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Los cuadernos pálidos (80)

textos de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Lágrimas)

Como un dios desconocido, baja hoy a iluminar la vida la palidez de todos los inicios. Cielo legañoso, seda sucia en la luz infartada. En esta primera orilla todos los seres empiezan a despertar sin defenderse. Miran con ojos de apuro las borrosas siluetas del porvenir, se resguardan en la isla de su escasa sombra. Primer sol del año.


Madrid. En pleno centro, a la vista de todos, el mendigo de enero se hace su toilette. Con el torso desnudo, un torso lechoso y de músculos fallidos, él se aplica a frotarse a sí mismo el cuerpo en seco con un cepillo enorme, igual que los cuidadores de los grandes animales. Lo hace con calma exquisita, muy ajeno al frío y al fragor del tráfico inmediato. Una labor ensimismada que entrechoca con la de los obreros que a su lado van desmontando las casetas de algún asunto de puro interés navideño. La desnudez y la flacura del joven indigente lo asemeja a esos desposeídos que han traspasado vergüenza y pudor, y actúan con la pureza íntima de su cuerpo como si fuera un organismo ajeno, una maquinaria ciega que no revela ya nada que los demás no puedan saber. Mirad cuanto queráis, no tengo nada que esconder, parece decir también este mendigo en su despreocupado ballet del aseo.



De las nieblas mantecosas de la memoria salen aún aquellos brillos, los mismos de «esta noche que es la verdadera». Miro de cerca a un niño y siento esa respiración esponjosa que me alcanza, que casi me turba mortalmente. Y oigo, con él ahí dormido, aquellas mismas voces que sigo jurando que oí entonces, cuando la inocencia entraba «por todas las ventanas sin cristales» porque no había separación ninguna entre los deseos y los acontecimientos. Difícil regresar del todo al mundo después de ver esta cara blindada por el sueño. Que no despiertes tú nunca de tu noche de Reyes, Álex.


¿Os acordáis conmigo de aquellos westerns (Raíces profundas, Duelo al sol y otros de Ford, de Hawks)? En la épica cinematográfica de esa nación tiene un sitio la figura de los grandes hacendados abusones que codiciaban las tierras de esforzados granjeros; por la fuerza, ampliaban su patrimonio ya desmesurado de por sí. Una expansión a costa de lo que fuese: de la Naturaleza exuberante, de los indios nativos, de poblaciones de frontera, de pequeños rancheros que sucumbían a las extorsiones y a la violencia del matón poderoso. El cowboy adinerado siempre acababa imponiéndose; al menos, hasta la llegada del silencioso pistolero redentor, el Robin Hood que todo relato exaltado e incómodo exige para hacer suponer que la justicia terminará siempre por imponerse. Hoy sigue vigente esa figura en el imaginario colectivo USA. Ahora Trump es a una misma vez el sheriff y el hacendado matón que aspira a quedarse con el continente entero para su país. No es más que el inicio de un nuevo juego mortal donde el mundo se empezará a repartir de otra manera al acecho de recursos preciados que antes o después escasearán (algún día incluiremos entre ellos el agua). Los cuatreros llegarán a pactos inauditos, cometerán actos abominables con la mayor impunidad y el resto del mundo, ya desacreditado (Europa, Europa), asistirá atónito a todo. Y no habrá países: habrá de nuevo haciendas. Ya ha empezado la partida.


Protocolo. Qué palabra inane y triste donde las haya, empezando por su monotonía fonética (protocolo: soso, ñoño cloroformo ortodoxo). Y más allá de ello, el aburrido destino de su alcance significativo. El protocolo desecha la imaginación y el azar, sustituidos por la sumisión ortopédica a un guion de maneras y palabras obedientes. Se utiliza cada vez más como excusa, como la versión cortés de una domesticación secante que desprecia la espontaneidad. Hay proliferación de protocolos. Se estudia en las universidades. Todo un síntoma de época.



Frente a los ahogamientos diarios de la prisa, los actos tranquilos: ir a ver de cerca cada mañana a las orquídeas con sus yemas ya carnosas, elegir el bolígrafo adecuado para salpicar otra vez el mundo con el resplandor incierto de las palabras, preferir frenar el paso y esperar a que el semáforo vuelva al rojo para no cruzar todavía, terminar el día tú y yo sentados en la cocina cascando avellanas tostadas. Mínima galería de asuntos importantes de la vida frente a los avisos apocalípticos de los medios de comunicación. Los actos tranquilos, sin hora ni término. A fuerza de estirarlos sin ley, acaban por quedar fuera del gobierno del tiempo.



Obra completada —de cualquier tipo que sea— es también obra abandonada. Solo desde esta convicción de que las creaciones humanas son a una sola vez esbozo y escombro (documento de cultura y de barbarie, como dijo Walter Benjamin) podemos enfrentarnos con absoluta tranquilidad a quienes presumen de que ya no se precisa el latido humano en los engendros replicantes producidos por la inteligencia artificial. Más bien es lo contrario: solo lo imperfecto nos pertenece, nos define. Somos por derecho criaturas de lo insuficiente. O sea, criaturas del anhelo. Somos lo que perdimos y lo que deseamos. Eso solamente. Y por eso, el Arte nada más podemos hacerlo nosotros. El Arte: resultado de la carencia, del deseo, del miedo, de la incertidumbre. Como ocurre con la luz artificial, esta novedad de la inteligencia programada tendrá un rendimiento práctico pero jamás igualará la imprevista belleza desgarrada de un crepúsculo.



Él nos lo cuenta hasta hacernos desternillar de risa. Son escenas de cuando era monaguillo convicto y ayudaba en la misa diaria. Sobre todo, nos habla de la vez en que el oculista le había dilatado la pupila y acto seguido fue a su función de asistente técnico eclesiástico y, con la visión distorsionada, no atinaba con el maniluvio al cura, que perseguía con las manos la jarra con la que él iba regando sin querer la mantelería del altar. «¿Estás nervioso, hijo?», le dijo el cura por lo bajinis, incapaz de conseguir que el acólito le remojase siquiera simbólicamente la punta de los dedos. Contó el episodio entre carcajadas crecientes de todos. Desmesuras y alegría sin tasa. Cena de amigos.



Hoy día el adoctrinamiento no está en las aulas, sino en las redes sociales. Por ellas se filtran empaquetadas la ignorancia, la mendacidad, el dislate o el odio. Que se enteren quienes no soportan asumir que el conocimiento y la sensibilidad nada tienen que ver con el culto tendencioso al entretenimiento en que desde hace tiempo ha ido cayendo la enseñanza. En las salas de profesores, en los tablones de escuelas e institutos y en los despachos y los tronos de las sedes de la Administración debería clavarse para tenerlo presente el reciente artículo, valiente y certero, de Muñoz Molina «No enseñar al que no sabe», sobre el preocupante estado de la enseñanza en España. De ahí viene casi todo.


Hay novelas que se leen y hay novelas que se escuchan. Unas contienen palabras; otras, voces. Unas se pliegan a la gramática formal y otras muestran el apaño expresivo, inocente y lleno de desmandados chispazos de la gente del común, la que salva la distancia entre los nombres y las presencias porque aún puede experimentar la epifanía de lo inmediato. A esta clase pertenece Leandro Liendres y otros relatos de la España vacía de Ignacio Sanz, ese narrador segoviano que escribe desde el interior del alma de los desposeídos castellanos, allí donde aletean palabras como sofraga, chisquirreta, sotarrrizo, sondolor, pingoletas, inquiciar… No hay que ir a buscarlas a los yacimientos de los diccionarios: las sacan con naturalidad del bolsillo las gentes de esa tierra y se las llevan a la boca sin permiso de nadie. Antes de que estallen como pompas de jabón, Ignacio Sanz las recobra en sus narraciones para que algún día sepamos cómo se hablaba en ese mundo en retirada del que todos venimos, al que todos pertenecemos.


Madrugar. Deshacer un camino en mitad de la helada a la búsqueda de un guante. Desmontar escrupulosamente pasos y gestos en la memoria inversa, en un descuento atareado como si en realidad quisiera uno volver al día de ayer, justo antes del acontecimiento de la prenda perdida. Ahora se pone otra atención, más afilada, en los sentidos. No aparece el guante pero entre los pájaros fríos del parque se ve lo que ayer no se vio: hojas asfixiadas por la helada, envases abandonados, paquetes de tabaco estrujados, pequeñas tartas de excremento canino. Nada de ello se había visto antes aun estando ahí. Cada día deberíamos perder algo, volver a salir de casa en pos del mundo anterior; así pondríamos cuidado y fijeza en el universo de lo inmediato. ¡Hay tanto que ver…! Sí, sí, apareció el guante.


Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).

Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.

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