/ una reseña de Cristina Gutiérrez Valencia /
La narratología es una logia con mucho cuento, pero a la que últimamente le están saliendo incontables goteras. La distinción entre narración (voz) y perspectiva (punto de vista o focalización) estaba ya teorizada en Henry James, y muchos vinieron después intentando hacer tipologías narrativas que unieran ambos conceptos (Friedman, Genette, Todorov y toda una lista de hermanos). Genette, hermano mayor, mon semblable, mon frère, rechazaba el término omnisciencia porque «l’auteur n’a rien à savoir, puisqu’il invente tout», sin darse cuenta de que el término se aplica al narrador, y no al autor, por más que el omnisciente suela ser un narrador heterodiegético, extradiegético, externo, en tercera persona, narrador-autor o llámenlo (expediente) X. Pero, ¿qué ocurre cuando ese narrador omnisciente es un personaje? Ovnisciencia, de Sonia Dalton, viene a poner la narratología patas arriba, a levantar los cimientos y las simientes (sí, mientes, y lo sabes, masón) de la logia y de la lógica.
En la primera novela de Sonia Dalton, Borges en Estocolmo (De Conatus, 2021), podíamos leer que «no hay omnisciencia en mi relato, por más que lo parezca». Sobre ella escribí en su momento: «Entre los juegos de manos preferidos, además de las notas al pie, están los de la negación y ostentación de la omnisciencia: «De todos modos, y aunque no soy un narrador omnisciente, me parecía que en todo aquello había demasiada verosimilitud para lo que se estila en esta región», «Y encuentro lo que sigue (acepten la omnisciencia, no me sean boludos)» o «Si bien editor no omnisciente, constato que aquí acaba el manu scriptus de hojas grapadas con el encabezado VIGILANCIA y la rúbrica RF»». Aquella narración, aunque desprejuiciada, mantenía la idea probablemente posmoderna de que la omnisciencia narrativa se asemeja a la divina y es propia del contexto decimonónico y realista. En Ovnisciencia, vuelta de tuerca, la narradora y protagonista, Loles Leiria Bem, madre de Cipriano Rolando1 (sic, todo muy sick —sic—), sufre (o más bien somos los lectores los que la sufrimos a ella) de omnisciencia narrativa como secuela de un ictus. La incontinencia absoluta de su propia elocución omnisciente y de todos los materiales ajenos que dispone o hace disponer (en la fase final deja caer que otras manos —y llega a mencionar a Sonia Dalton— están dando forma a su informe flujo de inconsciencia) más la inverosimilitud extrema hacen que esta omnisciencia mute (por más que no se calle nunca, ni en sueños) en ovnisciencia, porque esta novela (o whatever) no es de este mundo, y sobrevuela el absurdo y el nonsense más marciano de nuestra literatura con gracilidad y mucha gracia, quizá demasiada para tan poca mandíbula batiente y combatiente.
Loles es tramposa, como casi todos los narradores omniscientes, así que nos perdonará esta artimaña: en la novela aparece esta apreciación sobre Joan Collins, que le aplicamos a ella: «Lo que la hace especial, sin embargo, es su evidente habilidad para reírse de todo, desde de sí misma…». «Escritora sabelotodo» que se hace la loca, «narradora omnisciente no consciente. Galimatías Prats», ostentadora de «esta especie de electrodoméstico mental que me ha tocado en suerte». Todo se lo perdonamos a Loles Leiria o a Sonia Dalton en nombre del humor. Terry Eagleton, con quien Loles mantiene una relación al final de la obra, después de un periplo teórico-amoroso que deja en nana infantil el «Noam Chomsky se ha enamorado de ti» de Astrud, le dice:
—En dos o tres palabras, Loles, defíneme, por favor, el humor.
—Una isotopía radiactiva —respondí casi sin darle tiempo a acabar la pregunta.
Ante el riesgo de contaminación o accidente nuclear por el disparo de máxima precisión de disparates y el desparrame despampanante de despropósitos vamos a unirnos al Readers Liberation Movement que promovió el propio Terry Eagleton en «The revolt of the reader» (New Literary History, 13.3 [primavera 1982], pp. 449-452) para gritar con él: «The authors need us; we don’t need the authors!». Basta ya, Loles, Sonia, a quien sea que tengamos que reclamar: a Aristóteles no le iba a gustar nada, ¿dónde quedaron la unidad de acción, de tiempo, de lugar? ¿Qué diría Horacio de este monstruo blandiendo su decorum? Ya te digo yo lo que diría:
«Si a una cabeza humana quisiera un pintor unir
un cuello de caballo, y aplicar plumas multicolores
a un amasijo de miembros dispares, de suerte que
un hermoso talle de hembra rematara espantosamente en negro pez,
y os invitara a contemplarlo, ¿podríais, amigos, contener la risa?».
Evidentemente, no podemos. El desfile de personajes reales, desde pensadores a WAGs; el uso alocado de la toponimia estadounidense (¿quién iba a creer que fuera cierto que Ames, Iowa, estuviera en el Story County?); el ir y venir de Loles y de su omnisciencia intermitente; los fragmentos tacañeados de cartas; las escenas con personajes que después se reconocen muertos por la propia narradora (a Harold Bloom lo había matado en el propio relato Dalton en su novela anterior); las sesiones con el psicoterapeuta y su recuento consentido, con mucho sentido, de palabras; la obsesión reincidente por César Aira… Basta. Aunque el asiático estrella de la novela, Byung-Chul Han, de quien Loles se separa por culpa de sus improbables hermanos (masones no, de los otros) es coreano, esta narración empieza a parecerse a una tortura china o muerte por cosquillas diegéticas. No aguantamos más, Loles. Coge tu electrodoméstico mental, tu descacharrante cacharro volador no identificado y enfila a otros planetas en busca de vida inteligente como la tuya, hacia el f****** nonse, que nosotros ya estamos abducidos.
1 Su particular Chanson de Roland está adecuada a la épica lusa, y la podemos leer en el capítulo «Os Ciprianíadas», que comienza «Mi niño de Madeira, mi Pinocho de oro».
Sonia Dalton
Mr. Griffin, 2024
232 páginas
20 €
Cristina Gutiérrez Valencia (Donostia-San Sebastián, 1986) es doctora en Teoría de la Literatura por la Universidad de Oviedo. Publica crítica literaria en diversas revistas. Editó el volumen Arde el sol sin tiempo: artículos y literatura en pequeñas dosis, de Manuel Vilas, y ha participado en la edición de varios textos del Siglo de Oro. Imparte clases de Lengua y Literatura en Navarra.

