Fotografía destacada: Los amantes de Teruel, por Diego Delso
/ por Vicent Yusá /
El prestigio del amor es tan abrumador que resulta extraño, y hasta cierto punto difícil de aceptar, que este aclamado sentimiento universal haya tenido, y todavía mantenga, furibundos detractores, enemigos declarados, que ya desde la antigüedad nos han alertado de los peligros y los engaños de una pasión, de un deseo, repleto de mitos, engaños, falacias, distorsiones y malos entendidos. Es el amor-pasión, el enamoramiento, el que ha sido el blanco primordial de todos esos ataques.
Tal vez sea el filósofo romano Lucrecio (siglo I a. C.), atomista, materialista, el pionero y uno de los más atrevidos críticos del amor, «una inflamación de los átomos que desean unirse a otros átomos», una pasión de la que no espera nada, o más bien sospecha lo peor. Comparte con los epicúreos y los estoicos que la ataraxia, la ausencia de perturbaciones, es el estado ideal del hombre, y por eso desprecia el amor, por ser la vía más segura para eludir la deseada calma. De ahí que Lucrecio animara a no obstinarse jamás por nadie.
Para este filósofo, el amado es una ficción, un ídolo, una proyección de nuestra imaginación. En este sentido, es un claro precursor de la célebre teoría estendhaliana del amor como cristalización. Aseguraba Stendhal (1783-1842) que nos enamoramos cuando nuestra imaginación proyecta sobre la otra persona perfecciones inexistentes («cristalización»), y por eso el amor-pasión es simplemente una aparición, un error; de modo que cuando el fantasma desaparece, todo se acaba.
¿De qué manera podemos escapar de esta quimera engañosa y peligrosa? Lucrecio tiene la pócima mágica: el sexo. Pero un sexo plural y libertino. Así, es necesario apartarse del amor fijo, único y excluyente. Los fervorosos partidarios del amor romántico no dudarían en lapidarlo. Como sin duda lo harían también con otro de los enemigos declarados del sentimiento amoroso, Schopenhauer (1788-1860), que intenta una demolición del sentimiento amoroso, y para quien el amor tiene su origen en el instinto sexual y no sería más que una artimaña para la reproducción de la especie; algo terrible para este pesimista y misógino compulsivo, que no dudaba en sostener que la única felicidad sería no haber nacido. Por lo tanto, es falaz sostener que la elección amorosa es algo singular, fruto de la libertad y la autonomía de la persona: no somos más que meros rehenes del utilitarismo de la especie. Sin embargo, contrariamente a las propuestas disolutas y promiscuas de Lucrecio, Schopenhauer recomienda el ascetismo y la indiferencia, alejarnos del mundo. Aunque se cuenta que su agitada libido no le permitió ser consecuente con sus férreos consejos.
En el caso de Ortega y Gasset (1883-1955), no estamos frente a un detractor del amor; se trata más bien de un estudioso, un analista de ese sentimiento; si bien considera al enamoramiento, que no confunde con el amor, «un estado de miseria mental en la que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza». Estar enamorados es una especie de «imbecilidad transitoria» donde la atención está reducida, en un estado raro, «anormalmente detenida en otra persona». Por lo tanto, nos recomienda reprimir los gestos románticos, si no queremos aparecer como imbéciles.
Contrariamente a lo mantenido por Schopenhauer, Ortega distingue el «instinto sexual» del «amor sexual», que considera que con demasiada frecuencia se confunden. «No es tan fácil ni tan frecuente sentir una atracción exclusivamente física. En la mayor parte de los casos, la sexualidad va sostenida y complicada por gérmenes de entusiasmo sentimental, de admiración hacia la belleza corporal, de simpatía, etcétera».
El enamoramiento parece ser el punto débil del amor sobre el que se arrojan todos los dardos de los contrarios al amor-pasión. Es fugaz, es débil, es engañoso, mero instinto sexual. ¿Cómo defender entonces el amor? El antídoto parece claro, abjurar del amor romántico y defender el «amor maduro». El amor se aprende, es un arte, requiere conocimiento y esfuerzo, es el fruto de un aprendizaje, como nos sugería el filósofo social y psicoanalista Erich Fromm (1900-1980). Esta opción, sin embargo, tiene también sus detractores entre las filas de los «amorófobos». Laura Kipnis señala que ese precepto cultural que mandata «trabajarse el amor», donde la monogamia se convierte en una «tarea», en el que «el deseo se organiza mediante contrato, llevando las cuentas y exigiendo fidelidad del mismo modo que se exige el trabajo a los operarios», convierte a la pareja casera, al matrimonio, en una factoría hogareña, en un «gulag doméstico». Esta autora abunda en la ambivalencia de la pareja moderna, atrapada entre el anhelo de intimidad y el deseo de autonomía; entre la acogedora comodidad y la aburrida previsibilidad, y en muchos momentos «sirve de campo de entrenamiento para la sumisión y la resignación».
Se confía mayoritariamente en la pareja como instrumento del amor, a través de la cual se pretende dar satisfacción a las necesidades de cada miembro. Pero lejos de lo que en demasiadas ocasiones se asegura, nos advierte Kipnis, la libertad o la deseable autonomía de cada individuo en la pareja no es el pilar que sostiene su permanencia; es el «apaciguamiento de la ansiedad», la paz mental de la otra persona, el aspecto más relevante. La libertad, en realidad, es una fuente de ansiedad, ¿libertad para ser infiel?, ¿para dejar de amarte? «Aquí hemos venido a prohibir, no a dar libertad», podría ser el lema de la pareja duradera, y entre los preceptos capitales están las prohibiciones sexuales. El amor se convierte así en un acatamiento voluntario de las prohibiciones.
Un panorama poco encantador.
Vicent Yusá es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud publica de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene un gran número de publicaciones científicas en revistas de alto impacto. Ha realizado estudios de filosofía y es autor de Ascenso a la Torre. Apuntes para una filosofía de proximidad.

