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El esfuerzo de vivir y el derecho a vigilar

/ Noticias de ningún lugar / Michel Suárez /

Foto destacada: «Moralidad, tranquilidad, dicha», de Albert Robaida

I

Grace cuidará de ti

La inteligencia artifical afectiva es una rama de la IA que reconoce y reproduce emociones humanas.

Sus campos de aplicacion son variopintos. A la industria de la publicidad digital le permite estudiar la reacción de los consumidores de anuncios y calibrar su impacto en los cerebros mediante el estudio de la expresión facial. Gracias a este software, los comerciantes saben hasta qué punto el cliente está dispuesto a rascarse el bolsillo para comprar su mercancía.

La IA Afectiva está cada vez más presente en los dominios de la medicina con los «robots empáticos». Han leído bien, amigos: «robots empáticos», unos cacharros capaces de proporcionar consuelo a ancianos estabulados en hospitales y residencias. Aquí la gran estrella es Grace, robot enfermera que realiza diagnósticos mediante una cámara térmica y dirige sesiones de gimnasia terapéutica. A pesar de su aspecto amedrentador —después de todo es un robot—, Grace transmite una gran serenidad espiritual a los abuelos, apaciguados por el sensual movimiento de sus «músculos» faciales. En la recta final de la vida, ¿acaso no se merecen nuestros mayores un poco de «empatía artificial» suministrada por un robot? ¿Y qué me decís de Moxie, el robot escolar diseñado para enseñar a niños de entre cinco y diez años con ansiedad a mejorar su rendimiento, es decir, a ser disciplinados, cumplidores y productivos?


II

Pon un asistente virtual en tu vida

Los robots se han hecho cargo de la soledad y la depresión, del estrés y la enseñanza, pero también de nuestras casas. El arte de habitar, antaño integrante del gran arte de vivir, ha sido colonizado por la tecnología. Los hogares se han vuelto inteligentes gracias a la domótica, que mejora «la experiencia y el bienestar de los habitantes adaptando las interacciones y el entorno a sus emociones». Alexa, el «asistente virtual» de Amazon, es capaz de ofrecer «respuestas personalizadas y monitorear las emociones a través de otros dispositivos domésticos, detectando signos de estrés o cansancio». ¿Estáis cansados, abúlicos, pletóricos? Vuestros asistentes virtuales se encargarán de ajustar «las luces, la música y la temperatura de las habitaciones e incluso recomendar entretenimiento personalizado, mejorando así el confort y el bienestar general». El Smart Home AI Agent de LG, un robot bípedo, va aún más allá. Es capaz de «controlar otros electrodomésticos inteligentes y analizar el rostro o el tono de la voz para animar al usuario reproduciendo música».

¿Hay algo que inquiete a los entusiastas de esta pseudovida deplorable? Si acaso, el acopio de datos personales susceptibles de ser utilizados por las corporaciones y el Estado plantea ciertos «desafíos éticos y de privacidad». En fin, nada que no se arregle con una regulación adecuada y «marcos normativos éticos que garanticen un despliegue responsable de la IA Afectiva». Ya está. En cuanto elaboremos cuatro leyes que el poder corporativo se saltará a la torera, barreremos de una vez por todas con ese gran esfuerzo que era la vida.


Vigilar a las ovejas, de Arthur Claude Strachan

III

Sabemos quién eres

Como ha demostrado Shoshana Zuboff en El capitalismo de la vigilancia, el desarrollo de tecnologías exponenciales, la inteligencia artificial, la economía de plataformas, el Big Data, el Internet de las cosas y la robótica han transformado de manera radical la relación de los individuos con el poder. La comodidad adocenada, la lozanía física, la potencia sin trabas, la comunicación instantánea o la sociabilidad simulada son, sin duda, derivados tan genuinos del progreso tecnocientífico como el perfeccionamiento del control social. Los dueños del logaritmo saben mejor que nosotros mismos quiénes somos y qué deseamos, qué pensamos y cuál será nuestro próximo paso. Los más de diez mil (¡!) datos disponibles de cada ciudadano perfilan una lógica del comportamiento que las grandes corporaciones y las agencias de seguridad del Estado explotan en beneficio de sus intereses.

La economía de datos y el gobierno del logaritmo ahorman la conducta, pero también las emociones, las relaciones sociales y la visión de mundo. La presión asfixiante de la publicidad personalizada de los grandes coglomerados industriales se encarga del resto: orientan nuestras vidas, moldean nuestras pasiones y, sobre todo, encauzan nuestro consumo.

El resultado más evidente de la racionalización extrema de la vida es la pérdida de espontaneidad y el empobrecimiento de los sentidos. Delegar funciones, ámbitos y facultades en favor de sistemas y economías de datos despoja inevitablemente al hombre de autonomía, personal y colectiva, es decir, política. Así pues, si es preciso que nuestro modo de vida se mantenga a toda costa, debemos abandonar la esperanza de un mundo justo, igualitario y, sobre todo, libre.



IV

Los luditas del futuro y las listas negras

«Exagera usted», diréis. No lo creo. Escuchemos a gente nada sospechosa de exagerar, como Eric Schmidt, presidente ejecutivo de Google, y Jared Cohen, director de Google Ideas. En «The new digital age. Reshaping the future of people, nations and business» (2013), estos señores escriben lo siguiente:

«En el futuro, como hoy en día, podemos estar seguros de que algunas personas se negarán a adoptar y usar la tecnología y no querrán tener nada que ver con perfiles virtuales, bases de datos en línea ni teléfonos inteligentes. Un gobierno deberá considerar que alguien que no esté suscrito a estas tecnologías tiene algo que ocultar y probablemente planee infringir la ley, y deberá establecer una lista de estas personas ocultas como medida antiterrorista. Si no tiene un perfil social virtual registrado ni una suscripción a un teléfono móvil, y si sus credenciales en línea son inusualmente difíciles de encontrar, deberá ser considerado candidato para su inclusión en esta lista».

Desde luego, Cohen no habla por hablar. Como consejero de antiterrorismo de Condoleezza Rice y Hillary Clinton, ha dado muestras de ser un experto en confeccion de listas negras, así como de carecer de prejuicios ideológicos. ¿Y qué haremos con los luditas del futuro? Mantenerlos sujetos «a un estricto conjunto de nuevas regulaciones, que incluirán rigurosos controles de identidad en aeropuertos e incluso restricciones de viaje».

¿Veis cómo no exageraba? No os cuento todo esto porque sí o para asustaros. A mí, lo que en realidad me gustaría es hablaros de la lucidez de Georges Bernanos, del uso del color en los Nabis o de las populares chaquetas deportivas con fuelle y martingala de los años treinta. En cambio, aquí estoy, enfrascado con filántropos que trabajan en la confeccion de listas negras y el desarrollo de tecnologías de seguimiento personal y restricción de movimiento. Empezaron suprimiendo las taquillas en las estaciones de tren y digitalizando las escuelas, y ahora amenazan con criminalizar a quienes no dispongan de un móvil, un perfil digital o no dejen rastro electrónico. ¿Aún pensáis que exagero? ¿Quién acusará a esta gente de no ir al fondo del asunto? En todo caso, vosotros, convencidos del lado emancipador de la tecnología digital, no tenéis nada que temer. ¿O sí? ¿Os acordáis de Snowden? Por si acaso, no tardéis demasiado en desengañaros.


Michel Suárez (Pola de Siero [Asturias], 1971) es licenciado en historia por la Universidad de Oviedo, con estancia en la Faculdade de Letras de Coímbra, y máster y posteriormente doctor en historia contemporánea por la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con estancia en París I, Panthéon-Sorbonne. Además, edita y es redactor de la revista Maldita Máquina: cuadernos de crítica social. Lo fundamental de su pensamiento fue abordado en esta entrevista para EL CUADERNO y está condensado en sus ensayos El fondo de la virtud y De re vestiaria.

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