/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
En vísperas de la primera Gran Guerra, es bien conocido que las potencias europeas estaban inmersas en una carrera armamentística sin precedentes en el continente. En consecuencia, despues del conflicto bélico se instaló entre la ciudadanía la idea de que un conflicto como aquel no debería repetirse nunca jamás, y una ola pacifista recorrió el mundo. Pero cuando en 1933 Hitler ascendió al poder y Mussolini desafiaba los mandatos de la Sociedad de Naciones, ante el temor de inseguridad que se generó entre las cancillerías, volvió a desencadenarse una vertiginosa carrera de armamentos. Estas son realidades históricas inapelables y sabemos que la historia no suele repetirse, aun cuando los mecanismos que influyen en la toma de decisiones humana son casi siempre los mismos.
Cuando en un sistema político en equilibrio se introducen variables mediante las cuales los protocolos y los acuerdos internacionales empiezan a ser incumplidos, se generan estados de inseguridad. Esto ha ocurrido siempre. Y ante semejantes situaciones de desequilibrio e inseguridad, los Estados suelen responder aumentando sus capacidades defensivas; es decir, destinando muchos más recursos a defenderse, que es lo mismo que preparar la guerra futura. Ante estas circunstancias, pocos ciudadanos se atreven a cuestionar las políticas armamentistas, dado que el rearme no solo es material, con armas físicas, sino también mental, con argumentos ideológicos que refuerzan a los halcones de la guerra.
Esta situación tiene consecuencias para la población, porque cuanto más aumentan los presupuestos de defensa, más disminuyen los presupuestos sociales destinados a sanidad, educación, obra pública, cultura y políticas de bienestar. La economía no se resiente necesariamente, incluso tiende a crecer, ya que fabricar armas conlleva muchos puestos de trabajo, aumento de la producción industrial, liberación de créditos y en general circulación de dinero. Por ello, siempre tiene defensores la fabricación de armas.
El hoy no es comparable con el ayer, aun cuando este mecanismo sí se repite, desde las guerras del Peloponeso, en el siglo V a. C. hasta el presente. Lo que sí cambia son los actores, las causas y las circunstancias. Así, por ejemplo, nadie empieza una guerra si no presupone que la puede ganar; todos los estados de guerra se iniciaron porque alguien creía en una victoria rápida. Así lo creyó Bismarck y le salió bien en 1870; pero también lo creían Aníbal, Napoleón o Hitler. Igualmente lo creía el estado mayor del Pentágono cuando inició el conflicto del Vietnam o el estado mayor soviético en Afganistán; todos tenían in mente expediciones militares rápidas, contundentes y victoriosas. Pero luego no fue así: la guerra no fue rápida ni victoriosa. La causa de estos graves errores fue siempre la complejidad del momento. En ninguna guerra hay solo los actores que la provocan, como bien sabemos.
Hoy no tenemos una guerra: tenemos varias, aunque nosotros, alejados de los frentes, creamos que son de baja intensidad. Esto significa que los que se matan, de momento, son otros. En Ucrania o Gaza no solo se discuten unos kilómetros de tierra: está en juego el poder hegemónico de los vencedores de la Guerra Fría que fueron los Estados Unidos y los factores que intervienen son múltiples e imprevisibles. Por una parte hay el tablero de juego del mundo islámico, enfrentado no solo a Israel, sino a gran parte de Occidente; luego está el tablero de juego europeo, donde lo que se discute es la continuidad de la Unión Europea como entidad política. Hay tableros de juego menores, pero no menos importantes, como el derrumbe de la hegemonía europea en el continente negro, sustituida por China con ayuda rusa. Y aun nos queda el tablero de Iberoamérica, en donde la influencia norteamericana está siendo minada por diversos factores. Aquí hay que sumar la incierta situación de la potencia hegemónica, los Estados Unidos, divididos en dos mitades y que, en el fondo se cuestionan los valores que han intentado regir el mundo desde finales del siglo XVIII.
Por todo ello, es de creer que vivimos tiempos interesantes, en el sentido que reza la maldición china cuando dice: «¡Ojalá te toque vivir tiempos interesantes!».
Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

