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Cómo ser negro y no morir en Aravaca

/ por Alison Posey /

Pronto se cumplirá el trigésimo segundo aniversario del homicidio que marcó un antes y un después en la conciencia española sobre el racismo: el asesinato de Lucrecia Pérez Matos, una joven inmigrante afrodominicana, asesinada en el barrio madrileño de Aravaca el 13 de noviembre de 1992. Allí se refugiaba tras haber sido despedida de su trabajo como empleada doméstica. Sus verdugos fueron una pandilla de racistas xenófobos, liderada por un miembro de la propia Guardia Civil. Desde su asesinato, Lucrecia ha sido recordada en la literatura, el muralismo y la música, incluso en un gran tema de 1994 de Carlos Cano, Canción para Lucrecia. Pero hay otro homenaje de aquel mismo año que acaso sea menos conocido: Cómo ser negro y no morir en Aravaca.

Fue el primer libro de un joven autor ecuatoguineano, Francisco Zamora Loboch. Fue además una de las primeras obras que abordó el racismo en España. Aunque, como bien señala el autor con el humor que lo caracteriza, no es un tema nuevo en la Península: «El primer moro a quien España aplicó la Ley de Extranjería se llamaba Boabdil». Esta colección de ensayos narra la vida cotidiana de la comunidad negra en España. El trato discriminatorio se sufría en todas partes: en el fútbol, al buscar trabajo, en la cultura popular, e incluso en los chistes. Tras la pregunta «¿Cómo librarse de los chistes de negros con los que se refocila el hombre blanco?», el autor enumera una lista de sugerencias risibles, entre las que destaca el consejo irónico de que «un buen método para evitar sus sonoras carcajadas es dejar, de entrada, el traje de mandingo en casa e ir a todas partes disfrazado de lagarterana». Es mejor reír que llorar.

Pero Zamora Loboch no se limita al presente. Con un profundo conocimiento de los autores e historiadores clásicos, invita a descubrir otra leyenda negra de España. Y bien merecida: Zamora Loboch desmantela los mitos autocomplacientes atesorados por varias generaciones en la Península. Primero: sí, existió la esclavitud en España, y hubo abundantes esclavos. En solo un año, entre 1569 y 1570, se vendieron más de mil personas en Sevilla; la mayoría terminó en comunidades cercanas de Andalucía. De hecho, gracias al tráfico de personas, en el siglo XVII la población africana en España alcanzó su cénit: durante el reinado de Felipe II (1556-1598), las personas negras representaban alrededor del 11% de la población peninsular. Segundo: la esclavitud no fue solo una mina en lo económico, sino que también supuso un verdadero filón en la literatura.

Dice el autor al referirse al ingenio áureo Lope de Rueda: «nacido en Sevilla a principios del siglo XVI, y, por tanto, familiarizado con el ambiente de los negros que pululaban por el puerto y la plaza de Santa María la Blanca, encontró una mina de oro […] al explotar su peculiar manera de pronunciar el castellano». Con esta crítica al llamado habla de negros, Zamora Loboch demuestra cómo las bases del racismo actual se asentaron hace siglos: el habla de negros era una recreación literaria efectuada por escritores españoles, quienes se apropiaron de la voz de los africanos. En boga entre los siglos XV y XVII, el habla de negros fue practicada por Góngora, Calderón, Cervantes, Quevedo, Lope de Rueda y Lope de Vega, entre otros. Se utilizaba con fines humorísticos, a menudo crueles, para ridiculizar el bajo estatus social de los personajes negros y su falta de educación, como si ambas condiciones no fueran consecuencia directa de la esclavitud. «Desde un punto de vista racista», remata Loboch, «el Siglo de Oro español fue una época dura, intolerante, áspera como el beso de la argolla en la tráquea».

Tampoco permite el autor que sus lectores rehúyan una manifestación más reciente de racismo: la colonización europea del continente africano. En el caso de España, se refiere a Guinea Ecuatorial, un pequeño territorio de 28.000 kilómetros cuadrados —aproximadamente la superficie de Galicia— que fue colonia española desde 1778 hasta su independencia en 1968. Llega al poder en la única elección democrática del país Francisco Macías Nguema, quien destacó por su carácter «hierático, lerdo… incontinente, colérico, fatuo, arrogante [y] extrañamente seguro tras su ignorancia». Sería un retrato cómico si no fuera cierto. Su mandato, entre 1968 y 1978, dejó un saldo de entre 30.000 y 80.000 muertos en un país que no contaba ni con 500.000 habitantes. Los afortunados que pudieron huir se refugiaron en Gabón y Camerún, o en España. Para los que ya se encontraban en la metrópoli, como el propio Zamora Loboch, no había vuelta atrás.

El exilio también nutre el pesimismo del autor. Las amarguras provocadas por el colonialismo y el racismo marcan Cómo ser negro y no morir en Aravaca, y se manifiestan en las tres novelas posteriores de Zamora Loboch: Conspiración en el green: el informe Abayak (2009), El caimán de Kaduna (2012) y La república fantástica de Annobón (2017). Tanto es así que el catedrático Baltasar Fra-Molinero ha llegado a etiquetar a Zamora Loboch de afropesimista, es decir, alguien que aborda la experiencia negra desde las lacras sufridas: el racismo, la violencia y la deshumanización. Pero el suyo es un pesimismo que invita a la reflexión crítica.


Alison Posey es investigadora postdoctoral en filología afrohispánica y peninsular en la Universidad de Duke, Carolina del Norte, Estados Unidos. Recibió su doctorado en la filología hispánica en 2021 de la Universidad de Virginia.

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