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José Antonio García o el arte de cantar y contar

/ una reseña de Mariano Martín Isabel /

No es lo mismo saber contar una historia que escribir bien; si leemos una historia que está bien contada y bien escrita, el éxito debería estar asegurado; pero no lo está en un mundo en que el gusto por las buenas historias devora al de las historias bien escritas. Algunas historias no sirven para escribir canciones de amor es un título que tiene en el cantar el complemento idóneo del contar; cantar con la música de las palabras, ritmo adosado a la imagen, pero sin melodía. El relato pone la acción; el sentimiento, la música; y la palabra, además de servir al contar y al cantar, sirve al pensamiento; cuando al relato lo salpica una lluvia fina de reflexiones que parece que no mojan, pero calan.

Este libro de José Ignacio García es una recopilación de diecinueve relatos cortos. El común denominador es la misericordia, un «querer iluminar las esquinas del alma de los débiles», como dice en el prólogo Tomás Sánchez Santiago, para «sacudirse las brozas sucias de la vida». Casi todo él está traspasado por un platonismo quebrado; prevalece lo sórdido de un mundo inferior sin que lo aliente la esperanza de otro mundo más apetecible, aunque acaba apuntando a esa esperanza, como sin creer en ella, en boca de un personaje aparentemente con pocas luces: Toña, que habla de «una belleza superior» (p. 167); hay que tener «ojos de lechuza» (los ojos del alma, que decía Platón, que ven más allá que los del cuerpo) para desentrañar «los misterios ocultos del mundo de las sombras» (p. 165). El autor opta por esa falta de lógica que es el amor volviendo contra Platón una de sus metáforas más famosas («como un auriga sin riendas que tratara de controlar los instintos», p. 110); porque la razón ha dejado de conducir el carro.  

Casi todas son historias de fracasos. Allí donde alguien triunfa suele ser a costa de otros («Wine room»). O es un éxito que queda en la intimidad («Champán para todos»). O son éxitos abortados por la fatalidad («Ella y él», «El secreto de su nombre»; en «(S)Icaria» el propio éxito se transforma bruscamente en fracaso). O se trata de un fracaso que triunfa con la muerte («La señorita Jéster Sú»). O un cruce de caminos donde convergen un éxito y un fracaso que obligan a decidir dramáticamente («Precisamente ahora»). El exceso de vehemencia también transforma los éxitos en fracasos («Complementos circunstanciales»). Y, como en Camus, tiene gran importancia el malentendido («Las novias viudas»). Las pasiones ciegas, como la avaricia, conducen indefectiblemente al fracaso («Martin Scrooge»). Todos los fracasos que convergen en este libro tienen en común que, si yo no valgo la pena, usted no vale más que yo (uno no puede dejar de pensar en La chute de Camus, a propósito de «Vida de un muerto»). En José Ignacio García los sueños son derrotados por la realidad y el fracaso es una losa que pende sobre nuestras cabezas.

La primera persona no tiene por qué corresponder a la subjetivización del sentimiento, sino más bien al punto de vista de quien cuenta las cosas; es el espectador que ve el espectáculo en primera fila sin identificarse necesariamente con él; por eso el enfoque interno no tiene por qué ser íntimo, en primera fila a veces se ve lo que pasa fuera y otras veces se ve por dentro; eso explica que la primera persona no coincida necesariamente, en José Ignacio García, con narraciones intimistas. En «Vida de un muerto», por el contrario, la cercanía de la primera persona se rompe en la distancia puesto que el narrador no habla de sí, sino de alguien que es como él: porque «la vida del muerto que estaba a punto de contar era, sin abundar en florituras, la historia de mi propia vida» (p. 239). Resumiendo: que cuando el autor mira de cerca prefiere hacerlo desde fuera, y cuando mira de lejos pone el enfoque en el interior, lo que parece paradójico. Lo primero es como mirar pegados a la realidad, pero separados de ella por un cristal, como miran los presos que reciben las visitas con una mampara en medio. Lo segundo es mirar de lejos intentando ver, en los sentimientos que algún día tuvimos, los sentimientos ajenos.

De ahí que el estilo del autor quiera radiografiar la realidad con exactitud milimétrica (él mismo lo dice por boca de uno de sus personajes: «era como si estuviera escrutando mi interior con un proyector de rayos X»: p. 132). Es un afán continuado de realismo. La vejez es retratada con eficacia («no tenía ya edad para verla con ojos atrevidos», p. 34). Con la misma fidelidad describe las medias de un jugador de fútbol («recogidas como si fueran argollas alrededor de los tobillos»: p. 227).

La observación, la empatía y la abstracción permiten al autor engendrar expresiones generales que rebasan la experiencia del aquí y ahora; así, puede resumir un estado de ánimo diciendo que «aquí, por no armar jaleo, hasta las ventiscas que acompañan a la nieve en el invierno son sigilosas como un gato al acecho»: p. 84. También se acerca a sus personajes a través de sus gustos (cuando la protagonista del último relato rumia su soledad mirando los cuadros de las paredes del hotel y analizándolos con una mirada entusiasta, su detenida contemplación de aquellas pinturas nos escupe a la cara su alma de artista, una de las esquinas incompletas de su alma).

El resultado natural de todo es desdramatizar y desmitificar. «Lo más cercano a Dios que había visto durante aquellos tres meses […] había sido al capellán del hospital» (p. 179). El humor se vuelve hilarante cuando aparece «una enfermera, que llevaba una ferretería ensartada en la dentadura» (p. 183).

El afán de realismo tiene como complemento la impresión de los sentidos: uno de los personajes está tan enfermo que tiene «los pulmones como tallados en piedra pómez» (p. 43); el origen de las imágenes son las sensaciones, el propio autor lo resume al final del libro («la memoria no se fragua solo con momentos o con imágenes o con experiencias, sino también con perfumes y sabores»: p. 303). Lo sensorial parece sentirlo el lector casi materialmente («se escuchó el rasgueo de la aguja sobre los surcos del disco»: p. 104, y «los ojos […] me escocían como si tuviera polvo de pimienta negra metido en ellos»: p. 308). Desemboca en lo sensual («el contrabajista se ceñía a su instrumento con la sensualidad con que un amante abrazaría a su enamorada»: p. 110). También se sensorializan los sentimientos abstractos, como la conciencia moral («al escuchar su reflexión se me abrieron las carnes y mi conciencia empezó a hacer aguas sin que hubiera fontaneros suficientes para taponar tantos agujeros»: p. 134).

El libro está en continuo diálogo con otros libros desde un diálogo, a su vez, entre el canto y el cuento: por eso la música juega un papel importante en las referencias cruzadas. No es la primera vez que José Ignacio García se deja llevar por la tentación de usar la literatura para hablar de literatura. En este libro hay toda una declaración de intenciones: «desde bien joven fui aficionado a observar los rincones de la realidad en los que nadie depositaba su atención», dice por boca de uno de sus personajes (p. 239). El desengaño, la desconfianza, la moderación, la humildad y la sorpresa son el conglomerado de esta visión absurda de la vida, o más bien de esta vida absurda que se convierte en visiuón. Como en Camus, ese sentimiento sólo lo compensa la solidaridad humana y Tomás Sánchez Santiago deja claro que esa compasión tiene que producir una «escritura simbiótica»; que, al «iluminar la vida de los desnortados», ilumina al autor que ha puesto su pluma en el empeño de mirarlos y hablarnos de ellos.


Algunas historias no sirven para escribir historias de amor
José Ignacio García
La Péñola, 2020
18 €

Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).

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