/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Hace miles de años, cuando el mundo del Próximo Oriente estaba sumido en la Edad del Bronce, la mayoría de los reinos y ciudades-Estado de la región estaban bajo la órbita de dos grandes imperios: al sur el Imperio Nuevo Egipcio, y al norte, en lo que es Anatolia, el Imperio hitita. En medio de ambos núcleos de poder se halla la franja siriopalestina y un sinfín de pequeños Estados. El poder militar se apoyaba en el armamento de bronce, con sus carros de guerra, corazas y armas ofensivas. Pero el bronce, una aleación de cobre y estaño, no era fácil de obtener en la región; costosas expediciones partían de la antigua Mesopotamia y de las ciudades-Estado de la franja costera del Mediterráneo Oriental en la busca de los preciados metales, en especial del estaño.
Estos materiales estratégicos para la guerra, a causa de su difícil obtención, tan solo los poseían en cantidad los poderosos reinos de la región. Esta era su ventaja: combatir con armas de bronce frente al armamento de madera y piedra era casi imposible. Pero ocurrió algo inesperado, difícil de explicar, y fue el descubrimiento de un nuevo metal, el hierro, abundante en casi todas partes y que cambió el curso de las guerras. Un arma de bronce, quebradiza con los golpes, nada puede contra un arma de hierro, que se dobla, se muesca, pero jamás se rompe. El único problema del armamento de hierro era que este metal no era fácil de fundir: los metalúrgicos no eran capaces de obtener hornos de más de 1200 grados, que son los que se necesitan para fundir el mineral; y luego, solo se podía trabajar a base de martillazos al rojo vivo. Este era el secreto del hierro celosamente guardado en el reino hitita.
Pero los secretos no se pueden guardar eternamente y la descomposición del reino hitita en pequeños principados hizo imposible seguir guardando el secreto, y este se divulgó. Una vez conocido, cualquiera que fuera mínimamente experto podía fabricarse un armamento más poderoso que el del bronce. Una espada de hierro no se rompía jamás; una de bronce, sí. A partir de este momento, pueblos pobres, muchos de ellos sometidos a los grandes imperios de la Edad del Bronce, irrumpieron en las fértiles llanuras mesopotámicas y las bandas violentas desestabilizaron el mundo antiguo. Fueron cayendo los imperios y surgieron poderes nuevos, jóvenes. El monopolio del poder armamentístico se terminó.
Yo ya sé que no hay que comparar lo que ocurrió hace tres milenios con lo que hoy ocurre en el mundo, pero guerras desiguales como la que Putin declaró a Ucrania (bueno, él dice que no es una guerra) o la que Trump ha encendido en todo el Próximo Oriente (que, por cierto, tampoco dijo que fuera una guerra) han cambiado el escenario de la estrategia militar. Los aparentemente débiles, desesperados ante la prepotencia militar de los imperios poderosos de hoy, han descubierto el poder letal de los drones: armas ligeras, que cualquier taller mecánico puede construir si conoce su «secreto». Con ellos, los grandes carros de combate de poco sirven. La aviación convencional, con su poder de destrucción, puede arrasar ciudades, pero le resulta difícil luchar contra estas armas pequeñas y letales. Cada dron de unos cuantos centenares de dólares puede enfrentarse a armas cuyo coste se mide en millones.
De esta forma vemos cómo el emperador Donald Trump I se ha metido un lodazal del que no sabe cómo salir. Sin duda alguna saldrá, pero no de la forma que él imaginaba. Y, mientras, los pequeños, los hutíes de Abdul Malik Al Houthi, cierran Bab el-Mandeb, cerrando por lo tanto el mar Rojo y perjudicando el vital tráfico por Suez, mientras Irán, la heredera del Imperio persa y de los sasánidas, cierra Ormuz, impidiendo la salida del golfo Pérsico. Y como postre de este banquete de miserables, se levantan también los masacrados combatientes de Hezbolá. Y lo hacen con drones baratos y misiles fabricados en casa. ¿No les parece que hay similitudes?
Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

