texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Tres gracias)
Profundidad en la mirada. Y eso ya es todo. No conformarse con pasar los ojos resbalando sobre las realidades, sin asomarse a su entraña. Más bien llegar hasta las últimas espinas de sus nombres como si en ellos nos esperase una revelación oscura. La hoja del abedul que tirita en la rama tras haberse librado de la fiebre del verano, la ropa aún endurecida, vuelta a sacar de los armarios fríos, el motín de los papeles atropados hasta donde los llevó el viento, la brusca invasión del aire bufando en los portales abiertos… Cómo se afina en septiembre la cuchillería de los sentidos.
Septiembre en Chillida Leku.
Con Ana, Benjamín, Tere.
Él conocía muy bien que en la materia había un ritmo interno. «Hay una oculta comunicación en todo lo que es próximo», dejó dicho. Y consagró su vida a alcanzar el latido secreto de la piedra, del hierro, de esa tierra de consistencia corporal —chamota— que descubrió una vez en Saint-Paul de Vence. Quería llegar a sentir «la vibración muda» de las cosas. Y ahí están ahora las piezas ante nosotros, como enormes organismos perezosos que parecen esperar la llegada de algo que los acabe de despertar. Nos sorprende esa vitalidad no perturbada, su aventura tanteante como un desafío a lo estable mortuorio, su elevación en busca de una misteriosa salvación… Se trasluce el alma de Chillida en este lugar, repleto de numerosas sensaciones, donde él trabajó y donde persiste un respeto, el respeto al espacio que el propio escultor sabía ver mientras pugnaba por conseguir que sus piezas no fuesen una mera invasión del vacío.
Este cielo del norte de porcelanas rotas… Musculosa y bravía, la luz desollada se llena de heridas imprevistas. Cuesta encontrar acomodo para resistir el envite gris que se nos viene encima desde lo alto. ¿Nos cobija o nos advierte? Bajamos entonces la cabeza en busca de la seguridad real del suelo, echamos a andar y oímos la música masticada de otras pisadas que se van uniendo a las nuestras. Lo horizontal siempre ha invitado a encontrarnos en los otros. El minero y el labrador viven en espacios que exigen compañía; bajan la vista, ven ante sí el enigma de lo inmediato y se aferran a él, descarnándolo. En cambio, el pastor o el marino, que miran el horizonte y el resplandor del cielo, saben que la infinitud es su aliada y esperan de ella una suerte de unción para soportar a solas los nombres que contiene esa lejanía que siempre están viendo. Porque su patria es el horizonte.
El profesor de filosofía cumplimenta la programación de las lecturas que va a proponer en el curso. Una de ellas es el Fedón de Platón. «Plazo de lectura», exige contestar un apartado. Y él escribe sin dudarlo: «Toda la vida». No sé si en las tristes colmenas de la Administración lo aceptarían así. Lo cierto es que no hay otra respuesta posible.
Es una calle muy secundaria. Han sacado al anciano a la puerta de la casa a darlo todo. Mira entre sus pies el cemento con ojos perdidos, como si estar ahí fuese una equivocación que él no se explica. Las zapatillas de fieltro ya le advierten de que no puede ir más allá, que ese es el límite de su territorio. Se lo tragará de nuevo la casa en cuanto el calor pegue sobre el mundo y él vuelva adentro, a infectar con su fragilidad el orden de la vida de los hijos.
En una entrevista del periódico dice una autora de fanzines que «leer los libros enteros está sobrevalorado». Ya sabíamos que estamos en una época lamentable en que el pensamiento anémico solo se nutre de titulares, eslóganes, lemas, iconos, consignas. Poco más. Lenguajes en los que el impacto ha sustituido al análisis, desdichadamente. Ahora a todo lo que esté de parte de la impaciencia y a favor de no consumir tiempo [sic] se le abren las compuertas del interés social. No hacía falta venir desde dentro a corroborarlo, como hace esta mujer. Pero ahí está su testimonio, en nada parecido a la gracia sandunguera de Monterroso en aquel relato suyo: «Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea». ¡Y es un texto completo!
En las reuniones de escritores siempre hay alguien que pugna por hacer saber de mil modos a los otros que el verdadero escritor es él, y los demás solo están allí para confirmarlo.
«Era un ciclo perverso: los obreros desempeñaban trabajos deshumanizadores a fin de producir productos superfluos que compraban ellos mismos» (Hernán Díaz, Fortuna).
Tener vista para abrir un negocio, tener olfato para resolver una delicada situación, tener gusto para vestirse, tener tacto para sostener un diálogo difícil… Todos los sentidos salen de sí mismos hacia el exterior de los comportamientos. Solo el oído se reserva para su función propia. Podríamos ensanchar su significado con propuestas inventadas: «Ese tiene oído para el amor», por ejemplo. Y todos lo entenderíamos aun sin haberlo escuchado antes.
Septiembre es este olor en casa a manzanas repentinas, es la lluvia que cae meticulosamente sobre todos sin consultarnos y es ese juego de pactos nublados con la primera oscuridad, la que nos va haciendo olvidar la conducta agresiva de la luz en estos meses de atrás. Una quietud sin porqué nos deja ya pendientes de las primeras inminencias. En las esquinas de las cosas huele a humedad revuelta, a membrillos y a alcanfor. ¡Que pase el otoño!
Qué gracia me han hecho siempre las abreviaturas, esa especie de esbozo que se refrena y ya, como si la palabra entera fuese tímida, se conforma con asomar nada más el hocico al mundo. Et caetera se contrajo primero en etcétera y luego fue perdiendo volumen, desinflándose hasta quedar ahí, en los puros huesos: etc., como si no quisiera molestar. En las antiguas cartas, de aquella seriedad formularia, abundaban las abreviaturas enigmáticas: q.e.s.m.; s.s.s.; s. afmo… Aunque también había suculencias que se expresaban a las claras como para dejar patente un grado de cercanía o servidumbre que rozaba lo ridículo: «Póngame a los pies de su señora» era la más tajante. Pero todo eso era en los tiempos en que se escribían cartas bien urdidas «de la cruz a la fecha». Luego se dejaron de escribir, atacadas primero por tarjetas postales, que exigían brevedad, y luego por el teléfono, que ponía más cercanía con la voz, hasta que llegaron las posibilidades de los medios digitales. Cayeron en desuso aquellas expresiones y aquellas abreviaturas, llegando las cartas a ser lo que ya son hoy: asunto de arqueología. Hace años propuse en clase escribir una carta conservando su orden formal; se trataba de aprender ciertos conceptos típicos de la correspondencia: remitente, destinatario, posdata…; en pleno ejercicio, un alumno reclamó mi atención para preguntarme: «¿Qué significa esto de domicilio?». Ahí supe que ya tenía del todo perdida la partida.
Palabras, palabras en el aire público. Vuelan en la calle sobre las cabezas de todos. Yo las oigo detrás de mí, las apunto en la memoria pantanosa pero no vuelvo la cabeza para comprobar quién las ha dicho. No me hace falta saberlo. Mejor así. Cazarlas al vuelo como se caza una mosca inesperada y entregarlas de nuevo a la vida, poniéndolas cuanto antes en el remedio repentino de cualquier soporte: una servilleta de bar, una hoja perdida en una libreta, el revés de un posavasos. No sé más de ellas que ellas mismas. Y eso ya es todo. Son los nombres sin dueño.
Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).
Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.
