Icono del sitio El Cuaderno

La lección de las sanguijuelas

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Albrecht von Wallenstein (1583-1634) fue un caudillo militar al servicio del emperador Fernando II durante la larga guerra de los Treinta Años. Fiel a los Habsburgo, fue un militar que, dotado de un gran prestigio por sus contundentes victorias sobre las fuerzas protestantes, defendió la causa católica. Ello no fue obstáculo para que, bajo su mando, se saquearan bárbaramente regiones enteras, devastadas por la guerra, como Sajonia e incluso en batallas que sus ejércitos perdieron, como la de Lützen contra los suecos, tuvo la suerte de que Gustavo Adolfo, el rey sueco, muriera en el combate. Pero el emperador le retiró su confianza y le destituyó de su rango militar al sospechar indicios de traición.

Wallenstein, a lo largo de su vida, siempre creyó en las ciencias ocultas, en los horóscopos, y tomó a su servicio al gran matemático y astrónomo Johannes Kepler, el sabio que dedujo las órbitas elípticas de los planetas; hasta aquel momento se creía que los planetas tenían las «orbitas perfectas», circulares. A partir de aquí, demostró sus conocidas leyes que regulan el sistema planetario. Pero el generalísimo bohemio no creía mucho en la ciencia y su fe estaba centrada en la astrología, la magia, la predicción de los horóscopos y la nigromancia. La gente creía que era un gefrorener, es decir, un hombre invulnerable por arte diabólica. Por ello pedía a Kepler sus cartas astrales. Y el sabio matemático, que conocía la astrología, pero probablemente, como científico, creía poco en ella, le complacía en todo cuanto pedía. Ello, obviamente no impidió que Wallenstein muriera asesinado por seis de sus soldados dragones, sin que ninguna carta astral se lo hubiese advertido.

Al igual que Wallenstein, también muchos emperadores creyeron en la astrología y en las cartas astrales; tal fue el caso de Federico III, que creía conocer el futuro y actuaba de acuerdo con lo que le decían los astrólogos; también Maximiliano I, que utilizaba la astrología para gobernar; el mismo Rodolfo II empleó a Kepler como matemático real, pero lo utilizaba para sus horóscopos. Del mismo modo que los emperadores austríacos, en la corte de Inglaterra, Isabel I lo decidía todo en función de la astrología.

Hoy, la creencia en el valor profético de la astrología y de las conexiones entre la esta y el poder siguen vivas, de tal modo que personajes como Donald Trump o Bolsonaro han sigo analizados bajo los símbolos de los astros por innumerables astrólogos. Y es que en nuestro mundo, mucha gente cree en los horóscopos e incluso los medios de comunicación, buscando afianzar su clientela, a veces alimentan estas creencias. Hoy, al igual que en el siglo XVI o XVII, muchas personas, tanto ricas como pobres, alimentan desconfianza hacia la ciencia y, por consiguiente, confían en prácticas mágicas, brujería, chamanismo o cartas astrales. Personajes con poder, como Robert Francis Kennedy, promueven hoy teorías de conspiración y desinformación sobre las vacunas, como el vínculo no comprobado entre las vacunas y el autismo.

Asimismo, es ampliamente conocido el rechazo de mucha gente hacia todo tipo de fármacos; yo mismo he sido testigo de un vendedor de jabones, en una feria medieval, recitando el eslogan: «Solo jabón, señores, nada de química», desconociendo probablemente que el jabón es una sal sódica o potásica resultante de la reacción química entre un álcali (hidróxido de sodio o de potasio) y un lípido. ¡Es decir, química en estado puro!

Hace un cierto tiempo, para poder comentar aspectos sobre la historia de la ciencia, en mis clases en la Universidad, fui a buscar algún ejemplar de sanguijuelas a una casa de una ciudad del área metropolitana de Barcelona. Como es bien conocido, estos gusanos se utilizaban en la medicina primitiva, anterior a la medicina científica, para aliviar todo tipo de males. Se exponía a los enfermos a estos repugnantes animales para que, durante horas o días, les chuparan la sangre. Cuando comenté en un bar lo que estaba buscando y para qué, un caballero que estaba presente me dijo que «seguramente este sistema era mejor que tomar aspirinas».

Ciertamente, no todo el mundo hoy es tan primitivo, pero el auge de estas creencias irracionales y anticientíficas no deja en buen lugar nuestros sistemas educativos. Ante estas posturas, uno llega a la conclusión de lo difícil que es y que ha sido que el pensamiento racional se abra paso frente a tantos obstáculos. Hoy como ayer, la racionalidad sigue viviendo en pequeñas islas en medio de océanos de ignorancia. Quizás aquí radique una buena parte de la situación actual.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

Salir de la versión móvil