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El silencio de las sirenas

/ por Antonio Monterrubio /

Originalmente, las sirenas griegas formaban parte de la poco recomendable troupe de daimones femeninos. Eran criaturas aladas con cabeza y torso de mujer, especializadas en atraer y destruir a quienes tenían la desgracia de topárselas. Su embriagadora llamada llevaba a los hombres a la ruina aunando belleza y devastación, luz y tinieblas. Ahora bien, esa voz hechicera las emparenta con las mucho más benévolas musas. Si estas emiten sus cantos al servicio de Apolo y la sabiduría, aquellas están ligadas a Perséfone y la muerte (García Gual: Diccionario de mitos). Sin embargo, un aspecto relegado de las sirenas míticas es que su canto procura sapiencia. Sus ensalmos hacen al marinero una oferta difícil de rechazar.

«Ulises […] acércate y detén la nave para escuchar nuestra voz […] todos se van después de recrearse con ella, sabiendo más que antes; los trabajos sabemos que allá por la Tróade y sus campos padecieron argivos y troyanos por voluntad de los dioses, y sabemos también cuanto ocurre en la fértil tierra» (Homero: Odisea).

Lo que le es prometido al héroe no tiene desperdicio. Odiseo escucha la melopea de las sirenas sin temor por su integridad física, siguiendo al pie de la letra los consejos de Circe. Tapa con cera los oídos de sus compañeros, y se hace atar fuertemente al mástil de modo que le sea imposible liberarse. Hombre prevenido vale por dos, y si es Ulises, por algunos más. Arrostrará el peligroso trance y podrá irse llevando un bagaje de saber y belleza que ha costado la vida a muchos. Es de resaltar que los otros intrépidos aventureros que sortean la destrucción con una sola baja, los argonautas, no han oído ese canto. Orfeo sepultó con el suyo propio el de las pájaras.

En el helenismo, en especial alejandrino, terminan transformadas en hermosas y arrebatadoras hetairas de melodiosa voz, capaces de perder al más confiado. De ahí a una visión neoplatónica que las hace alegoría de los placeres mundanos que mantienen al alma prisionera de la materia y la carne, solo hay un paso. Su afiliación al estereotipo de la mujer fatal y la Belle dame sans merci ya está en marcha. Un epigrama de Marcial las estigmatiza como «el alegre azote de los navegantes, su deliciosa muerte, su goce cruel».

Para los Padres de la Iglesia, simbolizaban tanto el placer mortal como el saber mortal (Rahner: Mitos griegos en interpretación cristiana). En realidad, nada que no estuviera ya en sus orígenes helénicos. Sabedores de que los mitos siguen vivos en las conciencias, no dudan en oponer las musas buenas a esas malvadas y traviesas criaturas. Consideran a las primeras representantes de la desnuda belleza de la verdad, muy preferible a la siempre sospechosa desnuda verdad de la belleza. Aquellas invitarían al puro cultivo de la ciencia, y estas a la persecución del placer.

A medida que vayan surgiendo devociones contestatarias, los teólogos oficialistas volverán a insistir en el símil de las sirenas y sus fatídicas melopeas. El remedio es el habitual. No atiendas ni evalúes otras ideas, no vayas a extraviarte. Alergia al contraste de opiniones, al debate con razones y argumentos. Limítate a creer, no pienses. Son constantes las alusiones a la hazaña de Ulises, ignorando que este retorna a casa más sabio precisamente porque ha escuchado el canto de las sirenas. Las preocupaciones de los pastores por sus ovejas siempre prontas a descarriarse se traducen en un axioma que es la exacta inversión del posterior kantiano: ellos recomiendan, hasta exigen el «niégate a saber». La pregunta es desterrada, el «¿por qué?» deviene herético. Solo se permitirá el derecho a contenidos masticados y predigeridos.

La relación con el conocimiento se va olvidando, y la promesa de las sirenas se ve reducida al erotismo. Son hermosas rameras que inducen a la lujuria infame, culpables de despertar «aquella fuerza por la que la carne se excita y alborota» (Ambrosio: Comentario a los Salmos). El rico simbolismo griego se devalúa progresivamente en una irreal alegoría de los placeres sensuales. Son la encarnación de la demoniaca voluptuosidad que han de superar los atletas de la Salvación. Para el cristianismo, simbolizaron los tres enemigos del alma —mundo, demonio y carne— que amenazan con hacerla zozobrar y atraparla en el abismo con sus tentadoras salmodias.

Desde la Edad Media, la iconografía más difundida hace de ellas mujeres-pez. Los seres fabulosos pisciformes no eran desconocidos en la Antigüedad. Las tritonisas griegas, compañeras de los tritones, eran corrientes en las artes decorativas. El monstruo marino Escila, de torso y rostro femeninos y enroscada cola, debió de ser una de las fuentes de las sirenas acuáticas. Dado que aparece en el mismo Canto XII de la Odisea que ellas, la superposición de ambas figuras fantásticas es perfectamente explicable.

El siglo XII es el momento en que la mujer-pez se impone a la mujer-pájaro. En el románico conviven las de cola única con las bífidas, más abundantes por su fácil adaptación a los marcos arquitectónicos. Las de doble extremidad no presentan un aspecto especialmente seductor, mientras que las de una sola suelen ilustrar el paradigma de belleza femenina de la época. Las primeras son ornamentación, las segundas tentación. En el gótico proliferan las sirenas coquetas, de hermoso semblante, delicadas formas y poblada melena. Muchas portan instrumentos musicales o se peinan graciosamente. «El pez y el espejo eran los emblemas de la prostitución, y el espejo, considerado como objeto mágico, era atributo de la mujer impura» (M.a Isabel Rodríguez: Las sirenas: evolución de su iconografía medieval).

El periodo final del siglo XIX, mediante simbolismos y decadentismos diversos, asistió a la aparición de variantes perversas y casi caníbales (Bornay: Las hijas de Lilith). Características son las obras pictóricas que se complacen en la glosa del terror que despiertan. En Ulises y las sirenas, Draper las retrata asaltando por la proa la nave del rey de Ítaca. Son sílfides pálidas y anoréxicas, imagen de lo que la época considera peligrosamente irresistible. La sirena medieval era alegoría de la mujer en función de complemento agente de tentación y ocasión de pecado. Ahora es sujeto activo de perversión y vicio. Pero en cuanto a visión decadente de la criatura acuática, la palma se la lleva El poeta y la sirena de Gustave Moreau. Poderosa y cruel, tiene a sus pies a un vate lánguido y andrógino. Estamos en el reino de la femme fatale, la vampiresa sin compasión que devora hombres para cenar.

En Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Bruno Bettelheim establece como diferencia esencial «el final, que en los mitos suele ser trágico, mientras en los cuentos de hadas siempre es feliz». Basándose en ello, clasifica La niña de los fósforos o El soldadito de plomo de Andersen entre los primeros, y su La reina de las nieves dentro de los segundos. La regla de oro es si el desenlace transmite o no un sentimiento de consuelo. Con esas premisas, La sirenita correspondería al mito. Estamos ante otro espécimen de sirena: la enamorada.

En el Ulises de Joyce, las sirenas son las camareras Lydia Douce, «de pelo de bronce», y Mina Kennedy, «de pelo de oro». Parapetadas tras la barra del bar, muestran a los presentes una mitad superior del cuerpo sugestiva y atractivamente ataviada. El tren inferior, en cambio, lleva ropa cómoda y chancletas. Dos motivos reinan en estas páginas. Por un lado, la música y el canto, como ya anuncia la inicial enumeración de cincuenta y siete elementos verbales que van a ir apareciendo a lo largo del capítulo. Es el equivalente a la obertura de una ópera. Y por otro, el deseo, escenificado en el flirteo epistolar de Leopold con Marta, y sobre todo en su dolor por el nada literario y muy carnal de Molly con Boylan. Las sirenas son ahora meras espectadoras. Las alegrías y las penas del hombre vienen de dentro. Son creación y responsabilidad suya.

En el apólogo de Kafka El silencio de las sirenas, su melopea fascinante se apaga. «Pues estas tienen un arma más terrible aún que el canto: su silencio. Aunque no ha sucedido, es quizás imaginable la posibilidad de que alguien se haya salvado de su canto, pero de su silencio ciertamente no». Cuando al llegar Ulises ellas enmudecieron, él «no oía su silencio, creía que cantaban». Puede que ese fuera siempre su truco: hacer escuchar a las víctimas su propia voz interior. O tal vez el fértil en astucias «notó realmente que las sirenas callaron», y se burló de la credulidad y de los prodigios simulando que era sensible a ellos.

También podría ser, quién sabe, que los intrépidos navegantes pequen de vana presunción. Pues nada certifica que ellas los consideren dignos de su interés. Acaso permanezcan ajenas a su paso y sus afanes. Cabe evocarlas ensimismadas en sus juegos y su mundo, indiferentes ante curiosidades impertinentes.

I have heard the mermaids singing, each to each.
    I do not think that they will sing to me.
    I have seen them riding seaward on the waves
Combing the white hair of the waves blown back
When the wind blows the water white and black.

(He oído a las sirenas cantándose unas a otras.
No creo que me canten a mí.
Las he visto galopar mar adentro sobre las olas
peinando el blanco cabello de las olas que rompen a su espalda
cuando el viento sopla sobre el agua blanca y negra.)

(T. S. Eliot: The Love Song of J. Alfred Prufrock)


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024), El serano (Castilla Ediciones, 2025), Antígona viveEl tiempo en llamas y Una época formidable. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en Nueva Tribuna, Nueva Revolución y Diario del Aire. Colabora con la revista El Viejo Topo.

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