/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /
Es cierto que el origen de las ciudades estuvo siempre ligado a la presencia de agua potable, aunque en un principio muchas de ellas fueran tan solo asentamientos militares. El agua asegura la habitabilidad de un lugar y garantiza su desarrollo. De hecho, el crecimiento de las ciudades está fuertemente asociado a sus recursos hídricos, y su decadencia a su insuficiencia. En mi caso no soy un turista de agua embotellada y me gusta probar el sabor del agua municipal que beben sus habitantes. Por eso alabo el gusto de los franceses, que, en general, no piden agua con gas o sin él, sino agua fresca de la que beben sus conciudadanos. Además, una de las características que más afectan a mi relación con las ciudades es la calidad de su agua, pues afecta al gusto del visitante y al olfato de quien pasea por unos jardines regados con aguas cloradas.
Más allá de las sensaciones físicas de sabor y olor, el agua es un elemento esencial que sitúa a las ciudades en su entorno, y coincidirán conmigo en que aquellas ciudades que disponen de una cercanía al mar y un paseo marítimo al servicio de ciudadanos y visitantes tienen un enorme valor añadido en términos de habitabilidad y placer. Por eso es encomiable que las ciudades se apresten a restaurar sus puertos y ponerlos en valor. Probablemente Málaga sea uno de los mejores ejemplos de los resultados que se obtienen cuando se eliminan muros y se facilitan zonas de esparcimiento en la cercanía del mar.
La presencia del mar dota a las ciudades de un enorme encanto y no solo como reservorios de sol y playa, sino como lugares en los que pasear y disfrutar de una arquitectura que se prolonga más allá de los centros administrativos y comerciales y acoge pequeñas villas y zonas de recreo que relatan la historia de sus burguesías.
Es cierto que un río difícilmente puede competir con el mar, aunque ríos como el Río de la Plata, el Amazonas o el Danubio casi parezcan mares, o las desembocaduras del Duero o el Tajo ofrezcan una perspectiva muy amplia. Por eso hay que visitar los ríos a su paso por las ciudades, independientemente de su tamaño e incluso cuando han sido desviados y el visitante tan solo puede pasear la memoria de lo que fueron en su día en el reflejo en un estanque del medio punto de los arcos de sus puentes.
Otro elemento importante en una ciudad a la que se acude como visitante, o turista, que a mí no me asusta la palabra, ni soy antiturista, ni pienso devolver mi pasaporte para ser coherente y no convertirme en esa odiada especie, son las fuentes. En este sentido la ciudad de Roma es particularmente generosa con los ojos y el paladar de quien la visita. Todas sus fuentes son de agua potable y cristalina y, además, está el acierto de pintar su fondo de color azul turquesa.
El agua en la ciudad es un elemento esencial en sus jardines y confieso que, además de mi admiración por las fuentes de Versalles o de Aranjuez, colecciono imágenes de fuentes ornamentales de fundición que se repiten en diferentes ciudades, como la de las Cuatro Estaciones de la Alameda de Valencia, pintada de blanco, que, en bronce, puede disfrutarse también en Lisboa, en Buenos Aires o en el pelourinho de Salvador de Bahía. Esa hermandad entre ciudades muy distintas me resulta particularmente agradable y aporta a mi ojo de turista incansable una experiencia muy enriquecedora que debería completar buscando los orígenes de esas fuentes y las razones que las llevaron a viajar; puesto que, aunque sé que la fuente de Valencia se fundió en Paris en 1852 por la empresa Barbezat y Cia de Val d’Osne, para instalarla en la plaza del mercado como celebración de la llegada del agua potable a la ciudad, y luego se le añadió un segundo nivel con cuatro imágenes de niños representando a los elementos aire agua, tierra y fuego, creados por el escultor Mathurin Moreau, ignoro el nombre del escultor que creó las imágenes de la estaciones y los motivos de la existencia de las otras fuentes hermanas con los tres niveles o tan solo con dos de ellos.
En resumen, el agua es un elemento esencial en una ciudad y su disfrute pone en marcha numerosos mecanismos sensoriales y culturales en quien la vive o la visita ¡Disfrútenlos!
Miguel de la Guardia es catedrático de química analítica en la Universitat de València desde 1991 y en la actualidad profesor emérito en activo. Tiene un índice H de 92 según Google Scholar y ha publicado más de 987 trabajos con más de 40.000 citas, 5 patentes españolas, 4 libros sobre green analytical chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre calidad del aire (Elsevier), dos libros sobre análisis de alimentos (Elsevier and Wiley), un libro en dos volúmenes sobre smart materials en química analítica (Wiley) y otro sobre NPSs (Elsevier) y está preparando un libro sobre Human biomonitoring in Food safety assurance para RSC. Además ha dirigido 35 tesis doctorales y es editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de Spectroscopy Letters (Estados Unidos), Ciencia (Venezuela), J. Braz. Chem. Soc. (Brasil), Journal of Analytical Methods in Chemistry and Chemical Speciation & Bioavailability (Reino Unido), SOP Transactionson Nano-technology (Estados Unidos), SOP Transactions on Analytical Chemistry (Estados Unidos) y Bioimpacts (Irán). Condecorado como Chevallier dans l’ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia, Premio de la RSC (España) y condecorado por la Policía Local de Burjassot.

