/ un dietario de Pablo Batalla Cueto /
Lunes, 5/1/2026. La Vía Dorada: cómo la antigua India transformó el mundo, de William Dalrymple. Bonito libro. Sigo con mis lecturas sobre imperios y civilizaciones antiguos. Este va de todo lo que debemos a ese subcontinente que, por ejemplo, inventó el número cero, crucial para el despegue de las matemáticas modernas, cruciales a su vez para que fueran posible el capitalismo y el imperialismo modernos… que acabaron, de hecho, conquistando la India. El libro va, no de la India en sí, sino de «la indosfera», que abarca el influjo sobre China, el mundo árabe y el sudeste asiático. Lo que más me interesa en él es la historia del budismo, que apenas conocía, y de la que me sorprenden algunos paralelismos con el cristianismo. No sabía que es una religión muy adepta a las reliquias, por ejemplo, y tan inverosímiles como las cristianas: miles dientes de Buda, huesos, pelo, huellas, escudillas, ramitas de la higuera sagrada en la que recibió la iluminación, sombras que se quedaron grabadas en la roca… Otro paralelismo es que el mensaje original de Siddharta Gautama sobre la persecución del nirvana (que significa «una llama apagada por el viento») quedó corrompido pronto. No tardó mucho, por ejemplo, en estallar una guerra por esas mismas reliquias, algo que iba totalmente en contra de lo que él había enseñado («controlar el mono indomable de mis emociones y refrenar el elefante desbocado de mi voluntad», que decía el monje Xuanzang).
Como todos los nuevos credos para triunfar, este necesitó un Constantino, o dos: el emperador Ashoka en la India y, en China, el emperador Ming, del que se cuenta que empezó a promocionar el budismo después de tener la visión de un ser dorado con un nimbo detrás de la cabeza que brillaba como el sol, tan parecida al crucifijo que Constantino viera en el Puente Milvio. Emperadores que, luego, contrataban a asesores budistas que manipularan de buen grado antiguas profecías para reforzar su legitimidad. Así lo hizo la legendaria Wu Zetian, la única mujer que ha reinado sobre China, que lo tenía complicado con el confucianismo (religión muy misógina: Confucio se jactaba de su negativa a relacionarse con «mujeres, sirvientes y personas inferiores»). ¿Solución? Hacerse budista, una religión ya popular en el país, y presentarse como una bodhisattva encarnada, semidivina, más allá de toda crítica terrenal y cuya voluntad era expresión de la Ley Celestial. Los asesores que contrató rascaron la pota de la profética budista y dieron con la Sutra de la Gran Nube, que se creía escrita por el propio Buda y que hablaba de una «Dama Celestial Pura y Radiante», discípula de Gautama, de la que se había vaticinado su regreso setecientos años después, como una reencarnación del mismo Buda que traería bendiciones para toda la humanidad y la conquista de toda Asia. «Hay que admitir —cuenta Dalrymple con humor— que el texto presentaba pequeños problemas. Entre ellos, la profecía afirmaba claramente que Buda renacería no en el norte de China, sino en el sur de la India. Y, además, el momento era completamente inapropiado: ya habían transcurrido más de mil años desde la muerte de Buda. Pero ¿quién iba a pararse en esas nimiedades cuando todo lo demás en la profecía encajaba tan magníficamente?». A los monjes les dieron una buena recompensa.
El libro relata también la evolución del arte budista y la representación de Buda, que al principio nunca era directa, sino solo anicónica, a través de símbolos de su presencia (un trono vacío, un árbol, un turbante, una columna en llamas, un par de huellas…). Fueron los kushanos, un tan misterioso como suntuoso reino recóndito del Karakórum, quienes empezaron a representarlo con forma humana. El budismo también triunfaba porque —como explica Dalrymple— facilitaba el despegue comercial de la India con su santificación —que recuerda, en este caso, al calvinismo— del lucro entendido como un signo de salvación, frente a la condena que el hinduismo hacía de los viajes por mar o de la relación con extranjeros:
«la riqueza se podía tomar como un signo de karma propicio, el resultado positivo de las buenas acciones y donaciones realizadas en vidas anteriores: la pobreza, por el contrario, se podía interpretar como un signo de fracaso moral […] El budismo caló netamente en las clases mercantiles de la India primitiva y llegó a prosperar dentro de su mundo urbano. En cierta medida, incluso adoptó su lenguaje: el propio Buda es descrito en algunos textos budistas como un “jefe de caravana” que conduce a sus seguidores “más allá de los desiertos arenosos del renacimiento”. En una historia que relata sus primeros nacimientos, se describía a Buda incluso como un “mercader del océano” que recogía provisiones y partía hacia el gran Océano».
Martes, 6/1/2026. Leo un artículo de El País sobre la comprometida situación cubana, mala ya de por sí, pero que se agrava ahora debido a la pérdida del socio venezolano. Varios cubanos encuestados por el autor comentan cómo ven lo que ha pasado en Venezuela y si querrían que en Cuba sucediera lo mismo: una rápida invasión estadounidense que secuestrase a Díaz-Canel o a quien fuere y significara de un modo u otro el fin del régimen, pero dejando a los actuales gobernantes en el poder a cambio de que desmantelen la Revolución y efectúen la transición. A mí me parece aberrante desde cualquier punto de vista, pero me impresiona leer que no así a Cristal, una habanera de treinta años:
«Entiendo el sentir de muchos venezolanos que están alegres con lo que ha pasado. Le quitaron a ese tipo, un dictador que ha metido presa a tantas personas, que ha violado derechos humanos. Y me da igual que sea fruto de una intervención extranjera: a los venezolanos, y a nosotros, los cubanos, ya nos quitaron ese sentir patriótico de poner la soberanía por encima de todo. La gente que pasa hambre y necesidades quiere algo mejor para sus vidas y no les importa cómo venga. Yo creo que muchos cubanos están viendo una esperanza, incluso, en algo que posiblemente no lo sea».
Pienso que, aunque nos posicionemos contundentemente en contra de las trapacerías de este redivivo imperialismo yanqui, estos sentires hay que entenderlos, archivarlos, tenerlos en cuenta. No necesariamente convertirlos en una guía (hay cubanos que piensan de otra manera; esta misma cubana harta reconoce que quizás esté poniendo esperanzas en algo que después sea el guatepeor de una guatemala), pero atrevernos a escucharlos y a compadecerlos. Los yanquis tienen que quedarse en su casa, pero Cuba tiene que cambiar, y los cubanos que desean —que necesitan— que cambie a mejor y no a peor deben encontrar algo de calor en la izquierda occidental.
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Van cogiendo cuerpo las amenazas de Trump contra Groenlandia. Y en casi todos nosotros, creo, una sensación extraña, paradójica: leemos la evolución del asunto considerando la invasión, a la vez, imposible e inevitable. No se nos ocurre cómo lo va a hacer; todas las opciones parecen inconcebibles: ni le van a vender la isla, ni los groenlandeses aprobarían la unión en referéndum, ni a Estados Unidos se le va a ocurrir invadir territorio vinculado a la Unión Europea, aunque no pertenezca a ella estrictamente hablando. Pero, hacerlo, lo va a hacer. Eso pensamos. Trump ya tiene aquello del fascismo clásico de desprender eficacia. La ha terminado de tener después de lo de Venezuela, con su secuestro de Maduro, tan abominable como impresionante; una cosa como de videojuego, que asombra de manera no distinta a como debía de asombrar la Blitzkrieg. Si encima hace caer a Cuba, que parece bien posible, va a poder presumir de haber conseguido en un año lo que sesenta años de predecesores republicanos y demócratas no consiguieron jamás. Y aunque no sea justo expresarlo así, porque si Cuba cae también caerá porque está más débil que nunca, porque el mundo cambió, porque ha perdido a sus aliados, por mi factores que no son los cojones morenos de Donald en acción, sino que simplemente ya toca, va a dar miedo a los demás, y hasta a Canadá. En ese mundo atroz vamos viviendo.
Miércoles, 7/1/2026. Escucho hablar en la radio de los neuroderechos, un concepto acuñado por el neurobiólogo español Rafael Yuste. Abarcan desde el derecho a que no te lean el pensamiento cuando haya tecnología para ello (y ya la va habiendo) hasta el acuerdo de que, si el ser humano acaba colonizando Marte (y y se va hablando), la nacionalidad de los niños alumbrados en el planeta sea la del país de la nave en la que llegaron sus padres. Me quedo pasmado, aturdido. Neuropasmado, neuroaturdido.
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No sé si es nuevo o siempre estuvo ahí y nunca me había dado cuenta, pero me fijo por primera vez en un cartel colgado en la pared de una tienda de enmarcar cuadros, a la que acudo porque es la única que tengo a mano, pero que siempre me ha parecido algo cara: «Si un trabajo hecho a mano te resulta caro, intenta hacerlo tú». Touché.
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María Corina Machado se arrastra ante Trump; dice que está dispuesta a compartir su Premio Nobel de la Paz con él. Patético. Yo sería más antichavista de lo que soy si no tuvieran esta deleznable oposición.
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Jorge Dioni: «Hace cuarenta años, la derecha era un señor con corbata. Hoy es el tipo que aparca en la plaza de minusválido».
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Escribe Pablo Stefanoni en El País que, «como ocurrió con la caída del Muro de Berlín, los cascotes caen sobre quienes apoyaron a Maduro como quienes lo criticaron. Las crisis catastróficas no hacen caso a los «matices»». Nos pasa el artículo I., que nos dice que «la legión de tibios recalentados que ha aprovechado cada ocasión para desmarcarse de la Revolución bolivariana al final han acabado igual de sepultados por los acontecimientos. Desmarcarse y lavarse las manos no sirvió para nada». Se refiere a Boric, Arce o Syriza. Es posible que tenga razón, como la tenía Julio Anguita cuando decía que el Muro de Berlín se cayó sobre sus dos lados: el comunista y el socialdemócrata.
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«No respeto», tuitea Irene Zugasti, «los análisis reduccionistas sobre que Trump se «picó» con María Corina por robarle el Nobel o que no le «perdonó» a Maduro sus bailes y chistes denunciando la guerra. Trump puede ser un imbécil, pero Estados Unidos es un imperio, un sistema. La política internacional no puede explicarse así». Nos pasa el tuit J., que no está de acuerdo con ella: la imbecilidad individual de Trump sí es clave, dice. Se ve con Venezuela y sobre todo con Groenlandia, que no es racional querer anexionar. «En el fondo la querencia de que todo obedezca a una lógica cohesionada es la versión menos tonta de cuando los conspiracionistas lo atribuyen todo a los masones. Se duerme mejor pensando que en el fondo el mundo lo gobierna un comité secreto o alguna lógica de acumulación. Si solo fuese Venezuela, te diría que sí. Pero lo de Groenlandia se explica fundamentalmente como un delirio de Trump. En el fondo, asumir que vives en un mundo así de imbécil es más terrorífico que toda la mercancía escacharrada del imperio y sus lógicas. ¿Petróleo, tierras raras, rutas árticas? Pueden hacer la gran mayoría de eso con la presencia que ya tienen; todos los objetivos de infraestructura, seguridad y navegación. En cuanto a los minerales, esto es como lo de Ucrania, que eran todo mapas viejos; hay que ver cuánto y cómo se puede explotar todo aquello, de momento poca hostia. Y para las rutas árticas, la clave es fletar más rompehielos, que Estados Unidos es algo que lleva diciendo lustros, pero siguen por detrás de Rusia y China».
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Lo cuenta hoy Álvaro Acebes en su último «rescate»: cuando Eugenio Granell regresó a España desde el exilio, no pudo soportar que su casa se encontrara en la calle General Mola, y tuviera que escribir ese nombre funesto en el remite de sus cartas. Así que prefirió alquilarse otro.
Jueves, 8/1/2026. Cuenta una de las historias del Panchatantra, una colección de fábulas sánscritas, que había un gato que vivía junto al Ganges que solía predicar a los ratones locales sobre su iluminación, su abstinencia vegetariana y sus grandes cualidades de misericordia… pero que luego se daba un festín con su crédula audiencia.
Viernes, 9/1/2026. En la biblioteca, hojeo un grueso libro de carteles publicitarios antiguos, españoles. Me cautivan sobre todo los de los años diez, veinte, treinta. Hay una sección entera sobre hipnotizadores, un show que debió de estar de moda en aquellos años. Hay varios de un tal Profesor Alba, cuyos afiches lo muestran abriendo los ojos de manera inquietante, acompañado de eslóganes como «Dominador de la voluntad» o «La transformación de la hora»; y un par de ellos de «Gioconda, asombrosa médium», que «todo lo ve… todo lo adivina…». Me fijo también en los de espectáculos de variedades en general, circos, zarzuelas de baja estofa… Y en una colección de libritos infantiles entre los cuales veo uno de tono claramente antisemita, con el tópico hebreo narigudo en la portada y un título que se me pasa apuntar, pero que no es muy diferente de El judío malvado.
A veces se escucha que vivimos en una época de estulticia inédita, en la que la gente se entrega a aficiones basura como nunca en la historia. Siempre he tenido claro que no era así, y este libro lo muestra. La diferencia, es verdad, es que todo eso —los hipnotizadores, los payasos, las zarzuelas cutres, los libelos racistas— lo tenemos ahora dentro del smartphone, accesible en cualquier momento, sin tener que perder el tiempo en acercarse a la carpa o el teatro y comprar entrada.
Sábado, 10/1/2026. «Este hijo de la gran puta parece que va en serio con Groenlandia. Si ocupa Groenlandia, yo creo que se carga a la vez a la OTAN y a la UE», opina P. Me parece que no estoy de acuerdo. La UE, por mucho meneo que sufra, tirará, porque siempre va a ser más trabajoso desmantelarla que mantenerla. Su principal debilidad (el tamaño elefantiásico de su burocracia y la escasa cohesión de sus miembros, que la hacen muy poco ágil) es a la vez su principal fortaleza: «too big to fall». Muy bien no está quedando, eso está claro. Lo decía Pedro de Silva hace unos días en dos artículos sucesivos La Nueva España, donde proponía declarar el 3 de enero como día del fin del derecho internacional. Estos países nuestros, comentaba, se están mostrando «atemorizados e incapaces de tomar postura ante una praxis que es un nuevo paso de un proceso cada día más identificable». La UE seguirá valiendo para repartir becas Erasmus y obligar a que los tapones vayan pegados a la botella, pero en el orden internacional no va a contar mucho.
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Una fábula sufí, recogida por Dalrymple y que me interesa porque ilustra una cierta convicción que tengo y que algún día querré desarrollar, pero no ahora: la de que todos los dioses son ciertos.
«Érase una vez cierta ciudad habitada por ciegos. Un día llegó la noticia de que había un elefante andando por las cercanías, así que los habitantes decidieron enviar una delegación para informar sobre qué cosa era un elefante. Tres hombres partieron y avanzaron a tientas hasta dar con la bestia. Palparon el animal y regresaron para dar cuenta. El primer hombre proclamó: “¡Un elefante es como una inmensa serpiente!”. El segundo hombre se indignó al oír esto y exclamó: “¡Qué tontería! He palpado el elefante y a lo que más se parece es a una enorme columna”. Sacudiendo la cabeza en un gesto de negación, el tercer hombre intervino: “¡Estos dos hombres son unos mentirosos! He palpado el elefante y se aparece a un abanico ancho y plano”. Los tres hombres se mantuvieron firmes en sus historias y durante el resto de sus vidas se negaron a hablarse. Y cada uno de ellos aseguraba ser el único en posesión de la verdad.
Por supuesto, los tres ciegos tenían un punto de razón. El primero había palpado la trompa del elefante, el segundo la pata y el tercero una oreja, pero ninguno se acercaba siquiera a comprender la totalidad o la grandeza de la bestia. Si se hubieran escuchado unos a otros habrían comprendido la verdadera naturaleza del animal. Pero eran demasiado orgullosos y preferían aferrarse cada cual a sus medias verdades. “Lo mismo ocurre con nosotros”, afirman los sufíes. “Nosotros vemos al Todopoderoso de una manera; los judíos tienen una concepción ligeramente diferente, y los cristianos una tercera. Para nosotros, todas esas visiones diferentes son irreconciliables. Pero se nos olvida que ante Dios somos igual que ciegos tanteando la total oscuridad…».
Domingo, 11/1/2026. Lo cuenta Eneko Arrondo: «En el barrio hay un bar venezolano donde paramos a menudo. Hoy le pregunté al camarero, que es antichavista confeso, qué tal estaba su gente allá, y me dijo que bien, pero nerviosos, porque una cosa es invocar al diablo y otra verle la cara».
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Una discusión sobre Cuba me trae a la memoria aquello de Marc Bloch: los fascistas decían mentiras, pero hablaban de gente; los comunistas decían la verdad, pero hablaban de cosas. Cuando la defensa de Cuba se basa exclusivamente en la soberanía que la Revolución supo mantener contra viento y marea, frente a los intentos de invasión yanquis, sus atentados terroristas y su bloqueo, no se alaba algo que no merezca una alabanza. Yo creo que la merece. Pero la soberanía es una cosa. Y la defensa de la Revolución debe basarse en algo más. De puertas para dentro de esa admirable soberanía, ¿cómo vive la gente, cómo es la existencia de los seres humanos? De los seres humanos, en plural, no del ser humano, que también es una cosa. Como lo son la sanidad o la educación, otros dos elogios habituales, y también merecidos, a la Revolución cubana (aunque parece que en ambos campos se ha decaído mucho). ¿Cómo de sano está cada hombre, cada mujer? ¿Qué vida mejor les ha traído la educación? ¿Tenemos derecho a exigirles que sufran apagones de dieciséis horas, desabastecimiento, escasez, plagas que esa sanidad parece ser que decadente ya no sabe enfrentar, miseria, padecimientos que ya reconocen hasta los menos sospechosos de anticastrismo y de los que nosotros no toleraríamos ni la décima parte en nuestro propio cuerpo, para que sigan levantando una sola gran cosa bonita: la soberanía? ¿Puede extrañarnos que nos manden a la mierda? ¿Acabará pasándonos lo que a aquel amigo de Mafalda que amaba a la humanidad, pero le reventaba la gente; que amemos Cuba o al pueblo cubano, pero nos revienten los cubanos?
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Lo mismo el pueblo llano que reyes y catedráticos corrían a ver al emperador, o eso se cuenta de las giras europeas de dos de los últimos basileus de Bizancio: Manuel II y Juan VIII, miembros ambos de la última dinastía de la decaída segunda Roma, los Paleólogo. Los turcos apretaban y el imperio milenario iba quedándose reducido a lo que cabía dentro de las vetustas, impresionantes y aún inexpugnables murallas de la capital. «Cierra las puertas de la ciudad y gobierna dentro de ella, porque todo lo que está más allá de las murallas es mío», le decía a Manuel el sultán Bayaceto. Bizancio era tres veces más pequeño que Vallecas y ya no contaba en los mapas de Risk de una nueva era a punto de descubrir un continente entero. Pero sí en las cabezas de sus habitantes, ávidos lectores, como Alonso Quijano, de las «novelas bizantinas» de moda, a los que, de pronto, se les presentaba la oportunidad de ver en carne mortal al soberano de aquel ensueño. Como quien viera hoy los dragones de Daenerys Targaryen.
A aquellos venecianos, franceses e ingleses expectantes, lo que vieron no les decepcionó, porque el séquito bizantino echó el resto para que no les decepcionara. Las túnicas de seda blanca sí parecían celestes, angélicas; todo el ceremonial era tan cautivador como la fantasía europea suponía, y hasta los anfitriones se dejaban menguar al lado del basileus. Venecia ya era prácticamente dueña de Constantinopla, como acreedora de deudas millonarias que Bizancio pagaba concediendo a los venecianos abusivos privilegios comerciales. Pero aquel día de 1438, el dogo recibió a Juan en el Lido haciéndole una profunda reverencia y manteniendo la cabeza descubierta mientras Juan permanecía sentado ante él; y luego se sentó a su lado, pero en una silla más baja. Antes, en 1400, Manuel había acudido a Francia e Inglaterra y Carlos VI lo había esperado fuera de París, sujetando pacientemente, como un humilde escudero, un caballo blanco como la nieve, para que el emperador entrara montado en él en la ciudad, donde se había redecorado un ala entera del Louvre. Más tarde la delegación bizantina escribió al rey inglés temiendo su desdén, pero Enrique IV corrió a recibirlo, lo escoltó desde Blackheath hasta Londres, lo trató con la mayor reverencia y le ofreció un gran banquete. Todos se empequeñecían gustosos al lado de aquel resto viviente de la romanidad. Los humanistas lo contemplaban como a un personaje de Plutarco que hubiera cobrado vida; el pueblo como a un rey mago, y no es casualidad que el Melchor, Gaspar y Baltasar que Benozzo Gozzoli pintó poco después en el Palazzo Medici, en Florencia, tengan rasgos bizantinos. El mismísimo Papa se achantaba. Eugenio IV rechazó que el emperador entrara a caballo en la catedral de Florencia, para llegar sin tocar el suelo al trono en el que iba a copresidir el Concilio de Ferrara; pero el pontífice sí aceptó abrir un butrón en un muro, para que el basileus entrara por él sin que nadie lo viera desmontar.
Grande y dorado era, en fin, el mito de Bizancio, y cuantioso su fandom. Pero hay un refrán que dice «amigos todos, pero la burra por lo que vale». Y a Manuel y a Juan, eso les vinieron a decir cuando, después del show, sentados a la mesa, abrieron la boca para aquello que habían ido a hacer: pedir dinero, que era triste, pero menos que robar; suplicar ayuda, tropas, una cruzadita, a aquellos reinos pujantes que empezaban a firmar tratados de Tordesillas y a repartirse, escuadra y cartabón en mano, el oro, la plata y las especias del mundo. Los ricos, los fastuosos, eran ellos. Bizancio, que hasta se arrastraba a aceptar la reunificación de las iglesias católica y ortodoxa (para eso el concilio aquel), había tenido que celebrar, en 1347, la boda real de Juan V y Helena Cantacucena con imitaciones de vidrio, peltre y loza barata de las antiguas joyas reales: se las había vendido a Venecia la emperatriz viuda Ana, para comprar la ayuda de los dogos a su bando de la guerra civil de 1321-1328.
«Mirad lo que estáis a punto de perder», pretendían decir las túnicas de seda, los blancos corceles, los rituales caballerescos. Pero Europa Occidental eligió perderlo, porque en el fondo sabía que, fuera de las novelas, ya estaba perdido, y rascarse el bolsillo no rentaba, y novelas aparte, tenía que rentar. El Medievo moría y otro tiempo nacía, Bizancio cayó pronto y el lamento no fue estruendoso y luego corrieron los siglos, fluyeron las centurias del río de la historia transportando las carabelas de Colón y los pinzones, congelando en Rusia a los soldaditos de Bonaparte, alzando grandes olas para que las reinase Britannia y se escondiesen de ellas los submarinos del káiser. Y fluyendo, fluyendo, llegó hasta esta orilla que nos moja a nosotros, este hoy y sus terrores del año dos mil, cuando es aquella Europa que entonces despegaba y ahora aterriza la que, encerrada tras sus murallas —las del «jardín» de Borrell—, se puede vanagloriar de seguir siendo referente estético de un mundo cuyos imperios combatientes levantan imitaciones de la Torre Eiffel en Las Vegas y Hangzhou y tienen emperadores que visten traje y corbata y trufan sus discursos de palabras que pensaron pensadores de Salamanca, conceptos de Oxford, anhelos de Jena. Pero que ya no cuentan con la Europa real para nada que lo sea, sino solo para lo estrictamente ficticio. La burra de peltre vale lo que vale, y ni un céntimo más. Caemos como Bizancio, la vida es así, y mientras Mehmet II encarga al ingeniero húngaro aquel —Orbán se llamaba— el cañón más grande de la historia, nuestros teólogos se entretienen discutiendo cuántos ángeles pueden bailar juntos en la punta de un alfiler. Peor sería aburrirse.
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Dos noticias contiguas —y cuya contigüidad me chirría— en El País. La primera: «Trump: «Vamos a hacer algo con Groenlandia, por las buenas o por las malas»». La segunda: «Kristen Stewart, en su debut como directora: «La película habla de cómo recuperar tu cuerpo y tu orgasmo»». Los cañonazos de Mehmet y los teólogos. ¿Cuándo recuperaremos el cuerpo del derecho internacional y el orgasmo de la justicia social? ¿Tenemos alguna esperanza real de recuperarlos?
Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).

