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El existencial neo-surrealismo de Javier García Cellino

/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /

Para Fernanda, porque todas las historias están cruzadas

Decía Jaime Gil de Biedma que existen dos épocas especialmente favorables para la creación poética: la juventud y la vejez. Lo que sucede es que estos dos tiempos, cuando no se completa el círculo vital y creativo de un autor, resultan totalmente asimétricos. Los poetas que solo desarrollan su obra en su juventud —por diferentes avatares de la vida, la mayoría de ellos debido a su muerte prematura— suelen despertar mayor atención general, tanto de la crítica como de los lectores, que los que emprenden su negocio con Calíope y Erató a una edad tardía.

Los poetas viejos, permítaseme utilizar clasificatoriamente este prejuicioso adjetivo (para mí, por otra parte, tan dilecto) casi siempre quedan fuera de su marco generacional, perdidos entre las estéticas predominantes de su tiempo, oscurecidos por el definido perfil literario de sus coetáneos; como si la poesía fuese únicamente un don de juventud en el que solo se permitiera profesar a los querubines de antaño. No deja de resultar curioso, incluso paradójico, que los poetas tan celosos de su personalidad sean al mismo tiempo tan gregarios; y que sus propuestas, sobre todo estéticas, tengan un carácter más colectivo que individual. El poeta nace cuando el grupo desaparece, pero no es menos cierto que su existencia suele ser infructuosa sin su respectivo y genesiaco grupo generacional.

Como he señalado en otras ocasiones, prefiero generalmente la poesía de los poetas viejos a la poesía de los poetas jóvenes; por ejemplo, el Borges de La cifra o de Los conjurados al Borges de Fervor en Buenos Aires o de la Luna de enfrente; es decir, el Borges viejo al Borges joven.

Pero conviene tener en cuenta que cuando un poeta comienza a escribir a una edad tardía también tiene que atravesar, por muchos años y experiencia vital que tenga, por una especie de pubertad poética, de los primeros libros, donde se encuentra el pecado original de cualquier escritor. Por eso resulta tan difícil que transcienda la obra de los poetas de esta última floración, por muy sorprendentes y sustantivos que sean —y sigo con el manoseado símil— sus frutos.

Javier García Cellino lleva muchos años dedicados a la literatura, pero puede considerarse como un autor de última floración, que comenzó a escribir poesía con plena dedicación cuando todos sus trenes generacionales habían pasado; por lo que su obra poética se ha ido construyendo desde sus abismos personales y pulsiones expresivas, ajena y exenta de los mentideros literarios. No es un poeta puro, tampoco hermético ni del silencio, pero su poesía llena de pureza y misterio se infiere de los arcanos de lo inefable, como demuestra su último poemario En el jardín de las hélices rotas, distinguido con el acreditado premio de la XXIV Bienal de Poesía Provincia de León.

En el jardín de las hélices rotas
Javier García Cellino
Instituto Leonés de Cultura, 2024
62 páginas
6,24 €

El título plantea una doble dualidad, al remitirnos directamente al famoso cuadro de El Bosco El jardín de las delicias, cuyo sintagma preposicional sustituye por las «hélices rotas», con el objeto de ubicarlo temporalmente en el desolador escenario que tras de sí deja el nuevo cambio de paradigma industrial y su nuevo sistema de vigencias. Las hélices rotas configuran un paisaje infernal que nos remite a la tabla derecha de El jardín de las delicias donde el pintor flamenco representa icónicamente el infierno. Una asociación que nos lleva inevitablemente a Una temporada en el infierno de Rimbaud, con el que Javier García Cellino establece un subrepticio diálogo desde las dos orillas del arte, la juventud y la vejez. Si en Rimbaud sus iluminaciones surgen de la intuición, en Cellino las desencadena la desabrida experiencia.

Javier García Cellino busca deliberadamente desautomatizar las palabras para que recuperen en el lector su plenitud primordial, a través de una elaborada modificación —como describe Carlos Bousoño en su primera ley de la poseía— del uso lingüístico para obtener significados plenos. Su escritura desarrolla la técnica poética surrealista, sobre todo en sus últimos libros, lo que le convierten en un heredero de la mejor tradición simbolista, pero sin que su lenguaje pierda nunca su existencial vínculo con la realidad.

Otro rasgo característico de su poesía es su culturalismo, su permanente referencia a pintores, músicos y escritores, así como su constante recreación del palimpsesto mitológico, en donde muchas veces se inserta su poesía. Los poemas de Javier García Cellino evidencian que nadie puede sustraerse a su generación, aunque haya quedado literariamente descolgado de ella y no aparezca por ninguna de sus antologías.

El autor de En el jardín de las hélices rotas, como he señalado más arriba, empezó a desarrollar seriamente su poesía en los años noventa, después de estar plenamente consolidada la generación que le sucede, la generación del ochenta, pero su sesgo poético ha ido decantándose hasta poder considerársele como el último novísimo de nuestra poesía nacional.

Javier García Cellino dedica su libro «A las personas que no se rinden nunca. A quienes continúan prestándome su luz». Una dedicatoria que viene a expresar su insoslayable compromiso cívico, y también su resistencia para atravesar con cierta ironía los disuasorios páramos del olvido y encomendar a la imaginación «la suerte final del combate». Una constante que caracteriza e impregna su poesía, la resistencia contra la usura del tiempo, y que infiere a sus versos el gradiente inconmensurable de la efímera eternidad.

Javier García Cellino es un poeta de última floración, de la última etapa creativa de la vida, capaz de deslumbrarnos con sus desabridas iluminaciones, porque, parafraseando sus versos, «tiene un desierto en el corazón y vive en el corazón de los demás».

En el jardín de las hélices rotas se encuentran numerosos poemas destacables como «LSD» («las estatuas son felices porque no tienen lágrimas./ Siempre hay un niño que sueña con lobos./ Dicen que los ángeles no llegaron al cielo»), o como «Olvida Ulises tu regreso a Ítaca»: «Todo lo que giraba alrededor del mundo/ se ha desvanecido en un sueño de metales negros./ Tú mismo has envejecido tanto/ que las aguas del Helesponto ya no te reconocen». Una poesía de la que, como el poeta advierte en su poema prologal «Diálogo con Joan Miró», deben alejarse «quienes aspiren a comprender/ la pureza de los espejos cóncavos»

Javier García Cellino se muestra en su escritura, sin pretenderlo, como el último novísimo; y como tal, ha escrito uno de los poemarios más generacionales de su generación.


Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.

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