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Ciencia-ficción materializada y futurismo reaccionario en Silicon Valley

/ por Ali Rıza Taşkale /

Artículo publicado originalmente en UnTold Mag el 26 de agosto de 2025, traducido del inglés al castellano por Pablo Batalla Cueto

Cuando Mark Zuckerberg anunció, en 2021, que Facebook cambiaba de nombre, para pasar a llamarse Meta, no estaba simplemente cambiando un logo, sino que traía a colacion la novela cyberpunk de 1992 Snow crash, de Neal Stephenson, en la cual las corporaciones sustituyen a los gobiernos en una distopía virtual: el metaverso. Aquello era, sí, algo más que marketing: un ejemplo esclarecedor de cómo la élite de Silicon Valley usa la ciencia-ficción como patrón para reorganizar la sociedad con arreglo a su ideología.

Lo que antes era mera ficción especulativa, ahora se materializa por medio de un ingente capital y de influencia política, con consecuencias preocupantes para la democracia. Yo llamo «ciencia-ficción materializada» a este fenómeno: la capacidad de los multimillonarios del sector tecnológico de convertir relatos especulativos en políticas del mundo real.

La ciencia-ficción siempre ha sido política, pero Silicon Valley abraza selectivamente sus elementos más elitistas. De los psicohistoriadores de Asimov al John Galt de La rebelión de Atlas,[1] el mito del visionario solitario se utiliza para legitimar el poder centralizado.

De la ficción a la política corporativa

Quienes analizan la fijación de Elon Musk con la colonización de Marte, por ejemplo, suelen remontarla a la ciencia-ficción que leyó en su juventud; y en particular, a la serie Fundación, de Isaac Asimov, que imagina una vasta civilización galáctica acaudillada por una élite científica. Aunque en ella se aborden temas como la contingencia histórica y los límites de la predicción, en lo que Musk se fija más bien es en el mito del control racional y tecnocrático y la salvación civilizatoria, para convertir los libros en una hoja de ruta de la ingeniería planetaria proactiva y el progreso liderado por las élites.

El Cybertruck de Tesla, por su parte, se inspira en la estética retrofuturista de Blade Runner, una película cuya pretensión era lanzar una crítica distópica del poder corporativo, el colapso medioambiental y el tecnoautoritarismo. En la versión de Musk, sin embargo, se despoja a la estética de su filo crítico y se la reconvierte en un espectáculo de desafío e innovación: un diseño atrevido y angular, vendido como emblema de fortaleza, disrupción y futurismo.

Un Cybertruck

De forma similar, su apropiación de Twitter —que Musk presentó como una cruzada en pos de la libertad de expresión— lo convierte en un Tony Stark, arquetipo del genio-héroe multimillonario del mundo Marvel, también conocido como Iron Man. Caracterizarse a sí mismo de este modo camufla la consolidación del poder personal, la formación de plataformas de voces reaccionarias y el socavamiento de las normas democráticas bajo el pretexto de la liberación.

Jeff Bezos —que posee una colección privada de ciencia-ficción de las mayores del mundo— financia proyectos de hábitats espaciales inspirados en fantasías tecnoutópicas de los años setenta; sobre todo, en la obra del físico Gerard K. O’Neill. Su concepción de colonias orbitales enormes y autosuficientes —cilindros giratorios capaces de albergar a miles de personas— se popularizó a través de estudios de la NASA y permeó ampliamente la imaginería de la ciencia-ficción de aquella época.

Bezos ha mencionado explícitamente la quimera de O’Neill como referente para los objetivos a largo plazo de su empresa Blue Origin. Concibe un futuro en el que la industria pesada se traslade fuera de la Tierra y la humanidad viva en entornos espaciales prediseñados. Al igual que Musk, utiliza la ciencia-ficción como inspiración a la par que justificación de un porvenir liderado por el capital privado y la élite tecnológica.

Algoritmos y explotación

Las inversiones de Peter Thiel, cofundador de PayPal, en inteligencia artificial, prolongación de la vida y «colonización marina» o seasteading (construcción de asentamientos autosuficientes en aguas internacionales, fuera de la jurisdicción de los Estados-nación existentes) reflejan ideas libertarianas extraídas tanto de la ciencia-ficción como de la filosofía especulativa. Thiel ha prestado apoyo a proyectos como el Seasteading Institute, que explora el levantamiento de ciudades flotantes ajenas al control público, así como a organizaciones centradas en alargar la vida humana por medio de la tecnología.

Estos proyectos se inspiran en escritores de ciencia-ficción como Robert A. Heinlein y pensadores como Ayn Rand o Nick Bostrom, que imaginaron futuros en que los individuos pudieran sortear los límites impuestos por el Estado, la biología y la sociedad. La tecnología permitiría que un pequeño grupo de innovadores viviera más tiempo, se autogobernase y tuviera las manos libres para moldear el futuro sin supervisión democrática.

El enfoque de Thiel ve el progreso tecnológico como una forma de resolver problemas sociles y políticos —a menudo, mediante su mera evitación—. Incluso el Manifiesto tecnooptimista de Marc Andreessen, de 2003, se basa en ideas aceleracionistas, presentando la disrupción tecnológica desregulada como un bien incuestionable.

Andreessen, un destacado capitalista de riesgo, cofundador de Netscape y de la firma de inversiones Andreessen Horowitz, es una de las figuras más influyentes de Silicon Valley. En el manifiesto, sostiene que la tecnología es el motor de todo progreso humano y se opone explícitamente a lo que considera las «fuerzas del estancamiento»: la regulación, la cautela y la crítica social.

El texto promueve una cosmovisión para la cual un desarrollo tecnológico más rápido es inevitable y deseable con independencia de las consecuencias sociales que traiga aparejadas. Refleja el pensamiento aceleracionista, que sostiene que la intensificación del cambio tecnológico y económico puede quebrar las restricciones sociales y políticas existentes; aunque Andreessen adapta esta idea a una defensa libertariana de la innovación impulsada por el mercado, frente a la deliberación democrática o la contención ética.

Este relato escamotea cómo, a lo largo de la historia, los mitos de frontera[2] han servido para legitimar la explotación. De manera similar, la creencia de que los algoritmos pueden «arreglar» la democracia —apreciable en varias empresas respaldadas por Thiel, tales como Palantir— refleja distopías como Un mundo feliz, donde el control social se reetiqueta como «eficiencia».

Lo preocupante de todo esto no es solo la hipocresía, sino también la erosión de la rendición de cuentas democrática. Cuando Sam Altman, de OpenAI, propone una gobernanza conducida por la IA o el inversor tecnológico y exdirector de tecnología (CTO) de Coinbase Balaji Srinivasan promueve los Estados-red (comunidades coordinadas digitalmente y autónomas, que operen fuera de los Estados-nación tradicionales), no innovan, sino que reviven el viejo sueño de reemplazar las democracias caóticas por un mando corporativo simplificado.

¿Qué futuro importa, el de quién?

A lo largo de la historia, la ciencia-ficción ha sido un patio de juegos de la imaginación radical; un espacio para plantear desafíos a los sistemas de opresión e imaginarles alternativas. Pero Silicon Valley arrebata en nuestros días el potencial emancipatorio del género, reutilizándolo como un guion legitimador de lo que yo llamo futurismo reaccionario: una cosmovisión que amalgama el libertarianismo de mercado y la determinación de eludir la supervisión democrática y remodelar la gobernanza a capricho del tecnoautoritarismo.

De cualquier manera, el potencial radical de la ciencia-ficción sigue ahí. Su verdadero poder reside en la desfamiliarización: hacer que el presente nos parezca extraño y, por lo tanto, modificable. Al tiempo que Musk saquea el potencial de la ciencia-ficción citando Fundación, nosotros podríamos recurrir en cambio a Los desposeídos, de Ursula K. LeGuin, que imagina una comuna anarquista lunar; o a La parábola del sembrador, de Octavia Butler, donde, después de un colapso, las comunidades desvencijadas se reconstruyen de forma cooperativa. Estas obras no glorifican a genios solitarios ni a salvadores empresariales: suministran herramientas para que critiquemos al poder e imaginemos alternativas.

Cuando batallamos por el legado de la ciencia-ficción, libramos una batalla por el futuro mismo. Silicon Valley no son solo ricos: son arquitectos del porvenir, que ejercen influencia sobre la política, los medios de comunicación y hasta los ecosistemas planetarios. Si queremos desafiarlos, primero tenemos que entender cómo piensan; y luego, convertir en un arma el mismo género del que ellos se adueñan; en nuestro caso, para imaginar mundos mejores.

Si retomamos la tradición de la especulación crítica de la ciencia-ficción, podremos exigir futuros basados en la equidad, en lugar de en la extracción. La cuestión no es si la ciencia-ficción moldea la realidad, sino qué historias se materializan, y a quiénes dejan atrás.


[1] Célebre novela de 1957 de la filósofa ultraliberal Ayn Rand, de culto en los medios libertarianos de Estados Unidos y que también empieza a popularizarse en España, donde la editorial Deusto acaba de reeditar las obras completas de la autora. El libro presenta un país dividido en saqueadores —los políticos—y no saqueadores: los empresarios, que lanzan una rebelión contra el Gobierno; un lock out que paraliza el país. (N. del T.)

[2] Los frontier myths o mitos del Oeste son aquellos que romantizan los lugares ubicados al borde de una civilización, particularmente durante un período de expansión; y, en particular, los vinculados a la conquista estadounidense del Oeste, que presentan —define Richard Slotkin— a Estados Unidos como una «una tierra abierta de oportunidades ilimitadas para el individuo fuerte, ambicioso y autosuficiente dispuesto a abrirse paso hacia la cumbre». (N. del T.)


Ali Rıza Taşkale es becario posdoctoral Marie Skłodowska-Curie en el Departamento de Ciencias Sociales y Empresariales (ISE) de la Universidad Roskilde de Dinamarca. Antes, ocupó cargos académicos en la Universidad del Próximo Oriente de Chipre del Norte y en la Universidad de Hacettepe, en Turquía. Sus investigaciones han aparecido en revistas académicas y plataformas culturales prestigiosas, tales como Urban Studies, Critical Studies on Security, Utopian Studies, Distinktion, Los Angeles Review of Books, Thesis Eleven o Theory, Culture & Society, así como el Journal for Cultural Research. Es autor de Post-politics in context (Routledge, 2016) y en la actualidad forma parte del consejo editorial de Distinktion y centra su investigación en dos áreas entrecruzadas: la relación estructural y lógica entre la ficción especulativa y las finanzas especulativas, y el papel de la ciencia-ficción en cuanto a dar forma al imaginario e ideología de las élites tecnológicas.

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