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La materia de los sueños

/ por Antonio Monterrubio /

Tras una permanencia milenaria en lo más alto del top ten ideológico, la inmortalidad del alma y la vida eterna sufrieron en pocos siglos un acelerado proceso de decadencia. A consecuencia de la dilución de esas creencias se instaló una ausencia desoladora, se abrió un abismo al que muchos temían enfrentarse. Se necesitaban sucedáneos innovadores y potentes capaces de sustituir a los que habían caducado. La ansiedad y la angustia eran permisibles a una minoría ilustrada, pero su generalización llevaría el caos al entramado social. Cada época tuvo que emplearse como pudo en tapar ese hueco, ya que no era posible taponarlo. En las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, la progresiva democratización de una vida más o menos acomodada sirvió en Occidente para rellenar con estratos primarios de inmanencia el vacío dejado por la evaporación de la trascendencia. La dicha doméstica se convirtió en el nuevo Paraíso, y el Consumo en su profeta. Lo numinoso perdió sus prestigios en favor de la numismática. Parecían retornar los tiempos donde, en el reverso de las monedas romanas, figuraba Felicitas, a menudo con apellido: Felicitas Temporum o Felicitas Publica. Solo que, en aquellas décadas presuntamente gloriosas de la posguerra, empalagosas capas de azúcar ocultaban realidades amargas, incluso para los privilegiados.

Los días felices de Samuel Beckett, más allá de su asignación al teatro del absurdo por una crítica indolente, eran puro realismo social, descarnado naturalismo. Winnie proclama, con fe ciega y sorda, pero no muda, su afiliación inquebrantable a la religión de la beatitud, el fantasma de un bienestar ininterrumpido y sublime. «¡Oh! Este va a ser otro día feliz» es el mantra que repite con intención performativa. En su mente extraviada bailan juntas las quimeras de pasados momentos radiantes y de otros venideros. Y mientras celebra su dicha y su orgullo, la tierra va subiendo, cubriendo su cuerpo hasta que solo sobresale la cabeza. Aun así, su letanía satisfecha continúa imperturbable. Se vive a sí misma suspendida en un perpetuo éxtasis de pretéritos, presentes y futuros pluscuamperfectos. Su felicidad es un acto de fe fingida. No es real, ni siquiera virtual: es pura creencia para consumo público y privado. Como constató Byung-Chul Han, el triunfo sin paliativos de la posmodernidad turbocapitalista ha elevado el eslogan «Sé feliz» a motor del pensamiento y la acción. Se publicita su papel de potenciador sin par de la autoestima y la autorrealización. En la práctica, es la estrategia de la araña que conduce a sus víctimas a la autoexplotación y el autodisciplinamiento.

Vladimir: Di, soy feliz.

Estragón: Soy feliz.

Vladimir: Yo también.

Estragón: Yo también.

Vladimir: Somos felices.

Estragón: Somos felices (silencio). Ahora que somos felices, ¿qué hacemos?

Vladimir: Esperar a Godot.

(Beckett: Esperando a Godot)

Hoy una amplísima red de avatares cuyos nudos cardinales se llaman Musk, Bezos, Zuckerberg y demás, profetizan la inminente llegada de Godot y, con él, del Reino milenario. Pero el árbol sigue seco, y no serán ellos quienes lo hagan florecer.

Un ser inteligente difícilmente puede mirar de frente la constatación de su precariedad y su carácter efímero, de su caducidad inapelable. El individuo necesita aferrarse a algo que lo consuele y alivie. Se refugia en mundos paralelos, en quimeras tranquilizadoras. La dinámica psicológica subyacente guarda cierto parecido con los trastornos disociativos. Se trata de respuestas adaptativas a traumas no asumibles sin graves secuelas psíquicas y físicas. Lo disruptivo para el yo es segregado del resto de la psique. Se suprimen sucesos enteros o algunas partes, la conciencia se insensibiliza a las emociones o sensaciones vinculadas, todo ello al precio de serias incongruencias cuyo origen se ignora, o eso se pretende.

El hombre se ha esforzado mucho para crear instrumentos que le permitan olvidar que estamos hechos de la materia de los sueños, como dice Próspero en La tempestad. Pero la realidad es la que es. Excavando en su Troya interior, bajo el nivel racional encontrará el del animal, luego el del ser vivo con sus aparatos, órganos o tejidos. Más tarde, el nivel celular en su variedad innumerable, y en profundidades sucesivas el molecular, el atómico y el de las partículas elementales. Allí, en el fondo, juegan y saltan quarks y electrones, los sueños de los que está hecha la materia, según tituló Stephen Hawking su antología de textos fundamentales de la física cuántica. Pero es a través del proceso ascendente como tomamos la medida de nuestra grandeza. Cada escalón une a las propiedades aditivas heredadas de los anteriores las emergentes que aparecen ex novo. Así se llega al ser humano digno de su nombre, el que es capaz de un buen uso de la razón. Una humanidad fiel a sus inmensas potencialidades estaría hecha de la materia de los mejores sueños.

Somos producto de una conjunción de milagros naturales. Para que estemos aquí, la materia tuvo que triunfar sobre la antimateria hace 13 800 millones de años. Los elementos que nos constituyen se crearon en fantásticos hornos estelares y majestuosos fuegos artificiales cósmicos. Un planeta debió amalgamarse y girar en una órbita situada a la justa distancia de su estrella. En su superficie hubieron de surgir moléculas aptas para replicarse. Fueron viendo la luz protistas, eucariotas y seres pluricelulares. La vida maravillosa estalló y evolucionó en todas direcciones. Una catástrofe planetaria provocada por un meteorito dejó el campo libre a los mamíferos. Muchos millones de años después, algunas especies de simios comenzaron a mostrar curiosas competencias y habilidades. A una de ellas pertenecemos quienes somos capaces de escribir y leer estas palabras. Sí, estamos hechos de la materia de los sueños, y por fugaz que sea nuestra existencia, nada hay más bello que vivirla y apurarla.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024), El serano (Castilla Ediciones, 2025), Antígona viveEl tiempo en llamas y Una época formidable. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en Nueva Tribuna, Nueva Revolución y Diario del Aire. Colabora con la revista El Viejo Topo.

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