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Almeida, el antisemita

/ por Fernando Hernández Sánchez /

En la almoneda de insultos a la que acuden a surtirse la derecha y la ultraderecha ha reaparecido, de manera inesperada y paradójica, un término clásico de la disputa política de los siglos XIX y XX: antisemita. Según el diccionario de la RAE, dícese de quien «muestra hostilidad o prejuicios hacia los judíos, su cultura o su influencia». En el contexto actual, vocablo arrojadizo contra quienes denuncian de forma contenida o con vehemencia el genocidio perpetrado por el estado de Israel en Gaza. Cualquiera —usted, yo, los estudiantes, las pacifistas, Almodóvar, unas ancianas de Bilbao, Greta Thunberg, Susan Sarandon y hasta la ONU— se metamorfosean en devotos de Julius Streicher y ávidos lectores de Der Stürmer, el tabloide nazi especializado en caricaturizar al judío eterno con el afán último de exterminarlo. No hay portavoz del Partido Popular o de Vox —¡ay, cómo cambian los tiempos!— que no se haga eco del argumentario ni medio regado de subvenciones por las administraciones que controla que no lo difunda o se prodigue en motejar rudamente a todos sus adversarios. Tampoco falta cargo público, como el alcalde de Madrid, avezado funambulista, dispuesto a hacer equilibrios sobre el alambre para no llamar por su nombre a un crimen de lesa humanidad retransmitido en tiempo real.

La derecha española nos tiene acostumbrados a reinventarse. En un viaje al centro más largo en el tiempo que la Anábasis de los Diez Mil narrada por Jenofonte, necesita hacer olvidar que sus ancestros militaron en el lado incorrecto. Harta violencia tienen que hacerse a sí mismos quienes han bebido intelectualmente del Ramiro de Maeztu que en Defensa de la hispanidad sentenció que «el carácter español se ha formado en lucha multisecular contra los moros y contra los judíos»; del José María Pemán del Poema de la Bestia y el Ángel —como decía socarrón un viejo profesor de Literatura de mi bachillerato, debería haberse titulado El poema del Ángel y la bestia del autor—, que glosaba: «El enemigo infiel, sierpe que ahoga / la garganta de España, y apretado / tiene su cuerpo, es de la Sinagoga / el oculto poder»; o del Agustín de Foxá de Madrid, de corte a checa, que, además de sus estereotipos de las capas populares empapados en odio de clase no dudaba en recurrir a manidas caracterizaciones dignas del film nazi El judío Suss: «Rosenberg era un judío jorobado, pálido, de espíritu agudo. Hablaba francés con extremada corrección…».

Los caprichos de la geopolítica han llevado a que hoy toque alinearse con el Estado de Israel, el gobierno de Netanyahu o cualquier otro gabinete belicista que lo suceda, y ello sin que se acuse contradicción aparente, por ejemplo, en mantener en Madrid una calle dedicada a la memoria de los voluntarios falangistas que, con uniforme alemán y bajo juramento de fidelidad al Führer, combatieron en una guerra de agresión conceptuada como crimen contra la paz en la doctrina de Nuremberg. Una unidad cuya Hoja de Campaña abundaba en artículos sobre la alianza diabólica del judaísmo con el marxismo y el liberalismo: «¡Te conocemos! Son tus apellidos, Democracia, Marxismo y Plutocracia, pero tu nombre de pila es inconfundible: te llamas Judaísmo». En 1942, el locutor de un documental de Joaquín Reig y Víctor de la Serna bramaba: «La orden de la Komintern es la orden permanente de la raza maldita: destruir todo lo que sea motivo de presencia, recuerdo y orgullo de la cultura cristiana. España debe ser el cabo por donde la tea comunista ponga fuego a la venerable Europa. Es la consigna de Sión lanzada por Moscú».

Alberto Reig Tapia reveló que el 13 de mayo de 1941, la Dirección General de Seguridad cursó una orden a todos los gobernadores civiles para que informaran sobre «los israelitas nacionales y extranjeros afincados en esa provincia». Estaba firmada por José Finat, conde de Mayalde, quien poco después sería enviado a Berlín como embajador antes de ser alcalde de Madrid. Este nefasto personaje entregó a Himmler una lista de 6.000 judíos españoles. Entre sus hazañas de «camisa vieja» cabe recordar la paliza propinada por él y otros conmilitones al cantante Miguel de Molina, con la coartada de punir su republicanismo y su homosexualidad. Mayalde dio nombre en el año 2000 a una avenida a propuesta del PP de José María Álvarez del Manzano, hasta que en 2018 la denostada ley de Memoria Democrática le apeó del callejero en beneficio de alguien más meritorio: el ingeniero aeronáutico y militar leal Emilio Herrera Linares.

No todas las figuras que hicieron del antisemitismo el núcleo de su pensamiento padecieron similar defenestración. En el Paseo de la Castellana, cruzada por las calles del doctor Fleming y Juan Ramón Jiménez se encuentra la vía dedicada a un tal «Carlos Maurrás». Solo la bendita ignorancia —por ser caritativo— de las autoridades municipales ha podido desatender a quien fue uno de los principales teóricos del pensamiento reaccionario francés del primer tercio del siglo XX. Charles Maurras (1868-1952) fue un influyente periodista, político y pensador, miembro de la Academia, líder del movimiento monárquico y ultranacionalista Action Française y profeso de un virulento antisemitismo. Cobró relevancia pública durante el caso Dreyfus —la falsa acusación de espionaje a favor de Alemania contra un oficial de origen alsaciano y ascendencia judía, cuyo proceso polarizó a la sociedad de su época—. Maurras escribió entonces: «Todo francés tiene derecho a ser antisemita, todo francés debe ser antisemita. El antisemitismo es el estado de defensa natural del hombre francés».

Su pensamiento se basaba en la idea de que Francia debía ser purificada de todo elemento considerado «extranjero» o «desintegrador» de la nación. «No se es francés si no se es de origen francés», sostenía. «En nuestra patria, los judíos son extranjeros, enemigos de nacimiento». Maurras desarrolló una profunda aversión hacia lo que él denominaba los «cuatro estados confederados» o «anti-Francia»: judíos, protestantes, masones y metecos. «Los judíos —decía en 1905— son una raza extranjera que siempre ha trabajado por la ruina de nuestras instituciones y de nuestra patria». Años más tarde, se reafirmó: «El judío es el enemigo nato. Es de la familia de Caín». En el corolario de su pensamiento, Mes idées politiques (1937) concluyó: «El judío no forma parte de nuestra nación, no puede ser más que un parásito».

Su antisemitismo era de raíz cultural y política, aunque con el tiempo adquirió tintes biológicos y conspirativos. Para Maurras, los judíos eran una fuerza desestabilizadora, cosmopolita y revolucionaria que minaba la cohesión y la identidad francesa. Debido a su atribuida lealtad internacional y religiosa, no podían ser verdaderos franceses. Como «cuerpo extraño», ajeno y hostil al organismo nacional, solicitó en varias ocasiones su expulsión de los puestos clave en el ejército, la administración y la educación. El líder socialista Léon Blum se erigió en blanco recurrente de sus invectivas. Cuando se convirtió en primer ministro en 1936, tras el triunfo del Frente Popular, Maurras, que siempre se refería a él como «el judío Blum», escribió un editorial instando a su «fusilamiento por la espalda». «Para nosotros —declaró—, la cuestión de la raza del señor Blum no es secundaria. Es principal». Y remataba: «La política, para un judío, es una guerra a muerte. Con un judío, la guerra es una guerra sin fin. La guerra entre judíos y no judíos ha sido declarada. De esta guerra, no hay paz».

Cuando se firmó el armisticio en junio de 1940, Maurras consideró la caída de la Tercera República como una confirmación de sus tesis sobre la decadencia de Francia por culpa de la democracia, los partidos políticos y la nociva influencia de los extranjeros. Se convirtió en un ferviente partidario del mariscal Pétain y del régimen de Vichy. Su organización y su periódico homónimo apoyaron incondicionalmente la denominada «Revolución Nacional»: «Un régimen que ha abolido la democracia, que persigue a los judíos y a los masones, que exalta el trabajo y la familia, es un régimen bueno para Francia […] Lo que es antijudío es bueno para la patria. Lo que es antimasón es bueno para la patria. Lo que es antidemocrático es bueno para la patria». Su persistente campaña antisemita contribuyó en gran medida a crear el clima intelectual y político que hizo posible la promulgación de normas para proteger la «pureza» de la nación. Uno de sus seguidores, Raphaël Alibert, ministro de Justicia de Pétain, fue uno de los principales arquitectos de las primeras leyes raciales de Vichy. Redactó personalmente el Estatuto de 3 de octubre de 1940 que definía legalmente quién era judío y excluía a quien lo fuera de numerosos cargos públicos, profesiones liberales, medios de comunicación y otras esferas de la vida francesa. Fue el primer paso hacia la persecución y deportación que culminaría con las redadas, el encierro concentracionario y la deportación de unas 76.000 personas a los campos de exterminio.

Maurras justificó las acciones de Vichy contra la resistencia y los aliados y nunca condenó públicamente la persecución y deportación de judíos. De hecho, sus periódicos continuaron publicando artículos antisemitas incluso cuando la «Solución Final» estaba en marcha. Tras la liberación de Francia en 1944, Charles Maurras fue arrestado y juzgado por inteligencia con el enemigo. Durante el juicio, se mantuvo desafiante. Condenado a cadena perpetua y a la degradación nacional, exclamó al escuchar la sentencia: «¡Es la revancha de Dreyfus!». Murió en prisión en 1952.

La toponimia del callejero sirve para tributar honores a quien honor merece. Como señaló Pierre Nora, los lugares de memoria son condensados de significado histórico en los que una sociedad reconoce a personajes, hechos o efemérides que nutren el tejido de la identidad colectiva. Almeida y el PP madrileño, a quienes tanto preocupan las banderas palestinas de poco más de un metro cuadrado en balcones o centros de enseñanza, deberían pensar si es de recibo empecinarse en mantener la denominación de una vía urbana en un acto equivalente a desplegar una oriflama antisemita de media hectárea a poco más de quinientos metros de los ministerios de Defensa y Economía y de los juzgados de Plaza de Castilla. Ya sabemos que el alcalde no se atreverá con la calle que enaltece a los caídos de la División Azul: su dependencia de la extrema derecha obliga y la cabra siempre tira al monte. Pero, Carlos por Carlos, podría cambiar el actual epónimo por el del simpático amiguito del perro Snoopy dibujado por el historietista Charles M. Schulz. Su electorado, dada su idiosincrasia, no sufriría tanto y la ciudad en general y la higiene moral saldrían ganando.


Fernando Hernández Sánchez es historiador y profesor titular de la Universidad Autónoma de Madrid, miembro de la Asociación de Historiadores del Presente y colaborador del Centro de Investigaciones Históricas de la Democracia Española. Preside la Asociación Entresiglos 20-21: Historia, Memoria y Didáctica, dedicada a la investigación sobre la enseñanza escolar de la historia reciente. Sus investigaciones versan sobre la historia del movimiento comunista en España. Es autor de Comunistas sin partido: Jesús Hernández, ministro en la Guerra Civil, disidente en el exilio (2007), Los años del plomo: la reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo (1939-1953) (2015), La frontera salvaje: un frente sombrío de la guerra contra Franco (2018) o El torbellino rojo: auge y caída del Partido Comunista de España (2022). Colaboró en el volumen En el combate por la historia dirigido por Ángel Viñas (2012).

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