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La destrucción del pasado

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Ernst Gombrich se preguntaba en un artículo publicado hace años por qué se conservan los monumentos de la antigüedad, y su respuesta era que la conservación dependía de su valor de contemporaneidad. Con ello quería decirnos que los monumentos del pasado se conservan más o menos en la medida en que son significativos para mucha gente. La razón por la cual se había conservado durante miles de años la Columna Trajana de Roma, por ejemplo, era que en su cúspide se había colocado una Virgen: había pasado a gozar de un nuevo significado. Sin duda alguna, el sabio historiador del arte tenía razón.

La conservación de los monumentos depende de que mantengan su significado para la gente; da igual si el significado original se pierde mientras adquiere otro. Les pongo un ejemplo: en Londres, no lejos del Támesis, existe desde mediados del siglo XII la iglesia de los caballeros templarios. En el suelo del templo hay unas famosas efigies (que no sepulturas) de los guerreros del Temple. Siempre gozó esta pequeña iglesia del cariño y la estima de los eruditos y de los historiadores del arte y la cultura, pero hace unos años se hizo famosa mundialmente gracias a un best seller de Dan Brown, El código Da Vinci. Su popularidad aumentó todavía más cuando la creación literaria fue llevada al cine en un filme de Ron Howard.  A partir de entonces, un caudal de turistas se ha ido acercando al templo para desesperación del párroco y de los tranquilos parroquianos del barrio. La capilla templaria, ahora, tenía un nuevo significado. Los rostros esculpidos en los arcos, las efigies y todo el conjunto despertaban ahora emociones muy distintas de las que producían antes de la novela.

Pero ¿qué pasa con los monumentos que no cambian de significado? Si mantienen el valor de contemporaneidad se mantienen, pero, si lo pierden, su conservación a lo largo del tiempo resulta muy problemática. Cuando los monumentos de un país dejan de ser comprendidos, su futuro no está garantizado.

¿Qué es lo que hace que un monumento o una obra de arte pierda el valor de contemporaneidad del que hablaba Gombrich? La respuesta es simple: la educación. Cuando el sistema educativo falla, cuando no transmite estos valores, todo el edificio cultural se derrumba. Yo he visto monumentos megalíticos transformados en letrinas por personas que simplemente no sabían lo que eran aquellas piedras grandes. Hoy, con un sistema educativo fallido, resulta difícil conservar el valor de contemporaneidad de los monumentos antiguos. Nuestros bachilleres ya no conocen los rudimentos de la historia, no estudian prácticamente nada de arte, desconocen las grandes obras del pensamiento clásico, de la filosofía moderna, de la historia llamada sagrada, y son incapaces de leer una inscripción latina.

Por otra parte, en muchas facultades universitarias en donde se forman los docentes no existe ninguna materia que contribuya a conocer las ciencias sociales, y con ellas me refiero a la propia historia, al arte clásico, la geografía o la filosofía. Es muy posible que las futuras generaciones de docentes, maestras y maestros sean ya incapaces de identificar una obra de Velázquez, de Goya o de Bernini. Vivimos, pues, una época en la que se pierde el pasado, la memoria del pasado, y se sustituye por mitos más o menos efímeros. Goethe, en su Fausto, narraba cómo el protagonista, un anciano achacoso, suspiraba por ser de nuevo joven; y el Maligno, Mefistófeles, le dice que, para volver a ser joven ha de limpiar la memoria, la ha de perder, pues con la memoria y el conocimiento de viejo, jamás pensará como un joven y por lo tanto no podrá ser joven. Por ello, el protagonista consiente en eliminar su memoria. Y entonces, sin conocer su pasado, de desmemoria en desmemoria, es conducido a la autodestrucción. 

Hoy estamos ante un nuevo Mefistófeles que destruye el pasado y lo sustituye por falsedades. Lo vemos cotidianamente, en los libros de texto de muchos Estados nuevos, que quieren borrar su pasado; lo vemos en filmes que con la excusa de que son creaciones de autor, desfiguran el pasado, ya sea el de Napoleón o el de Alejandro Magno. Y cuando esto ocurre, siempre hay que pensar que toda falsificación del pasado nunca es ni casual, ni inocente, ni gratuita.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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