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Madreñas

/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /

El nuevo (viejo) fantasma que recorre el mundo, el espíritu reaccionario de este tiempo lerdo y cruel, ha dado entre otros frutos vanos esta nueva (vieja) ola de exaltaciones nacionalistas, regionalistas, localistas. Son fiebres que aumentan cada día su temperatura y su radio de acción, una calentura que ha encontrado en los más jóvenes carne tierna y fácil en la que cebarse, pero que también hinca sus dientes en presas viejas, en nuestra propia carne ya correosa que asimismo se va contagiando cada día un poco más. La ola no deja de provocar, como ocurre con otros hitos del espectro reaccionario, la clásica reacción a la reacción en la que queriendo o sin querer nos vemos entrampados. Las fiebres nacionalistas, regionalistas, localistas (digamos fiebres cavernarias, por resumir) arrancan la fina pátina de cordura y gentileza que nos cubría y nos muestran en todo nuestro crudo egoísmo y nuestra estupidez básica; la exaltación de un país, de cualquier cacho de tierra que fatuamente llamemos «nuestro», devuelve a la ciudadanía que tanto costó formar a su precondición de horda iletrada y dirigible; hace tabula rasa de años o siglos de educación y azuza a los exaltados moviéndoles a hacer y decir cosas que, a poco que uno se separe, desatan el bochorno y la hilaridad, aunque bien sabemos que tratándose de fiebres y cavernas, poca broma.

El terruñismo, sea cual sea su perímetro, desata nuestro completo desapego pero también nuestro cabreo, nuestra ira casi, nuestra «reacción», ay, cuando toca cosas que amamos, cosas que no son suyas; cosas que eran bellas hasta que los afiebrados le pusieron sus manazas encima. Me refiero, ya se imaginará, a la lengua, a nuestras lenguas y especialmente a las maternas, las que adquirimos sin darnos cuenta en el sustrato familiar, con sus modulaciones singulares, sus desviaciones, su inagotable e inaprehensible riqueza. La lengua, lo sabemos de sobra, es recipiente de la belleza, pero también se llena a menudo, se ha llenado siempre, de basura. De hipocresía, de estupidez, de odio. En la voz de los exaltados, el uso franco, libre y bueno de la lengua que aprendimos en casa, en la escuela y en la calle, se convierte en «reivindicación de nuestra lengua», con mucho énfasis en lo de nuestra y estrecho maridaje con «nuestras costumbres» y «nuestras tradiciones». Lengua, costumbres, tradición se convierten, en los gritos y pancartas de los afiebrados, en escudos y arietes, son alzados como bandera, esgrimidos como lanza y como cachiporra; y si nuestra lengua no es lo suficientemente nuestra, esto es, si no es lo suficientemente minoritaria y excluyente, si la comparte demasiada gente, siempre estará a mano la opción de resucitar una lengua medieval, la que supuestamente hablaron nuestros cancarabuelos, la lengua muerta que en su resurrección a manos de los febriles perderá toda su belleza y se convertirá en instrumento del ridículo y vehículo de la hipócrita tontería, ligada al consiguiente recauchutado de viejas costumbres rediseñadas para su óptima visibilidad y comercialización, al atropo de una tradición sesgada, idealizada, desnaturalizada y remodelada en todo su aparato hortera, en su versión kitsch más turistificable. La posmodernidad es una regresión colectiva de pésimo gusto y argumentación lerda, una reacción que instrumentaliza, corrompe y arruina de la peor manera aquello que dice defender. Aterrizando en lo que nos queda más a mano, en lo que padecemos de forma cotidiana, en León, aldea del noroeste ibérico, se izan banderas carmesíes, se organizan madreñadas para defender «lo nuestro» y se apela al orgullo, se esgrime nuestra historia y nuestra lengua, se desempolvan viejas dinastías y decretos, se vocean manifiestos en llionés y se reclama un «Llion solu». La ciudad se ha llenado de enseñas, de estatuas de aguerridos reyes medievales, de orgullosos y rugientes leones. Tal es el espíritu o pesadilla de nuestra época: una bandera en cada rotonda, otro ridículo león de mucha garra y mucho colmillo, y en cada esquina placas donde han puesto Juan Pablo II y debajo Xuan Pablo II, o Santo Tomás y debajo Santu Tomás, o agárrate: La abogacía del turno de oficio y debajo L’abogacía del turnu d’oficiu. Una pena, algo peor que la pena; una farsa, una niñería, un pretexto, en el fondo una traición a lo que se pretende preservar; la última manera de hacernos más dóciles e idiotas. Así lo veo yo, queridos conciudadanos, ya podéis empezar a apedrearme. Punto y aparte.

Recuerdo, hablando de madreñas, las de mis abuelos, al pie de la puerta que comunicaba la vivienda con el patio y el corral, en el portal donde se uncía a las vacas, la cuadra justo enfrente. Abrías la puerta (aquel pasillo, aquel color verde) y allí estaban, como animales discretos, todo belleza y lealtad. Las madreñas de la abuela, pequeñas, preciosas, con el encanto de los juguetes de los demás… Y las madreñas del abuelo, recias, grandes como barcas, aunque tenían la misma forma, la punta respingona, la filigrana tallada en el empeine, las tres patas que mi abuelo protegía con gruesas gomas y los remaches de lata que les ponía en su parte más sufrida, para alargarles la vida: toda su condición ajada y dura, deteriorada y resistente, como la de los propios abuelos. Las madreñas de mis abuelos, allí puestas, esperándoles, o cuando las calzaban y «hablaban» (su nítido clon-clon tirando hilos por el patio y el corral, la bodega, la cocina de horno, como una red segura y un ritmo que pautaba la vida y el quehacer en la casa), me producían algo que debía ser fascinación, me atraían como no lo hubieran hecho seres fabulosos, un gnomo o un unicornio saltando por allí o parado ante la puerta verde. Me gustaría volver a verlas y lo cierto es que las sigo viendo, allí quietas, esperando los pies pequeños de mi abuela, los grandes de mi abuelo, listas y acaso deseosas de abrirse paso entre el barro del corral y las boñigas de la cuadra, siempre disponibles, fieles, útiles, hermosas, eficaces. En su sufrida pequeñez, en su humildísima grisura, había más belleza que en la catedral entera de León o en las inconcebibles pirámides de Egipto. Por supuesto, yo quería unas madreñas, soñaba con tenerlas, habría sido el mejor regalo, pero a los niños no nos daban madreñas, no al menos a los niños que solo íbamos al pueblo de vacaciones, los que no teníamos que cuidar de los bichos ni trabajar en el campo, los que subíamos al trillo solo para jugar y estorbar, los que ya éramos niños de ciudad. Nunca tuve madreñas pero ahí siguen, en mi memoria, en la pequeña vitrina de mi pequeña alma, las madreñas de los abuelos, que nunca dijeron Xuan ni santu ni Llion, y mucho menos turnu d’oficiu. Los abuelos decían encetar la hogaza y prender la lumbre; decían gallina encarnada, vaca tora, enviscar el perro; decían echar las diez, limpiar la madrid, cegar la poza; decían cendera, cárcava, escabuche; decían vecera, cuelmo, guaje (o rapaz); decían cuérrego, casamozas, las perales; decían acércame el rodeo y aguanta el caldero, acércate a en ca de Anuncias o aguarda aquí; decían reburdiar, que es lo que hago yo aquí, y callar la boca, que es lo que no. Esa sí era una lengua viva y no vuestro retropijismo lingüístico, queridos conciudadanos, vuestro supuesto «llionés» reinventado en el callejero y en los formularios municipales para satisfacción de los afiebrados y oportunistas que rugen en la caverna local. A mí no me vengáis con decretas y madreñadas, no quiero saber nada.


Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.

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