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Los cuadernos pálidos (63)

texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Luces)

Entre cielo y mar hay una faja de luz obstinada que no se va. Una naranja atascada a lo largo del horizonte cantábrico. Hasta que llegaron los primeros borrones del atardecer ha seguido iluminando la tarde con su osadía, resistiendo en su mudez como una yema escarchada que no nos quiere dejar solos. Contemplarla así, sin más, podría bastar para encontrar sentido suficiente al día. Y eso hacemos en este mirador de Pimiango. Con Ana, Feli y Miguel.


A la playa se va a perderlo todo. Perder el tiempo, que allí se desliza sobre la vida taimadamente como un animal viscoso («pero, ¿qué hora se ha hecho ya?», oímos de repente a alguien detrás de nosotros), y perder toda noción del espacio frente a la ilimitación del mar. En el dominio de la playa no hay ni cuándo ni dónde: todo queda detrás. Uno va allí sin reloj, sin ropa, sin más expectativas que encontrar un poco de arena donde plantarse por un rato. Con eso basta. Por eso allí recuperamos algo de ese sentimiento de libertad que no logramos en la opresión de la vida ordinaria. En la playa desaparecen el tiempo, el espacio y hasta la propia identidad. Lo único visible allí es el cuerpo desnudo de cada cual. En esa inmediatez corporal termina todo lo que uno puede expresar de sí mismo. Hay cuerpos radiantes que pueden pertenecer a macarras o a individuos de baja estofa y cuerpos decrépitos que, quién sabe, pueden albergar a potentados o a genios bondadosos. Nada se sabe de nadie más allá de esa edición física que se muestra sin duelo y con impudicia saludable. Los de la juventud son elásticos (aunque hay de todo: la obesidad puede entrar en tromba a cualquier edad) y llaman la atención sin pretenderlo; pero está también esa otra naturalidad con que se pasean arrugas, bolsas fláccidas y timbales de grasa, todo al descubierto. ¿Y qué? No se pretende esconder nada. «Esto soy yo», parece desprenderse de esa incesante exhibición carnal. O bien eso otro, «así te verás», como una respuesta biológica a los cuerpos aún no dañados por la incuria del tiempo. En todo caso, aquí vuelve esa sensación de identidad primaria que luego ya no es posible en la vida civil, con sus adherencias jerárquicas de todo tipo. En cambio, en la playa ni hay pudor ni evidencias de pertenecer a una clase social o a una profesión determinada. Solo carne incesante. El cuerpo, sí: nuestra casa inocente. Oh, la playa, esa democracia alborotada…



Durante estos días sofocantes va cayendo sobre la respiración de la ciudad el rumor de una espesura. El aire huele a corcho, las basuras fermentan deprisa y hay pájaros sobrantes abatidos frente a negocios ya sin amos, con trapas bajadas que revuelven de noche el sueño con el estertor de sus dilataciones. Son las llagas abiertas del verano, que ha llegado por fin a irritar la vida con tanta munición.



Hablando de su experiencia de la escritura, dice Kallifatides: «La conciencia de que estás destinado al fracaso te libera del miedo que le tienes. Te corta las alas pero te deja en el aire». Y a mí también me parece que es aproximadamente así. Lo mismo que en la vida, en el quehacer de la creación la decepción y la aventura van de la mano. Cuando preguntaron a Gonzalo Rojas cómo definiría su manera de escribir poesía, él respondió también: «Remo en el aire».


Numerosa noche. Insectos estrellados y astros vivos que arden solos en lo alto oscuro. Como un hilo sigiloso, la oferta del aire entra aleteando por el balcón entreabierto de la habitación y enfría un poco las ropas diarias, aún tocadas de grasa y de pereza solar. Y los sueños son interrumpidos por esta pequeña intromisión que hace de ellos leche cortada.


Ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos en París. Los ingenios tecnológicos no me seducen demasiado; me recuerdan aquellos espectáculos artificiosos del Barroco para asombrar a reyes exhibiendo los límites del ingenio humano. Ahora, en París, hay algo parecido: ese artefacto que es un caballo impulsado digitalmente y montado por una amazona misteriosa portando la antorcha para mí no está tan lejos del Clavileño ni de algún otro episodio narrado en El Quijote. Buscaba yo otra cosa, el latido meramente humano entre tanta parafernalia sofisticada de estruendo, humo y luces. Y entonces apareció Céline Dion cantando en un francés desgarrado aquel Hymne à l’amour. La imagen de la cantante sin vestimentas aparatosas ni profusión de tatuajes, mojándose sin recato bajo la lluvia imparable de París, pudo con todo: solo su voz y sus ademanes de contundente expresividad diciendo aquello («Puede el cielo azul desplomarse sobre nosotros/ y la Tierra bien puede colapsar./ No me importa si me amas […] Negaría a mi patria/ Negaría a mis amigos/ si me preguntases./ Puedes reírte de mí») mientras la multitud resistía embelesada empapándose y tarareando la melodía, las parejas se abrazaban, las pandillas de jóvenes apuraban los vasos de cerveza, algunos sollozaban… Todo eso bastó para otorgar otra dimensión al ceremonial, una dimensión en que lo sublime venció a lo espectacular porque la voz humana y una canción llena de intensidad compartida superó a cualquier sofisticación.


Primero fue el alternador del coche, después una cisterna, a continuación el frigorífico —que no se rearmó tras un corte local de energía— y por fin la caldera del agua caliente. Los aparatos y las máquinas que nos asisten en casa se han amotinado. Y todo en unos pocos días. Parece una desobediencia programada. Entran ganas de proponerles una capitulación general a cualquier precio. Estamos en sus manos.



El ayudante del fontanero que viene a instalar la nueva caldera no para de hablar. Su dicharachería altisonante se impone a cualquier conato que trate de hacerlo callar. De repente, ambos hablamos (es un decir) de la importancia de tener en casa una buena colección de herramientas. «Mi padre decía que un hombre sin herramientas es como una esquina meada», proclama con solvencia incontestable y a voz en cuello, mirándome a mí. Yo pienso en «Utensilios», ese poema…


Como una opulenta matrona, la presencia carnal de la luna de agosto con su luz caníbal. Bajo ella, la majestad fantasmal de los árboles nocturnos a punto de abalanzarse sobre nosotros. Sus siluetas gigantescas, recortadas contra tanta claridad prestada, tienen algo de animales fantásticos manoteando sin orden y fuera de sitio, como malos nadadores que no caben del todo en su estatura.


El estallido alegre de la vieja amistad. Somos doce. Un domingo para doce. Camino de Los Lunares. En el taller de los dos artistas, la materia (¿se sentirá observada?) mastica su rumor mineral. Hay algo en ella más allá de una pura estancia. Ruido de ángeles insomnes sobresaltan cada noche el sosiego de los cuadros. Oh, un maniquí se ha arreglado para una fiesta que va a empezar —lo sé, lo sé— en cualquier momento. No ofende el óxido, su cariada geografía diminuta y verdosa. Por toda la casa, la escolta impávida de objetos ya indefensos como sueños descartados. La belleza de las cosas. Durante la comida en el jardín, un árbol —todo oídos— nos escucha sin moderación botánica y racimos de acero se derraman como costillares rabiosos sobre el muro encalado. Último corro de la tarde: quien canta coplas adelanta mucho una mano abierta para detener la vida aquí. Todos querríamos quedarnos así para siempre. En la fábula de este domingo. En el mundo de Quili y Mari.


En todo anochecer hay un poco de miedo desmigado en el aire.



Mientras están con los padres de alguno en el feliz desayuno familiar, los adolescentes —ellos, ellas— conversan de asuntos inocuos, permeados por el barniz de la espontaneidad. En un momento dado se quedan solos, ya sin mayores a la vista, y son otras las conversaciones, llenas de esas turbulencias que vibran crudas con las primeras explosiones de la edad. Ahora están hablando de otra amiga. Parece que no les cae muy bien y oigo decir de pronto a una de las muchachas: «Pero ¿qué se ha creído esa, que sabe más que los demás porque ya le han salido las tetas?». Toda una reacción despechada.


Dicen que la veladura que emborrona tanto el cielo en estos días procede de grandes incendios americanos. Hasta para explicar los estropicios del planeta hay que invocar a la globalidad. El planeta es indiviso pero sigue parcelado.


Devastado interiormente por la tensión de la trama y deslumbrado por tanta precisión verbal, termino de leer Desposesión, la novela de Alberto R. Torices. Hacía mucho tiempo que no sentía esa sensación de quien ha quedado atrapado en el alma atribulada de un personaje y en la del narrador (otro personaje). Prosa de escalpelo, con la aguda sutileza de quien utiliza la exactitud de las palabras sin perder de vista una clemencia incesante: rigor y compasión. Tardaré en encontrar una narración dominada por tanta intensidad, tan profunda y con tanto amor a las palabras como es Desposesión, con su ritmo de envites sucesivos en pos de algo inminente, indefinible (Buzzati, Kundera) que no termina de llegar del todo pero que ya merodea, acosa desde muy pronto el horizonte de quien lee.



Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.

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