/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /
Imagen destacada: Andando sobre las aguas, de Ivan Aivazovsky (1888)
Antonio Machado dejó dicho: «¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en la mar!» (La saeta). Se negó a rendir culto al momento del sacrificio y la derrota, reivindicando el del triunfo y la esperanza, apostando por la vida. El aciago destino de Edipo lo lleva a conocer las dignidades más altas y la caricia de la felicidad para caer en los más tenebrosos abismos. Y todo sin la menor culpa. Pero antes que al Edipo sufriente, preferimos retener en la memoria al que derrota a la espeluznante tejedora de acertijos que atemorizaba a Tebas. Su terca determinación de ir al fondo de las cosas, su voluntad de verdad, le permitirá comprender el auténtico sentido de su encuentro con la perra cantora.1 Al final de su jornada sabrá que, aunque el hombre fuera aparentemente la solución, en realidad es el enigma.
En el cuadro de Gustave Moreau Œdipe et le Sphynx vemos a la criatura con cuerpo de león, alas de ave, busto y rostro de mujer abalanzándose sobre el héroe. De hecho, está totalmente aferrada a él, casi a imagen de las shakti tántricas budistas, si bien manteniendo la decimonónica compostura. La intensidad desafiante de las miradas que se cruzan, fijos los ojos de uno en los de la otra, sugiere una simetría especular. La belleza de la Esfinge es traicionera, como delatan los cadáveres que rodean la columna desde donde acecha a sus víctimas. Él debe zafarse de sus artimañas si quiere vivir, y lo consigue gracias a su ingenio. Al contrario que a Perseo ante la Gorgona, el triunfo le llega porque es capaz de sostener firmemente la mirada de su adversaria. Solo que eso equivaldrá a escudriñar dentro de sí y, por ende, a arrostrar el peligro que conlleva.
No es de extrañar la fijación de Freud con el tebano, pues al fin y al cabo, él lidió con el mismo misterio insondable: el hombre. Como confirma su biógrafa Elisabeth Roudinesco, se veía cual Edipo moderno enfrentándose al monstruo de la destrucción. La suya era quizás una ambición desmesurada, pero en cualquier caso un empeño loable. En el héroe encontramos una pasión por la verdad, caiga quien caiga, y una justicia que realmente empieza por uno mismo, que constituyen un paradigma de virtud en el sentido pagano. Y que no podemos sino echar de menos al vernos obligados a reconocer, nuevamente con Machado, que «hoy el vicio es lo que se envidia más».
Los héroes teatrales de alcurnia saltan de siglo en siglo adaptándose a mundos y circunstancias muy distintas de las que los vieron nacer. Cuando sus nuevos avatares son puestos en pie por creadores de fuste, un diálogo secreto se entabla por encima de las épocas. En los casos más logrados, el personaje incorpora la esencia original a la vez que viste ropajes adaptados al presente. Ofelia sucumbe atropellada por el enloquecido carrusel de poder, violencia y venganza accionado por su rey, su padre y su príncipe. Harta de sufrir golpes y dardos de la insultante fortuna e imposibilitada por los tabúes sociales de tomar las armas contra el piélago de calamidades que la acechan, no le queda otra que elegir dormir, con o sin sueños. Después, las primaveras y los otoños se sucedieron. Doctas y valerosas mujeres pugnaron durante siglos por sacar a su género del lado oscuro y cenagoso de la historia. En 1977, una Ofelia resucitada por la pluma mágica de un dramaturgo alemán se acerca al borde del escenario con un discurso nuevo. Callemos y escuchémosla:
«Yo soy Ofelia. La que el río no retuvo. La mujer con la soga al cuello. La mujer con las venas rotas. La mujer de la sobredosis. La mujer con la cabeza en el horno. Ayer dejé de matarme. […] Destruyo el campo de batalla que era mi hogar. Arranco de cuajo las puertas para que entre el viento […]. Con manos sangrantes rompo las fotografías de los hombres que amé y me usaron sobre la cama la mesa la silla el suelo. Prendo fuego a mi cárcel […]. Desentierro de mi pecho el reloj que fue mi corazón» (Heiner Müller: Hamletmachine).
La víctima designada se rebela contra el destino que se le ha preparado. Elige renunciar a la muerte. Infinidad de mujeres no tuvieron y siguen sin tener oportunidad o coraje para salir del lodazal. Esta tirada debería figurar con letras de oro en sus diarios íntimos, escritos o no. Y no solo en los de quienes soportan vejaciones cotidianas, sino en los de todas aquellas a las que una hija poseída por el espíritu de Mafalda podría preguntar: «Mamá, ¿qué te gustaría ser si vivieras?».
1 Sófocles: Edipo rey, traducción de Agustín García Calvo.
Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), El serano, La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024) y Antígona vive. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en los diarios Nueva Tribuna y Nueva Revolución. Colabora con la revista El Viejo Topo (Ediciones de Intervención Cultural).

