/ un dietario de Pablo Batalla Cueto /
Lunes, 12/1/2026. Los padres de mi generación hablamos con una naturalidad que siempre me sorprende de cómo nuestros hijos crecerán en un mundo terrible; quizás el más terrible que haya conocido la humanidad. Pero los hemos tenido pese a todo. Yo los he tenido, pero es que además conozco a varias parejas a las que el futuro les angustia así de intensamente que, sin embargo, han hecho lo indecible para reproducirse, superando con ahínco y mucho dinero sus problemas de esterilidad. ¿Qué hay ahí? ¿Esperanza de que el futuro no sea tan terrible después de todo? ¿La simple y llana llamada de la naturaleza?
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Tengo por casa una vieja guía turística de la Polonia comunista, de hacia 1980. Alguna vez he pensado que sería entretenido hacer un experimento: viajar con ella a la Polonia de hoy, usarla disparatadamente para recorrer el país y descubrir por el camino qué (poca) información sigue siendo válida hoy. Lo serán, claro, la histórica, la artística… Seguiría explicando bien la catedral de Cracovia, el castillo de Wawel, los platos típicos, etcétera. Pero, además de eso, ¿hay restaurantes, museos, tiendas, servicios, etcétera, que sigan existiendo y abriendo a la misma hora? ¿Hay horarios de trenes que se mantengan? Ello es que me he acordado ahora de aquella guía, pensando que mucha gente habita el siglo XXI y su año veintiséis de esa manera: empeñándose en leerlo con guías desfasadas, con mapas obsoletos que carga el diablo, porque no es que no sirvan para absolutamente nada, que no sigan valiendo algunas de sus informaciones. El problema es que nunca sabes qué vale todavía y qué no. Y entonces, todo son atolondrados tropiezos.
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La Historia de España en varios tomos publicada hace unos años por Crítica y Marcial Pons es espléndida. Yo leo ahora el volumen 7, que se ocupa de la Restauración y la dictadura de Primo de Rivera, dirigido por Josep Fontana y Ramón Villares, muy bien documentado y escrito, lo que no es tan habitual como debiera. A veces este tipo de enciclopedias son muy áridas, pero esta se lee casi como una novela.
Hoy leo sobre los primeros compases de la Restauración y la construcción negativa que se hizo entonces del período anterior, convertido en ese Otro que todos los regímenes necesitan; un relato que se propagó en la prensa, los púlpitos y los manuales escolares. Menéndez Pelayo —cita Villares— llegó a definir en su Historia de los heterodoxos españoles los años del Sexenio como «tiempos de desolación apocalíptica», y aquellos años convulsos se presentaron como un dechado de lo que Jover llamara «contravirtudes» del nuevo sistema: «desorden, separatismo, irreligión, falta de autoridad, utopía, plebeyez, socialismo». Frente a ello, las virtudes del canovismo: orden, unitarismo, religiosidad, jerarquía social, realismo y liberalismo individualista. Éxito no les faltó.
Martes, 13/1/2026. Qué inmenso pozo de mierda fue la colonización española del Rif; cuantísima ponzoña salió de ahí. De poder viajar el tiempo, no mataría a Franco: echaría burundanga en los cafés de la Conferencia de Algeciras, para persuadir a los negociantes de que a España no le tocara ni medio celemín. Allí se jodieron todos nuestros perús.
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Se oye decir que a Trump hay que agradecerle al menos la transparencia. Nunca estoy de acuerdo. La violencia hipócrita siempre es mejor que la violencia honesta. Si el vicio tiene que rendirle homenajes a la virtud, es que hay virtud en alguna parte. La hipocresía es una de las comarcas de la civilización. Y una bondad sincera generalizada sería más civilización aún y es un bonito ideal, pero se empieza por alguna parte. Mientras haya hipócritas, habrá esperanza. Cuando solo haya honrados y transparentes hijos de puta, que Dios nos asista.
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El siempre fino e incisivo Clarín se inventó un verbo: sagastizar, que utilizaba en vez de aplazar. Cuando quería aplazar algo, una decisión, un compromiso, decía que lo sagastizaba. Decía: «Sagastizaremos, quiero decir, que tengo que aplazar este asunto, como si fuera una reforma liberal». La contradicción entre las intenciones declaradas del viejo revolucionario progresista y la parálisis de sus acciones reales como gobernante se había vuelto proverbial. No fue tiempo lo que le faltó: Sagasta fue diputado a Cortes en 16 diputaciones y 34 legislaturas entre 1854 y 1902, titular o interino de todas las carteras ministeriales a excepción de la de Hacienda y presidente del Consejo de Ministros en siete períodos diferentes, con un total de dieciocho designaciones, sumando casi trece años y medio de mandato. Solo Felipe González ha mandado más tiempo en la España liberal. Discursos dio 2542, según recuento de José Cepeda Adán.
El prócer riojano aún carece de la buena biografía que se merece. Como decía José Ramón Milán en 1999 en un artículo que también leo —«Sagasta: teoría y práctica del posibilismo liberal»—, y sigue siendo válido hoy, «se ha tendido a concentrar excesivamente la atención en la legislación y el pensamiento político de los sectores de ideología doctrinaria (moderados, unionistas, conservadores canovistas)». Pero el «viejo pastor» de los liberales fue, escribe Ramón Villares, un «zurcidor de voluntades» meritoriamente «capaz de dirigir a figuras que, en el plano individual, se podían considerar superiores en formación intelectual y capacidad profesional» y mantener unidos «todos los matices de la policromía liberal», como dijera Gabriel Maura. No en vano cuando se murió el partido no volvió a ser el mismo: Sagasta no podía ser reemplazado, decía Moret, «como lo es un centinela cuya hora ha pasado».
El riojano fue padre de la Restauración tanto o más que Cánovas. Milán cuenta en su artículo que ya en el Sexenio e incluso antes se escuchaba a Sagasta, en la tribuna del Congreso o el periópdico La Iberia, predicar «la necesidad de asentar en España una monarquía parlamentaria que se vertebrase a través de un sistema bipartidista en el que dos grandes partidos constitucionales, uno de ellos de carácter más conservador y el otro más reformista, se relevaran de forma pacífica y legal en el ejercicio del gobierno». Y forjar el Partido Liberal tuvo mucho más mérito que forjar el Conservador. Sagasta tuvo que hacer, y supo hacerla, esta cuadratura del círculo:
«[Su] concepción de la política le condujo […] a la renuncia de importantes principios del liberalismo gaditano para tranquilizar a su electorado potencial (profesiones liberales, comerciantes, y en general capas medias urbanas) con propuestas de inconfundible sabor doctrinario, como la existencia de dos Cámaras legislativas o la restricción del sufragio a un censo “fundado en el pago de contribuciones, en el inquilinato y en la capacidad” —lo que privaba del derecho a voto a los grupos sociales más peligrosos para el sostenimiento del orden social burgués—, al tiempo que no descuidaba la atracción de los sectores más humildes con reivindicaciones de tinte populista como la gratuidad de la administración de justicia y la instrucción pública, la abolición de quintas o la supresión de los siempre odiados derechos de consumos. […] No obstante, donde mejor puede comprobarse su gran ductibilidad doctrinal es en el terreno de las relaciones con la Iglesia católica. Destacado masón y anticlerical convencido, Sagasta supo desprenderse de estos ropajes cuando la ocasión lo requería y adoptar una posición conciliadora más acorde con los deseos de su electorado. De este modo, durante las Cortes del Bienio Sagasta interpretó los deseos de sus votantes al oponerse a la libertad de cultos —con la excusa de que la sociedad española no se hallaba todavía preparada para aceptarla— y realizar una encendida declaración confesional en la que trató de llegar a una síntesis entre cristianismo y liberalismo, y en posteriores manifiestos o declaraciones programáticas declaró la necesidad de mejorar las relaciones con la Iglesia concediéndole “la protección á que tiene indisputable derecho”. No debe extrañar, por tanto, que la primera etapa de la Restauración se caracterizara por un clima de relativa normalidad en las relaciones entre el catolicismo y el Partido Liberal que tan solo se quebró a fines de siglo cuando los liberales retornaron a posiciones anticlericales para canalizar en su favor la oleada de protesta popular generada tras el “desastre”».
Salvando las distancias, a mí me recuerda mucho a Felipe González. Paralelismo curioso: los dos rechazaron un título nobiliario cuando se lo ofrecieron.
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Un dato elocuente: más de un tercio de los epistolarios conocidos de figuras políticas de la Restauración está compuesto por cartas de recomendación, activa o pasiva.
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Qué buena descripción, esta del Partido Progresista isabelino que le leo a Milán:
«[U]n amplio espectro conformado grosso modo por profesionales liberales, comerciantes, industriales y un sector del Ejército y la Administración que se caracterizó por propugnar la necesidad de conjugar medidas de liberalización política con el fomento y promoción de los intereses materiales del país. Todo ello desde un discurso que incidía en los valores de la ciencia y el progreso como instrumentos capaces de corregir los errores a que habían conducido el fanatismo y la ignorancia arraigados en España desde hacía siglos, reduciendo de esta forma nuestro atraso relativo para aproximarnos a los Estados más desarrollados de Occidente. En su orientación reformista estos sectores en ningún momento cuestionaron los fundamentos del orden salido de la Revolución, compartieron con el liberalismo más conservador un respeto casi sagrado por la propiedad privada y una prevención instintiva hacia toda intervención del Estado en sentido igualitario y socializante. Ello explica que el Partido Progresista, representante natural de estos sectores, se enajenara paulatinamente el apoyo inicial de las capas populares al mostrar una evidente falta de voluntad en atender buena parte de sus demandas.
Es en este campo en el que debemos ubicar a Sagasta, cuya trayectoria ejemplifica a la perfección la de toda una clase de self-made men surgidos de la burguesía mesocrática y de provincias que supo utilizar pro domo sua los canales de promoción política y social existentes (prensa, ejercicio de la abogacía y otras profesiones liberales, enlaces matrimoniales ventajosos, etc.) para conquistar una posición destacada en los espacios de poder de la Corte madrileña e introducirse de esta forma en la elite dirigente nacional que encabezó las redes oligárquicas y clientelares tan identificadas con la monarquía de la Restauración».
También habla Milán en aquel artículo sobre Sagasta «del fenómeno cada vez mas frecuente de las sociedades anónimas que ofrecían un asiento en sus consejos de administración (con los consiguientes emolumentos anuales y un apreciable paquete de sus acciones) a los principales “primeros espadas” del coso político a cambio de manipular en su favor los mecanismos administrativos y los recursos del erario público». Je…
Miércoles, 14/1/2026. Una novela puede ser mala de muchas maneras, pero nada me saca tanto de una que esté leyendo como que todos los personajes hablen igual.
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Alfredo González-Ruibal, siempre genial: «Puede que las humanidades os parezcan inútiles, pero los que estudiamos la lírica provenzal o la cerámica campaniforme al menos no vamos por ahí inventando el gas mostaza ni abriendo tiendas de pollofres».
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Da en la diana esto que le leo, en Twitter, a Geógrafo Subversivo: «Yo en Vox veo tres sectores: los que no salen de la sacristía, los que no salen del puticlub y los que solamente salen de la sacristía para ir al puticlub».
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La crisis de la Restauración, cuando empezó a notarse, inspiró a Galdós esta metáfora: «Un terrible rompan filas que suena de un extremo al otro del ejército social». El vértigo de la modernidad empezaba a desbordar al régimen. Eran años en que «si un autor deja transcurrir dos o tres años entre el imaginar y el imprimir su obra, podría resultar envejecida el día que viera la luz». Aparecían fuerzas nuevas y el anquilosado sistema no las absorbía. La oferta oficial ni siquiera era realmente variada. Esto lo decía otro escritor, Valera, ya en 1890: «Muy sutil político es menester para que […] sin sofistiquear, halle la diferencia que hoy se da entre sagastinos y canovistas, como no sea que unos crean más bonito a Cánovas y a Sagasta otros. La verdad es que son feos ambos».
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Un dato que no sabía: el precedente inmediato del PSOE —fundado, esto ya lo sabía, por tipógrafos como Pablo Iglesias— fue una organización que se llamaba Asociación del Arte de Imprimir. Qué bonito.
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Muy interesante este párrafo del artículo de Milán sobre los intereses económicos que había detrás de la pugna entre moderados y progresistas en la España isabelina:
«[L]a unificación del mercado nacional a través de una densa red de ferrocarriles y carreteras y el definitivo despegue industrializador de nuestra economía exigían la acumulación previa del capital necesario para las inversiones que estos procesos requerían, para lo cual era imprescindible disponer de una infraestructura crediticia y bancaria que a la altura de los años cincuenta del siglo [XIX] distaba mucho de existir en España. El liberalismo progresista se encargó una vez más de proporcionar la cobertura legal necesaria para el desarrollo de estas instituciones a través de la Ley de Bancos y Compañías de Crédito de 28 de enero de 1856 y, años más tarde, con la derogación de la restrictiva Ley de Sociedades Anónimas de 1848, lo que obedeció tanto a su convencimiento doctrinal sobre la utilidad de tales medidas como a su activa participación en las sociedades y bancos fundados como consecuencia de esta legislación. De hecho, la crisis económica que se abatió mediados los años sesenta sobre el incipiente capitalismo hispano, agravada por la estrategia errónea seguida por los gobiernos moderados y unionistas en su diagnóstico y tratamiento, contribuyó en poderosa medida a lanzar definitivamente por la vía revolucionaria a unos notables que veían cerrado el camino al poder y en grave peligro sus inversiones y negocios».
Jueves, 15/1/2026. ¿Qué fue el golpe de Estado de Primo de Rivera? ¿El asesinato de un recién nacido o el de un anciano enfermo? Hay un viejo debate entre los historiadores, sobre el que leo en el manual de Fontana y Villares:
«El significado de este pronunciamiento en la historia contemporánea española ha dado lugar a una famosa polémica que ha enfrentado a dos grupos de historiadores. Por una parte, el de los que podrían denominarse optimistas, como Raymond Carr y Shlomo Ben-Ami, en cuya opinión el cuartelazo vino a hundir un régimen que en 1923 daba señales de encaminarse hacia la democracia parlamentaria, tanto por su evolución institucional como por las expectativas reformistas liberales. Carr escribió, en su España, 1808-1975 (edición de 1982) que “no era la primera, ni la última vez, que un general aseguraba rematar un cuerpo enfermo cuando, de hecho, estaba estrangulando a un recién nacido”. Por otra, el de los pesimistas que, con Carlos Seco Serrano y Javier Tusell a la cabeza, han insistido en que el sistema de la Restauración estaba agotado, a causa de los múltiples errores cometidos por sus elites gubernamentales, agravados si cabe por los ministros del partido liberal en 1923, de modo que Primo de Rivera vino más bien a rematar a un moribundo. En palabras de Tusell, recogidas en su Radiografía de un golpe de Estado (1987), “el capitán general de Cataluña no estranguló a un recién nacido, sino que enterró a un cadáver; el sistema político murió de un cáncer terminal, de resultado conocido de antiguo, y no de un infarto de miocardio».
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Nacionalismo y machismo homófobo, esa viejísima alianza. Primo pidió tras su golpe que «el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada, que espere en un rincón».
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En el tiempo en el que Unamuno era líder moral de la oposición antiprimorriverista, se convirtió en lema un grito lanzado por Antonio Espina: «¡Unamunámonos!».
Qué bueno también esto del manifiesto del Pacto de San Sebastián: los Borbones —se decía ahí— eran «una dinastía que parece condenada por el destino a disolverse en la delicuescencia de todas las miserias fisiológicas».
Y qué curioso esto, que no sabía. Ramón Franco, el hermano aviador republicano del futuro Caudillo, se había comprometido a sobrevolar el Palacio Real y bombardearlo, cuando aquella sublevación frustrada que acabó con el fusilamiento de Galán y García Hernández. Pero desistió de bombardearlo al ver a niños jugando en sus inmediaciones. No sé si había niños en las inmediaciones de La Moneda el 11 de septiembre de 1973, pero sí que no hubieran detenido a aquellos bombarderos. También en eso somos distintos.
Viernes, 16/1/2026. El Nobel de la Paz no era un premio que mereciera mucho respeto desde que se lo dieron a Kissinger, Menájem Beguin u Obama, pero lo de la Machado regalándoselo a Trump lo deja ya tres o cuatro ligas por debajo de los dundies de Michael Scott.
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Lo leo en un artículo de Ignacio Peyró en El País, que cita a su vez un libro de Valentí Puig en el que se cuenta: en la Palma de Mallorca del siglo XIX, cada vez que los conservadores accedían a la alcaldía, tapaban a las esfinges del paseo del Born los pechos descubiertos. Cuando ganaban los liberales, los descubrían de nuevo.
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Pinceladas de esta era de nuevas tecnologías y viejas tiranías: en Irán, el régimen de los ayatolás ha bloqueado Internet mientras reprime a sangre y fuego las recrudecidas revueltas democráticas, y hay quien tiene que recorrer —cuenta El País— trescientos kilómetros a -10 grados para poder cruzar una frontera y comunicarse con sus seres queridos.
Sábado, 17/1/2026. Leo en La Nueva España que «La Universidad Alfonso X el Sabio aterriza en la planta intermedia del Calatrava: “Convertiremos a Oviedo en un referente universitario internacional”». No sabe uno si reír o llorar. Una Universidad en el entresuelo del Calatrava. Seguro que hay maneras peores de hacer a Unamuno revolverse en su tumba, pero ahora mismo no se me ocurren. Millán-Astray era Mommsen al lado de estos filisteos.
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A Sagasta no le gustó la Comuna de París. La consideró «los hechos más bárbaros que registran los anales de la Historia»; una lucha «contra todas las grandes ideas, contra la aristocracia del saber, de la riqueza, del nacimiento, de la virtud; contra todo lo que es grande y digno». Había que prohibir la Internacional, decía, en tanto «verdadera conspiración contra todo lo existente, que […] pretende elevar a categoría de principios político-sociales teorías que en toda sociedad organizada no pueden considerarse de otra manera que como la utopía filosofal del crimen».
Domingo, 18/1/2026. El bebé ha dormido poco y está emperretado; no para de llorar, nada lo tranquiliza. Lo echo en la cama, le hago cosquillas y empieza a reírse, pero sin dejar de llorar, emitiendo una extraña llorirrisa, inextricable aleación de las dos emociones, un llanto riente, llorosas carcajadas, un desconsolado partirse de risa en el que atisbo el brillo de una metáfora de esta época.
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Aquel 14 de abril, el conde de Romanones vio desde el balcón de la Gobernación a la multitud que festejaba en Madrid la proclamación de la República. Se cuenta que suspiró: «¡Qué entusiasmo…! ¡Qué lástima…!». Su partido, el liberal, había entrado en crisis ya treinta años antes, reflexiona Milán, porque «los liberales se dieron cuenta demasiado tarde de que para satisfacer las nuevas demandas generadas por una sociedad en vías de modernización no bastaba con establecer un marco de libertades y derechos políticos que ni eran del todo respetados ni decían gran cosa a quienes tenían como horizonte primordial la simple supervivencia física».

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).
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Una de la eminencias de la aritmética moderna, junto a Godel y Hilbert
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La llorirrisa. Tremendo. No sabía que habías sido padre. Enhorabuena tio! Digo, papá!