/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
Desde que se estrenó a finales de 1942, Casablanca está considerada como una de las mejores películas de todos los tiempos. Para muchos es, además, la más romántica jamás filmada. En la memoria de todo cinéfilo quedan la escena de La Marsellesa, los ojos húmedos de Ingrid Bergman y las réplicas mordaces de Bogart («¿Cuál es su nacionalidad?» «Borracho»). El gran Billy Wilder dijo que puede que sea la película más amada de la historia, a pesar de que todo en ella fuera fruto de la casualidad. El rodaje, para empezar, fue un auténtico caos, con continuas modificaciones en un guion que tuvo a setenta y cinco escritores rompiéndose la cabeza y las constantes disputas entre la pareja protagonista y el director. Cuando se llegó a los últimos días de filmación, nadie tenía claro cómo iba a terminar la cosa. Entre las propuestas para resolver el triángulo amoroso hubo alguna tan delirante como la de que a Ilsa la metían desmayada en el avión después de que Rick le hubiera dado un puñetazo, obligándola así a salir del país. ¿Se imaginan? En el último momento la escena fue sustituida por otra en la que Bogart soltaba su monólogo mientras la Bergman le miraba con devoción. El resto es historia.
Los vericuetos de la producción de Casablanca dan para una tesis doctoral y son de sobra conocidos. Lo que quizá ustedes no sepan es que el escenario original de la película no era Casablanca, sino Tánger. La propaganda obligó a Curtiz y sus guionistas a cambiar el enclave de la historia, por más que a muchos no se les pasara por alto que aquel hervidero exótico y cosmopolita que aparecía en la pantalla, lleno de contrabandistas, buscavidas, espías y mujeres que parecían un sueño, constituía el reflejo de otra ciudad, tan misteriosa y atractiva como el Rick que interpretaba Bogart. Tánger, protectorado internacional desde principios de los años veinte, fue en los años cuarenta, y a pesar del control que impusieron las tropas franquistas, un refugio excepcional para los perseguidos de todos los rincones del mundo, un lugar donde se podía hacer negocios con casi cualquier cosa y se vivía por y para el placer. Según Truman Capote, antes de viajar a la ciudad marroquí era aconsejable realizar tres trámites: «vacunarse contra la fiebre tifoidea, retirar los ahorros del banco y despedirte de los amigos». El autor de Desayuno con diamantes fue uno más entre los tantos expatriados atraídos por el sueño oriental que prometía Tánger tras finalizar la segunda guerra mundial. Aquella fue su época de esplendor, cuando se convirtió en un epicentro cultural que acogía sin reservas a escritores, pintores, fotógrafos, músicos, intelectuales y a toda una heterodoxa colección de personajes hastiados de una Europa en ruinas y seducidos por el clima de libertad y transgresión que se respiraba en una ciudad mágica de cielos altos y azules, envuelta en las brumas atlánticas y los humos de las pipas de kif y con una vida nocturna que parecía no acabar nunca. También a españoles disidentes del régimen como el periodista Eduardo Haro Tecglen, que sería con el tiempo el director del diario España que se publicaba allí, escritores como Emilio Sanz de Soto y Carmen Laforet, cineastas de la talla de Carlos Saura o pintores como Juli Ramis y Antonio Fuentes. Esa atmósfera comenzó a disiparse a mediados de los cincuenta, momento en el que se empezaron a oír las primeras proclamas en favor de la independencia de Marruecos. A finales de esa década, y a pesar de la entrada de una nueva promoción de visitantes capitaneados por Allen Ginsberg, Gregory Corso y William Burrouhgs, mucho más salvajes y ruidosos, Tánger inició un proceso de arabización que marcó su decadencia. En los años siguientes, y a medida que ese nutrido grupo de extranjeros iba haciendo las maletas y abandonaba sus espléndidas villas, el sueño tangerino llegó a su fin.
Se ha escrito mucho sobre la presencia del matrimonio Bowles, de Jean Genet, Tennessee Williams, Capote, Gore Vidal, Djuna Barnes, los beatniks y tantos otros en Tánger. Las páginas que ellos mismos redactaron sobre su estancia en la ciudad contribuyeron a cimentar el mito, pero lo cierto es que, más allá de perderse por las medinas, ponerse ciegos de drogas y de alcohol y de utilizar a su antojo a una comunidad autóctona que se convirtió en protagonista de sus relatos, los extranjeros que vivieron en Tánger durante aquellos años apenas se relacionaron con los verdaderos habitantes de la ciudad. Lo suyo era una existencia aislada en los cafetines, en los balnearios, con listas exclusivas para sus fiestas y el acceso a productos que eran inalcanzables para una población que vivía en la más absoluta miseria y a la que despreciaban. De esa realidad injusta y hostil se nutren, en cambio, las desoladas narraciones de Mohamed Chukri, quien sí se asomó a los abismos de Tánger y no temió hablar del fondo de violencia y crueldad que había detrás de la leyenda. El Tánger que aparece en El pan desnudo, por citar el que sea su título más reconocido, es un lugar real, no el paraíso perdido que creyeron encontrar los occidentales. Esa crudeza con que Chukri desveló los rincones más oscuros de la ciudad marroquí nos mancha, nos hiere, casi tanto como el retrato que compuso otro escritor que también quiso apartarse del mito y acertó como ningún otro a la hora de pulsar el auténtico ritmo de sus calles y contar sus transformaciones. Me estoy refiriendo, claro, a Ángel Vázquez, el autor de La vida perra de Juanita Narboni, y para quien Tánger, más que un ideal, era una caracola en la que se iban recogiendo «los peores ruidos del mundo». He vuelto varias veces a esa novela, a ese quejido tangerino, como lo describió con certeza Eloy Tizón, acaso porque nunca he podido sustraerme del todo al misterio de su escritura o porque hay libros que no basta con haberlos leído solo una vez.
Ángel Vázquez fue siempre un caso aislado y pertenece por derecho propio a esa extensa nómina de raros que hay en cualquier tradición literaria. Se podría decir que todo en él tiene los rasgos de la singularidad; de una anomalía que se observa en sus orígenes y en su trayectoria como escritor, donde se acumulan peripecias y situaciones que rozan lo insólito, cuando no la leyenda, pero también en su prestigio y posteridad. Su nacimiento en Tánger en 1929, poco después de que la ciudad se convirtiera en un centro abierto y cosmopolita, afirma de alguna manera la posición periférica que iba a ocupar el escritor entre sus contemporáneos. No tuvo una infancia fácil: su padre, un alcohólico que los maltrataba a él y a su madre, lo abandonó. Esto hizo que en su mundo afectivo cobrarán especial importancia las figuras femeninas. De los pormenores y confidencias que ese niño retraído y esquivo escuchaba en la trastienda del negocio familiar, una sombrerería en la que se vestía toda la burguesía tangerina y donde las mujeres amigas de su madre se expresaban a menudo en haquetía, el castellano que hablaban los sefardíes de Marruecos, va a salir años después el material de su mejor novela.
Los años siguientes se pueden resumir en el abandono de los estudios debido a problemas económicos y el nacimiento de la vocación literaria, sostenida por la lectura voraz de todos los libros que había en las bibliotecas de Tánger, el visionado de centenares de películas y el contacto y la amistad con muchos de los artistas que conformaban la vida intelectual de Tánger, como la escritora Jane Bowles, quien siempre se refirió a Vázquez como «mon petit génie rond». También por una incipiente afición al alcohol que sería la causa principal de sus continuos despidos laborales. Contaba Emilio Sanz de Soto, el que fue su mejor amigo, que, entre los muchos empleos que perdió en aquellos años estaba el de secretario de un abogado y que, si no duró mucho, fue porque el escritor, cuyas funciones eran las de echar al correo las cartas que salían del despacho, se bebía por el camino el dinero de los sellos. Cuando llegaba con las cartas, pero sin el franqueo para enviarlas, arrojaba los sobres por una alcantarilla y a otra cosa. Así hasta que alguien empezó a preguntarse por qué no se cobraban las minutas o nadie se presentaba a las citaciones y comparecencias que se emitían desde la oficina.
El estupendo documental La vida perra incide en estas anécdotas y muchas otras. Les recomiendo echarle un ojo. Ahí están los testimonios y recuerdos de amigos que retratan a un Ángel Vázquez políglota, autodidacta, refinado, apolítico, homosexual reprimido, tímido hasta lo patológico, poseedor de un excelente sentido del humor y de una inteligencia y erudición pasmosas, permanentemente insatisfecho consigo mismo y que no sabía hacer otra cosa que escribir. A principios de los sesenta, cuando ya se intuía la independencia de Marruecos y la situación de los extranjeros en el país se iba haciendo cada vez más difícil, la única preocupación del escritor era su madre, completamente alcoholizada y recluida en una casa que no era más que un semisótano atestado de botellas que rodaban por el suelo y de prendas pasadas de moda que habían sobrado después del cierre de la sombrerería. Ese aire de decadencia, soledad y abandono que nos hace pensar en la señora Havisham de Grandes esperanzas también será incorporado a La vida perra de Juanita Narboni. Fueron los amigos los que acudieron al rescate, pagando algunas deudas y animándolo a seguir escribiendo. De esos esfuerzos, aparte de algunos artículos que salieron en el diario España y un puñado de cuentos, surgió su primera novela publicada, Se enciende y apaga una luz, ganadora del Planeta en 1962 y dedicada a la actriz Imperio Argentina. Este triunfo, como todo en la vida de Ángel Vázquez, tiene algo de delirante. Para empezar, fue de rebote (la ganadora había sido Concha Alós, pero el libro, que más adelante se publicaría con el título de Los enanos, ya estaba comprometido con otra editorial; el follón que se organizó fue mayúsculo) y el escritor, que no se había enterado de nada y al que los amigos dieron la noticia tras encontrárselo en un parque de Casablanca donde mataba las horas fingiendo que iba a trabajar a una oficina de la que lo habían despedido hacía meses, fue el primer sorprendido. A toda prisa tuvieron que meterlo en un avión para que llegara a Barcelona y estuviera en la ceremonia de entrega, donde ―busquen las imágenes― se le ve azorado junto al ministro Fraga, haciendo el amago de devolverle el sobre con el dinero del premio.
El Planeta solo sirvió para pagar cuentas pendientes y lo que sobró se fue en copas. Tampoco alivió los apuros económicos ni los impulsos autodestructivos la novela que vino a continuación, Fiesta para una mujer sola, escrita por encargo, perseguida por la censura y de la que más tarde su autor renegaría. Tras la muerte de su madre, al escritor ya no le quedaba nada que hacer en un Tánger que había cambiado de dueños. Para él, su ciudad natal nunca fue el espacio idealizado ni de efervescencia cultural que aparece en las afectadas novelas de Paul Bowles; más bien, un lugar superficial que se había ido convirtiendo poco a poco en una tumba y de la que escapó en 1964, cuando decidió trasladarse a la península. Antes de establecerse en Madrid, hizo una parada en un pueblo de Málaga, Jubrique, donde el ayuntamiento lo puso a trabajar en la reelaboración del censo municipal. La tarea era bastante engorrosa y a él no se le ocurrió otra cosa que inventarse todos los nombres y direcciones. Ya en Madrid, malvivió en sórdidas pensiones y retomó el contacto con amigos tangerinos. Se sucedieron los empleos precarios y su salud empeoró. A cambio de dar clases de inglés y francés a la hija del dueño de un bar, podía pagarse las borracheras. Fue en una humilde y cochambrosa casa de huéspedes de la calle Atocha, que él llamaba «la mansión de Drácula», llena de papeles, humo, libros en distintos idiomas y botellas vacías, donde empezó a redactar La vida perra de Juanita Narboni. El libro no vio la luz hasta 1976 y pasó sin pena ni gloria, por más que quedara finalista del Premio de la Crítica y contara con algunas reseñas entusiastas. Cuatro años después, Ángel Vázquez, cuyo verdadero nombre era Antonio Vázquez Molina y que cambió para su obra literaria porque este se le parecía al de un torero, fallecía en esa misma pensión de una crisis cardíaca. Demasiados excesos y no pocas decepciones. Unos días antes había quemado en la estufa de su cuarto los manuscritos de las dos novelas en las que había estado trabajando en sus últimos años.
Ángel Vázquez fue y ha sido siempre un escritor para las minorías. Nunca frecuentó los círculos literarios de Madrid ni tuvo reparos en afirmar que sus libros iban a contracorriente de las modas y los dictados estéticos que había entonces en España. Tampoco en asegurar que se incardinaba en otras coordenadas que poco tenían que ver con lo que se estaba haciendo aquí. Para él, autor atípico donde los haya, sus maestros eran Céline, Genet o Henry Miller, aunque más bien habría que hablar de maestras, pues, si hubo unas figuras a las que Ángel Vázquez permaneció fiel a lo largo de toda su obra, estas son las de Katherine Mansfield, Carson McCullers y, sobre todo, Virginia Woolf, a cuyas voces añadió la necesaria dosis de sarcasmo y amargura para reflejar las asperezas de la vida tangerina. Con estas referencias, no es extraño que su nombre no aparezca entre la abultada nómina de autores realistas del cincuenta. Soy pobre y las novelas de problemas sociales, solía decir, solo las escriben los burgueses. El de Ángel Vázquez es, por tanto, un discurso que se adelanta a lo que harán unos años después los escritores de la siguiente generación: irrealismo, juegos de perspectiva, visiones simbólicas, un mundo en permanente fuga, relatos que son una red laberíntica de elusiones y atmósferas difuminadas y tensión narrativa que va ganando poco a poco el interés del lector. Al fondo de todo esto, una ciudad híbrida y unos ambientes que se resisten a ofrecer una imagen fija. Tánger como un ser vivo con carácter propio y que, dada su naturaleza cambiante y caprichosa, necesitaba de un escritor tan original como Ángel Vázquez para ser contada de forma auténtica. Lo decía más arriba: el animal sorprendente y bullicioso que fue la ciudad marroquí en los años cuarenta y cincuenta tuvo su reflejo en las obras de tantos y tantos artistas que encontraron allí un refugio, pero si hay que hablar de alguien que aceptó sin cortapisas su condición de inventor urbano y logró levantar una verdadera memoria de las fatigas y transformaciones de Tánger a lo largo de casi medio siglo, ese no fue otro que el autor de La vida perra de Juanita Narboni.
Cuando uno se adentra en esta novela por primera vez tiene la impresión de que el libro se le escapa, de que no hay manera de penetrar en su compleja arquitectura ni de captar el sentido del caótico monólogo que va enhebrando una criatura tan inolvidable y singular como la desamparada Juanita Narboni en su peculiar parla, babilónica mezcla de modismos, registros y lenguas que conceden especial relevancia a la haquetía. Hace falta dar un salto y dejar atrás nuestra realidad cotidiana, el tiempo y el ritmo al que estamos acostumbrados, y a continuación abandonarse a una especie de vértigo que nos introduce en los pensamientos del personaje, en sus emociones y sentimientos, pasear por su alma y respirar con él. Eso es lo que debería pedírsele a la literatura. Una vez que nos hemos entregado a esa voz y ha desaparecido toda resistencia, emerge la representación de un mundo que está a mitad de camino entre lo real y lo espectral y donde se asiste a una identificación completa del personaje y de su lenguaje con el medio y los ambientes reflejados.
Juanita Narboni, encerrada en su casa y víctima de unas obsesiones que hunden sus raíces en una educación represiva y austera, es una caja de resonancias que acoge toda la realidad exterior y que reconstruye desde una intimidad desgarradora las señas de identidad de un lugar mítico. El Tánger internacional, el de la ocupación franquista, la época de esplendor en los años cincuenta y la paulatina decadencia que vino luego. Todos esos periodos van desfilando por un soliloquio que se desdobla en unos interlocutores ausentes y de los cuales se sirve Juanita para censurar todo lo que ve y recuerda, ciñéndose a un código moral heredado de su madre y desde el que salvaguarda el paisaje mítico de la infancia y, a su vez, critica los ambientes de sexo y libertad que conoció más adelante. La narración fluye así, a la manera de unos círculos concéntricos que son los de una memoria que va y viene, empapada de nostalgia y depositaria de todos los registros e idiomas que hicieron de Tánger un caleidoscopio cultural. Al mismo tiempo, esos acontecimientos históricos, cuyas evidencias nunca se nos ofrecen de manera explícita, sino que debemos intuir por las menciones a las películas, las canciones de éxito o la descripción de los vaivenes que se producen en ambientes y modas, se solapan con las riñas familiares, las discusiones con las vecinas, los paisajes cambiantes de cafés, tiendas, cines y balnearios, las muestras de la convivencia entre culturas y razas distintas y la suerte de las amistades que hace tiempo abandonaron Marruecos. Se cumple así aquello que reclamamos a las grandes novelas: que nos ofrezcan, a diferencia de los manuales de historia, con sus tratados de sociología, economía y estudios sobre figuras políticas, algo más que una idea abstracta sobre una época concreta. El torrencial monólogo de Juanita Narboni consigue trasladarnos en el tiempo y devolvernos el misterio de una ciudad vibrante cuyos aromas, colores y perfiles nosotros completamos.
La novela de Ángel Vázquez culmina en una tragedia íntima. En el último tramo de su vida, Juanita Narboni está sola, incapaz de entender o aprehender el papel insignificante que le ha tocado vivir en unos tiempos irrepetibles. Su voz resuena en un estremecedor vacío. Solo al final, cuando comprende que el progreso de su relato es un avance a toda máquina al reino de la muerte y el silencio, alcanza a vislumbrar una asociación entre el cementerio en que se ha convertido Tánger y su propia casa, poblada de fantasmas. «Siempre estuve rodeada de cementerios… Ahora soy yo misma un cementerio», dice Juanita. Ese descubrimiento la llena de terror. No tanto porque sea una advertencia de la imposibilidad de regresar a un pasado definitivamente extinto, sino porque intuye que toda su vida no ha sido más que una constelación de miedos, anhelos fracasados e ilusiones perdidas. Justo antes de que se interrumpa su monólogo, el personaje tiene un instante de lucidez y comprende que lleva años hablando con muertos. Esa momentánea clarividencia espanta a Juanita y, de paso, también a nosotros, tal vez porque afirma todo lo que hay detrás de las formas, las apariencias y las conveniencias, una zona de sombra inmensa e incomunicable que no nos atrevemos a nombrar ni describir, pero que constituye la expresión de la intemperie y fragilidad por la que transita cualquier existencia humana. La vida perra de Juanita Narboni no encaja en esquemas teóricos ni participa de las clasificaciones genéricas que suelen trazar los profesores de literatura. Desde su publicación, y más allá de la indiferencia que pudo suscitar un primer momento o del olvido general en los manuales, ha ido ganando lectores que la saludan como una de las más perfectas y originales creaciones de la literatura española. No sé qué habría pensado Ángel Vázquez de todo esto. Solo se me ocurre que, a pesar de que se reconocía como un marginado y llevó una vida perra de verdad, era alguien que se salvó en su propia escritura y murió sabiendo que había creado una auténtica obra maestra. Esta novela fue su gran victoria y, como a menudo sucede con los triunfos de los mejores escritores, estos suelen ser eternos.
Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.

