/ Los últimos días de la humanidad / Michel Suárez /
Un precursor de otro tiempo, Sigmund Freud, escribió que uno de los procedimientos más seguros para provocar estupor en un ser humano es generar la duda sobre si la persona que nos habla es un ser vivo o un autómata. El siglo XXI ha normalizado este estupor gracias a herramientas como el ChatGPT, un programa de Inteligencia Artificial que, como toda innovación tecnológica, fascina y atemoriza. Para los escépticos, esta herramienta supone un gran mal, pues pervierte el concepto de verdad y entraña la imposibilidad de confiar en el prójimo. Por el contrario, a ojos de los optimistas, las consecuencias —políticas, culturales, sociológicas, psicológicas y ecológicas— carecen de importancia, ya que la Inteligencia Artificial supone la culminación de una utopía inextinguible: la perfectibilidad humana.
El dilema, pues, está servido: ¿debemos alinearnos con quienes no están dispuestos a que un injustificado temor anule la capacidad humana de mejorar sus prestaciones? ¿O, por el contrario, haremos coro con quienes auguran el fin de la humanidad, precipitado por la «mejora» de la experiencia sensible y la «ampliación» de nuestras facultades?
Vayamos sin más dilación al meollo de la cuestión, y examinemos un texto emblemático, el Manifiesto tecno-optimista (2023) de Marc Andreessen, cofundador de Netscape y uno de los primeros postadolescentes en forrarse con las tecnologías digitales, para ver qué postula, y qué esconde, este influyente propagandista del aceleracionsimo tecnológico. El Manifiesto comienza con un cómico victimismo:
«Mentiras.
Nos están mintiendo.
Nos dicen que la tecnología nos quita nuestros trabajos, reduce nuestros salarios, aumenta la desigualdad, amenaza nuestra salud, arruina el medio ambiente, degrada nuestra sociedad, corrompe a nuestros niños, perjudica nuestra humanidad, amenaza nuestro futuro y está siempre al borde de arruinarlo todo».
De acuerdo, la mentira gobierna el mundo. ¿Y quienes son los malintencionados esparcidores de estas alarmas? Todos aquellos que niegan al hombre su «derecho sobre la naturaleza» y la «capacidad de construir un mundo mejor». Como buen cartesiano, Andreessen enarbola el derecho del hombre a ser «dueño y señor de la naturaleza», una conquista lograda mediante la incesante excitación de las fuerzas productivas. «Nuestra civilización se construyó sobre la tecnología», «se basa en la tecnología», declara satisfecho, para, seguidamente, y en su calidad de profeta, anunciar sin falsa modestia: «Estoy aquí para traer la buena noticia» de que, bajo la «bandera de la tecnología», avanzaremos «hacia una forma de vida y de ser muy superior».
«Todo lo bueno es consecuencia del crecimiento», prosigue, con tono autoritario. «Una sociedad que no crece se estanca, y el estancamiento conduce al pensamiento de suma cero, a la lucha interna, a la degradación, al colapso y, en última instancia, a la muerte». Y tras esta refutada superstición, saca de su chistera de exageraciones el conejo de una portentosa productividad laboral desencadenada por la Inteligencia Aumentada, que a su vez impulsará la demanda y el crecimiento salarial, «sin límite superior».
En el Manifiesto no falta el obligado rosario de leyendas sobre el mercado y sus poderes para «sacar a la gente de la pobreza» Andreessen, ni de lejos el más agudo de los exégetas del mercado, repite las habituales fantasías sobre los beneficios sociales de ser egoísta: «Creemos que los mercados son una forma inherentemente individualista de lograr resultados colectivos superiores». ¿Dónde reside el secreto de esta alquimia? En que los mercados «explotan lo mejor de nosotros para beneficiarnos a todos», son «el modo en que cuidamos a la gente que no conocemos».
Pero, además de reproducir vaguedades sobre la libertad de comercio, Andreessen se las da de profundo conocedor de las motivaciones del hombre: «El ser humano no fue creado [¡¿fuimos creados?!] para ser criado; fue creado para ser útil, productivo y orgulloso». Así pues, esta criatura utilitaria fue concebida única y exclusivamente para desarrollar infinitamente la «máquina de tecnocapital» (Nick Land), una combinación de tecnología y mercados que actúa como «motor de la creación material perpetua, el crecimiento y la abundancia».
Esta maquinaria tecnocapitalista, mercados más innovación, «nunca termina», pues «crece en una espiral ascendente continua», siguiendo la inexorable Ley de Retornos Acelerados de Ray Kurzweil, ex ingeniero de Google y gurú de la Inteligencia Artificial. Basándose en ella, Andreessen afirma, contra toda evidencia, que «la maquinaria del tecnocapital trabaja para nosotros. Todas las máquinas trabajan para nosotros».
Ahora bien, ¿cómo logrará la maquinaria tecnocapitalista sostener esta perpetua ascensión? Mediante la concurrencia de tres factores: en primer lugar, gracias a la incorporación de personas inteligentes a la estructura de la máquina del tecnocapital. En segundo lugar, mediante la simbiosis de personas inteligentes y máquinas, generadora de nuevos sistemas cibernéticos, empresas y redes. Por último, la incorporación masiva de Inteligencia Artificial aumentará «las capacidades de nuestras máquinas y de nosotros mismos». En un futuro inmediato, las máquinas inteligentes complementarán a «los humanos inteligentes, impulsando una expansión exponencial de lo que los humanos pueden hacer».
El citado Ray Kurzweil asegura que en apenas una década «llegarán las primeras interfaces cerebro-ordenador, que, a través de nanobots, harán posible la fusión de la inteligencia humana y la computacional». ¿Y qué nos deparará la fusión con la máquina? ¿Qué resultará de toda esa nanotecnología incrustada en el cuerpo humano? Pues una fenomenal ampliación del cerebro, «que con el tiempo llegará a ser no biológico en un 99%». En otras palabras, las «partes digitales del cerebro superarán tanto en número como en rendimiento a las biológicas». Para 2040, concluye Kurzweil, tendremos a nuestra disposición una tecnología del «más allá» que permitirá cargar las mentes para su restauración. De esta manera, podremos hacer cosas increíbles, tan increíbles como comunicarnos telepáticamente con nuestro automóvil, un proyecto en el que se afana Elon Musk.
Volviendo a Andreessen, su Manifiesto alcanza la cima de la pedantería cuando escribe que, «literalmente, estamos haciendo que la arena piense». Y es que la Inteligencia Artifical es una suerte de una varita mágica para el género humano, la «mejor solución universal» a los «muchos problemas que resolver». ¿Qué problemas son esos? El más acuciante, salvar vidas. La «Inteligencia Artificial puede salvar vidas si se lo permitimos». ¿Cómo? Incorporándola a la medicina, que actualmente «está en la edad de piedra comparada con lo que podemos lograr con la inteligencia humana y artificial unida trabajando en nuevas curas». Aquí el tono se endurece: «cualquier desaceleración de la IA costará vidas». Después, se vuelve amenazante: «Las muertes evitables gracias a la IA cuya existencia se vio impedida constituyen una forma de asesinato». Asesinato… El argumento es contundente y resuelve las dudas de los escépticos: quienes no acompañen el rumbo del progreso tecnocientífico serán tratados como criminales y llevarán en su conciencia los muertos abandonados a su suerte (ya veremos más tarde de qué muertos se trata en realidad).
«Todos los avances de IA aplicados a la salud llevan a la velocidad de escape de longevidad alrededor de 2032», insiste Kurzweil. De ahí a la prolongación artificial de la existencia solo hay un paso. Hoy en día, «si eres diligente en el cuidado de tu salud y la nutrición puedes recuperar hasta cuatro meses por año gracias a los avances y la comprensión científica». Pero en 2032, «cuando vivas un año, recuperarás un año entero gracias al progreso científico». Esto se aproxima mucho a la inmortalidad, «pero no la garantiza», pondera; en todo caso, aunque «podemos morir en un accidente», «resolverá el envejecimiento tal como lo conocemos».
Andreessen, más eufórico que Kurzweil, no deja de avanzar buenas noticias y anuncia que, entre las «muchísimas causas comunes de muerte que pueden solucionarse con IA», se encuentran los accidentes de tráfico, las pandemias y el fuego amigo en tiempos de guerra. Hasta donde sé, limitar los desplazamientos y la movilidad motorizada, detener la devastación de áreas selváticas y prohibir las guerras, medios sencillos y eficaces de evitar estas muertes, aún no se le ha ocurrido a nuestro panfletista.
Sin ningún temor a exagerar las virtudes de las nuevas tecnologías, el autor del Manifiesto tecno-optimista se muestra convencido de que debemos «colocar la inteligencia y la energía en un circuito de retroalimentación positiva y llevar ambas hasta el infinito». De esta forma nos aseguraremos una sociedad de la abundancia y un consumo sin límites. Y atención, que con esta gente lo mejor está siempre por llegar: «creemos en hacer que todos sean ricos, todo barato y todo abundante». En cuanto a los medios para alcanzar «riqueza, fama, venganza», fines innegociables de la existencia, todas «las motivaciones extrínsecas son aceptables en la medida en que lo sean», afirmación que, ciertamente, no aclara mucho las cosas y abre un gran margen para la preocupación ética. ¿Debemos hacernos ricos por los medios que sean necesarios, incluyendo los más innobles? Pues claro, porque cuanto más egoísta sea uno, más ayuda a los demás a hacerse rico, y «ser rico es mejor que pobre, lo barato es mejor que lo caro y lo abundante es mejor que lo escaso». ¿A que nunca lo había visto de esta forma tan original?
Preguntémonos ahora por las fuentes de energía; ¿cómo conseguirá la maquinaria tecnocapitalista esta abundancia material ilimitada necesaria para crear una sociedad de ricos y famosos? Merced a la Providencia nuclear, que en todo este tinglado juega un papel decisivo. Afortunadamente, dice Andreessen, “contamos con la solución milagrosa para una energía prácticamente ilimitada y sin emisiones: la fisión nuclear”. Contar con estos milagros es, quién lo duda, una suerte enorme, pero suele despertar suspicacias entre los enemigos de la nuclearización; así, adelantándose a sus objeciones, les advierte de que su nerviosismo no está justificado: la energía nuclear “no tiene por qué expandirse en detrimento del medio ambiente”. Y de expandirse, esto lo digo yo, la humanidad no tendrá de qué preocuparse nunca más de nada.
Con intención de demostrar esta intervención providencial, Andreessen reproduce las palabras que el comisionado de Energía Atómica, Thomas Murray, pronunció en 1953: «»Durante años, el átomo en descomposición, empaquetado en armas, ha sido nuestro principal escudo contra los bárbaros. Ahora, además, es un instrumento otorgado por Dios para realizar la obra constructiva de la humanidad». Murray también tenía razón». Como también la tenía Richard Nixon, quien en 1973 impulsó el Proyecto Independencia, «la construcción de 1000 centrales nucleares para el año 2000, para lograr la independencia energética total de Estados Unidos». Lamentablemente, los prejuicios ecológicos y la moralina izquierdista de la época impieron que el proyecto prosperase. Y lo peor es que «las mismas malas ideas que prohibieron la fisión intentarán prohibir la fusión. No deberíamos permitírselo», desafía.
En resumen, «Nixon tenía razón»; la tecnología es «la solución a la degradación y la crisis ambiental», y si «no construimos las centrales entonces, ahora podemos hacerlo cuando lo deseemos». «¿Queréis energía perpetua y limpia? Escuchad a Nixon».
Por desgracia, los tecnooptimistas también tienen enemigos. Andreessen lo reconoce sin acritud ni rencor, porque en el fondo «nuestros enemigos no son malas personas, sino malas ideas». ¿Qué se podía esperar de una ciudadanía sometida durante «seis décadas» a una «campaña masiva de desmoralización» —contra la tecnología y contra la vida— bajo distintos nombres como «riesgo existencial», «sostenibilidad», «ESG», «Objetivos de Desarrollo Sostenible», «responsabilidad social», «capitalismo de las partes interesadas», «Principio de precaución», «confianza y seguridad», «ética tecnológica», «gestión de riesgos», «decrecimiento», «los límites del crecimiento»?
Estas ideas nefastas, «ideas zombis», son residuos colectivistas que, por razones incomprensibles, han mantenido su vigencia en esta era de la abundancia. Erigidas sobre el el estancamiento, el mayor obstáculo para la felicidad del género humano, las ideologías colectivistas abrazan, además, el criminal principio de precaución frente a los retos mayúsculos a los que nos hemos enfrentado como especie desde tiempos remotos. De haber sido respetado, el principio de precaución «habría impedido prácticamente todo progreso desde que el hombre dominó el fuego».
Este principio no es consustancial al hombre, pontifica Andreessen; es reciente y fue inventado «para evitar el despliegue a gran escala de la energía nuclear civil, quizás el error más catastrófico de la sociedad occidental en mi vida». Además de «profundamente inmoral», inflinge «un enorme sufrimiento innecesario a nuestro mundo actual», por lo que debemos suprimirlo.
En conclusión, es preciso, reitera, que esas personas, adoctrinadas durante décadas en los valores de la mesura, la prudencia, «la desaceleración, el decrecimiento, la despoblación», salgan de su error y renieguen del «deseo nihilista, tan de moda entre nuestras élites, de menos gente, menos energía y más sufrimiento y muerte». Deben entender que esa «mezcla de resentimiento, amargura y rabia» que experimentan «les lleva a mantener valores equivocados, valores que son perjudiciales tanto para ellos mismos como para las personas que les importan». En vista de ello, es deber de todo tecno optimista «ayudarles a encontrar la salida de su laberinto de dolor autoimpuesto», y convertirlos en aliados en la «búsqueda de la tecnología, la abundancia y la vida».
«¿A dónde vamos?», finaliza el Manifiesto; «¿qué mundo estamos construyendo para nuestros hijos? ¿Un mundo de miedo, culpa y resentimiento? ¿O un mundo de ambición, abundancia y aventura?». He aquí, expresado con toda franqueza, el sentido útimo de la vida: consumir hasta morir y diferir la muerte cada vez más hasta alcanzar la ansiada inmortalidad. Ya es tarde para lamentaciones: «Es hora de ser un tecno-optimista”».
Con esta arenga finaliza este pasmoso manifiesto, mezcla de indigencia teórica, mistificación histórica y delirio tecnológico, escrito con el trazo grueso del propagandista. Ciertamente, es absurdo pretender que un manifiesto adopte un tono (auto)crítico, pero aquí todo es inviolable, inapelable, todo es consuelo científico para una humanidad abocada a escoger entre dos abismos que, en fondo, son el mismo: Inteligencia Artificial o nihilismo. ¡Triste visión del animal humano!
Si no fuera porque se toman muy en serio a sí mismos y tienen acceso directo a los centros de poder, las fórmulas de estos líderes que parecen dirigirse a adultos infantilizados causarían sonrojo e hilaridad a partes iguales. Hacía falta una sociedad embobada por el fetiche del progreso para que una imaginación tan embarullada y audaz como la Andreessen, destacado contribuyente a la reelección de Donald Trump, pudiese ser tomada, a derecha e izquierda, mínimamente en serio. ¿Cómo explicar sino la recepción de este mejunje de determinismo histórico, historia natural, oscurantismo futurista (¿tecnología del «más allá»?), maniqueísmo («lo bueno», «lo malo»), solucionismo (la Inteligencia Artificial es «nuestra alquimia, nuestra Piedra Filosofal»), megalomanía y misantropía, que promete convertir a los seres humanos en «mascotas estúpidas» (la frase es de Elon Musk)? ¿Cómo no burlarse de este mesianismo tecnológico? ¡Dejad de sufrir!, ordena, mientras coloca su mano sobre la cabeza de gente atormentada por un «dolor autoimpuesto», ignorante de los caminos de la salvación.
Tal y como Andreessen y sus compinches presentan el asunto, las facultades, los sentidos y las actividades que nos hacen —o nos hacían— humanos moldean una existencia limitada, vergonzosa e indigna. Su descarado afán de automatizar procesos y mutar nuestra carcasa para convertirnos en cíborgs expresa a las claras un enorme complejo de inferioridad en relación a las máquinas; el hombre debe ser aumentado, mejorado, porque su equipaje sensorial (rendimiento, resistencia, rapidez, memoria, potencia de cálculo) no está a la altura de su entorno hipertecnologizado.
Por no hablar de la irresponsabilidad criminal que recorre todo el texto. Despreciar el principio de precaución en el terreno energético obliga a pasar por alto Chernóbil, Fukushima, Three Mile Island.
Comprar un futuro de abundancia energética al precio de un probable apocalipsis nuclear, hacerse rico con las recetas de Ayn Rand y llevar una vida desenraizada calcada de Matrix, Star Wars y Star Trek, más que una promesa de aventura para la humanidad, es un panorama espeluznante.
Pero lo más terrible de estas ideas, que sugieren una incorregible fe en la misión civilizadora de la tecnociencia, es el depurado proyecto de poder totalitario que ocultan. Como afirma sin rubor Nick Land, otro apóstol cibernético, el capitalismo de Inteligencia Artificial hará tabla rasa de la «democracia» para dar paso a una dictadura de CEO’s, especialistas en gestionar Estados reconvertidos en startups. Estos expertos, orirginarios de Silicon Valley en el caso estadounidense, liderarán una nueva era, la «Ilustración Oscura», según la verborrea de Curtis Yarvin, basada en el control corporativo de poblaciones y el aplastamiento de los derechos civiles y demás enredos de «progres», globalistas y «perroflautas».
Los ciudadanos aumentados por Inteligencia Artificial que aún mantengan alguna utilidad para el sistema seguirán siendo usuarios, clientes y, excepcionalmente, votantes de facciones indistinguibles del statu quo. Del resto, una población flotante carente de «ventajas comparativas» (migrantes, parados, jubilados, palestinos), habrá que deshacerse o mantenerla a buen recaudo.
La abrumadora insensibilidad que encierran estos llamados a la conquista del poder por los algoritmos de Inteligencia Artificial no ha servido para disuadir de su tecnofilia a una izquierda incapaz de salirse del guion escrito por la concepción progresista de la historia. Fiadora del «modo de vida» occidental y de un «capitalismo redistributivo con rostro humano», se desvive por enderezar el rumbo de una nave que yace desde hace tiempo en el fondo del océano. «Creemos que la tecnología es liberadora. Liberadora del potencial humano. Liberadora del alma y del espíritu humano. Expande lo que significa ser libre, sentirse pleno y estar vivo». Acompañadas de la imprescindible matización sobre el «doble uso» de la tecnología digital y su defensa del empleo para todos, estas palabras de Andreessen podrían llevar la rúbrica de cualquier dirigente de la izquierda, la «vieja» y la «nueva».
En un marco de progreso cibernético, marcado por un recrudecimiento de la barbarie (descomposición social, brutalización, agresividad, personalidades crueles, impulsos devastadores, angustia vital, radicalización de las desigualdades, neocolonialismo, repliegue patriótico, militarización social, adicciones, irracionalismo, pérdida de saberes tradicionales, recorte de derechos, evaporación del sentido de comunidad, combate al altruismo), ¿es realmente factible que la oligarquía (teo)tecnocrática a la que pertenece Andreessen, llamada a encabezar una transformación radical del sentido de lo humano, se salga con la suya? La respuesta es: sí. Sobre este escalofriante panorama hablaremos en las próximas entregas. Permanezca atento, lector.
Michel Suárez (Pola de Siero [Asturias], 1971) es licenciado en historia por la Universidad de Oviedo, con estancia en la Faculdade de Letras de Coímbra, y máster y posteriormente doctor en historia contemporánea por la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con estancia en París I, Panthéon-Sorbonne. Además, edita y es redactor de la revista Maldita Máquina: cuadernos de crítica social. Lo fundamental de su pensamiento fue abordado en esta entrevista para EL CUADERNO y está condensado en sus ensayos El fondo de la virtud y De re vestiaria.

