/ por Pablo Batalla Cueto /
Lunes, 1/12/2025. Cuando Schliemann excavó Micenas, en 1876, se encontró el cadáver de un niño pequeño completamente envuelto en pan de oro. Cuando lo leo, me impresiona, me conmueve muchísimo, me pongo en el pellejo antediluviano de aquellos padres desconsolados, depositando las láminas con suma delicadeza sobre el amoratado cuerpecillo que ya no volverían a acariciar. Pero también me acuerdo de algo que lamento no recordar quién lo escribió, al hilo de la fundación que montó Ana Obregón después de que se muriera su hijo Aless. En la aleatoriedad de la desgracia, todas las clases sociales nos hermanamos. Las personas pudientes también enferman y mueren, a veces muy jóvenes; también a sus hijos se los puede llevar un cáncer. Pero ellos tienen cosas que hacer cuando sucede, todo un repertorio de duelos productivos que no anulen el dolor, pero lo alivien: montar una fundación o un ala de hospital, escribir Mortal y rosa, financiar la investigación de la dolencia en cuestión, dar entrevistas, recibir la compasión y el cariño de multitudes. La autora de aquel artículo (¿quién era, Dios mío?) comparaba lo de la Obregón con lo de una limpiadora de origen dominicano y residente en Madrid a la que conocía. Se murió su madre allá en Santo Domingo y se enteró por una llamada de móvil, mientras fregaba unas escaleras. Se apoyó diez minutos en la fregona para llorar, y cuando se repuso siguió fregando. Era todo el duelo que podía permitirse. Así era, también, en la remota Micenas. Al hilo muerto del campesino se le enterraba en un pozo sin mayor ceremonia. El wanax lo podía convertir en un querubín dorado y eterno.
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Leo sobre la teoría del colapso de sistemas. Según ella, es la propia complejidad del sistema lo que lo hace caer. Dicha complejidad, al principio, supone grandes beneficios, pero llega un momento en que se ven superados por los costes de mantenimiento. En ese punto, en lugar de un regreso paulatino hacia una etapa previa, lo que se va produciendo es una vulnerabilidad creciente ante amenazas que van en aumento. En otro momento, se podría haber lidiado con esas amenazas sin dificultad, aunque se habrían hecho cosas que hubieran incrementado la dificultad del sistema. Sin embargo, cuando la complejidad ha alcanzado su cénit, los costes de emprender más acciones superan a los beneficios y no se pueden sufragar. Y entonces el sistema cae.
Suena sensato. Y parece evidente que (es parte de lo que) nos está pasando a nosotros.
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He empezado Los griegos: una historia global, de Roderick Beaton, uno de esos libros eruditos a la par que bien narrados, que tan bien se les dan a los historiadores ingleses. Este repasa en quinientas páginas la historia toda de lo helénico, de Micenas a Syriza, pasando por Alejandro y Bizancio. Hoy llego a la parte en la que Beaton se detiene a comentar las epopeyas homéricas, y anoto un comentario interesante sobre la mezcla de elementos de distintas épocas históricas que se da en la Ilíada y la Odisea: documentos valiosos para conocer la historia micénica, pero ficciones al fin y al cabo, escritas mucho después de los hechos que relatan. Como tales, revisten los mismos problemas de presentismo que nuestras novelas históricas, y el historiador tiene que leerlas cribándolas con cuidado; efectuar esa exégesis que también se aplica a los textos bíblicos. He aquí un ejemplo:
«Cuando los héroes de las epopeyas caen, siempre son incinerados en piras funerarias. Los micénicos enterraban los cuerpos de sus guerreros en tumbas de distintos tipos, pero casi siempre intactos. El cambio a la incineración había empezado hacia el final del periodo micénico, y siguió extendiéndose hasta que se convirtió en un procedimiento generalizado durante la edad oscura. Más tarde, ambos métodos para dar descanso a los muertos volverían a coexistir. Pero Homero solo conoce la costumbre de la edad oscura. Por tanto, la edad de los héroes de Homero no puede ser una descripción realista de ningún mundo que existiera de facto. Más bien, incorpora elementos extraídos de muchos momentos distintos, que abarcan un lapso de una amplitud asombrosa: desde el siglo XVI hasta el VIII a. C.».
Martes, 2/12/2025. Es una operación fácil y rutinaria de media hora, con anestesia local. Pero lo pasa mal. Pinchazos bruscos en zona sensible, manipulaciones desagradables, notar el trazo viviseccionador del bisturí aunque el dolor esté anulado. Se agarra a la camilla, tenso, cierra los ojos, aprieta los dientes, resiste. La enfermera, una mujer mayor, le hace de pronto una breve caricia en la cabeza, y eso lo relaja muchísimo. Hay algo muy valioso, importantísimo en ese gesto, excelso en su simplicidad; un tesoro de civilización reconcentrada. Tenemos que orientar hasta la última de nuestras energías a construir y mantener un mundo que se parezca a él; una sociedad de la que ese gesto entre desconocidos sea su resumen, su versión infinitesimal.
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Publica Ignacio del Valle una columna titulada «Una transición por los pelos». Hace unos días, el rey Juan Carlos lanzaba un vídeo promocional de sus memorias, a la venta en España desde hoy, y lo centra en la misma cantilena: la difícil Transición. Les replicaría con una afirmación un poco provocadora, en cierto modo una simpleza, en cierto modo injusta, pero en la que no dejo de creer. El mito de la Transición dice que fue difícil y pacífica (difícilmente pacífica), pero fue todo lo contrario: fácil y violenta.
Lo segundo no hará falta argumentarlo demasiado: Montejurra, Vitoria, abogados de Atocha, ETA, los GRAPO… Hubo mucha, muchísima violencia en aquellos años, perpetrada por los dos confines del espectro político; terrorismo tanto franquista (estatal o paraestatal) como antifranquista. La hispanista francesa Sophie Baby tiene un libro que se titula El mito de la transición pacífica: violencia y política en España (1975-1982). En cuanto a lo de fácil, me refiero a que España iba a ser una democracia sí o sí. No podía no serlo. Es algo que sabemos hoy, desde la cómoda perspectiva de los cincuenta años transcurridos. Comprendo que el decirlo parezca toreo de salón; seguramente lo sea. En aquel entonces, la democracia no tenía por qué estar clara. Pero era lo que tocaba; lo que le tocó también a Grecia y a Portugal. Al empresariado franquista ya no le venía bien el franquismo, que se había vuelto un lastre para los negocios: boicots internacionales, veto al acceso a instituciones internacionales a las que le interesaba pertenecer… Y la izquierda ya no estaba para dictaduras del proletariado, ni la decrépita URSS para promoverlas.
Tienen que dejar de contarnos el cuento de que España podía haber seguido siendo una dictadura en aquella Europa y de que fue un milagro que no continuara siéndolo, porque no es así. Pero también tienen que dejar de contarnos el cuento de la paz, porque una cosa no quitó la otra. La democratización, una democratización, era segura, pero sí que hubo un conflicto intenso en torno a su forma, su grado, su proceso, su ritmo, y riesgos grandes para quienes lo libraron y llevaron la democracia española más lejos de lo que estaba en los planes del aperturismo franquista, y a quienes hay que rendir tributo de gratitud. Creo también que, cuando nos dicen lo de que España podía haber seguido siendo una dictadura sine die, hacen presentismo; trasladan al pasado un mensaje sobre el presente: cuidado con lo que hacéis y los pueblos que os pasáis, porque, si nos hincháis los cojones, igual cancelamos —hoy— esto de la democracia.
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Ya se sabe —o debería saberse— que la democracia de la Grecia clásica era bastante distinta de la nuestra en varios aspectos. Y no solo la proscripción del voto de las mujeres o los metecos. Aquella se asentaba sobre la desconfianza hacia los ricos, los poderosos y los tiranos que todos los individuos llevamos dentro (y de ahí mecanismos correctores como el del sorteo; que no mandara quien quisiera, sino a quien le tocase). La democracia contemporánea nació, en cambio, recelando del pueblo y las muchedumbres, y sus mecanismos correctores tienen que ver con eso: la división de poderes, por ejemplo; que la soberanía popular se reparta, se trocee, se vea condonada o contrapesada por otros poderes. Hoy leo en Los griegos otra diferencia conceptual en la que nunca había reparado. Así lo cuenta Beaton:
«En las mentes de los griegos de la Antigüedad, el concepto de “ciudadano” definía el Estado, y no al revés. […] En documentos y proclamas oficiales, una polis nunca se definía por el nombre de la ciudad, sino por el nombre colectivo de sus ciudadanos: “los atenienses”, “los espartanos”, “los tebanos”, etcétera. Debido a todas estas razones, en nuestra época se ha defendido que la descripción más acertada de “ciudad-Estado” es la de “Estado de los ciudadanos”».
No una etnia convertida en ciudadanía, no un ethnos preexistente que en un momento dado se otorga a sí mismo unos derechos políticos; derechos, por lo tanto, contingentes, solo una forma posible de organizar una tribu que existía antes de los derechos y seguirá existiendo si los derechos se abolen. Sino al revés: una ciudadanía creada y unida en torno a sus derechos y que puede llegar a etnificarse, convirtiendo sus libertades en el «espíritu nacional», de tal manera que no pueda caer en la tiranía sin traicionarse a sí misma, sin dejar de existir en cierto modo. Aquello que decía Pericles: somos atenienses, devotos de la verdad, del bien común y de la belleza. Y que no dejan de ser juegos florales, farfollas autocelebratorias. Mas también de farfollas vive el hombre. Y mejor estas farfollas que esas otras que nos hablan de sangres puras y espíritus eternos.
Miércoles, 3/12/2025. Cuenta Beaton que la Atenas del siglo III antes de Cristo seguía siendo formalmente democrática, pero la cosa ya no brillaba como en la época de Pericles. Las instituciones permanecían, seguían llamándose de la misma manera, pero se habían vuelto cascarones vacíos; meros discutideros sin poder real para cambiar cosas importantes. El paralelismo con nuestros días se traza solo. Cuenta Beaton que
«en realidad, parece ser que la autodeterminación de unos pocos millares de ciudadanos, que actuaban (en teoría) como un organismo, ya no era una fuerza política capaz de gestionar asuntos fuera del ámbito local. La dinámica de una asamblea ciudadana, empujada a la acción gracias a individuos como Temístocles o Pericles, que había liderado Atenas durante las guerras médicas y del Peloponeso, se había convertido en un anacronismo en un mundo grecoparlante que funcionaba a la escala de los nuevos reinos. Los atenienses seguían actuando con normalidad, pero eso era todo. Enfrentados con esta realidad, los atenienses continuaron dialogando y escribiendo lo que decían y pensaban».
Tenían los atenienses —pienso— su «runrún interior» y lo exteriorizaban; nadie se lo impedía. Pero eso era todo lo que tenían, igual que eso es todo lo que tengo yo, lo que tenemos nosotros en este siglo crepuscular, repleto, también él, de cascarones desvencijados en los que un día resonó la voz transformadora de Robespierre o de Lincoln, y hoy solo se escucha el zureo improductivo de un tropel de influencers.
Jueves, 4/12/2025. «La ironía es como la sal: sirve para condimentar todos los platos, pero ella sola es totalmente indigesta», decía Claudio Magris. Me apunta Moriche que rima bien con esto otro que decía Shostakóvich: las disonancias son las especias de la música, pero nadie se come un plato solo de especias.
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Leo que los modales toscos y el acento vulgar de Todor Zhivkov, líder de la Bulgaria comunista, eran motivo de burla en aquel país, donde se contaba que la policía secreta perseguía a los que contaban tales chistes. Igual lo hacían. Pero parece ser que a Zhivkov los chistes le divertían, y que llegó a recopilar y a imprimir una larga colección de ellos.
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Una de mis figuras históricas preferidas es Juliano el Apóstata, aquel emperador que, después que Constantino lo volviera cristiano, quiso e intentó que el Imperio romano volviera a ser pagano. El problema era que la historia nunca camina hacia atrás, sino solo hacia delante. No era posible volver al paganismo. Lo único que se podía —y era muy difícil, pero se podía— era adoptar un paganismo nuevo, un neopaganismo. La mera palabra paganismo era una novedad, el nombre despectivo de un conjunto de creencias variadas y cambiantes que solo se habían unido en la mirada de su enemigo. El credo que Juliano proponía era igual de novedoso que el cristiano, aunque apelara a mitos y rituales muy viejos. El emperador —escribe Beaton— «era religioso en un sentido que habría resultado incomprensible para la mayor parte de los griegos durante el apogeo de la Atenas clásica que el emperador tanto apreciaba». Al fin y al cabo, lo habían criado como cristiano. Y por muy devoto de la filosofía griega que se hubiera vuelto, mantenía, por ejemplo, un repudio de lo carnal que el paganismo no había tenido. Lo que le inspiraba «era la fe en un poder superior y sobrenatural, no en la capacidad de la razón humana». La idea misma de ortodoxia era extraña a la tradición que el Apóstata defendía. No había nada, en los mitos griegos, comparable a la revelación divina de las religiones del libro; y, para que lo hubiera, Juliano retorcía esa tradición, instaba a interpretarla de forma nueva y distinta. «Muy pronto», cuenta Beaton, «la religión que fomentaba empezó a sonar cada vez menos como la antigua que supuestamente iba a restaurar y a parecerse más al cristianismo».
No: la flecha de la historia nunca se da la vuelta. Otro momento histórico interesante desde el mismo punto de vista es la querella iconoclasta en el Imperio bizantino. Surgió al calor de la expansión del islam como un movimiento cristiano de rechazo de la adoración de iconos, inspirado en el aniconismo musulmán. Fue una batalla larga con idas y venidas, que al final se saldó con la derrota de los iconoclastas. Los sectores ganadores proclamaron que se había restaurado la tradición. Y era cierto que el cristianismo tradicional no rechazaba las imágenes. Pero la iconodulia que siguió al fin de esta querella tampoco era la de antes. Los iconoclastas, al perder la batalla, no volvieron al punto cero, sino a una adoración de imágenes más intensa de lo que nunca había sido. Un poco como lo que pasó, unos siglos más tarde, con el catolicismo y el protestantismo: al rechazar este las imágenes, el otro empezó a darnos dos tazas y media de retablos, inmaculadas y procesiones de Semana Santa. Tesis, antítesis; acción, reacción. Así se desarrolla el teleflín de la humanidad.
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Se ha solido considerar que el islam triunfó y tuvo la expansión fulgurante que tuvo, en parte, porque los bizantinos y los persas se habían agotado mutuamente en sus guerras. Me pregunto si pasará lo mismo con la guerra cultural y política de nuestros días, esta pugna planetaria entre la ultraderecha y el welfarismo: un desgaste mutuo del que emerja un potente, creativo e inimaginable tercero.
Viernes, 5/12/2025. En los hospitales públicos de la Comunidad de Madrid, esa Waco del fanatismo necroliberal, ya se reutilizan productos médicos de un solo uso. Esta era febril y basurienta del usar y tirar tiene esa cara B: usar y no tirar allí donde lo que se quiere es basurizar lo común. Lujo para ricos y, en el mejor de los casos, una caridad literalmente infecta para nosotros, los pobres. Ese es el modelo de esta gente, en pos de ese ideal trabajan. España Saudí. No hay más dios que el dinero y Ayuso es su profeta.
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No he leído El sentido de consentir, el libro de Clara Serra sobre lo que considera problemático en el concepto del «consentimiento» y el reclamo feminista de expresarlo siempre de manera nítida («solo sí es sí»). Pero me topo con una cita que basta para interesarme y dejarme pensando en el asunto: «Se pretenden verbalizar de forma exhaustiva todos los vericuetos y potenciales del deseo, como si se pudiese eliminar por completo su carácter enigmático». El enigma del deseo, lo enigmático del desear. Sí. Tal vez esta vocación de explicitar el deseo, de tenerlo y dejarlo siempre claro, sea una cosa problemática. Tal vez forme parte del afán general de transparencia total que caracteriza a nuestra época, y que yo rechazo para otros campos. Tiene que haber zonas oscuras, reservados, misterios, enigmas, lo necesitamos. Demasiada luz ciega; demasiada concentración de la luz —como en una lupa— quema. La civilización no es eso. Y tampoco la oscuridad, obviamente. Es el claroscuro, la luz filtrada, la luz inequívoca, pero difusa.
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Me cuenta un amigo al que se lo contó gente de la Chunta Aragonesista que, en la época en que José Antonio Labordeta era diputado, a veces se desesperaban con él. Desde el cariño, claro, pero se desesperaban. Cuando Labordeta escuchaba en el Congreso una propuesta sensata —del PSOE, de quien fuera—, se apresuraba a votar que sí, pero igual el partido no quería. No necesariamente porque quisieran votar que no, sino por vender caro el sí, lanzar un órdago, guardarse ases en la manga de cara a otras negociaciones… Cosas que a mí no me asustan, ni me ofenden: la política parlamentaria también es eso. Tiene que serlo. Pero también simpatizo con esa bonhomía ingenua, esa llana nobleza del hombre que nos cantó el Canto a la libertad (y también mandó con llaneza «a la mierda» a unos mierdas). Cuánto lo echamos de menos.
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La Grecia independiente del siglo XIX nació destruyendo una parte de sí misma. Hubo una eliminación sistemática de todos los restos procedentes de los siglos posteriores al declive del mundo antiguo. En la Acrópolis ateniense, por ejemplo, había un torreón medieval: se demolió. Y la mayoría de edificios nuevos, tanto en Atenas como en otras ciudades, se construían en estilo neoclásico. «La nueva Grecia debía fundirse a la perfección con las ruinas de su antigua predecesora», escribe Beaton. Hasta hubo aquel intento de purgar la lengua griega de turquismos e imponer la katharévousa, un griego repristinado y artificial.
Grecia se autoinventaba y su nacimiento se parecía un poco —pienso— al de Israel un siglo después. La recuperación de una Tierra Santa. El nacionalismo griego había sido una suerte de sionismo de los hablantes de griego, desperdigados por un territorio mucho más vasto que el reino solo peloponesio y ático independizado en 1830. Y que aun cuando en décadas posteriores fue creciendo, haciéndose con sucesivos pedazos del moribundo Imperio otomano (Épiro, Tesalia, Macedonia, Tracia, Creta, islas egeas), nunca ha incluido las que eran las dos ciudades griegas por excelencia: Constantinopla y Alejandría. Había sido también, el nacionalismo griego, una cosa romántica, inverosímil, que se volvió verosímil cuando de pronto se alineó con los intereses de las grandes potencias. Pero que nunca llegó a interesar a algunos griegos. Igual que ha habido siempre judíos no sionistas, que entendían que la grandeza y la belleza del judaísmo residían justamente en su carácter diaspórico —y a quienes no interesaba que todo eso se apretujara en un nacionalismo de miras estrechas y un país chiquitín que fuera «repatriando» a los judíos del mundo y vaciando a este de ellos—, hubo griegos desdeñosos hacia ese país que se proclamaba heredero de la Hélade clásica. Uno de ellos era Constantino Cavafis, tal vez el griego contemporáneo más importante y más conocido, pero un alejandrino que apenas visitó Grecia, y de quien E. M. Forster escribía esto:
«Era un griego leal, pero para él, Grecia no era algo territorial […] La pureza racial le aburría, igual que el idealismo político. Y podía mostrarse cáustico con relación a la hermética y diminuta península en el extranjero […] La civilización a la que respetaba era una bastardía en la que la cepa griega prevalecía y en la que, época tras época, se introducían los extraños para modificarla y ser modificados a su vez».
Yo me identifico con Cavafis; con el griego demótico, lleno de turquismos, que la katharévousa quería desterrar; con aquel torreón demolido en el Partenón; con la Grecia mestiza, real, que gentes mezquinas quisieron destruir. Y hoy me acuerdo de todo ello en una sidrería.
La persona más asturiana que conozco, si es que semejante ranking tiene algún sentido, es mi amigo J. También es la más sidrera. Maya su propia sidra y lo sabe todo de nuestra agreste poción astur. Hoy vamos a la sidrería Dakar después de una presentación mía en La Revoltosa. Hacía tiempo que no veníamos y descubrimos que ahora la regentan unas sonrientes mujeres chinas. Ellas mismas escancian la sidra y lo hacen igual de bien que Tino el Roxu. Y de pincho nos ponen unas gyozas muy ricas. Yo estoy encantado, pero mi amigo también, porque él tiene tan claro como yo eso que se empeñaban a creer los de la katharévousa: que el purismo cultural es una pasión muy cutre.
Sábado, 6/12/2025. Seguimos leyendo en la prensa los entrecomillados de Reconciliación, las memorias dialogadas de Juan Carlos I con Laurence Debray, que ya han salido en castellano, un mes después de publicarse en francés. Hoy leo en El País que el emérito lamenta que Patrimonio Nacional se opusiera en 2011 a que él y su hijo aceptaran dos ferraris que les había regalado el jeque Mohamed bin Zayed, de los Emiratos Árabes, y decidiera ponerlos a la venta. Dice Juan Carlos que «el príncipe heredero emiratí vivió esa operación con una afrenta». ¿Por dónde empezar?
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Ceno en un contexto distendido con un grupo de gente que fue importante en una federación concreta de Podemos. Candidatos, asesores, secretarios generales y de organización. Repasan anécdotas, evocan esperanzas y sinsudores, comentan qué fue de esto y de este, y de aquello y de aquel. El bar en que se pergeñó y se fundó el Podemos de tal pueblo, donde pasamos horas, ya no existe: cerró hace tiempo. La sede de Podemos en tal otro sitio ahora es un negocio de taxidermia [sic]. Aquel rostro conocido del partido cayó en desgracia después de tal, se retiró de la circulación y ahora vive entre ovejas en una remota aldea, sin querer saber nada de nadie. Fulano montó un negocio y le va de puta madre, mengano está de asesor de zutano en Bruselas, perengano acabó muy mal y frecuenta el psiquiatra. Con Pablo hace tanto que no hablo, a mí Irene me quita la cara si la cruzo, Ione tal o cual, qué fiesta la de aquel día en el sitio aquel, qué frustración después. La risa y la amargura se alean, indistinguibles; y me siento, y lo comento, y ellos me dicen ue ellos también, como en Los viejos amigos, la novela de Chirbes. Parece un encuentro y una conversación sobre hechos de hace treinta, cuarenta años, pero son solo diez. Qué salfumán feroz es el paso del tiempo.
En Los griegos comenta Beaton que, en biología evolutiva, las mutaciones que no se convirtieron en especies viables reciben el nombre de «monstruos prometedores». Se puede aplicar también a la política y la evolución histórica. ¿Cuáles han sido los «monstruos prometedores» de nuestra época? ¿Fue Podemos un «monstruo prometedor»?
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Charlo con alguien que conoce bien Cuba, y que no es nada sospechoso de anticastrismo visceral, de la situación de la isla. Le transmito mi impresión de que, en cierto sentido, la cosa está peor que en los noventa; quizá algo mejor que entonces en lo económico (dimensión que hoy va muy mal, pero que es imposible que vaya igual de mal que en el calamitoso Período Especial, un desplome económico sin casi parangón en la historia universal contemporánea), pero mucho peor en lo social. Le comento a mi amigo que, según tengo leído por ahí, ahora hay una desigualdad que no había entonces, y que en aquel momento explicó que el sistema sobreviviera. En los noventa, había bastante igualdad, aunque fuera en la escasez, y una sensación compartida de que las penurias —de las que podía culparse al bloqueo estadounidense— afectaban a todos por igual; de que no había ningún cubano llevándoselo crudo a costa del hambre de los otros. Pero ahora se ha ido generando un desequilibrio creciente entre distintos segmentos de la población. Por ejemplo, entre los que reciben divisas de sus parientes emigrados y los que no; un desequilibrio que, además, tiene un componente racial: los cubanos que emigran son mucho más los blancos que los negros. ¿Es así, pregunto a mi amigo? Es así, me dice. La nomenklatura de los noventa disfrutaba de privilegios, claro, pero no hacía, no podía hacerla, una ostentación obscena de opulencia. Ahora sí la hace. Se ven cochazos, lujos impúdicos… Cuba, me dice, ya no es un régimen comunista, sino «al-asadista». Y cuando el régimen caiga, lo que venga después no va a ser una impoluta democracia habermasiana, sino una horrenda eclosión mafiosa, del tipo de la que se adueñó del Este tras el colapso soviético.
Domingo, 7/12/2025. Los criptobrós, las apuestas, la microinversión en la bolsa, todo este infecto capitalismo popular, también tiene éxito porque traslada a la juventud una promesa que un día hizo la izquierda, y hoy no es creíble al hacerla: el derecho a la pereza, la abolición del trabajo, la plusvalía devuelta, vengada. Ya no creemos que eso sea posible mediante la lucha colectiva, y entonces lo buscamos de forma individual.

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).
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El otro día vi que comentabas que este es uno de tus espacios tuyos menos leídos. No sé… a mi leerte aquí resulta verdaderamente estimulante. Es un auténtico gusto.
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