/ por Jordi Doce /
Según Edward Said, que distingue con gracia entre «filiación» y «afiliación» (el juego de palabras es por una vez iluminador, tiene sentido), la relación filial pertenece a los dominios de la naturaleza y de la vida —pues suyos son los lazos y formas de autoridad naturales como la obediencia, el temor, el amor, el respeto y el conflicto de instintos—, mientras que la afiliación pertenece exclusivamente a la cultura y la sociedad, donde imperan formas transpersonales como «la conciencia de gremio, el consenso, la colegialidad, el respeto profesional, la clase y la hegemonía de una cultura dominante». Y no hay duda. A pesar de todos mis déficits como hijo y de los suyos como padre, de los conflictos y turbulencias que oscurecieron nuestra relación y terminaron por separarnos, me reconozco fatalmente del lado de la filiación. Sé bien que los gremios y el espíritu colegial son estribos del orden social, pero nunca he sabido considerarlos sin recelo y hasta sin aversión. Y ahora comprendo que esta incapacidad mía es la raíz de los defectos que más me reprocho. Lejos, lejos, extramuros de la ciudad, por los caminos de la vega, ahí me veréis muchas tardes. Los viejos con los que me encuentro no se parecen en nada a mi padre, pero no será por falta de intentarlo.
Todo ingreso en un club o en una logia supone un rito de paso, una iniciación, y el ingrediente habitual o más efectivo de ese noviciado es la vergüenza, la humillación, la necesidad de nivelar por abajo con dosis pertinentes de violencia. Así cabe entender las célebres novatadas de los colegios mayores, que son la manifestación más visible de este impulso integrador que verifica —que debe verificar— las aptitudes del candidato. Lo importante es que el novicio pierda el orgullo propio de su individualidad y lo sustituya por el orgullo proveniente de su pertenencia al club, al grupo. Y para ello debe ser humillado: ha de quedarle claro que él no es mejor ni más alto que nadie, que no puede seguir moviéndose por libre, que está vinculado a los demás por la memoria compartida de su vergüenza. Una memoria que se guarda en secreto, pero que siempre puede activarse si el ya miembro duda o cambia de opinión (basta con la simple amenaza). Así operan todos los clubs del mundo, también los no explícitos: la familia, el patio del colegio, la universidad, la oficina, los sindicatos, las asociaciones de esto y aquello, los colegios profesionales… Tarde o temprano hay que demostrar que somos uno más, parte del gremio, alguien en quien se puede confiar y que no se considera por encima de la batalla; hay que pasar por la horca caudina que pone en marcha la cadena incesante del quid pro quo. ¿No te pensarías que eras mejor que nosotros? A quien por activa o por pasiva no se somete —puede que solo por razones de carácter, de mero instinto— se le castiga con la distancia social. Este quid pro quo se vende o se disfraza como parte del aprendizaje y el trabajo de colaboración (cuya variante más quimérica sería el «uno para todos y todos para uno» de los tres mosqueteros), pero va ligado sin remedio a ese brete o momento decisivo en el que uno debe inclinar la cabeza ante el peso —la autoridad— de las dinámicas de grupo. Lo saben muy bien los miembros de una iglesia o de un partido político, donde «ir por libre» o pensar por cuenta propia es incompatible con la disciplina y —por tanto— penalizado severamente. Claro que ir por libre no significa por fuerza no necesitar a los demás (nadie está por encima de esa necesidad) ni negarse a la colaboración. Solo, pero no es poco, rehuir sin aspavientos el lugar, la hora y los términos del encuentro. Aceptarlos es ya caer en la trampa y jugar en el terreno de los otros, a los que justamente por esa ley del algo por algo nunca llegamos a ver con claridad. Es lo que dice el argentino José Sbarra torciendo un verso clásico de Borges: «No nos une el amor nos une la vergüenza. Nos une el pudor de saber tan íntimamente cómo es el otro y de no saber con la misma intimidad quién es el otro» (Obsesión de vivir).
Lo dijo Shakespeare por boca de Lear: «unaccommodated man is no more but such a poor, bare, fork’d animal as thou art» (III.iv.113-115): El hombre desacomodado no es más que una bestia pobre, desnuda y bifurcada. Un «tenedor» de huesos, si queremos ser fieles al sentido real de la imagen, esos dos pies plantados dudosamente sobre la tierra. No hablamos de un ser social que mal que bien ha aprendido a tolerar los aires de ciudad, sino de un animal solo, expuesto a la intemperie, que busca refugio en el pliegue rocoso más cercano y mira con temor a los lados. No es un personaje de novela ni aprovecha sus peripecias para mudar de estado. Es siempre el mismo, un tronco retorcido y tenaz que se oculta en nuestra columna vertebral. Se inclina sobre un charco y bebe con avidez antes de volver a su cubil. Se expresa con gruñidos, exclamaciones, frases sueltas.
Jordi Doce (Gijón, 1967) es poeta, aforista, crítico y traductor. Sus libros más recientes son el poemario Maestro de distancias, mejor libro de poesía del año 2022 según El Cultural, y el de aforismos Todo esto será tuyo (2021). Es coordinador de la colección de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg.

