/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /
Atribuir causas a los problemas no siempre es un primer paso para solucionarlos, difícilmente puede serlo si la atribución es delirante, frívola o meramente interesada, si ni siquiera el problema llega a estar ni medio bien identificado. Solucione algo o no, sirva para lo que sirva, es cierto que en el señalamiento de un problema y en su atribución a una causa hay una «ganancia» de fondo, entre otras posibles, que tiene naturaleza emocional. Señalar un problema y atribuirle una causa nos da seguridad, o al menos una sensación de seguridad: ordena el mundo dentro de nuestra cabeza, nos lo hace comprensible y manejable, establece linealidades causa-efecto claras y directas; nos permite creer que el mundo es diáfano a nuestro entendimiento y más o menos sorteable, más o menos acomodable a nuestras necesidades. Por si fuera poco, señalar problemas y atribuirles causas contribuye a mejorar nuestra autoestima y nuestra imagen a los ojos de unos u otros, y hasta puede convertirnos en referentes para alguien, quizá para muchos; puede proyectarnos a posiciones de considerable alcance público y convertirse en nuestro medio de vida. Y así, burla burlando, podemos acabar siendo señaladores profesionales de problemas y causas: analistas, tertulianos, expertos a los que se acude en busca de luz y explicaciones.
Es lógico, por otra parte, que tratemos de incrementar esta «ganancia» identificando causas generales, únicas, versátiles. Leyes fundamentales de aplicación universal, como en la física y en el esoterismo. Algo equivalente al remedio para toda enfermedad que buscaban los alquimistas, una panacea que lo explique todo de manera clara, rápida y directa. En nuestros días ha quedado establecido, es sabido y es indiscutible: la causa de todos los problemas se llama Pedro Sánchez, él es el origen de todo mal, una posición en la que ha venido a relevar a Pablo Iglesias, que también fue en su momento el causante claro y directo, indiscutido, de todos los problemas, de aquí y de allá, de hoy, de ayer y de siempre jamás. Accedemos a este alto conocimiento gracias a la inteligencia preclara de la legión de tertulianos, analistas y expertos que diariamente deponen sus diagnósticos sobre nuestras cabezas abiertas, abiertas y vacías, desiertas. Pero también se lo debemos a sabios mucho más cercanos, más familiares, a la capacidad de penetración y la finura en el pensar de los cuñados que nos asisten, nos explican y nos salvan: compañeros de trabajo, de transporte público, de cola, de ascensor, qué haríamos sin su saber, qué ciegos y extraviados estaríamos sin sus certeros y puntuales análisis.
El método tiene su refrendo filosófico, y no es poca cosa. Lo hallamos en la escolástica —más bien en sus estribaciones—, y se llama principio de Ockham, o también «navaja» del mismo, pues sirve para cortar por lo sano. De todas las posibles soluciones a un problema, de todas las respuestas que quepa dar a una pregunta, la más probable es la más sencilla. De modo que procedamos. ¿La vivienda? Pedro Sánchez. ¿La corrupción? Pedro Sánchez. ¿Israel? Pedro Sánchez (faltaría más). Sigamos. ¿Las cargas policiales, las listas de espera, la subida del pan? Pedro Sánchez. ¿Ucrania, Venezuela, la China entera? Pedro Sánchez. Y todo así, hasta el fin: ¿el cambio climático? ¿Los incendios? ¿Los aranceles? Quién va a ser.
Claro que no es nueva la figura del chivo expiatorio, la historia está llena de ellos. Y de ellas. Han sido individuos elegidos para esta misión, pero también —mucho más prácticos a gran escala— colectivos enteros, y siempre han servido para encarnar el origen del mal y cargar con las culpas de todo, así como para pretextar las medidas curativas o soluciones finales: la expulsión, la hoguera, la cámara de gas; el golpe de Estado, el paredón; el bombardeo, la limpieza étnica, ideológica, moral. No es una figura nueva, y menos en España, pero como si lo fuera, para lo que nos ha servido. Su diseño y puesta en marcha, su funcionalidad, sus mecanismos internos, su propagación, sus consecuencias. Lo sabemos de sobra, o deberíamos. La historia, pero también la psicología, la sociología, la antropología. Sus revelaciones podrían servirnos para algo, ya que somos la sociedad más culta y mejor formada, ya que leemos tanto, ya que hemos ido todos a la universidad. Pero no sirven para nada. ¿Torre Pacheco, la DANA, La Vuelta? Pedro Sánchez, Pedro Sánchez, Pedro Sánchez. ¿La crispación, las faltas de respeto, la normalización del insulto y del lenguaje más bajo y más soez, las redes asfixiantes, el envenenamiento de la convivencia?
Señalar al político (a uno, a un grupo, a todos) como causa del mal, atribuir a «la política» el origen de todo lo que identificamos como problema, tiene mucho —lo tiene casi todo— de ejercicio de evasión mental, de apoltronamiento en una infantil credulidad, de excusa para eludir cualquier responsabilidad. En nuestro tiempo se habla mucho, constantemente, del político y de la política como si ellos fuera el problema, como si estuviera ahí y no mucho más cerca, en ellos y no en nosotros. Hay una sobresaturación de políticos y de política en nuestro día a día que actúa como una droga aturdidora, desactivadora. Un mecanismo ya dado por bueno para todo, pero sobre todo para que como individuos en sociedad no nos pensemos, no nos cuestionemos ni nos hagamos cargo de nada, para que nos dejemos hacer y llevar, entusiastas o resignados. En la práctica generalizada de culpar de todo al político, al partido, a la clase política entera se visibiliza el termómetro de nuestra idiotez, de nuestra incapacidad para diagnosticarnos individual y colectivamente; confirma que, por muy ridícula o descabellada que sea nuestra fe, preferimos creer antes que pensar, y delegar antes que hacernos cargo. Así todo es más fácil, porque todo es cosa de ellos, culpa de ellos. ¿Nuestra condición gregaria, nuestra estupidez supina? ¿Nuestra indigencia intelectual, nuestra pereza mental, nuestra bajeza moral? ¿Nuestro conformismo, nuestra indiferencia, nuestro cinismo, nuestra eterna hipocresía…? No lo duden, no lo piensen: Pedro Sánchez, claro que sí.
Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.

