Lunes, 24/11/2025. Me topo con una cita de un libro que intento encontrar en español, en vano: Byzance après Byzance, «Bizancio después de Bizancio», del rumano Nicolae Iorga, que lo publicó en 1935. Versa sobre la influencia que el Imperio bizantino, ya desaparecido, siguió ejerciendo en el desarrollo político, social e intelectual de los principados de Valaquia y Moldavia. Consigo descargármelo en francés, y, mientras lo voy leyendo, me pregunto: ¿cuál será el Bizancio después de nuestro Bizancio? ¿Con qué iconos, palabras, ceremonias de nuestra era se quedarán los precarios reinos del futuro?
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El emperador Manuel II se murió con pena y preocupación, leo en Bizancio: declive y caída, de John Julius Norwich. Quería y apreciaba a su hijo, Juan VIII, pero reflexionaba esto sobre él: «En otros periodos de nuestra historia, mi hijo hubiera sido un gran basileus; pero él no está hecho para la época actual, pues ve y piensa en grande, de una manera que habría sido apropiada en los días prósperos de nuestros antepasados. Hoy, con los problemas que se ciernen sobre nosotros desde todos los frentes, el imperio no necesita un gran basileus, sino un buen administrador. Y temo que sus grandiosos planes y empeños puedan traer la ruina a esta casa».
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En el Concilio de Florencia, en 1438, teólogos latinos y bizantinos debatieron y llegaron a acordar la unidad de las dos iglesias. Los debates más ardorosos se produjeron en torno a la famosa cláusula filioque: ¿el Espíritu Santo procedía del Padre y del Hijo, o solo del Padre? Los latinos intentaron soslayar la discusión diciendo que se trataba de un detalle insignificante. Pero los malhumorados griegos respondieron: y si tan insignificante es, ¿por qué ese empelo en mantenerlo? Al final llegaron a un término medio; una fórmula según la cual el Espíritu Santo procedía solo del Padre, pero a través del Hijo.
El decadente Bizancio necesitaba la ayuda militar de las potencias occidentales; de ahí el empeño del emperador en lograr la unidad de las dos iglesias que la facilitara. Pero la mayoría del clero —incluso del que había ido a Florencia— y el pueblo constantinopolitano se negó a reconocerla. Miguel Ducas lo contaba así: «Cuando los metropolitanos desembarcaron de los buques, los ciudadanos los recibieron como era habitual y les preguntaron: “¿Qué hay de nuestros asuntos? ¿Cómo ha ido el concilio? ¿Prevalecimos?”. Y ellos respondieron: “Hemos vendido nuestra fe; hemos intercambiado la piedad verdadera por la impiedad; hemos traicionado el sacrificio puro y nos hemos convertido en defensores del pan ácimo”».
Martes, 25/11/2025. «Sonsoles Ónega se quiebra al revelar el drama silencioso que vive con su hijo Gonzalo». Tan silencioso no será el drama si me sale como contenido patrocinado en el puto Facebook. Qué asco me da este tipo de pornografía sentimental.
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Emilia Pardo Bazán —leo citar a Irene Vallejo— dedicó atención a los asesinatos de mujeres o «mujericidios»: «El récord de la criminalidad lo baten los románticos del honor, los asesinos de mujeres, los suicidas en combinación, que primero despachan a su novia y luego se vuelan la tapa de lo que no tienen».
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Un comentario de Nicolás Melini sobre Juan del Val y su Premio Planeta, al hilo de este titular de 20 Minutos: «Juan del Val se defiende de las críticas a su libro: «Si alguien considera que una novela es mala porque se lee mucho es que es bobo»»:
«Tiene gracia que diga esto, porque, leerse, su novela todavía no se ha leído mucho. Pero, qué digo, es mejor aún: la estrategia comercial del Premio Planeta no consiste en conseguir que un libro se «lea» mucho, sino en conseguir que un libro se «venda» mucho. Pero, todavía mejor, la estrategia comercial del Premio Planeta consiste en vender un solo libro a toda la gente que apenas lee, a gente que apenas compra poco más de un libro al año, solo que suele comprar el mismo que todo el mundo y suele comprarlo para regalo. Hay mucho dinero ahí, pero muy poca lectura. En ningún momento la lectura es lo que tira de las ventas ni es la lectura lo que importa en esa operación, por eso a la editorial no le importa mucho si el libro es bueno o malo, siempre y cuando se cumplan las otras condiciones comerciales, como que quien dé la cara sea famoso. Tengo la sensación de que Del Val se hunde cada vez que abre la boca. Está intentando vivir la fábula de que ha escrito un libro que sale como rosquillas porque a la gente le encanta. Y no. Y cuanto más lo dice, peor».
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Alessandro Baricco: «A día de hoy, el hecho de que cada uno de nosotros tenga un ordenador parece darse por descontado, pero no debéis olvidar en cambio que la cosa, hace solo cuarenta años, habría sonado como una locura. […] Me atrevería a decir que el auténtico acto genial no fue tanto inventar los ordenadores como imaginar que podían llegar a ser un instrumento personal, individual». Los ordenadores desordenaron…
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Cuentan los autores de Historia de la vida privada —a los que leo citados en otro libro que estoy corrigiendo— que, antaño, «no había manera de aislarse. Padres e hijos realizaban todos los actos de la vida cotidiana unos junto a otros. Todo el mundo se lavaba necesariamente ante la mirada de quienes estaban junto a él». Por algo hasta los años sesenta del siglo pasado no se consideró necesario dar educación sexual a los niños, comenta el autor del libro que corrijo. Nunca lo había pensado. ¿Mis padres vieron follar a los suyos; mis abuelos a mis bisabuelos…?
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En la historia de la humanidad, siempre ha habido censura y quemas de libros. Pero rara vez esos borrados, o incluso esos incendios, no dejaban algún rastro, o algún superviviente. Copias escondidas, un relieve bajo las tachaduras, quemas solo parciales… La tecnología moderna ha llegado a leer los pergaminos carbonizados de Pompeya. Incluso cuando solo quedan cenizas completamente ilegibles, queda, al menos, la huella del incendio. Nuestros días han inventado los textos digitales, y por lo tanto, la destrucción total, perfecta, con solo un clic. Sin restos ni rastros. Eso nos aproxima, dice Pere Saborit, a un poder que el teólogo Pedro Damián concebía como exclusivo de la divinidad: el de ser capaz, no solo de hacer que algo que existe deje de existir, sino incluso de que nunca haya existido. Las peores damnatio memoriae de Stalin son ridículas en comparación con lo que podemos damnar ahora.
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En alguna parte leí una vez la reflexión de que la Unión Soviética colapsó, también, cuando los soviéticos dejaron de disponer de una misión colectiva épica a la que aferrarse para sentir que todas las penurias, por terribles que fueran, valían para algo. Al principio fue la modernización, la electrificación, la industrialización del país. Fue esa época en que algunos campesinos fascinados por los tractores Fordson llamaban Ford a sus hijos; Lenin había dicho que el programa de la revolución era «sóviets y electrificación». Luego vino la epopeya de la Gran Guerra Patriótica; y Jrushchev y el primer Brézhnev todavía tuvieron la gesta del espacio exterior y los cosmonautas, que el pueblo soviético abrazó con entusiasmo. El brezhnevismo tardío ya no tuvo ninguna. Y hambrientos de algo homérico que hacer, los hombres y mujeres de la URSS de los ochenta terminaron por encontrarlo en derribar el propio sistema.
¿No estamos nosotros, los habitantes del capitalismo neoliberal, también en esas ahora? Lo pienso al pensar que ya no hay grandes inventos, grandes descubrimientos, grandes proezas que nos cautiven. A este lado del Telón de Acero también hubo una era de los astronautas; y aun los noventa nos insuflaron la fascinación de masas por la informática y el naciente Internet. Decía Iván de la Nuez que el PC —el personal computer— se cargó al PC —el partido comunista—. La URSS ganó o empató la carrera atómica y la espacial, pero perdió esa. Y nosotros casi pudimos bailar sobre el Muro cantando: «Te di todo mi amor arroba love punto com, y tú me has roba-robado la razón».
Yo recuerdo en mí el fuego de esa fascinación. Tener doce años e ir los amigos a conectarnos y a chatear diez minutos en los ordenadores con Internet del stand de Telecable de la Feria de Muestras de Gijón. Chatear con cualquiera de cualquier cosa y maravillarnos de estar hablando así con alguien que podía estar en la otra punta del país o del mundo. Y ver cómo Internet lo iba cambiando todo, cómo iba entrando, sin prisa pero sin pausa —como la electrificación de la Madre Rusia— en las casas, en los colegios, en más y más porciones de la vida cotidiana. Pregonando promesas de libertad, democracia y prosperidad a las que no les costaba nada reclutarnos para la causa. Comprarse un Pentium, poner Internet en casa, endeudarse para ello, animar de palabra o con el ejemplo a amigos y parientes a subirse a este barco de la «navegación» por «la Red». A este Gran Salto Adelante.
No es que hoy no se hagan inventos increíbles. La inteligencia artificial lo es; no en vano genera auténticos terremotos geopolíticos. Pero no me parece que genere un sortilegio social similar a aquellos. No es un salto, sino un paso. El salto fue el PC e Internet; y esto, un nuevo avance de su camino. No equivale, en lo astronáutico, a poner al hombre en la Luna, sino a ponerlo en Marte (lo que tal vez también ocurra pronto) y ser eso un notición, pero no brillar ya con el fulgor de gesta mitológica, prometeica, que tuvo lo de Armstrong. La primera vez en Marte no se vivirá como primera vez en Marte, sino como segunda en un astro distinto de la Tierra. La IA cautiva a algunos y nos inquieta a otros, pero no llamaremos DeepSeek a nuestros hijos. E igual también nosotros, hastiados de esperar a que la vieja gallina de los huevos homéricos de oro ponga otro, acabemos sumándonos a la épica de matarla.
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En la farmacia, me fijo en esa tareílla característica del farmacéutico: recortar con un cúter el código de barras de la caja del medicamento que me vende, pegar el cuadradito por debajo de la cinta adhesiva en el portarrollos y luego levantarla para cortarla con el código de barras ya pegado. Me quedo pensando en estos microgestos de oficio, microidentidades profesionales. El del peluquero que pinza una guedeja de pelo entre dos dedos y corta con la tijera la parte que sobresale. El del tendero que agarra la barra con la que baja de un tirón enérgico la verja metálica que protege la tienda después de cerrarla. El del librero que mete un marcapáginas en el libro que vende. ¿Qué más?
Miércoles, 26/11/2025. Los minoicos nunca se llamaron a sí mismos «minoicos», nombre inventado por la arqueología decimonónica, en honor al legendario rey Minos. Los bizantinos tampoco se llamaban a sí mismos «bizantinos», otra invención de la Edad Moderna: se autodenominaban romaioi o romioi, es decir, «romanos». ¿Cómo nos llamará el futuro a nosotros?
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Cuando alguien ha sido poderoso, siempre se nota. El hábito de mandar siempre deja huella, ya sea tosca o elegante. El hábito, también, de imaginar cosas, ordenar que se hagan, y verlas hechas. El de recibir súplicas y ruegos. No nos damos cuenta cabal de lo que es eso; de lo que necesariamente hace eso con un ser humano.
Lo pienso en la presentación de las memorias de Pedro de Silva, en la que me invitan a participar con una intervención, y donde me veo hablando para un nutrido público entre el que hay muchas autoridades, actuales y pretéritas, sobre todo del PSOE. Personas que han sido o son alcaldes, consejeros y presidentes. Un público nuevo para mí, acostumbrado ya a hablar en público, pero para personas anónimas o pequeñas celebridades de la izquierda radical, alternativa, disidente, protestataria. La situación no me intimida, pero sí que me siento un poco en territorio comanche. No entre enemigos, ni mucho menos: si fueran mis enemigos, ni ellos me hubieran invitado a hablar aquí, ni yo hubiera querido hacerlo. Pero no «en casa», no entre «los míos». No respirando el aire que estoy acostumbrado a respirar, sino otro, que me acabo dando cuenta de que es el aire del poder.
Esta gente tiene otra mirada, otra gestualidad, otros ademanes, se saludan y te saludan de otra manera, se sonríen y te sonríen de otra manera, su ser tiene una forma distinta de pesar sobre el suelo. Un aura. No noto el poder en la ropa que visten —bastante normal— o el sitio en el que estamos —el Club de Prensa de La Nueva España, que no es un CSOA ni un ateneo anarquista, pero tampoco el Ritz o el palco del Bernabéu—. Noto eso: un aura inefable. El aura, sí, de haber mandado, de haber decidido. La desprenden por igual los introvertidos y los extrovertidos, los tímidos y los sociables, los engreídos y los amables, los soberbios y los modestos, porque hay poderosos de todos esos tipos, como había dioses olímpicos de todos esos tipos. A la inversa, los míos pueden ser a veces vanidosos, soberbios, bruscos, altaneros; pero todos desprenden otro aura: el de nunca haber mandado ni decidido, sino exigido que se mandara y presionado para que se decidiera. Si hay en ellos jactancia u orgullo, son los del huelguista, el manifestante, el partisano, el crítico, el incomodador del poder. El orgullo de Prometeo, el de Espartaco.
Pienso en todo esto de regreso a casa, mientras conduzco por la Autopista del Huerna, entre montañas boscosas y ya algo nevadas. Si se me pidiera que pensara y verbalizara qué me evoca políticamente este paisaje, lo que acudiría a mi mente serían huelgas mineras, batallas de la guerra, escaramuzas guerrilleras, reivindicaciones ecologistas. Pero si me pongo en el pellejo de una de esas autoridades que ayer fueron mi público, el pensamiento que me imagino pensando es que aquí no había una autopista o una línea de AVE; pero yo o mis predecesores o el gobierno del que formé parte o al menos mi partido decidieron que la hubiera, lo ordenaron y la hubo. Nuestra mirada es centrífuga: se desparrama por el paisaje, echa a correr desde la carretera hacia las montañas. La suya es centrípeta: se apropia de él, lo abraza, lo devora. Empieza en las montañas y acaba en la carretera. Nosotros vemos la montaña y recordamos que nos encastillamos en ella, y vemos la carretera y recordamos que la cortamos alguna vez con una barricada. Para nosotros, lo mismo la carretera que la montaña son un ahí. Están ahí, están igual de ahí. Y buscamos la manera de colocarnos en ese ahí y de en él vivir o sobrevivir o mejorvivir —y alguna vez de matar—. Ellos, sin embargo, vieron y ven, podían y pueden verlo, el no ahí y el posible ahí, y crearlo. Eso es el poder. Esa mirada al cubo.
Los míos, a veces, han tenido algún poder. Cultura, Juventud, Bienestar Social, cosas de esas, y hasta alguna concejalía de Hacienda, y alguna alcaldía. Ya a ellos les cambia un poco el aura después de eso. Pero ni uno ha tenido el poder de trazar una autopista, horadar una montaña, convertirse en fuerza geológica y no solo sociológica y política. Cuando alguien tiene el poder de alterar la geología, no puede no sentirse un poquito divino, no pueden no cambiarle hasta la mirada y los ademanes. Ese poder no es absoluto, claro; no puede hacer o decidir lo que quiera; hay poderes superiores que limitan el suyo. Pero un poder limitado sigue siendo poder y cambiando los ademanes, volviéndolos de general, y no de soldado. Poniendo ojos de jinete y no de peatón. Ojos cenitales. Los nuestros son genitales. La mirada abajeña al cielo que queremos asaltar. Ellos son asaltados, no asaltantes. Alguno fue asaltante en el franquismo, pero luego asaltó, y la mirada del asaltable anula totalmente la mirada de asaltador que un día se tuviera.
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Compro unos billetes de autobús. Valencia-Murcia. Son 21 euros. Pero se les añade un euro por el seguro de viaje, y otro euro por la posibilidad de cambiar o anular. Tendría que haber añadido dos más por la de escoger asiento. Y lo más flagrante: me cobran 2,90 por los «gastos de gestión». ¡La gestión de venderme un billete por Internet! Son como señores feudales inventándose pontazgos y alcabalas.
Jueves, 27/11/2025. Al subir al autobús, que no es un ALSA, descubro que los asientos no están numerados. La gente se sienta donde quiera. Menos mal que no pagué los dos euros que hay que pagar en la web para poder elegir asiento.
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Constantino Paleólogo, el último emperador de Bizancio, murió luchando junto a su pueblo durante el asedio de 1453, como un Salvador Allende medieval. A él, de hecho, también le ofrecieron una huida segura, a la que se negó. No se sabe dónde ni cómo falleció, en qué fragor del sitio; sus restos no aparecieron, y entonces nació el cuento del «emperador de mármol», según el cual el basileus había caído a las aguas del Bósforo y se había vuelto de piedra, y resucitará en carne mortal el día en que Constantinopla vuelva a ser cristiana. Un mito del tipo del sebastianismo portugués, el duodécimo imán chií, el rey Arturo, el emperador durmiente Federico Barbarroja, etcétera, creados a partir de la plantilla de la Segunda Venida de Cristo. En nuestra racional modernidad, ya no los creamos. Allende se murió y eso fue todo, nunca hemos soñado que regresara, solo nos quedó el difuso sebastianismo light del «un día se abrirán las grandes alamedas», y cuando su Mehmed II se fue o pareció que se iba, cuando las alamedas se abrieron, sí que regresó, pero justamente en forma, no de resucitado, sino de estatua: la que le levantaron detrás de La Moneda, que es muy bonita, pero un poco también la última puñalada. Un Allende de bronce, no durmiente en un incógnito recoveco del fondo del mar, sino en un Bósforo descubierto, desecado, mantenido a la vista de Topkapi, para si un día le da por resucitar, matarlo —rematarlo— rápidamente.
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A. consiguió un trabajo para el que le pidieron un presupuesto de tiempo y dinero. Dijo una cifra que le aceptaron. Sabía que podía hacerlo en y por la mitad. Yo le cuento lo que hago a veces: digo también un plazo más largo que el que sé que necesito y luego entrego el trabajo, no muchísimo antes de lo dicho, pero sí dos o tres días, tirándome el pisto de que me esforcé denodadamente y conseguí arañar unos días al deadline. Consigo así no matarme a trabajar y a la vez quedar bien. Triquiñuelas del autónomo bajo la égida del neoliberalismo.
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Mi amigo vive en un barrio de Murcia con un porcentaje alto de población migrante, fundamentalmente magrebí. Su peluquero es marroquí y él suele comprar en una carnicería halal cercana, porque le sale más barato. Lleva años aquí, mi amigo, español como la pata del Cid, rubio como un sanluís, y no ha tenido jamás, ni jamás ha visto, el menor problema. Pero el otro día se presentó en el barrio un par de reporteros de un programa de televisión sensacionalista, que entrevistaron a cuatro supuestos vecinos con los que habían quedado previamente y que describieron para la cámara un panorama apocalíptico de inseguridad extrema. No entrevistaron a una sola persona que transmitiera otra visión. A ni uno de los muchos vecinos que, cada vez que se produce un brote racista o vienen por aquí grupúsculos de ultraderecha a provocar, se acercan a esas carnicerías halal, esos chinos y esos locutorios dominicanos a decir a sus dueños que pidan cualquier ayuda que necesiten. Mi amigo fue a encararse a los reporteros: «Es una vergüenza lo que estáis haciendo, y os lo digo como vecino y como periodista». Charlando más tarde sobre ello, lo conecta con el problema de la vivienda. Él no para de recibir en el buzón de la suya folletos de una inmobiliaria que le ofrece comprársela. El barrio es goloso para la gentrificación. Y los nuevos vecinos, los gentrificadores, no quieren gente marrón alrededor: hace feo. Así que les declaran una guerra que tiene muchos tipos de soldados: desde matones nazis hasta reporteros dicharacheros. Todos son escuadristas de la misma infecta escuadra.
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M., que está estudiando para unas oposiciones, me cuenta que ha empezado a usar Notebook LM, el programa de inteligencia artificial de Google. Me explica que, por ejemplo, le pides que procese un manual grueso y te lo resume o extracta hasta una extensión manejable y ágil, que te ahorre las redundancias y las divagaciones. O que puedes pedirle que te lo cuente en formato podcast, con una voz que no resulta robótica, sino absolutamente natural; una dulce y cálida voz de mujer. También puedes pedirle que te cree una presentación de Powerpoint, y también son muy atractivas; mejores que cualquiera que puedas hacer tú. ¿También que te procese una hemeroteca, extractándote los pasajes que te interesan, ahorrándote las horas de leer un periódico o revista tras otro sin encontrar nada útil para tu tesis? Sí: también eso, me dice. Y a mí me asusta y me parece problemático: el buen investigador también extrae, aunque no se dé cuenta, cosas de la paja, de la escoria, de esos descartes que la IA te ahorra. Pero, por supuesto, voy a empezar a usarla.
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Veo anunciada en un panel publicitario de Elche, desde el autobús, una «Universidad Miguel Hernández», presentada con tipografía y colores desenfadados. Sospecho que no es pública. Ah, Miguel, ¿qué han hecho contigo estos hijos de puta?
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Sabía que en la URSS había habido un Pico España Libre, pero ahora descubro por Noelia Ordieres que también hubo (¿hay?) un Pico Pasionaria. Está en el Cáucaso y en la revista vasca Pyrenaica se hicieron eco de ello en 1952, durante el franquismo:
«Qué pobres de imaginación deben [de] andar los comunistas cuando tienen necesidad de recurrir al sobrenombre de nuestra paisana —por desgracia—. ¿Acaso la Ibárruri poseía dotes montañeras que han pasado desapercibidas mientras vivió entre nosotros? Sería curioso saber si algunas de nuestras modestas cimas ha[n] sufrido el peso de sus delicadas plantas. O quizá se le avive en Rusia el deseo de hacer montaña y hollar “su” cima. Por donde puede resultar una de las paisanas que más alto habrá llegado.
Como dicen que “nadie es profeta en su tierra” ¿se nos habrán podido pasar desapercibidas a los montañeros vascos tan elevadas cualidades de este angelito?».
Viernes, 28/11/2025. Leo, en El Diario, un reportaje traducido de The Guardian, en torno a los problemas no contados de los asombrosos trasplantes de cara que se han hecho en los últimos veinte años. El periodista habla de la alta tasa de mortalidad temprana de los pacientes y de su sufrimiento físico y psicológico por toda una gama de secuelas no esperadas o no bien calibradas o explicadas: desde el uso vitalicio de inmunodepresores —que hubo a quien le destrozó los riñones— hasta la intensa atención mediática o la sensación de ser un cochinillo de indias. También el alto costo de los medicamentos o los desplazamientos y estancias en el hospital, inasumible para algunos pacientes estadounidenses con pocos recursos que recibieron ayuda económica para la operación en sí, pero dejaron de recibirla para el tratamiento posterior. Todo esto tiende a ocultarse, porque los «cirujanos estrella» y los intereses en juego (nacionales, científicos, empresariales…) no quieren publicidad negativa. Pero lo que más me ha impresionado es la parte del reportaje en la que se alude a los debates éticos que hay en torno a esta cirugía que le da a una persona el rostro de otra. El rostro no es cualquier cosa. No es un hígado o un corazón; es identidad, un reflejo diario en el espejo. Y se advirtió de que iba a ser problemático. La francesa Isabelle Dinoire, que en 2005 fue la primera persona a la que se le trasplantó una cara (y que murió en 2016), comentaba dos años después de la operación lo extraño que era tener la boca de otra persona: «Era extraño tocarla con la lengua. Era suave. Era horrible». Más tarde le salió un pelo en la barbilla: «Era extraño. Nunca había tenido uno. Pensé: «Soy yo quien le ha dado vida, pero el pelo es suyo»». Es casi un microrrelato de terror. O sin casi.
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Decía Roberto Fontanarrosa que, «debido a que la velocidad de la luz es mucho mayor que la del sonido, ciertas personas nos parecen brillantes, un rato antes de escuchar las pelotudeces que dicen».
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Isabel Allende ha tenido que grabar y publicar un vídeo declarando que bajo ningún concepto pide el voto para el ultraderechista José Antonio Kast, porque había salido otro —falso, hecho con IA, pero muy creíble— en el que salía pidiéndolo. Jirones de oscuridad de la edad de la penumbra.
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K. sabe mucho de China, y me habla de un proceso participativo, de democracia vecinal en torno a decisiones urbanísticas, que se ha puesto en marcha allí y que parece sincero y eficaz, porque ya se está traduciendo en transformaciones concretas. Me habla por ejemplo, de la conversión de oxidadas ciudades postindustriales en asombrosas urbes verdes y sostenibles. Y me fío de lo que me cuenta porque no es prochino, ni una persona fácil de engatusar con propaganda, sino simplemente una persona curiosa e informada, que lee mucho y a fuentes variadas y fiables. «En cierto modo», me dice, en «Occidente puedes elegir los líderes, pero no las políticas; en China no puedes elegir los líderes, pero las políticas sí». Los dos queremos un mundo en el que pueda elegirse todo. Pero si las únicas dos opciones son esas, ¿cuál elegimos?
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Este par de meses he tenido que probar a la fuerza la vida azacanada del nómada digital, debido a la gira de presentaciones del libro, que me ha sacado de casa dos, tres y hasta cuatro días a la semana. Soy un jornalero de la cultura y no podía permitirme descuidar mi trabajo diario, así que he tenido que moverme con el portátil a cuestas y trabajar en hoteles, casas de otra gente, starbucks, bibliotecas, trenes, autobuses y salas de espera. En cada sitio, una vez conquistado un espacio suficiente, me despliego todo lo que puedo, que a veces es mucho, y a veces es poco. Ordenador, calendario, agenda, libreta, estuche con bolígrafos y rotuladores y documentos de consulta si la mesa que he conseguido es grande. Si no lo es, voy descartando elementos hasta quedarme, en el extremo, solamente con el ordenador, malabierto sobre las rodillas en algún autobús con tan poco espacio entre asientos que solo me permite abrir el portátil en forma de estrecha uve, y teclear casi en vertical. Lo cual me obliga también a no elegir la tarea que quiera hacer, sino la que pueda. No, por ejemplo, una traducción para la que necesite consultar el texto original que traigo impreso y consultar diccionarios en Internet, sino alguna revisión de pruebas que signifique teclear poco y casi exclusivamente leer. O simplemente contestar e-mails con el móvil. Me siento como un acordeón, expandiéndose y contrayéndose. ¿Qué música toco? ¿La de la libertad y la aventura, o la de la opresión y la precariedad? Una música extraña en todo caso. Tengo ganas de que la gira acabe y estar en casa, con el ordenador parado en la mesa del despacho. Pero la verdad es que, por otro lado, el nomadismo no me desagrada completamente. No me gusta trabajar en el autobús, pero sí que lo disfruto en hoteles o cafés y me resulta estimulante esa búsqueda diaria de un despacho simplificado y efímero, en vez de la repetitiva, y a veces tediosa, seguridad del hogar, donde no hay que buscar despacho, pero sí que limpiarlo y ordenarlo.
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Miguel de la Guardia publica hoy en El Cuaderno un artículo sobre el aborto, en el que expone su opinión de que debe despenalizarse y garantizarse que se haga en condiciones de seguridad, pero no considerarlo un derecho fundamental. Yo sí creo que debe serlo. Y que bien podría incluirse en la Constitución. Pero me preocupa qué significa el que se proponga incluirlo en la Constitución: un reconocimiento del avance y la fuerza destituyente de los reaccionarios, que nos obliga a preservar nuestros derechos de su saqueo; a meterlos en la caja fuerte de la Carta Magna. Y la Carta Magna no es exactamente una caja fuerte. No debería serlo. Ni una fortaleza en la que encastillarse para resistir un asedio. Debería ser el territorio completo, el perímetro de la polis, no su acrópolis. El derecho al aborto debería plantar su casa extramuros; debería poder, y vivir tranquilo en ella. No es bueno que tenga que correr a refugiarse en un castillo atestado de labriegos asustados. Si hace falta hacerlo, si realmente es la única forma de salvarlo, que lo haga, claro. Pero hay que tener cuidado, creo, con dar la voz de alarma de un asedio antes de que realmente se esté produciendo. Puede convertirse en una profecía autocumplida, y que la voz de alerta a quien alerte sea a los asediantes, que no pensaran serlo pero, al vernos asustados, se den cuenta de nuestra debilidad, y entonces nos asedien. Cuando hay que recauchutar derechos o ponerles escolta, malo.
Sábado, 29/11/2025. «No voy a condenar algo en lo que participó mi padre», dice José María Aznar. Se refiere al franquismo. De Juan Carlos I para abajo, los franquistas cada vez son más sinceros al respecto.
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«En una etapa anterior de su matrimonio, habían tenido riñas que sacaban de quicio a Olive al igual que ahora. Pero, rebasado un cierto punto, los matrimonios dejaban de tener determinada clase de riñas, pensó Olive, porque, cuando los años vividos eran más que los que faltaban por vivir, las cosas eran distintas». Lo leo en la novela Olive Ketteridge, de Elizabeth Strout. ¿Es así?
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Veo un anuncio de las III Jornadas Templarias de Petrer. Vengo del Museo de la Memoria Industrial y Obrera de Sagunto. Que se llama así —Sagunto— desde el siglo XIX, cuando se rebautizó —se llamaba Morvedre— para recuperar el nombre romano, vinculado a la gran batalla que aquí tuvo lugar. Somos todo memoria.
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De la hegemonía mundial de eso que llamamos «Occidente», como del Imperio romano, se recordará que tuvo dos fases, dos partes, dos centros: Europa y Estados Unidos. El Imperio de oriente y el de occidente. Cuando cayó el primero, le sucedió el segundo, que ahora también cae.
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Me dicen que la Universidad Miguel Hernández es pública. Me alegra algo equivocarme. Pero aun así…
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Me cuenta este dibujante de cómics que a él le da mucho pudor venderse. Querría que fueran otros quienes vendieran su obra; que su obra se vendiera sola. Pero como las cosas no van así, tiene que autovenderse, igual que cualquier autónomo del sector cultural. Para ser capaz, lo que hace —lo que se ha dado cuenta de que hace— es construirse un personaje. Imaginarse como representando un papel; actuando de alguien que no es él: extrovertido, gracioso… Le sale. Pero cuando le sale demasiado bien, también se mortifica un poquito. Quiere no ser él, pero ser él un poquito, al fin y al cabo; no subsumirse del todo en el personaje. Un equilibrio difícil. Así somos. Yo me siento identificado en lo que cuenta.
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En una discoteca de Sagunto, una vez, hicieron una fiesta temática a la que había que ir disfrazados de guardia civil. Aquello se llenó de picoletos de pega, algunos bastamente burlescos y otros con disfraces muy trabajados, cuidando el detalle. En esto llegó la Guardia Civil. La de verdad. Los asombrados borrachos se abalanzaron a felicitar a aquellos maestros del disfraz y la interpretación. Y, por supuesto, todos acabaron detenidos.
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Me cuenta este madrileño que, en su barrio, hay una epidemia de robos de gomas de limpiaparabrisas. Parece que las sustrae un grupo de drogodependientes. Nunca se me hubiera ocurrido vislumbrar ahí una goma para pincharse. La desgraciada inventiva aguda de la derrota.
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Leo que Rodolfo Martín Villa dijo una vez: «Un día, el mayor de mis hijos me preguntó si Franco había sido de UCD. Curiosa pregunta y de no fácil contestación».
Domingo, 30/11/2025. Publica El País un reportaje sobre la adicción a la bolsa. Refiere que, entre 2015 y 2025, el número de consultas vinculadas a la ludopatía bursátil ha crecido un 200%; un 400% si la comparativa se extiende a 2005. Empieza con este testimonio: «Mi historia es la de un yonqui del dinero. Acudía al mercado como quien iba al parque a por heroína en los años ochenta. La recompensa que me daba la inversión era brutal, pura adrenalina. Una competición contra el resto del mundo, un juego de suma cero en el que lo que ganaba lo perdían otros». El problema de esta heroína es que, con ella, todas las teorías de la conspiración sobre la otra son ciertas. Esta sí que nos la echaron y nos la echan en cada copa, en cada caramelo, en el agua del grifo, en el pan de cada día.
Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).

