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Una escritura errante

/ por Tomás Sánchez Santiago /

El siguiente texto fue leído por Tomás Sánchez Santiago en una jornada sobre «La escritura fragmentaria y diarística» dentro del ciclo PALABRA VIVA, celebrado en Oviedo los meses de abril y mayo de 2026.

En el imaginario colectivo siempre se ha asociado el diario a una llave y a una mujer que se aparta para escribir secretamente. En las habitaciones de los adolescentes todavía se pueden encontrar cuadernos de aquellos, acorazados como la piel de los rinocerontes y bien abrochados con un candado. Signos de clausura. Avisos de que se trata de un íntimo territorio privado. Una llave y una mujer. Escritura secreta y escritura de los seres invisibles, socialmente invisibles, que no contaban en ninguna de las caras del mundo público.

De modo que, en principio, un diario es eso: un acto de afirmación en la oscuridad. Los estudiosos de la llamada escritura popular saben que en los siglos pasados los diarios eran escritos como guiones de la memoria para rendir una cronología pormenorizada (diarios de asientos comerciales, cuadernos marineros de bitácora, memoriales de expediciones…) pero también los había con esa otra intención: una suerte de proclamación a tientas de que uno (o una) ha existido, de que se existe a pesar de todo, incluso a pesar de no contar para nadie. Más adelante volveremos sobre esta misma cuestión de los diarios y la invisibilidad.

Ahora creo que podríamos empezar hablando de la existencia de esos géneros que podríamos denominar así: los géneros de la constatación. Pienso, al menos, en tres de ellos: el epitafio, el grafiti y el diario. En cada uno de ellos hay un yo de naturaleza distinta y hay también una unidad temporal diferente, a la cual remite directamente aquello que se dice. En el caso del epitafio se trata de un yo ya desaparecido (el epitafio es un género caligrafiado por la muerte) y de un tiempo que linda con el vértigo incierto de la nada; en cuanto al grafiti, remite a un yo oculto (y seguramente clandestino) y a un tiempo fugaz de relámpago, un transcurso achuchado entre dos límites muy próximos, eso que se llama un lapso; el tiempo del diario, que es el género que ahora nos ocupa, es, debe ser, el presente inmediato del sujeto que escribe; en cuanto a su yo, ha evolucionado provocando una transformación importante que afecta al destino del propio texto; de ser un documento de signo privado y sin alcance preconcebido se ha pasado a hacer del diario un género literario. Otro más. Este es el punto de partida de este breve texto.

Tengo que empezar por esta convicción. Si el diario es un género literario más, puede alinearse sin problema junto a cualquier otra obra de ficción. Dicho así, se derrumba el castillo de naipes que hacía suponer que el diario es un género donde solo cabe la verdad, donde el yo es un chivato de sí mismo. Cartarescu dejó dicho alguna vez que «la literatura no es el medio adecuado para decir algo real sobre uno mismo»; y a eso habrá que atenerse si consideramos que los diarios han pasado a ser textos literarios y «la literatura es teratología» (vuelvo a citar a Cartarescu), es decir, ciencia de lo monstruoso, de lo deforme, de lo anómalo; no cabe en ella el carácter incontestable de la escritura confesional, sea del signo que sea.

El hecho de creerlo así se fundamenta en una obviedad que los diaristas profesionales conocen mejor que nadie: cuando el autor de un diario sabe de antemano, antes de escribir una primera fecha y una primera línea, que esa escritura, por casera y ensimismada que sea, terminará desembocando en un libro, ya está entregando lo que escribe al territorio de la ficción, pues ya sabe que su obra, aún en ciernes, será pasto público; y eso provoca un conflicto sostenido entre la sinceridad a tumba abierta y las reservas a la hora de contar. Ahí, en ese encontronazo, que inevitablemente termina a favor de la inexactitud en cualquiera de sus versiones (sea el disimulo, el escamoteo, la omisión, la hipérbole o la alteración de hechos y nombres), se acepta por completo que el lenguaje es una máscara que va a ocultar tanto como a revelar. Hay, pues, una depuración por parte de quien emprende un diario a sabiendas de que lo que está escribiendo es un libro, un documento de ficción que acabará mostrándose en un acto de signo literario como puede ser este de hoy mismo aquí, en Oviedo.

Y es que la primera condición de un verdadero diario, para ser del todo creíble, es que no tenga alcance. Su temporalidad natural es lo que dura el propio acto de escribirlo; ese mientras, sin visos de revisión en el futuro, que solo conoce quien se va viendo aparecer hecho palabras en un papel; la sede inicial y la sede final de esa escritura es la misma: aquel cuaderno con llave en que se está escribiendo, sin la intención de convertirlo todo en futuro fruto de imprenta. Por eso, los diarios se apartaban de los ojos del mundo y se trancaban —así lo diríamos en mi tierra— con una simbólica llave. Era un signo terminante. Prohibido el paso a toda persona ajena a la obra, parecía advertirse en el gesto. O, mejor: peligro, no tocar, puedes saber lo que no te conviene. Permítaseme ahora relatar aquí una experiencia personal: hace algún tiempo, en el club de lectura del que formo parte, hablando de la naturaleza de un diario tras la lectura de la novela Fortuna, de Hernán Díaz, alguien planteó una pregunta. La pregunta era: «¿Escribiríamos el mismo diario si supiésemos que nadie lo iba a leer nunca o si supiésemos que iba a convertirse en escritura abierta?». Al cien por cien, la respuesta fue un «NO». Una escritura entregada a los demás pasa necesariamente por un itinerario maquillado que implica sustracciones, modulaciones y hasta alteraciones en los hechos que se narran.

Todo ello es aún más explicable cuando caemos en que el diario concebido ab ovo como un texto literario se lee en la misma actualidad de quien lo escribe. Dicho de otro modo: el presente del autor es o fue, aproximadamente, el presente de los lectores; ambos han conocido de cerca la misma realidad narrada, el contexto común temporal en el que fueron desarrollándose los acontecimientos, y eso permite a quien lee intervenir de modo activo en la entraña del libro. Los diarios son, como ya se ha dicho aquí, géneros del presente. Y el presente, eso que los medios de comunicación llaman con la boca llena «la actualidad», es el tiempo común y ardiente que nos pertenece a todos, del que sabemos algo porque es un fluir que nos está sucediendo a la vez  que se nos escapa de las manos como un pez resbaladizo. Por el contrario, una novela histórica o una distopía nos convierten en lectores diferidos: aceptamos sin resistencia que aquello que se nos narra sea exactamente así, ya que nosotros no lo hemos vivido y, por tanto, no lo contrastamos con nuestra experiencia viva. Funcionamos ante ello como lectores-testigos, no nos cuestionamos los hechos expuestos; pero en el caso de un texto perteneciente a un tiempo que nos concierne a todos, nos convertimos ya en lectores-participantes, tenemos la facultad —y hasta la obligación— de entrometernos en ello porque el texto nos está interpelando. Su tiempo es también el nuestro. Tenemos algo que decir. Así, el diario, que en aquel otro estado puro era una especie de carta que no se despachaba nunca porque el remitente era también el destinatario, se ha convertido en un texto con carta de naturaleza literaria, un diálogo con uno mismo pero que contará a buen seguro con futuros oyentes, una carta que, ahora sí, mientras se escribe ya se está echando a la deriva en el buzón del tiempo.

Por el contrario, el diario puro, ajeno a pretensiones literarias, es una ceremonia del todo privada. Tradicionalmente, esa escritura pretendía dar confirmación de una existencia ante sí mismos a los desposeídos de voz. Por eso, los diarios solían estar escritos por mujeres, que no tenían ninguna presencia en la vida pública y necesitaban demostrarse ante sí mismas que ocupaban un lugar cierto. En el siglo XVIII no eran tan infrecuentes los llamados «diarios de confesor», que los curas sugerían precisamente a las mujeres para hacer recuento escrito —vaya usted a saber con qué intención— de sus vicisitudes morales, y donde abundarían esas palabras llenas de pegajosa oscuridad: pecado, culpa, remordimiento, penitencia… Algunos de ellos están recogidos en archivos donde se conservan estos testimonios de una escritura en bruto y sin reservas, incluidas aquí las reservas que provoca convertir en producto estético una escritura torrencial y desmandada, con todo lo que ello supone.

Pero ya lo estamos diciendo: esto nada tiene que ver con lo que ocurre con los escritores de oficio cuando acometen un diario. Como ocurre con otros géneros que merodean en torno a la verdad (biografías, autobiografías, epistolarios, memorias…), quien hoy lee un diario sabe que es un relato subjetivo donde la verdad y la mentira no están en el horizonte de su lectura, pues como categorías morales que son no pertenecen al territorio de la creación literaria. Era Hermann Hesse quien dijo alguna vez que la verdad y la mentira en la literatura dependen de lo que esté dispuesto a creerse el lector. Y es así. Precisamente por esto, lo que salva a un diario —como a cualquier otro libro de creación— es el lenguaje, y a ello debe atenerse tanto quien lo escribe como quien lo lee. Que luego eso haya sucedido así o no, da lo mismo. Una novela o una película son verdad porque son mentira; es decir, existen por sí mismas como fabulaciones de la imaginación, más o menos trufada con trazos reales. No sustituyen a la vida. Son ellas mismas parte de la vida. En cambio, los diarios sí parecen pretender sustituirla en primera instancia. Eso me hace pensar, con un punto irónico de exageración, que el verdadero profesional de los diarios sería aquel que primero escribiría sus anotaciones para ponerse después a vivir conforme a lo que previamente él mismo había dictaminado. Una sustitución impecable del guion imprevisto de la vida por otro que le han dictado la imaginación, el interés o el temor a lo incierto. ¿Se imaginan ustedes que ese obseso autor de diarios escribiese una consignación que dijera: «11 de octubre: Mañana tengo que morir»? Esa sería la culminación sublime de un diario, la exacta correspondencia con la vida, una matemática vital más allá de la cual ya no pueda llegarse.

Entre bromas y veras, lo que yo quería era llegar al último puerto de esta pequeña disertación. En un diario, ¿se vive lo que se escribe? ¿Se escribe lo que se vive? ¿Cabe en él también lo imaginado, lo que no sucedió y ahora debe suceder en la prótesis ilusoria de la escritura? Dejémoslo ahí. Terminemos así.

Pero debo quitarme la máscara yo también. Quien ha teorizado hasta ahora como un clérigo sabelotodo es asimismo un escritor de diarios. Perdónenme. Ya lo ven: el comisario era el asesino. O sea que después de haber oído todo esto, ahora deberán disculparme por cometer con golosa fruición, y desde hace mucho tiempo, el pecado de ejercitarme en la escritura de diarios, algunos de los cuales han ido saliendo en forma de libros, sí, una y otra vez hasta ahora mismo. No me declaro inocente. Ningún escritor lo es. Pero sí quiero decir algo en mi descargo. En mis diarios he tratado de ser un merodeador capaz de actuar solamente desde la mirada, una mirada que he considerado siempre «política», pues intentó cada vez emprender la misma subversión: apostar por lo pequeño, lo anodino, lo inadvertido como anclajes seguros del mundo, al menos del mundo próximo al que puedo llegar. Y eso ya desafía la idea de que solo lo que brilla, lo que se atiende por quienes rigen los entramados sociales, sea lo importante. En el mundo de la visibilidad, donde van arrasando con todo los eslóganes, los titulares, las palabras altisonantes, los ambiguos lazos entre lo verdadero y lo falso… solo se me ha ocurrido ponerme cerca de eso otro que parecía destinado al desecho. Y mirarlo. Con eso es suficiente. «Porque no poseemos, vemos», dice el verso de Claudio Rodríguez; es decir, basta con mirar, con saber mirar, con intentarlo, para salvar lo que nos sale al paso en el ejercicio del merodeo con esa escritura errante e imprevista —y solo es eso— para que ustedes comprueben hasta dónde pueden llegar mis contradicciones. Tras dar a conocer esto, confío en que no se sientan estafados con esta monserga que termina aquí.

Así que gracias por su paciencia.

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