/ por Xan López y Jorge Tamames /
Mientras escribimos estas líneas, la escalada militar entre Israel e Irán amenaza con desencadenar un conflicto regional. En Gaza, el genocidio del pueblo palestino prosigue con una normalidad monstruosa. También continúa la guerra en Ucrania, con un inmenso coste humano, sin perspectivas de victoria para Kiev pero tampoco de una resolución ideal para Moscú. Hace medio año, en el Alto Karabaj, el gobierno de Azerbaiyán llevó a cabo una limpieza étnica, expulsando a 120.000 armenios con total impunidad. Dentro de medio año, al otro lado del Atlántico, Donald Trump podría ganar las elecciones presidenciales de noviembre. En Estados Unidos, el único pegamento que une a demócratas y republicanos es su rivalidad —ya convertida en enemistad— con China. En el Sahel han tenido lugar más de diez golpes de Estado en lo que llevamos de década. Según Naciones Unidas hay más de 56 conflictos activos en todo el mundo; pero nunca antes las resoluciones de su Asamblea General proyectaron una sensación de irrelevancia tan grande. Y todo este malestar se multiplica por la amenaza de la crisis climática, el principal desestabilizador de nuestra época.
En la memoria reciente existen pocos momentos tan terribles. Pero sobre todo habitamos un tiempo desordenado y confuso, del que nadie quiere hacerse cargo. Basta con examinar la inconsistencia de los gobiernos occidentales en su respuesta a las agresiones de Rusia e Israel. Salvo excepciones contadas, el contraste entre el aplomo con que ha acudido en defensa de Ucrania y su complicidad en Gaza es de tal calibre que su posición en el mundo —y especialmente ante los ojos del llamado Sur Global— no se recompondrá incluso si el genocidio se detiene mañana.
Son precisamente Gaza y Ucrania lo que, para el analista Bruno Maçães, ha dividido el mundo en tribus geopolíticas enfrentadas. Así, la principal alternativa a la posición occidental —con sus miserias y escasos aciertos— es una inversión completa de la misma. Sirven como ejemplo Brasil y Sudáfrica: dos países cuya defensa del pueblo palestino es especialmente valiente, pero convive con una simpatía declarada por Moscú, difícil de reconciliar con el respeto al derecho internacional en que se asienta su denuncia de los crímenes que Israel lleva a cabo en Gaza. El multipolarismo, supuesto remedio para un mundo dominado por EEUU, parece encaminado a convertirse en un orden más diverso que el anterior, en lo que respecta al número de imperios que es capaz de tolerar; pero idéntico en lo que respecta a la existencia de esferas de influencia y relaciones de dominación y violencia.
Países como España —o el Chile de Gabriel Boric— han tratado de mantener, según Maçães, una posición universalista. Se han comprometido con el derecho de los pueblos a no ser invadidos y masacrados, tanto en Ucrania como en Palestina. Esta es, al menos en papel, una orientación no solo más ética, sino también más pragmática que la occidental o la multipolar. Pero tampoco está exenta de contradicciones. En el Sáhara Occidental, la posición de España es una enmienda a la totalidad de este universalismo.
Esta ausencia de referencias internacionales lastra a la izquierda europea. Exceptuando las ramas más atlantistas de las familias verde y socialdemócrata, que parecen capaces de prescindir por completo de una visión transformadora de la política internacional, se hace patente una mezcla de desánimo y confusión respecto a cómo navegar una época de crisis múltiples —climáticas, económicas, sociales, pero también geopolíticas y de seguridad.
La política exterior como expresión del repliegue de las izquierdas
En El gran espectáculo del giro a la derecha, escrito en pleno ascenso del thatcherismo, Stuart Hall afirmaba que, si el laborismo británico quería ser efectivo, «solo puede ser sobre la base de un análisis riguroso de las cosas tal y como son, no como nos gustaría que fueran». Hoy, en un contexto geopolítico violento y convulso, las izquierdas europeas se encuentran en una situación muy similar. Necesitamos estudiar el presente geopolítico tal y como es. Y un punto de partida útil es aquel axioma que tan en boga estuvo en el ciclo post-15M: «Si no haces política, otros la harán por ti».
No es difícil intuir la forma en que se hará esa política internacional. Prolifera una suerte de alarmismo disfrazado de responsabilidad, en línea con las declaraciones recientes de Margarita Robles («la amenaza de guerra es absoluta y la sociedad no es del todo consciente»), Josep Borrell («la posibilidad de una guerra convencional de alta intensidad ya no es una fantasía»), Donald Tusk («estamos en una época de preguerra») y Emmanuel Macron, que recientemente consideró en público el envío de soldados franceses a Ucrania. Es urgente criticar esta deriva y rechazar el clima de miedo que pretende instalar para abordar el debate sobre la defensa europea. Al mismo tiempo, debemos reconocer que este es un debate importante, que responde a una serie de problemas reales y cuya urgencia no desaparecerá por más que desde la izquierda se denuncie como belicismo.
El problema es que a las izquierdas europeas les resulta profundamente incómodo hacerse cargo de este último hecho, incluso —o especialmente— para abordarlo con una perspectiva propia. Hoy la política exterior es el terreno donde más crudamente se expresa la crisis de las narrativas transformadoras, la «sublimación teórica» de la derrota de los movimientos emancipadores, según la terminología empleada por Perry Anderson para ilustrar la desorientación de las izquierdas tras la caída del muro de Berlín.
Esta sublimación se da de muchas formas diferentes. Lo que todas comparten es que expresan una voluntad de repliegue, de reducir el problema mediante fórmulas habituales en vez de hacerse cargo de él. La primera es el empeño miope en evaluar lo que sucede fuera bajo el prisma de la política nacional, de modo que el mapa de aliados y enemigos globales se convierte en una función de los socios y adversarios nacionales. Otra forma de sublimación es el moralismo, síntoma de la crisis contemporánea de la imaginación política. Este mal no se ciñe en exclusiva a la política exterior, pero es ahí donde se refleja con más crudeza. Cuanto mayor es la impotencia política, mayor es la pulsión por analizar los problemas de la política internacional como catástrofes morales.
Por último, la sublimación más común es la declinación en negativo de toda postura posible. Ante la vastedad de los desafíos globales, pareciera que solo caben las posiciones en contra: «no a la guerra» (o al genocidio), «alto el fuego» y un largo etcétera de pronunciamientos adversativos. Las expresiones más enérgicas en el ámbito de la política exterior —gestos de dignidad necesarios, pero insuficientes— se formulan siempre como convicciones negativas, como si la repetición machacona del rechazo a lo existente produjera un nuevo orden global. Así, para una parte de las izquierdas, la política internacional se concibe como una aceptación estoica y resignada del colapso de nuestro mundo y el fracaso de sus alternativas. Un espacio ausente de toda discusión estratégica —es decir, de nada más ni nada menos que la explicación pormenorizada de cómo conseguir las cosas— en el que prima la «perspicacia del fracaso», en palabras de China Miéville.
Las contradicciones de la autonomía estratégica europea
Estas consideraciones de carácter general se convierten en limitaciones muy concretas en el debate sobre la autonomía estratégica europea. En principio, este es un ámbito donde la izquierda debería tener un lugar de enunciación propio. La noción de una Europa autónoma siempre resultó socorrida para reconciliar el proyecto europeo con un rechazo al intervencionismo norteamericano. La radicalización del Partido Republicano en Estados Unidos, así como la competición cada vez más intensa entre este país y China, han logrado que la noción de una Europa autónoma e independiente deje de ser una entelequia. Es un desarrollo que llega tarde, mal y plagado de equívocos; pero ante el que la izquierda, al menos en teoría, debería mostrarse propositiva.
En la práctica sucede al revés. Bien porque implica abordar cuestiones relacionadas con la política de defensa y seguridad, bien porque conlleva escuchar las voces de la izquierda en el conjunto de la UE, no solo Europa Occidental (donde, por cuestiones tanto históricas como geográficas, la percepción de Rusia como una amenaza de seguridad siempre ha sido mucho menor que en los países del este), lo cierto es que la cuestión va camino de convertirse en un quebradero de cabeza para las izquierdas europeas. Alguien dijo ya hace tiempo que las verdaderas tragedias ocurren cuando se enfrentan dos fuerzas que tienen la razón de su parte. Con el debate sobre la autonomía estratégica en Europa pasa algo similar: no podemos dar una respuesta a sus preguntas sin tener en cuenta varios puntos de vista contradictorios, pero sensatos y legítimos.
Un primer punto de vista es la perspectiva antimilitarista. El gasto militar es una subvención pública descomunal a la industria armamentística, que acaba con frecuencia capturando la orientación de la política industrial y el gasto público estatal. Este gasto militar, además, suele imponerse sin apenas resistencia, sin que comparezcan las ya conocidas voces en favor de la contención presupuestaria y por la austeridad. El gasto militar también refuerza inevitablemente los intereses belicistas e intervencionistas; aumenta la probabilidad de que estallen guerras en las que casi siempre morirán y sufrirán los más desfavorecidos. Aquí hay, en conjunto, una crítica a la lógica capitalista-militar imperante, un rechazo a unas guerras que no serían más que enfrentamientos de intereses económicos expresados por otros medios. A esta postura, que ya tiene más de un siglo de vigencia, se le podría añadir un apéndice: en la era nuclear las escaladas militares pueden implicar el fin de la humanidad como tal. La guerra total, desde 1945, es en cierto modo impensable, por lo que cualquier coqueteo retórico con esa posibilidad sería infinitamente irresponsable.
Un segundo punto de vista pasa del marco más economicista a uno geopolítico. La invasión rusa de Ucrania, por sus características, pone esta dimensión del problema en el centro. En primer lugar, esta agresión no tiene un precedente histórico reciente claro, pues supone la invasión de un país geográficamente europeo, formalmente democrático, mayoritariamente pro-occidental, con el objetivo de evitar su acercamiento a la UE. En las últimas décadas todas las agresiones comparables habían ocurrido o bien dentro de un bloque político ya establecido (pensemos en Checoslovaquia en 1968) o bien en terceros países en la mal llamada periferia global (Vietnam, Latinoamérica, Irak). La decisión de Vladímir Putin nos lleva a situaciones inéditas en el continente desde hace un siglo, producidas en aquel entonces por la descomposición del primer liberalismo globalizado.
La consternación ante esta situación no es alarmismo. Es importante poder decir con claridad que la invasión de Ucrania supone una ruptura de ciertas expectativas históricas después de la caída del Muro de Berlín, por mucho que estas ya llevasen años en proceso de erosión. Esto explica, en parte, la profunda diferencia de opinión y sensación de urgencia entre los diferentes miembros de la UE, en especial entre los que están más cerca de la frontera rusa y el resto.
Un tercer punto de vista, quizás transversal a los dos anteriores, sería el nacional-popular, que descansa en lo que en principio puede parecer una obviedad: cualquier pueblo invadido está en su legítimo derecho a defenderse por cualquier medio necesario. Los ucranianos tienen el derecho a decidir libremente su forma de gobierno, el tipo de sociedad que desean, con quién aliarse y qué concesiones aceptar o rechazar en el proceso. Salvo contadas excepciones, todo el mundo siente simpatía por este punto de vista básico, y aquí los desacuerdos suelen estar causados por la pregunta de hasta qué punto uno está obligado a apoyar esa causa. Qué gastos, sacrificios o peligros son asumibles para asegurar la vuelta a una situación en la que sea Ucrania la que decida lo que debe ser en el futuro.
Por desgracia, no suelen preocuparnos de la misma forma todos los conflictos mundiales. No sentimos el mismo tipo de obligación ante todas las agresiones militares. Esto es fuente interminable de acusaciones de hipocresía. En el caso de Ucrania, seamos claros, existe una atención especial por una combinación de cercanía geográfica, sensación de amenaza compartida, intereses económicos y geopolíticos de parte y, posiblemente, cierta facilidad para empatizar con personas que en algún sentido se nos presentan como más parecidas a nosotros. En todo caso, este doble rasero nos debería llevar, en aras de la coherencia, a enmendar nuestra falta de compromiso en otros escenarios, no a descartarlo en el ucraniano.
Hay otros puntos de vista posibles, pero estos tres ya son suficientes para establecer algunas contradicciones de difícil resolución. Para intentar desentrañar este nudo, pongamos sobre la mesa un par de principios metodológicos. Primero: ninguno de estos puntos de vista, cogidos de forma unilateral, ofrece una respuesta satisfactoria a la pregunta de qué posición tomar ante la vuelta del militarismo a Europa. Es muy común adoptar alguno de ellos de forma aislada y simplificada con fines propagandísticos, de intervención política, pero un análisis serio del problema debe evitar esto por todos los medios.
Segundo: no llegamos a este debate sin simpatías previas, sino que cada punto de vista ya expone un posicionamiento claro en una disputa previa. Tememos alimentar los intereses militaristas y sus terribles consecuencias en potencia. Reconocemos la gravedad y la ruptura histórica que supone la invasión de Ucrania. Sentimos simpatía por la lucha del pueblo ucraniano por su libertad. El problema no es reconocer estas cuestiones, sino encontrar una resolución que las reconcilie en la medida de lo posible. Un ejercicio que por la propia naturaleza del problema no puede ser satisfactorio, pero tampoco obviarse.
Límites y síntesis
Una posible forma de avanzar es reconocer, en cada eje, un límite que no debemos o queremos sobrepasar. Eso nos puede indicar el contorno de un posible encaje entre todos ellos: una posición que apele a la mayoría de nuestra sociedad, y que por lo tanto sea productiva políticamente.
En primer lugar, ¿cómo limitar la influencia de la industria armamentística en nuestra política? Aquí es posible plantear dos objeciones a los planteamientos típicos del establishment, que piden más gasto militar como primer paso inevitable. Igual que ocurre con las turbulencias económicas y financieras de la Unión Europa, el principal problema aquí no es la cantidad absoluta de gasto, que ya es muy elevada: unos 280.000 millones de euros para los 27 ejércitos de la Unión en 2023. En conjunto, esta cifra solo está por detrás del gasto militar de Estados Unidos y China, y dobla el presupuesto militar ruso (especialmente inflado en el contexto de la guerra). Lo que a todas luces es evidente es que el volumen de ese gasto no se corresponde con un uso eficiente del mismo, atendiendo a una capacidad europea de disuasión para proveer armamento a Ucrania.
Este problema, en apariencia tan intratable como el de la verdadera integración económica europea, es político y no técnico o de presupuesto. Si la crisis de seguridad es verdaderamente inédita, debemos exigir respuestas igualmente inéditas, que pasen por coordinar estructuras de mando y de toma de decisiones, criterios de inversión y políticas industriales en materia de defensa. No existe ninguna razón por la que una UE con un sistema de defensa así constituido necesitase aumentar su gasto militar, cosa que posiblemente disgustaría a la industria armamentística. Es posible, por lo tanto, rechazar la senda de aumento del gasto militar a la vez que se defiende una manera diferente y mancomunada de gastar los presupuestos de defensa europeos.
Segundo: es cierto que el gasto militar implica el desarrollo de capacidades que tienden a usarse una vez que se poseen. Una posible forma de atajar estas tentaciones sería establecer un mandato claro de autodefensa estricta para ese nuevo ejército europeo. Estaría autorizado a defender, por cualquier medio necesario, a un miembro de la Unión que fuese agredido (en lo que es una extensión del artículo 42.7 del Tratado de la Unión ya vigente), pero no a iniciar ninguna agresión, bajo ningún pretexto. Una integración europea militar en este sentido supondría una modernización de valores de algunos ejércitos nacionales ya existentes. Lejos de los miedos a una gran superpotencia imperialista europea de principios del siglo XX, esta integración defensiva podría ser un verdadero desarrollo de capacidades estatales útiles en otros ámbitos, como teorizó Charles Tilly en su idea de la modernización defensiva.
En segundo lugar, ¿qué elementos son irrenunciables en una posición geopolítica propia para la izquierda? ¿Es posible un pensamiento estratégico que huya de eslóganes altisonantes, pero estériles, y se haga cargo de la crisis en la que vivimos? Hay varias cuestiones que no debemos ignorar, aunque pueda resultar más cómodo hacerlo. Varios países miembros de la Unión, o en los que existe un deseo real de acceder a la misma, perciben una amenaza existencial a su integridad territorial y a su capacidad de decidir por sí mismos su futuro. El imperialismo ruso niega ese derecho inalienable a los países que considera en su «esfera de influencia», especialmente a los de mayoría eslava. El artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea, su cláusula de defensa mutua, ya nos obliga a ofrecer y sostener nuestra solidaridad a esos países «con todos los medios a nuestro alcance», en caso de que fuesen agredidos.
Pensamos por lo tanto que el europeísmo más elemental, que defendemos y que es mayoritario en la sociedad española, impide cualquier tentación del aislacionismo, y nos conmina a una búsqueda de una política de defensa común y consensuada que evite la ruptura de facto de la UE. Esto siempre supondrá ciertos riesgos potenciales, pero nuestra inseguridad sería mucho mayor fuera de la Unión. Entendemos la autonomía estratégica, por lo tanto, como la capacidad europea de decidir colectivamente, dentro del marco geopolítico actual y sus estrechos márgenes, el camino a seguir en un siglo incierto y peligroso. Este horizonte es preferible a la subordinación actual a las prioridades de Estados Unidos por vía de la OTAN, con el peligro añadido de una posibilidad real en el corto o medio plazo de desaparición o inutilización de esa organización.
En tercer lugar, ¿cuáles son los elementos irrenunciables del derecho de los pueblos a la autodefensa? Más allá del apoyo abstracto a cualquier pueblo agredido, queremos una política exterior europea que sostenga una postura comparable y comprensible ante las agresiones en Ucrania, Palestina, en el Sáhara Occidental y en tantos otros sitios. Las contradicciones insalvables que están presentes en la política exterior de muchos países occidentales son rémoras de un mundo que ya ha visto su ocaso, obstáculos en la construcción de la única política exterior posible y progresista en la descomposición del sistema neoliberal: la alianza de las familias progresistas, socialistas y liberales frente a la incipiente Internacional del Odio, que en sus agresiones reaccionarias e imperialistas ya existe como unidad de acción, sino política, en Rusia e Israel.
La enunciación y aceptación colectiva de este principio ya sería un gran paso adelante, y evitaría la bancarrota moral de abandonar a su suerte a aquellos que exigen desesperadamente el cumplimiento de las frágiles reglas del derecho internacional. A partir de ese punto, y no antes, entraríamos en una nueva tensión central, la existente entre el deseo de apoyar la lucha por la libertad de los pueblos agredidos, y el peligro de convertirnos en «misioneros armados» de una causa interminable.
Llegamos, por lo tanto, a una posible síntesis de estos tres puntos de vista. Recoge sus imperativos irrenunciables, a la vez que evita las aporías del unilateralismo. La autonomía estratégica europea es:
- La racionalización y unificación del gasto militar en un ejército europeo con mandato estricto de autodefensa, unida a una política exterior y de seguridad común independiente de la OTAN. Esto puede implicar, y así debemos defenderlo, un freno a la actual presión por aumentar el gasto militar, pero también un aumento sustancial de las capacidades colectivas europeas. En la medida en que desarrollar capacidades defensivas comunes para el conjunto de la UE requiera inversiones específicas, estas deben llevarse a cabo de forma mutualizada, con mecanismos fiscales centrales que la garanticen en tanto que bien público.
- Un paso adelante en la integración política europea. La construcción de una postura única, que recoja tanto el rechazo a la escalada militar como el miedo justificado y real de varios Estados miembros, no puede ser impuesto desde arriba. Para ser verdaderamente legítimo, y por lo tanto funcional, debe ser el preludio de un nuevo proceso constituyente europeo.
- La proyección mundial de los principios de solidaridad y apoyo a los pueblos agredidos. La defensa de la legalidad internacional y el rechazo a la imposición de la ley del más fuerte no son simplemente una cuestión de principio. Todos los siglos de guerras fratricidas y expansionistas han demostrado que esa legalidad, por frágil e imperfecta que sea, es la mayor garantía existente para la paz y la convivencia. Es el fruto de enormes luchas y sacrificios, del esfuerzo de amplias coaliciones políticas y sociales. No es un punto de llegada, sino una base que defender y sobre la que construir. Fuera de ella los peligros en este siglo decisivo serán mucho mayores, con una Europa condenada a ser un actor secundario a merced de los intereses de otros.
La izquierda europea puede desempeñar un papel decisivo en la consecución de una autonomía estratégica plena. Queremos una política exterior europea que sostenga una postura consecuente y firme ante las agresiones en Ucrania y en Palestina; pero también en el Sáhara Occidental, en el Alto Karabaj y en tantos otros lugares. Somos conscientes de que necesitamos enmendar la brecha inaceptable entre los principios que decimos defender y los intereses que muchas veces terminamos salvaguardando. Pero tengamos también presente que hay alternativas. El nacimiento de lo nuevo, en términos gramscianos, puede representar, por qué no, la eclosión de algo mejor.

