/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
Nos habíamos acostumbrado a ver los títulos de Concha Alós en las estanterías de las librerías de segunda mano. Una más entre la colección de los galardonados con el Planeta, allá por los años sesenta, cuando el premio reconocía la literatura y no era lo que es hoy, una cosa muy rara y como de espectáculo que se entrega a periodistas y presentadores de televisión. Nadie se había acordado de ella en décadas hasta que, de repente, sucedió el milagro. Su obra volvió a editarse, apareció entre las novedades de la temporada, se le dedicaron reseñas, estudios y su nombre empezó a sonar en todas partes. Uno solo puede alegrarse de que haya ocurrido algo así, pues si hay alguien que mereciese un redescubrimiento, es Concha Alós, la gran Concha Alós y sus novelas y cuentos, en los que se retrata mejor que en ningún sitio la desolación, la mugre y la asfixia que fue el franquismo. Entre tanta revelación y tantos elogios surgieron, por cierto, las mismas preguntas. ¿En dónde se había metido esta autora? ¿Cómo es que la habíamos pasado por alto? ¿Por qué Concha Alós no está junto a los grandes y más innovadores novelistas del siglo XX? También las dudas al pensar en cuántas otras trayectorias como la suya habrán sido soslayadas. La cantidad de nombres que se nos han escamoteado ―las injusticias y arbitrariedades del canon, ya se sabe― y continúan aguardando un rescate que lleva demorándose demasiado tiempo. Luïsa Forrellad, Carmen Kurtz, Mercedes Formica, Elena Soriano, Cecilia G. de Guilarte, Carmen Nonell, Eulalia Galvarriato, Marta Portal y otras muchas ignoradas que reclaman atención y nuevas lecturas. No tanto, como dijo alguien, para reescribir la historia de la literatura reciente según la receta «Añádanse mujeres y agítese», aunque sea más que evidente la necesidad de sumar nombres femeninos a la mezcla, sino porque reivindicar ese legado de forma eficaz contribuiría a curarnos de tanta amnesia y a restañar las heridas de un pasado dañado.
El rastro de Concha Alós se perdió en el olvido general que fue la Transición, pero no fue siempre una desconocida. Algo de esa nebulosa se extiende, sin embargo, por sus orígenes. Ni siquiera está clara la fecha de su nacimiento en el seno de una familia obrera de Valencia. Los que mejor han estudiado su obra y su trayectoria dicen que nació en 1922, pero las ediciones que tengo a mano señalan el año de 1926. Otras lo sitúan en 1927, en 1928… Tampoco está clara la identidad de su verdadero padre, pues Concha Alós fue hija de madre soltera, un estigma social que se convirtió en una obsesión que aparece en varios de sus libros posteriores. Lo que sí se sabe con seguridad es que pasó su infancia en Castellón, donde vivió los bombardeos del tramo final de la guerra. A esa ciudad volvería más tarde en su obra, al igual que a la experiencia traumática de los refugios, de su penosa huida a Lorca y del regreso para encontrarse con los muertos y los edificios destruidos por la aviación franquista. Lo contó todo en El caballo rojo (1955), la quinta novela que publicó, y que se nutre de todas aquellas vivencias. No era fácil crecer en el bando de los vencidos: escasez, hambre, estraperlo, abusos, represalias. Mucho más complicado siendo una mujer. Había que escapar de ese panorama y Concha Alós lo intentó con los estudios, cursando la carrera de Magisterio. Antes, un rápido noviazgo y el matrimonio a los veinte años con el poeta falangista Eliseo Feijóo, subdirector del diario Baleares, y que se llevó a su mujer a Mallorca. La vida en la isla, la «isla de la calma», como la llamó Rusiñol, no tenía muchos alicientes para la esposa de un matrimonio burgués, dedicada a su trabajo como docente y a la que ocasionalmente se le permitía ejercer como periodista en el diario de su marido. Pero fue en el periódico donde conoció a un joven tipógrafo llamado Baltasar Porcel, del que se enamoró y con el que decidió fugarse a Barcelona a finales de los cincuenta. Pueden imaginarse la polvareda que levantó la noticia. Ya no solo por el divorcio o la diferencia de edad que había entre la pareja (Concha Alós le sacaba catorce años a Porcel; a nadie le había importado esa disparidad antes, cuando Feijóo le sacaba trece a su esposa), sino porque hasta 1963 el adulterio estaba penado por la ley y dejaba al marido libre de castigo si sorprendía a su mujer con otro y únicamente le ocasionaba lesiones. Se dice, por cierto, que el espaldarazo a Porcel, ambicioso aspirante escritor, se lo dio la propia Concha, encargada de traducir al castellano alguna de sus novelas. También, quizá, de mejorarlas, pero esa, como decía el personaje de aquella película de Billy Wilder, es otra historia.
En 1962 Concha Alós dio la campanada con Los enanos, ganadora del Premio Planeta. Antes había participado en algunos concursos literarios de cuentos, llegando a ser finalista varias veces del Sésamo, y publicado una novela titulada Cuando la luna cambia de color, que, a pesar de haber quedado finalista de los Premios Ciudad de Palma y de contar con el aplauso de Cela, pasó desapercibida fuera de Mallorca. Se ha escrito mucho sobre lo que ocurrió aquella noche de octubre en el hotel Ritz de Barcelona, cuando se anunció el fallo del jurado y Tomás Salvador, director de Plaza & Janés, presentó una querella donde reclamaba los derechos de edición del libro, entonces titulado El sol y las bestias. Al parecer, la autora ya se había comprometido unos meses antes a publicarlo en este sello, pero las ideas subversivas que percibieron en la novela ―y que los censores que permitieron la publicación en Planeta no vieron por ningún sitio― retrasaron su salida a la calle. Ahora, con la publicidad que daba el Planeta y oliéndose el negocio, Plaza & Janés ya no tenía ningún remilgo. Total, que Concha Alós se quedó sin el premio y este fue a parar al tangerino Ángel Vázquez, que había quedado finalista. El barullo que se montó con este asunto fue tremendo, aunque a la larga la propaganda acabó beneficiando las ventas de la novela, que salió a principios de 1963 y obtuvo un gran éxito. Todo el mundo pareció quedar satisfecho con este arreglo. Todos menos la propia autora, claro, que tuvo que luchar lo suyo para que los directivos de Plaza & Janés accedieran a pagarle una cuantía mayor por el libro, y que se quedó con la espinita de haber tenido que renunciar al Planeta. Un año después, buscando el desquite, se volvió a presentar y lo ganó con Las hogueras. Nadie ha vuelto a conseguir esa proeza.
Con estos reconocimientos Concha Alós debería figurar en la foto general del grupo de los 50, pero no es así. La autora, aunque vivió en Barcelona y llevó una vida social bastante intensa, frecuentando exposiciones, tertulias y contando entre su círculo de amistades a muchos de los nombres destacados de la cultura catalana de los sesenta, estaba bastante alejada, sin embargo, de los ambientes por los que se movían otros compañeros de generación como Marsé o los Goytisolo. Ahí, dicen quienes la conocieron, hubo cierta voluntad de apartamiento, de quedarse al margen de lo que ella consideraba una moda. También un deseo de soledad, que se acentuó después de su ruptura con Porcel y terminaría por ser la tónica dominante el resto de su vida. Es cierto, por otra parte, que la publicación de sus libros en sellos comerciales no jugó mucho a su favor. Para ganar prestigio y la atención de la crítica seria había que estar bajo la órbita de una editorial como la que dirigía Carlos Barral, que tuvo encima de su mesa Los enanos y solo sacó a principios de los setenta un libro de Concha Alós, la estupenda colección de cuentos Rey de gatos. Esta obra, por cierto, traza una clara división dentro la narrativa de la escritora valenciana. Las primeras seis novelas que publicó se inscriben dentro de una literatura testimonial y de corte existencialista, muy influida por los modelos del realismo social y con el tratamiento de asuntos que le costaron más de un encontronazo con la censura. Solo hay que ver la crudeza con que se presentan temas como la prostitución, la homosexualidad o el aborto en un libro como Los cien pájaros. El estilo áspero y procaz, a veces brutal de alguna de estas obras sacaba los colores a los censores, que decían que «escribir de este modo no procede tratándose de una mujer» y se ensañaron con títulos como La madama, la última novela dentro de esta tendencia realista. Sin embargo, a mediados de los setenta, y siendo consciente de que la aparición de Tiempo de silencio había puesto todo patas arriba y tocaba adaptarse a los cambios, la autora de Los enanos buscó otros enfoques más experimentales, dando prioridad a lo simbólico y a lo fantástico. Entre esas obras, que, aun siendo estimables, marcan un declive, se cuentan tres títulos como Os habla Electra y, ya en los ochenta, Argeo ha muerto, supongo y El asesino de los sueños. Luego, el silencio.
Se ha dicho muchas veces que la obra maestra de Concha Alós es Los enanos. Muy influida por La colmena de Cela, no tiene nada que envidiarle a esta si de lo que se trata es de ofrecer un contundente testimonio de cómo era la vida durante la dictadura. Está por encima, incluso. Afirma con rotundidad Constantino Bértolo que lo que hace diferente a Los enanos de cualquier otro libro de su época es su capacidad «para poner de manifiesto la característica más profunda y germinal del franquismo: su fealdad. Su fealdad civil, moral, individual, colectiva». Publicado hace más de sesenta años, Los enanos no ha perdido un ápice de virulencia, que salta a la vista en sus primeras páginas, cuando Concha Alós pone el foco en la minúscula pensión de la señora Eloísa y nos hace advertir las ratas «grandes, oscuras, de largo rabo», que se pelean entre sí y corretean por las escaleras y el patio de luces del edificio ante la mirada indiferente de los inquilinos. Nos adentramos en esos estrechos espacios, en los tabucos malolientes de los huéspedes y nos llega el olor de la miseria, el rumor de la furia, la amargura y la desolación de todo un grupo humano que bulle y patalea en el interior de la pensión, afanándose inútilmente por escapar a su destino. Lo dice uno de los personajes: «Soy una figura pálida que no tiene futuro ni presente, solo pasado. Es lo que me une con estas gentes que viven en la pensión: ninguno vivimos el presente. Todos vivimos un pasado. Somos ratas que no pueden escapar de la negra cloaca para mirar la luz».
Ya lo ven. No hay ni una sola concesión a la esperanza en toda la narración, de la que a veces es necesario salir para tomar un poco de aire, solo unos instantes antes de volver a sumergirse en esa realidad deprimente que es símbolo de todo un país. España como una cloaca, una jaula, un agujero donde no hay ni rastro de aquella renovación espiritual de que hablaban quienes hicieron la cruzada, que nada tiene que ver con las epopeyas triunfalistas o los eslóganes ―estamos en los sesenta― que promocionaban el turismo bajo el Spain is different y tras los que se agazapaba la memoria de un pasado de atraso económico y pobreza, marasmo cultural y científico y, muy especialmente, las heridas aún sangrantes de la guerra. Los enanos es, por todo ello, una obra imprescindible y uno la lee con una mezcla de perplejidad y fascinación morbosa, ya no solo por la pavorosa denuncia que contiene o su pesimismo, sino por la brillantez y el prodigio de su lenguaje, el ritmo apresurado, sus violentos sarcasmos y por saber dotar a la escritura de una verdad que nos duele y que se presenta desnuda, sin los disfraces y trampas de la retórica. Están avisados: un libro como Los enanos no es ninguna broma, y urge leerlo, aunque solo sea para asomarse a una época que conviene no olvidar. Puede que incluso saquen paralelismos con la actual.
Sin embargo, con todos estos aciertos y méritos, el libro que yo prefiero de Concha Alós es Las hogueras. Ta vez aquí se haya atemperado la visión sombría que la escritora presentó en su obra anterior, pero no la turbiedad de sus atmósferas. Aunque también se trata de una novela coral, el escenario ahora se traslada a la isla de Mallorca y la autora va a un paso más allá en su descripción de la sociedad que le rodeaba, sobre todo en lo que toca a la representación del papel de la mujer y la crítica a las mordazas que se le imponían. No me cabe duda de que esta es una de las novelas más autobiográficas que escribió Concha Alós. Más que nada por los paralelismos que hay entre ella y la frustrada maestra que protagoniza una de las dos historias que recorren el libro, sumida en la soledad y resignada a su condición de solterona, o con la exmodelo Sibila, encarnación del deseo insatisfecho y que languidece en un matrimonio vacío y lleno de máscaras. Poco a poco intuimos que bajo el relato de esas vidas malogradas y a punto de colapsar discurre una corriente subterránea de violencia, asociada además a un paisaje que tiene poco que ver con la postal de descanso y magia que se suele brindar de las Baleares. No, aquí no hay nada de eso, sino unos ambientes opresivos y asfixiantes por los que asoma la silueta de la desigualdad social, el machismo, la incomunicación, la hipocresía y la estupidez de una sociedad que vive en un perpetuo fracaso moral. En un entorno así, las inquietudes mueren y la felicidad es imposible y cualquier intento por alterar el rumbo de ese orden es estéril, lo más parecido a «una hoguera que arrasa y nos hunde en la desesperanza, en la soledad. En la imposibilidad de esperar nada aparte de la diaria y baja rutina».
Cuesta creer que una novela así, escrita con frases que parecen latigazos, donde se combina la delicadeza con pasajes de gran tensión narrativa y que explora de manera magistral la psique de sus personajes hasta desvelar toda su intimidad emocional y el infierno interior que viven, pasara no ya el corte de la censura, sino que encima fuera premiada. Dicen que a principios de los sesenta las restricciones se habían relajado y que eso favoreció la publicación de algunos títulos que antes lo habrían tenido mucho más difícil. No sé si creérmelo, visto, además, los problemas que Concha Alós tuvo después y que esa afirmación desmerece la valentía y el coraje que demostró al poner sobre el papel unos tabúes sobre la condición femenina e indagar en temas sobre los que se solía pasar de puntillas. Lo más probable es que, a pesar del Planeta y de los parabienes de algún crítico, nadie hiciera mucho caso de lo que Las hogueras contaba o que la novela fuera despachada con un «esto es cosa de mujeres». Hace falta estar ciego. En cualquier caso, y más allá de estos debates que nos deberían importar muy poco, lo que nos queda es uno de los mejores libros de la literatura española del siglo XX, una obra perturbadora, de atmósferas densas y rara belleza en la que bajo una superficie aparentemente en calma todo arde.
Concha Alós murió el 31 de julio de 2011. Llevaba años ingresada en una residencia para enfermos de alzhéimer, olvidada de sí misma y del mundo. No hay nada peor que morirse en verano, nadie se entera y los periodistas están a otras cosas. Casi nadie asistió al entierro; apenas un puñado de amigos que se encargaron de despedirla y pagaron el funeral y la sepultura. A veces este país es un asco. En noviembre de 2022 sus restos fueron trasladados a Castellón y se le dedicaron los homenajes que no tuvo entonces. Esperemos que no sean los últimos.

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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Estoy con Los enanos. Buena novela, con el realismo de la época, pero también con potentes imágenes literarias y un toque de poesía entre miasmas. La reseña me ha incitado a leer Las hogueras.
Pingback: La vida perra de Ángel Vázquez – El Cuaderno
Gracias por dedicar unas lineas tan acertadas a la obra de Concha Alós. A pesar de la reedición reciente de algunas de sus obras creo que sigue pasando bastante desapercibida y es una pena. La he descubierto recientemente y me ha atravesado como pocas. Poco a poco voy leyendo sus obras y articulos como este me ayudan mucho a entender su contexto.