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Más armas

/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /

La repugnancia de la mayoría a esforzarse sinceramente por lograr un entendimiento político, por tener conocimiento de las cuestiones sociales y, además, hacer que el esfuerzo redunde en el bien general, incluida la educación, es idéntica a la vulnerabilidad de la democracia.

M. Horkheimer

Sorprende un poco y decepciona mucho comprobar que los viejos mecanismos de manipulación de masas conservan toda su funcionalidad, toda su eficacia, lo mismo en la aldea global que en la medieval, en la montonera del ágora clásica que en la de Internet. Investigadores sociales, filósofos, hasta simples novelistas lo han desentrañado y puesto en evidencia, una y otra vez, palmariamente, y sin embargo el mecanismo funciona tan bien como el primer día: fabricación del enemigo, inducción del miedo, propagación del sentimiento de amenaza; advenimiento del salvador, filiación incondicional al líder y al grupo, demonización (deshumanización) del adversario; y también: estabulación social, infantilización de la ciudadanía, estigmatización de cualquier forma de disidencia o desafección con respecto al Pensamiento Único, que incluye tanto el diagnóstico como el tratamiento de los males sociales. Es tan obvio y tan cutre que provoca sonrojo, pero funciona, una y otra vez, sin desgaste. «Es muy burdo», podríamos decir, «pero vamos con ello».

Amo se pronuncia, dicta, y su palabra es La Palabra, que corre y se amplifica por todos los medios, y se establece, se impone. Palabra de Dios: te alabamos, Señor. Después de azuzar convenientemente los avisperos del mundo, después de perturbar, provocar y malmeter, Amo dice que tenemos que comprar más armas, que tenemos que comprárselas a él (obvio) y que debemos hacerlo «por nuestra seguridad». Después de meterse en nuestra casa (en nuestro jardín, diría Josep Borrell) y provocar el caos, Amo dice que tenemos que defendernos solos, que no va a estar él ahí siempre para resolver nuestros problemas. Amo ordena que le compremos más armas para que así podamos resolver nosotros mismos, nosotros solitos, nuestros propios problemas, en los que él no tiene nada que ver, pero luego vuelve a entrometerse, y lo resuelve todo a su conveniencia, y sus soluciones son nuevos problemas para nosotros, para todo dios menos para Él. Pero su palabra es La Palabra y La Palabra es la ley. La negra palabra del Amo se propaga como el humo negro. Como la suciedad, como la enfermedad. Será por mensajeros, será por mendrugos, de pan y de los otros. Será por televisiones, por periodistas, por «analistas». Y ay del que no manche y se manche, ay del que no comparta La Palabra.

Podríamos o deberíamos preguntarnos si la necesidad de saber y la necesidad de creer son en última instancia la misma cosa. Si acaso tienen el mismo origen, cuando menos. Qué vacío evidencian, qué flaquezas, qué estupidez; qué miedo, qué desasosiego, qué incapacidad cubren el credo y el conocimiento. Quizá sea lo mismo, pero no es lo mismo. Siempre que hemos querido saber nos han endosado artículos de fe. Y aunque no quieras. Miras al cielo, al vecino, al espejo, miras queriendo saber y te cae un telediario, un catecismo, un influencer; un «líder de opinión», un miembro de la liga mundial de cuñados que todo lo saben. Razón y fe, esa vieja pareja de baile que no es pareja sino oposición, y sin embargo siempre así, siempre pisándose los pies, ni contigo ni sin ti. Quizá sea lo mismo, pero no es lo mismo: se cree a favor, diciendo amén, claro que sí; se razona a la contra, diciendo no, cómo es eso, vamos a ver.

Amo viene ahora con aranceles, aranceles para todo Dios, y los va desglosando en una pizarrita, en plan majadero total. Aranceles como sentencias o destinos, como un nuevo y cutrísimo oráculo. Cutre, sí, cutrísimo, como su gusto por exhibirse estampando y mostrando su firma hortera, horterísimo todo. Pero no deja de ser el puto Amo, sobre todo si los demás insistimos en abrazarnos a nuestro carácter y destino de siervos. Y dice a ti te pongo tanto y a ti cuanto, y dice además que solo nos hemos unido para joderle, y que quieto todo el mundo y que si se nos ocurre mirar hacia otros lados y otros Amos, estaríamos cortándonos el cuello, que mucho mejor haríamos poniéndonos a la cola de los que esperan para lamerle el culo, que sin duda ha de tener la mar de suave y reluciente.

En sus lecciones magistrales sobre la Escuela de Frankfurt, la profesora Laura Sotelo se refiere a Dialéctica de la Ilustración, publicado por Adorno y Horkheimer en 1944, como uno de los hitos de aquel grupo de investigadores, y señala que su tesis principal era «la recaída constante de la razón en mitología». Y también, en palabras de la propia Sotelo, que glosan las de A&H, que «la historia de la civilización occidental es la historia de la represión del individuo, de la represión social». Podemos discrepar, claro que podemos, pero hay que elevarse un tantico para hacerlo. La represión, por supuesto, se ha hecho siempre a base de palos. De garrotes, hogueras, rifles, pelotas de goma, picanas. Pero también se ha hecho siempre a base de palabras. De mitos, literatura, credos, propaganda. Tanto los Estados totalitarios como las democracias recurren a los palos y a las palabras, porque sin duda hay momentos para todo, pero lo que le llueve hoy a diario al ciudadano occidental no son palos, es lo otro.

Los de Frankfurt advirtieron también, espantosamente, que la democracia no se opone al totalitarismo sino que conduce a él, es su fase previa, su estado germinal. Tenían en su presente y en su propia casa la demostración más incontestable de ese aserto terrible. La democracia, también o especialmente en las sociedades «ilustradas» (Goethe, Kant, Heine, Hegel, Mann…), recae en el totalitarismo como recae la razón en el mito, el pensar en el creer.

Adorno y Horkheimer no propugnaban en modo alguno, con su crítica de la Ilustración, el retorno al oscurantismo, muy al contrario: señalaban las fisuras y corrupciones que podían hacer, e hicieron, que el impulso hacia la luz acabara en el pozo más negro y trágico de la historia. Otro tanto cabe decir de la democracia, de nuestra crítica de la democracia, que igualmente quisiera contribuir a evidenciar fisuras y corrupciones que acabarán suponiendo (que ya suponen) su misma negación. También hoy parece muy posible que lleguemos democráticamente, o que hayamos llegado ya, a formas de gobierno antidemocráticas, como estas que tan escandalosamente se aplican a desmantelar lo público, o como las que nos imponen su dictamen crematístico-militar y sus repugnantes homilías belicistas, las que ya nos están preparando para la próxima guerra. Y nadie contradice la Palabra, nadie se atreve a decir que el emperador está desnudo y que solo se trata de negocios, obviamente de los suyos, que pasan —ya se sabe, ya lo sabemos desde hace mucho— por mandar a miles, o a millones, al matadero cada cierto tiempo. Es obvio, es muy burdo, pero no se dice, no se denuncia. No se planta nadie.

«El mundo se feudaliza», advertía Pablo Batalla recientemente hablando de otra cosa, pero no es otra cosa, es lo mismo; «adviene un nuevo medievo», a lo peor, y nuestra crítica a la democracia, nuestras diatribas contra democracias que llevan al poder a sociópatas como el puto Amo, contra los lacayos que hemos puesto al frente de nuestras democracias ciertamente degradadas, podridísimas, cada vez más aparentes que reales, más llenas de fisuras y corrupciones, quieren ser justamente una contribución a la tarea urgente de preservarlas. Ojalá sean también miles, o millones. Porque necesitamos más armas, por supuesto, muchas más, pero de las otras.


Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.

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