/ por Jorge Praga /
En la imprecisa filmografía de Orson Welles, F for Fake (1973) pasa por ser su última obra, al menos la última estrenada en vida del director. Lo cierto en que en ella se establece un juego de gran alcance, coherente con su afición por la magia y la prestidigitación. Los trucos se suceden con ayuda de los inventos básicos de Georges Méliès, o simplemente con la habilidad manual del propio Welles. Se convoca a falsificadores profesionales como Elmyr de Hory, la firma de lienzos expuestos en museos se vuelve sospechosa, y al final de la película Orson Welles mira con solemnidad a la cámara y con su voz de gran actor resume su estrategia: «Los mentirosos profesionales esperamos ofrecer la verdad. Su nombre pomposo es el arte». Nada menos. Desde que en el siglo VI antes de Cristo el cretense Epiménides declarara que «todos los cretenses son mentirosos», se sabe que esta afirmación, equivalente a la de Welles, conduce a una paradoja irresoluble, que precisamente recibe el nombre de paradoja del mentiroso. De lo falso se extrae lo verdadero, y también al revés. Pero lo importante de esta ambigüedad paralizante no es la solución, que no existe, sino el fruto: el arte. Los mentirosos profesionales llaman arte a su verdad.
La secuencia inicial de Segundo premio se desarrolla en la cumbre de Sierra Nevada. Un paisaje de esquiadores en el que discuten y rompen dos músicos de un grupo de rock, el cantante frente a la bajista. Esta escenifica su desacuerdo musical y vital con una bofetada al cantante, pero pronto se oye su voz en off afirmando: «Pero esto no ocurrió así». En las siguientes escenas son otros dos miembros del grupo de rock los que hacen afirmaciones parecidas sobre lo que vemos en la pantalla: «Esto no sucedió así». Lo dicen con una voz superpuesta y extradiegética, algo así como un ejercicio de desaprobación del intento de rehacer los hechos. Lo curioso es que una de esas voces sí va a dar el visto bueno a una escena posterior: el grupo de rock interviene en un programa de televisión, canta en play-back, pero lo hace con tanta dejadez que el fingimiento no convence a nadie, para desesperación de los productores del programa. «Esto sí que sucedió», dice la voz. «Está en Internet». La etiqueta de verdad de esta actuación mentirosa sale de Internet, nada menos. La paradoja del mentiroso apoyándose en las redes, rizo del rizo.
Segundo premio es una película sobre Los Planetas, como reza un título que sigue a los créditos iniciales. Pero el propio título se va negando a sí mismo en varias metamorfosis, para acabar diciendo: «Esta es una película sobre la leyenda de Los Planetas». La leyenda, y no la realidad. En el cine estas dos categorías quedaron definitivamente distanciadas cuando el periodista de El hombre que mató a Liberty Valance eligió imprimir la leyenda frente a los hechos. «En el Oeste», precisaba el periodista. Es decir, en el western. Es decir, en el cine. Los directores Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez, junto con el guionista Fernando Navarro, eligen como base de su obra la leyenda, su libertad, su creatividad. De hecho, borran el nombre de Los Planetas del resto de la película. Y sus componentes serán solo él, ella, el batería, el bajista. Los hechos sucedieron así, o no, quién sabe. Y qué importa. Todo debe ser nuevo, sin necesidad de certificados externos de reconstrucción. Solo hay que guardar fidelidad al tiempo evocado, un difuso «siglo XX» y, lo que es más importante, a la ciudad que pisan los músicos, Granada. «Todos los grupos nacen de una ciudad», dice el batería después de ver una actuación de una banda de música en la calle. Granada es su marco, su fuente, su horizonte. Una Granada sucia de finales de siglo, cuando las bolsas de basura se apilaban en las aceras, cuando se fumaba sin parar y en todas partes, cuando ser músico era «ser yonqui o maricón», como le advierte al cantante del grupo su padre.
Con estas premisas que trazan una estrategia y una poética, la película se desarrolla ajena a cualquier canon narrativo, a cualquier pretensión de biografía. No viene mal una ruptura tan tajante en estos tiempos de pantallas ocupadas por eso que ya ha recibido un nombre específico, casi un género cinematográfico: el biopic. Cada semana se estrena uno, sobre todo si es cariz musical, pues así se puede rentabilizar la resurrección en varios frentes. «Un patrón de película-excel configurada desde una sala de ejecutivos y contables», en palabras de Eulalia Iglesias recogidas en Caimán-Cuadernos de cine. Segundo premio se nutre de la música del tercer LP de Los Planetas, es cierto. Pero la recoge para rehacerla, para darle fuelle en el falso directo del cine, para devolverla a la riqueza y a las peleas de los ensayos. A tentativas y fracasos. Música puesta en las manos de artistas de ahora mismo (los intérpretes son músicos del panorama actual de Granada), que hacen creíble y firme lo que plasman para sacar la verdad del arte. Un trabajo envuelto y propulsado en un guion libre, en una puesta en escena y una fotografía matizada de penumbras, en una cámara incansable en sus correrías.
Y Granada, Granada como forma y como fondo, con Lorca y su Poeta en Nueva York como inspiración subterránea. Cuando viaje el grupo a Nueva York para grabar en estudio darán vida a los versos de Lorca: «Y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas/ al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros». Bajo el sueño lorquiano de Nueva York yace la postrera y mejor proclama musical de la película. En esa ciudad violenta que recorre las pesadillas del bajista, allí donde le espera el cocodrilo, un productor musical va a completar por fin la grabación de las canciones que paralizan al grupo. La imposibilidad de seguir las indicaciones del productor se salda con una lección rotunda: los músicos pierden el alma cuando los encierran en la soledad del estudio, cuando les hacen tocar aislados como mariposas pinchadas con un alfiler. El arte sobreviene con la estrategia contraria al de ese frío laboratorio. Los músicos se necesitan unos a otros para hacer los temas, para parir el arte que postulaba Welles. La música es vida compartida, tiempo simultáneo, complicidad extendida. Diálogo, fricción, sube y baja. Amistad. La amistad sin palabras del trío fundador del grupo, cifrada en ese abrazo eterno y sin palabras bajo el sol de Granada en el plano que cierra este sorprendente y furioso Segundo premio.
Jorge Praga Terente (Sama de Langreo [Asturias], 1952) es matemático de profesión y crítico de cine. Como escritor ha publicado los libros Biografías del tiempo (1999), Cartas desde Omedines (2017), Tierra de Campos infinitamente (2021) y La belleza del afuera (2023), y participado en libros colectivos de orientación predominantemente cinematográfica. Sus colaboraciones en prensa y revistas culturales son muy numerosas. En la actualidad publica regularmente en el suplemento cultural de El Norte de Castilla, La Sombra del Ciprés. También imparte seminarios en el Curso de Cinematografía que organiza la Cátedra de Cine de la Universidad de Valladolid.

