/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Siempre he creído que seria interesante saber qué libros había en las bibliotecas de algunos personajes del pasado. ¿Qué leían Hitler, Mussolini, Stalin o Franco? ¿Qué ocurrió con sus bibliotecas? Creo que la mayoría de las veces fueron dispersadas tras su muerte. La de Mussolini se disgregó entre varias personas y colecciones privadas; la de Hitler fue llevada a Estados Unidos, y algunos libros pasaron a formar parte de los trofeos de los soviéticos. Los libros de Franco, fruto de regalos en gran parte, también se dispersaron. Y poco o nada se sabe de los libros de Stalin. Hubiera sido interesante saber qué leían. Algunos de ellos que, si bien tenían libros, leían muy poco (es el caso de Franco); otros como Hitler o Stalin sí eran lectores de libros variados. Los libros de las bibliotecas personales, así como las obras de arte de las colecciones privadas, forman como una burbuja entorno al personaje. Los libros que leemos o las obras de arte u objetos que guardamos nos definen siempre, como nos define la indumentaria habitual o lo que solemos comer. Pero nuestros gustos son irrelevantes e importan a poca gente.
Cuando se trata de personajes que han ejercido el poder dictatorial, casi absoluto, sus gustos importan, porque condicionan el futuro de sus pueblos. Hitler tenía un particular gusto artístico; y como había sido pintor en su juventud y todavía pintaba alguna obra menor, se consideraba a sí mismo capacitado para juzgar sobre lo adecuado y lo inadecuado. Quería pasar a la historia como un auténtico mecenas del arte, tanto de la pintura como de la arquitectura y la escultura. Pero en esta función de guía y mecenas de las artes, el arte moderno, desde el movimiento impresionista, quedaba excluido. Consecuentemente con las ideas de Hitler, el Estado, a través de sus órganos de propaganda y de cultura, inició la tarea de «depurar el arte alemán», favoreciendo aquellas obras y autores que encajaban con los criterios estéticos del dictador. De esta forma, las exposiciones de arte mostraron sobre todo paisajes alemanes y lugares asociados con la juventud de Hitler, desnudos y escenas que «promovían las tradiciones alemanas». En 1937 se iniciaron las exposiciones modélicas anuales del arte del Tercer Reich al mismo tiempo que la nueva estética se imponía, y entonces se inició una implacable ofensiva contra el arte que no encajaba con estas ideas, el arte llamado degenerado. Por si esto fuera poco, las extraordinarias colecciones privadas de arte existentes en Alemania fueron objeto de profundas revisiones; y confiscaciones en el caso de que pertenecieran a familias de ascendencia judía o a opositores al régimen. Y cuando, durante la segunda guerra mundial, los ejércitos alemanes se fueron expandiendo por Europa, la política artística del Tercer Reich se impuso a los territorios ocupados. De esta forma, la secuela de destrucciones, confiscaciones y depuraciones devastó el escenario artístico del continente.
Pero en donde se manifestaron con mas vehemencia las ideas estéticas del dictador alemán fue en la arquitectura. Su arquitecto fue Albert Speer, y este explicaba que Hitler «a veces dibujaba bocetos de una torre de las históricas fortificaciones de Linz y decía: “Este era mi lugar de juegos favorito. Cierto que como discípulo era malo, pero siempre era el primero cuando se trataba de pillerías. Más adelante, en recuerdo de esta época, haré transformar esta torre en un gran alberge juvenil”». Linz era la ciudad de la nostálgica infancia de Adolf; por ello, su programa sobre la transformación de Linz en una «gran capital» preveía la construcción de una serie de ostentosos edificios en ambas orillas del Danubio, las cuales deberían estar unidas por un puente colgante. La cumbre de su proyecto era la construcción de una gran Jefatura Regional del partido, con una gigantesca sala de reuniones y una torre con campanas. Hitler había previsto su tumba en una cripta que se construiría en esta torre. Otros puntos importantes de la edificación en ambas orillas habrían de ser un Ayuntamiento, un hotel suntuoso, un gran teatro, un cuartel general, un estadio, una pinacoteca, una biblioteca, un museo de armas y un edificio destinado a exposiciones, así como un monumento cuyo objeto seria conmemorar la anexión de Austria al Reich en 1938. Pero la gran reforma urbanística de Hitler tenía que ser Berlín, en donde había iniciado su obra en la Cancillería y algunos ministerios.
Igualmente, Benito Mussolini impuso sus ideas estéticas en Italia. El 24 de abril de 1924 y el 31 de diciembre de 1925, en sendos discursos, afirmaba que «le mie idee sono chiare, i miei ordini sono precise… Fra cinque anni Roma debe apparire meravigliosa a tute le genti dei mondo: vasta, ordinata, potente come fu ai tempio del primo Imperio di Augusto». Así, ordenó a un grupo de arquitectos bajo la dirección de Marcello Piacentini iniciar una brutal transformación de la capital y también de las principales ciudades. Quizás una de las obras mas representativas de esta estética fue el Foro Mussolini, pero no fueron menos brutales los trabajos en el Campidoglio, en la Via dell’Imperio, en l’Augusteo o el Borgo. De esta forma, la ciudad actual es fruto de su concepción del urbanismo y de la arquitectura.
Franco, el más longevo de los dictadores de su tiempo, también quería dejar huella, y como muestra dejó el Valle de los Caídos, su propia tumba, pero jamás tuvo ni la fuerza material ni las ideas estéticas capaces de impulsar una transformación radical. Y es que todo dictador siempre quiere dejar tras de sí su propia pirámide. Nos resta por ver qué pirámides levantarán los nuevos dictadores y autócratas de nuestro tiempo.
Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

