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‘The Wandering Inn’ ante la sombra del Quijote

/ por Fran Liñeira /

Una confesión. Durante los últimos meses, mi tiempo lector ha sido consumido por un texto publicado en internet (pecado), del extraño género de los litrpg, que mezcla convenciones novelescas con otras traídas del videojuego (pecado), y que ha conseguido para su autora, anónima, lo que no alcanzan casi ninguno de los animosos quintos del campo cultural hispano: vivir del cuento (je) a través de su patreon (pecado gordísimo) sin rendir pleitesía a las academias o a los guardianes de los umbrales. No se doblega como un Lope de Vega que se defendía, socarrón, ante una academia madrileña (¡en verso!) para justificar su éxito: «Fácil parece este sujeto [escribir comedias], y fácil / fuera para cualquiera de vosotros, / que ha escrito menos de ellas, y más sabe / del arte de escribirlas, y de todo; / que lo que a mí me daña en esta parte / es haberlas escrito sin el arte». Sin el arte de las poéticas, los prestigios y las academias, pero petándolo.Y, sin embargo, ante los académicos de atildados bigotes, el Fénix volaba. Con los años lo adorarían. Pasa lo mismo ahora. Tener a treinta y cinco millones y pico de personas leyendo un texto matizado, literariamente pulido, bondadoso, semióticamente complejo y lleno de maravillas no es poco, no es poco. Algunos se cortarían una falange (ups) para tener la mitad.

Una incapacidad. ¿Cómo se superan las barreras del lenguaje, las generaciones, las convenciones estéticas? Para convencer de la nobleza de mi propósito, ¿modularé las vanas, vacías palabras como los gloriosos predecesores? ¿Romperé las convenciones usando el registro, y algo de la fuerza reflejada, de la juventud? Permitidme el cachondeo: es característica de los felices. Sin embargo, siento una impotencia. Os hablaré de The Wandering Inn, pero acaso no escucharéis. Los juntaletras lanzamos palabras a un torbellino y allí crecen y se alejan de nosotros: para ser ignoradas, para acertar, para errar. Hay que intentarlo. Fallar mejor cada vez. Tomarse menos en serio. Ya vendrá alguien que nos mejore. Pero cuánto merece mi materia ser conocida, y prestigiada, por mis paisanas.

Quiero invitaros, con un tuteo afectuoso, a The Wandering Inn. Los académicos de hoy no han oído hablar de ella, pero los de mañana no callarán. Cuando termine —si termina, como es el destino de tantos mundos imaginarios quedar inacabados, como si su apertura espacial fuera antitética con el hecho mismo de cerrar un relato— será la obra escrita en inglés de mayor longitud. Probablemente la obra escrita de mayor longitud, a secas. Esto escasamente prueba su valía, pero creedme: pediréis más. Se os hará poco. La narración será como un gato, siempre en la periferia de la visión, acompañando sin exigir, dulcemente echada de menos cuando no toca capítulo. Será como una puerta al jardín de las hadas. Será como otro mundo que habitar, y del que volver purificados. Antes de que la IA generativa, hermosa herramienta armada por multinacionales, enarbolada por bots, multiplicada por inconscientes, acabe con este Internet que conocimos (está ya en un monstruoso crepúsculo), las condiciones materiales del inicio del XXI han permitido la existencia de un texto como The Wandering Inn. No la aseguraban, pero la han permitido. Una comunidad acompañante, una autora misteriosa que escribe como si le faltase vida para derramarse sobre el papel, un público global, wikis y paratextos para acompañar. ¿Se puede pedir más? Yo digo no.

¿Cómo os convenzo de que crucéis este umbral, o, como poco, de que lo vislumbréis como parte del mismo horizonte en que ya se recortan los próximos autores canónicos? Creo que la mejor forma es ser atrozmente escandaloso e impreciso. The Wandering Inn es, a la literatura del siglo XXI, lo que el Quijote a la del XVI peninsular. Y, ante su sombra, no se empequeñece. Esta narración, juntamente con la esperanzada, surrealista, romántica, excesiva One Piece (Eiichiro Oda, 1997-actualidad), haría sonreír tiernamente a Cervantes. El Quijote es, y no por casualidad, uno de los textos más referenciados en la fantasía contemporánea. Estas novelas, todavía denostadas, son sus herederas, mucho más que muchos más que se esfuerzan en vender autofelaciones de ingenio escaso e ídem fundamento.

En The Wandering Inn (pirateaba, 2016 en adelante) seguimos a Erin, a Ryoka y a otros terrícolas que han aparecido, por motivos inciertos, en otro mundo en el que deben sobrevivir y que exploran. Erin funda una posada; Ryoka se gana la vida corriendo de un lado a otro. En este mundo que ahora habitan existen clases (tabernera, soldado, dama, princesa) y habilidades (paso doble, que permite moverse más rápido) que se van asignando conforme los personajes suben de nivel. Si has nacido en la realeza, estás de suerte. Esta mezcla de textos, un palimpsesto videojueguil, permite generar una fantasía de progresión en la que las clases y los niveles condicionan, aunque no determinan, el prestigio de los personajes en el mundo narrativo, que se configura como un juego. Y en este mundo imaginario cabe todo: otras especies, damas maquinadoras, esqueletos parlantes, goblins marginados por el propio sistema del mundo, emperadores ciegos, grandes batallas y capítulos enteros dedicados a la economía y la cotidianidad, reyes dormidos, mazmorras terroríficas, insectos antropomorfos, médicas desesperadas en un mundo sin antibióticos, dragones aburridos, hadas shakesperianas, brujas, justas y ruines, guerras contadas por historiadores capciosos, nigromantes terroríficos, colegios de magia, ciudades asediadas por la guerra, dioses muertos… Si pensáis en algún motivo del género fantástico, es muy probable que lo encontréis en las páginas que componen el posadaverso.

Y, sin embargo, mis palabras pobres no captan la profundidad ni la magnitud de su invención. No captan cómo se describe la optimista dignidad de Erin, sola en un mundo hostil, que decide defender a los desheredados indefendibles (los goblins) desde el inicio y a toda costa. No capta la tragedia del genio nigromante, Pisces, indolente y condenado al ostracismo por hacer aquello a lo que se siente llamado. No puedo expresar —para eso están las narraciones— el terror de los pasillos de una mazmorra que vomita monstruos bajo una ciudad. Se me escapa la condensación precisa de la complejidad de relaciones entre dracónidos, insectoides, gnolls y humanos, o de la psicología de personajes que son tan difíciles de describir como coherentes al leer. Mis palabras, lectores, no captan —no pueden captar— el poder estético de sus mejores momentos, la sublimidad (belleza y terror) del mundo imaginario, la identificación con los personajes que solo una forma tan larga, y tan única a nuestro siglo, puede generar.

Tiene defectos, este texto que me es tan querido. Para empezar, es largo. La inmersión en el mundo narrativo, joya y feudo de la fantasía, es completa y minuciosa, y también demorada. Describir otra serie de condiciones culturales y materiales, psicológicas o raciales es interesante; lleva tiempo y tacto integrar a personajes en un mundo ancho de belleza sublime. El ritmo narrativo es desigual; y su tono, irregular: contiene en sí muchas historias de texturas y velocidades muy diferentes. Pero, como todos los buenos libros, compensa sus defectos con puro poder estético; las estructuras literarias y comunicativas combinadas con las ideas más elevadas que hemos sido capaz de cristalizar: esperanza, dignidad, ternura, bondad. En palabras del siempre presente Bergoglio, en uno de sus textos más importantes, sana y enriquece nuestra sensibilidad.

¿Qué es una posada? Un lugar donde te encuentras con historias vagabundas, donde mucha gente, cada uno con su propia trama, a falta de otra palabra mejor, se entrecruza y afecta y comparte un momento antes de volver a sus asuntos. En muchos sentidos, una posada es un mundo, en el que se encuentran aventureros, marginados huérfanos, escapados, nobles, trabajadoras. The Wandering Inn trabaja sobre esta metáfora del mundo como posada y la opone, en una antítesis muy productiva, a la metáfora del mundo como juego en el que hay ganadores y perdedores. La posada es el refugio contra la competición. Un espacio liminal, dionisíaco: ni aquí ni allí, pero pasándola bien. La responsabilidad, el dulce afecto, la ligereza, la aventura son de la posada; a los crueles juegos pertenece la descarnada lucha entre iguales, la rigidez clasificatoria, las rayas en la arena que separan al nosotros del ellos.

Esto es la base de estos textos y, si la saga utiliza muchas convenciones narrativas de los videojuegos (las clases, las habilidades, los niveles), no es solamente para que los personajes vayan progresando y sigan esta estructura narrativa, muy yanqui, del from rags to ritches, sino que también es para encarnar esta dicotomía. El juego es injusto. Hay que romper el juego. La saga toda se articula en torno esta noción lúdica; y metaforiza, por medio de su sistema de clases, los estratos sociales, genéricos, culturales, étnicos. Nos han hecho enemigos desde el inicio, dice a Erin un terrible adversario. Diseñados así desde antes de nacer. Como el ajedrez, contesta ella, como piezas en un juego. Y el malvado intenta romper el tablero, pero el tablero no se rompe. Toda la muerte que ha provocado es terrible; más terrible todavía el sistema que lo incita. Brr. Escalofríos. El mundo se plasma como un tablero en el que desde el principio hay piezas, hay perdedores y hay manos que las mueven. Dice Borges: «Dios mueve al jugador, y este, la pieza / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonía?». Hay mucho de los laberínticos espejos de Borges en los mundos imaginarios; mucho de romántica ansia de libertad, de belleza, de trascendencia. Mucho de naufragio en un mundo inabarcable. Mucho de posada.

Pero he prometido Quijote, y Quijote he de entregar. The Wandering Inn es un Quijote. Vive y crece a su sombra, y se le encara.

Dice Bajtin, y comenta el añorado Lázaro Carreter, que Cervantes habría sido el primero en abrir el relato a los múltiples tipos de discursos, cada uno con su propia retórica: los de las calles, templos, palacios, libros. Lo mismito hace Pirateaba, que trae el inglés contemporáneo de los terrestres a un diálogo con el lenguaje roto de los goblins, los giros de los mercaderes, los discursos pomposos de los magos, la gravedad de los reyes, la sagacidad de las damas, la intemporalidad de las hadas, la atemporalidad de las brujas, la fraseología de otro mundo. A su vez, Riley comenta que el Quijote es una novela de múltiples perspectivas, en la que Cervantes observa el mundo desde los puntos de vista de los personajes y del lector en igual medida que desde el punto de vista del autor. La gran tendencia narrativa de la fantasía del XX/XXI, es decir, el narrador omnisciente en tercera persona con perspectiva limitada, focalizado internamente en un personaje, impregna The Wandering Inn, que se permite también cambiar a otros modos de narrar: de la primera persona al narrador-cámara. Toma perspectivas. Por su lado, Martín de Riquer enfatiza la habilidad cervantina para individualizar a los personajes, por su modo de hablar y sus rasgos morales. Nada que una de sus herederas, Pirateaba, no aproveche y desarrolle en incontables páginas de caracterizaciones sutiles. Por supuesto, tenemos también la erinización de Ryoka y la ryokización de Erin, émulas del proceso quijotizador y sanchificador. Una se torna más pragmática, la otra más ligera e idealista. ¿Quijote? Nah, The Wandering Inn.

Más, que hay más: se ha subrayado, y con tinta de la que traspasa —lo hace Madroñal, por ejemplo, y la idea es de Américo Castro— la idea de que el Quijote es summa de muchos de los géneros literarios del siglo anterior (novela pastoril, de caballerías, picaresca, morisca, bizantina…) y, de hecho, el texto de Cervantes interpola relatos que se pueden enmarcar sin problema en muchos de esos géneros. ¡Helo aquí, que en The Wandering Inn nos encontramos interpolaciones también; un género nuevo cada gavilla de capítulo! ¡Relatos darkacadémicos, novelas históricas propagandísticas, novela bélica, slice of life, fantasía épica de conquista, terror psicológico, romance epistolar, comedia romántica, el mazmorreo más canónico, descripciones políticas sobre la construcción de imperios, ficción existencialista, romance caballeresco, terror cósmico, capa y espada, novela de deportes…! Todos los géneros de los últimos setenta años, reunidos bajo una misma posada.

Y si en el Quijote el conflicto entre ilusión y realidad es central, no lo va a ser menos en la que ya es nuestra saga. La contraposición entre el idealismo falible de Erin y el falible pragmatismo de Ryoka es prueba suficiente, sin ahondar en la caterva de personajes secundarios y subtramas en las que el conflicto se repite y profundiza. Conjuga también The Wandering Inn lo útil y lo dulce. Se examinan conflictos éticos de calado. Un rey noble, justo y generoso que, ¡ouch!, acepta la esclavitud y execra la democracia lleva a los personajes a tener que posicionarse ante él y defenderlas; las ideas de libertad, opresión estructural, adoración de personas carismáticas, pacifismo y supervivencia, la moralidad de la necromancia o la capacidad de la tecnología para alterar negativa y positivamente al mundo se discuten en profundidad. La protagonista, Erin, que comienza la historia sufriendo una paliza por parte de un goblin, establece pronto que la primera regla de su posada es que «no se matan goblins». Así, al viejo conflicto de Tolkien sobre los orcos (¿son innatamente malvados? ¿Están étnicamente marcados? En tanto criaturas de la corrupción, ¿se pueden salvar?), The Wandering Inn opone un principio tan simple como que acoger es un imperativo moral; que hay que hacerlo aunque duela o seamos torpes; que el santuario no entiende de querencias individuales y que la monstruosidad es, sin que medie violencia, cuestión de perspectiva. La exploración de la cultura goblin evita maniqueísmos propios de obras menores y se las apaña para mantener un centro moral claro mientras lo hace. También la de las personas-insecto. En este bazar tenemos de todo.

En fin. Podría seguir, pero ya estarán llamando a mis amigos y conocidos para que me ayuden a gestionar este rapto. Una cosilla más. En una conferencia para la Fundación Juan March, el profesor Jorge García López hablaba sobre la relación de res y verba, las cosas y las palabras, en el Quijote, y concluía que Cervantes incluía de forma sugerente que solo lo cotidiano es real. Bien. Esto puede ser cierto, pero The Wandering Inn propone, como muchos mundos imaginarios, que muchas más cosas aparte de lo cotidiano son de verdad, nos afectan y no solo eso, sino que nos configuran. El uso gozoso de la imaginación hace que las convenciones de un género que tiene que ver con el subjuntivo, con la irrealidad con lo que no es y nunca será, pero existe, proponga, desde un humanismo tierno, una respuesta diferente, pero muy cervantina, a la relación entre las palabras y las cosas. No solo lo que tocamos, dicen estos mundos, existe; lo que no tocamos y lo que no vemos nos rodea, nos alimenta, nos aniquila.

Entiéndase esta contienda como la que Quijano mantiene con el cura docto de su pueblo, y con el barbero, sobre cuál es el mejor caballero, si el Palmerín, el Amadís, el Galaor o algún otro. Entiéndase, por favor, como un divertimento cariño de quienes gozan las promesas de inacabables aventuras de los libros. Lo decía Le Guin: el don de los grandes narradores es contar las mismas historias una y otra vez, pero novedosas, capaces de renovar a uno mismo y al mismo mundo. La autora de La mano izquierda de la oscuridad también dejó dicho que los escritores que deseen que no solo sus contemporáneos entiendan sus historias, sino que también las hollen quienes habitan en otros lugares y tiempos, pueden elegir contarlas en un modo más común, más profundamente humano: la fantasía es ese modo. The Wandering Inn es un monumento, solo posible en este momento histórico, profundo y vasto como los continentes falsos que describe, complejo como sus técnicas narrativas, honesto y limpio como muchas de sus posiciones éticas. No es el Quijote, pero es un Quijote. Y no sé vosotros, pero yo prefiero vivir en un mundo de Quijotes y no de Quijote.

Harper Collins ha empezado a publicarla en físico, leo. A partir de septiembre existirá en Europa. Imagino que la traducción tardará un par de años. El éxito de Carl el mazmorrero, una serie entretenida, ultraviolenta y algo sardónica, animará a que la litrpg se publique por medios tradicionales. Y The Wandering Inn tiene potencial. Editoriales a las que conciernan, ¡oíd, oíd! Tenéis la ocasión de traducir esta maravilla, e, incluso, de anotarla o hacerle un estudio para disfrute del futuro. La recompensa vendrá andando el tiempo: será como ser el primero que divisa tierra nueva, o el niño que convence a su padre para publicar a Tolkien.

Aquí lo leyeron primero. The Wandering Inn es un Quijote. Una maravilla en una época de maravillas y terrores. Un mundo totalizado con ambición y aliento estético mayúsculos. Un logro literario sobresaliente, cuya ética y sentido del asombro harían sonreír a Tolkien y divertirse a Le Guin. Un cometiempo, una ventana a otro sitio, un conjunto de géneros desprestigiados. Una pasada, estimados.


Fran Liñeira (Compostela, 1992) es investigador, escritor y docente. Estudió una serie de cosas, la mayoría nutritivas, otras no tanto. Lee con interés a muertos y muertas, pero no desprecia a los vivos. Ha publicado artículos en torno a la crítica cultural y la literatura especulativa en Contrapunto o Amberes. Actualmente prepara una tesis sobre fantasía, mitología e ideología en La Rueda del Tiempo.

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