como un diamante.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.

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