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Los cuadernos pálidos (83)

texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Blancos)

Como un gran queso violado en la noche, la luna amarilla pone lumbre y exceso en el cielo. En estos días se está acercando a ella una nave de la Tierra. Quién sabe si el astro reaccionará así, con ese hervor estelar, para mostrar su miedo y pedir a los humanos que lo dejen tranquilo.


En las colas de las esperas largas uno acaba contemplando la inmediata espalda anterior con la dedicación monográfica de quien consulta minuciosamente un mapa del que poco antes no sabía nada.



Mira el alivio del verde en el campo y alégrate del todo. Parece un vaivén de párpados rizados por el viento. Bajo el orden oscuro del mundo, otro orden de huras y madrigueras empieza a representar, como cada primavera, la función sigilosa del jaleo seminal de la vida. Ocelos invisibles, raíces de hinchazón secreta, roces y ruidos que rompen la norma invernal y salen del «triste reino de la oscura gente», como decía Garcilaso… Lo agotado vuelve a palpitar. Y tú sabes que ahí mismo, bajo tus pies, hay un vocerío imparable.


Una vez más, la mirada sin trampa de esta perra, ya cansada de cargar con su edad, me tiende una liana hacia la orilla buena de la vida. Digo su nombre en voz alta y es ya una convocatoria que ella recibe así, viniendo hacia mí dispuesta a compartir todas las hebras de la cercanía. Se nos aproximan los animales mientras los humanos nos vamos alejando unos de otros, sustituyendo la compañía por la danza enloquecida de artilugios sin rostro.



Como para ocupar la ciudad, con ese compás tremebundo y marcial de los desfiles militares, avanza decidido un escuadrón de jóvenes —ellos y ellas— de hábito talar camino de algún lugar donde les esperará algún Cristo agonizante, ya incapaz de expulsarlos de allí. La coreografía de la Semana Santa tiene esta función primordial de incorporar lo militar al patetismo programado de las procesiones. Así, el miedo se entrevera con la compasión. Cuando yo era pequeño, siempre las esperaba con temor: aquellos caballos de gualdrapa lujosa y cascos chispeantes, aquellos militares con el fusil a la funerala que, nunca lo supe bien, escoltaban a las imágenes sagradas o las llevaban detenidas, aquellos uniformes inflamados de medalleros en torno a un cura apabullado en su casulla… Pasaron los años, sí, pero la estampa que he visto hoy de esa cohorte juvenil de paso agresivo a ritmo de tambor representa lo que creo que sigue latiendo en la más profunda intención de este siniestro ballet anual: fascismo larvado.



Visto de lejos, el desollón de esta fachada es un mapa roído que crece y cambia de aspecto día por día dejando al descubierto, cada vez un poco más, el muro enladrillado tras el plano. En esa desnudez imparable late la proclamación de un desvalimiento que incita a la mirada a echarse a un lado, como si no aguantásemos constatar cómo son los precarios fundamentos de una casa. Y luego eso otro, la cascarilla de la materia por el suelo como ropa recién caída. ¡Qué crueldad callada hay siempre en lo quebradizo!



¿Pero de verdad no se le ha ocurrido a nadie fundar una compañía de seguros a fin de defendernos de las compañías de seguros?


Bolígrafos mediados, páginas de libros señaladas aquí o allá —¿por qué? ¿para qué?— con marcapáginas, papeles con recados temblones, una copa de vino ya muy sola entre un naufragio de frutos secos, revuelto de nombres dispuestos a saltar a los ojos, recortes de periódicos mordidos por la falta de actualidad, listas de planes propios ya desecados, pastillas contra la acidez (los adverbios mal empleados producen mucha)… Sagradas menudencias. Bodegón del escritor.


La muda trompetería de unas calas ha llegado a casa.


La simultaneidad lo preside todo. Y cómo presumimos de ello. Cualquier acontecimiento se conoce prácticamente al mismo tiempo en que está ocurriendo. El curso de una guerra, las secuelas de un terremoto o un eclipse solar. Da igual. De todo nos podemos hacer cargo al momento.  Y, sin embargo, renunciamos a querer saberlo. Nos pasan ante los ojos la realidad y cambiamos de canal en busca de algo que no nos perturbe. No queremos saber nada de lo real que —eso suponemos— no nos concierne. Solamente cuando se nos anuncia que un suceso puede repercutir económicamente en nuestros alrededores inmediatos, ponemos atención. Así que en las conversaciones de la calle se oye ese deseo de que termine la guerra en Oriente Próximo para que los combustibles que nosotros usamos no encarezcan más. Las guerras son un mero engorro económico para quienes las vivimos de lejos. De ser posible, buscaríamos información de ellas en cualquier canal de economía en vez de tener que soportar esas imágenes de escombros y niños llorando desamparados. «Hábleme de cifras, no de vidas humanas», pediríamos si pudiésemos.


Echo de menos la asistencia de la lluvia en abril: nudillos en ventanas; conversaciones húmedas.


Atornillada en su plataforma de tortura, la paleta de jamón parece esperarnos pacientemente. Es entrar en la pequeña galería y toparnos con una pezuña tendida que emprende ese saludo bárbaro. Dan ganas de alargarle también la mano. «¿Cómo estás, hermano cerdo?».



Quien se ocupa en exceso de su apariencia termina por convertirse en un extraño de sí mismo.


Estación de autobuses. Viaje de regreso. Hay que sentarse a esperar en los bancos del hangar, que están llenos de gente. Entonces una mujer hispanoamericana que nos ha visto se echa a un lado para hacernos sitio. «Aquí cabemos todos», nos dice. Quien va conmigo es un poeta que la mira abiertamente: «Eso es —le dice—; aquí cabemos todos». Y creo que los tres comprendimos perfectamente hasta dónde llegaba esa expresión en estos tiempos de prioridades y escalafón racial.


El lilo del parque volvió a florecer este año. Es el único que hay por aquí, y por eso llama la atención en medio del resto de árboles y arbustos. Cómo habrá llegado ahí, qué mano cuidadosa —si es que la hubo— apostaría por plantarlo justamente en ese recodo, donde inevitablemente hay que pasar raspando casi sus hojas. A veces, cuando cruzo con el carro hacia el supermercado, dejo tiritando ante él unas cuantas palabras que no estén muy malgastadas por el uso.


A menudo decimos en voz alta las cosas que sabemos que no son verdad para creerlas nosotros, no para que las crean quienes las oyen.


Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).

Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.

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