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Las malas hierbas

/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /

En portada: Memorial del Holocausto (Berlín)

El eterno debate entre Heráclito y Parménides sigue sin resolverse porque es irresoluble. Cada uno hablaba desde un extremo del mundo griego: el primero desde Éfeso, sobre la costa jonia de Asia menor; el segundo desde Elea, en la costa occidental del sur de Italia, la región conocida como la Magna Grecia.

Para Heráclito, la realidad no es más que devenir, nada es estable. «Lo frío se calienta, lo caliente se enfría, lo húmedo se seca, lo seco se vuelve húmedo». En ninguna parte hay permanencia, que diría Rilke. Las cosas más sólidas, duraderas e inconmovibles están constantemente sometidas a mutación. Y es bueno que así sea, ya que «hasta el brebaje se corrompe si no es agitado». James Bond no estaba muy puesto en filosofía cuando exigía un Martini mezclado y no agitado. Las argumentaciones heraclíteas desembocan en una firme conclusión: no sirve establecer un elemento único como principio permanente de todo, pues la esencia de la realidad es el cambio.«No es posible penetrar dos veces en el mismo río, ni tocar dos veces una sustancia perecedera en un mismo estado».

En cuanto a Parménides, se muestra convencido de que este no ha lugar. «El ser es y no puede no ser; el no ser no es y no puede ser». Este intento de construcción de una ontología lo es a su vez de una epistemología. Para él, las condiciones del ser y del pensamiento se superponen, y deberíamos entender que solo cabe pensar el ser y el no ser es impensable.

A pesar de sus doctrinas presuntamente antagónicas, ambos coinciden en la necesidad de apartar los velos de la apariencia y las opiniones para acceder a la verdad. Y también en el empeño de no confundir lo que podemos llegar a conocer sobre las cosas con lo que estas realmente son.

Cambio y continuidad han proseguido su polémica a lo largo de los siglos. Una rama de ese debate opone dos conceptos distintos del paso del tiempo. Un clásico prejuicio intelectual considera el cíclico, que se asocia a la visión pagana, como inferior al lineal, que sería una invención judeocristiana. El primero supondría un modelo de repetición, permanencia e inmovilidad, y el segundo uno de movimiento, evolución y progreso. Aquel está ligado al retorno de las estaciones, a los ciclos festivos y a cierta sensación de eternidad de las instituciones. Sin embargo, aunque Roma durara mil años, tuvo un final. Incluso la longeva civilización egipcia terminó por fenecer, dejando tan solo vestigios.

Esto hablaría en favor de una concepción lineal, si bien la historia nos ha permitido asistir una y otra vez a vueltas y revueltas de lo ya visto y padecido. Y, desde luego, el carácter redentor y milenarista de una cosmovisión que postula un avance ininterrumpido en lo material y espiritual ha resultado seriamente comprometido por la terca realidad. Tanto las doctrinas religiosas como otras filosóficas, sociales o revolucionarias han pecado de optimismo al asimilar el tiempo histórico a una escalera que lleva al Paraíso. Las idas y venidas no hacen sino sucederse insistentemente. Vemos reaparecer prejuicios que una década atrás creíamos superados para siempre. Incautamente se ha dado por supuesto que determinados atentados a la civilización habían sido enviados al vertedero, olvidando la lección con la que cíclicamente nos obsequia la naturaleza. Las malas hierbas vuelven a invadir el jardín y hay que extirparlas, sin dejar de ser conscientes de que, más temprano que tarde, las tendremos aquí otra vez.

La lucha es exigente y no tiene fin. Pero ya Heráclito sabía que «el combate es padre de todas las cosas». Cada ser consigue su esencia por oposición a otro ser. En estos días de degeneración social, conviene tener claro de qué lado estás. Pues el dilema no es «socialismo o libertad», conforme quiere la trumpizada derecha madrileña. Ya ni siquiera es, como en su época pudo decir Rosa Luxemburg, «socialismo o barbarie». Ahora el envite es más desesperado y menos ambicioso. Se trata simplemente de elegir entre civilización y barbarie.

De nada sirven las monsergas que pretenden que, hoy, unos ciudadanos con mayor dosis de formación y educación que hace un siglo no pueden caer en las garras del fascismo. El salvajismo nazi prendió en una de las naciones más cultas de Europa, y desde ahí originó un incendio que arrasó nuestro continente hasta los cimientos. Respecto al refinamiento de nuestra preparada sociedad actual, permítanme que me ría. En las memorias de la fundadora de la mítica librería neoyorquina Gotham Book Mart, se lee esto sobre las veladas de poesía de Dylan Thomas:

«Cada vez que Dylan leía el aforo se vendía mucho antes de la noche del recital; incluso las localidades de pie no tardaban en agotarse. Siempre había una multitud en la calle preguntándoles a los afortunados si tenían una entrada de más» (Frances Steloff: En compañía de genios).

Verdad es que, según parece, ver declamar al poeta galés era una experiencia que valía su peso en oro. «La voz de Dylan resonaba como una campana y todos eran presa de la emoción». Eran los comienzos de los años cincuenta.

Comparemos eso con la miserable situación cultural de nuestros días. No es ya que la voz del poeta apenas alcance más allá de su sala de estar, o en el mejor de los casos de su departamento universitario. Al constatar por dónde van las audiencias televisivas, nos damos cuenta de que estamos al borde del abismo. Infumables telenovelas, concursos enfocados a encefalogramas planos, tertulias para besugos y reality shows infames, vulgares y retrógrados se llevan la palma del share en prime time. Lo del inglés en todas las salsas hace juego con la incuria mental de programadores y espectadores. Los mismos presentadores que blanquean día y noche al fascismo más cerril se escandalizan al contemplar las acciones de los energúmenos de turno. Mientras tanto, beneficiarios y víctimas se alinean siguiendo al flautista de Hamelín.

Desde 1938 llega una advertencia casi inaudible entre el estrépito y la gresca:

Los que roban la carne de la mesa
predican resignación.
Aquellos a quienes están destinados los dones
exigen espíritu de sacrificio.
Los hartos hablan a los hambrientos
de los grandes tiempos que vendrán

(Brecht: Catón de guerra alemán).


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.

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