/ por Ramón Espinar /
Navegamos más allá de los dragones de los mapas sin más brújula que la enseñanza de una historia que ninguna generación viva recuerda. El consenso que convirtió Europa en la región más próspera de la historia de la humanidad entre la segunda guerra mundial y la crisis de 2007 se basaba en tres elementos (democracia electiva, libre mercado y Estado del bienestar), un sujeto histórico (la figura productiva del padre de familia) y un orden geopolítico: el del enfrentamiento del bloque occidental con el comunista en la Guerra Fría. Las placas tectónicas de ese orden se han movido y ha dejado de existir. Europa, la gran protagonista de la conexión del mundo entre la Edad Media y la ilustración, de su configuración en Estados y la instauración del capitalismo como sistema mundial después, el corazón de la revolución industrial, la Revolución francesa y la rusa. Europa, cuyas guerras regionales se llamaron guerras mundiales en el siglo XX, es hoy una región decadente. Pasear por una gran ciudad europea supone hoy para un turista del mundo pujante de las BRICS, o de algún emirato, el equivalente a leer el Sostiene Pereira de Tabucchi en un parque del barrio lisboeta de Alfama para cualquiera de nosotros: un viaje nostálgico al pasado. Ladrillos ahumados, frágiles cristales rotos, puertas de madera y mosaicos desvencijados.
La Unión Europea no es la potencia mundial pujante llamada a mirar a los ojos del Imperio americano para oponerle un modelo geopolítico de paz, reconocimiento mutuo y democracia global. El sueño progresista de los noventa, desde Jeremy Rifkin hasta los editoriales de Le Monde Diplomatique, pasaba por un mundo donde la Europa socialdemócrata disputara la idea de progreso al neoliberalismo anglosajón equilibrando con Estado de bienestar y profundización democrática los desmanes gringos.
Ese mundo no existe y de ese sueño nos despertó hace rato la violencia trumpista declinada por el mundo en forma de Bukele, Milei, Bolsonaro, Orban, Le Pen, Meloni y también Isabel Natividad Díaz Ayuso. Una derecha política formada en la geopolítica de la guerra de Irak, la teoría económica de Milton Friedman y la ética de Mr. Wonderful. Aliada con una élite económica global que concentra más riqueza que nunca en la historia y que ha desmentido un prejuicio absurdo de la izquierda marxista que asumíamos como presupuesto: que el capital actúa siempre de acuerdo con su interés económico, es decir, que tiende siempre a la maximización del beneficio actuando desde el interés. Una aplicación chusca de la teoría de la rational choice y el estructuralismo althusseriano que nos sirvió de brújula averiada durante décadas. No es cierto: Elon Musk es la evidencia que resuena como un bofetón en una oreja de que los ricos hacen política y saben que el planeta no se compra con dinero, sino construyendo subjetividad, sentido común. Comprando Twitter, ganando elecciones, saturando internet de odio a cualquier minoría menos al 1% que posee el 30% de la riqueza mundial.
No está muy detallado para no amargarle a nadie el café, pero este es el bosquejo del mapa de la batalla. Ahí estamos.
Produce un sonrojo innombrable leer en ese contexto lo del malmenorismo. Una suerte de impugnación desde la izquierda del Gobierno de España que nos quiere llamar la atención sobre sus límites e invita a la movilización ambiciosa y soñadora de una izquierda transformadora de la realidad que no se conforma con lo que hay.
Nos plantean los compañeros un concepto trucho de partida. En lo semántico, tramposo. Basta con haber leído los apuntes de algún compañero de pupitre, no digo ya los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, para saber que la dicotomía en política no se establece entre el mal menor y el bien mayor. Entre un mal menor y un bien solo un imbecil o un malvado escoge el mal, claro. La dicotomía maquiaveliana, mal entendida y divulgada como «el fin justifica los medios», es entre el mal menor y el mal mayor.
Básicamente, Maquiavelo abandona la mirada normativa e infantil de la política como lo que debe ser y funda la ciencia política invitándonos a analizar la realidad como es para intervenir en ella y mejorarla. En términos marxistas, analizar la correlación de fuerzas. Así que escoger el mal menor no es una elección universal entre el bien y el mal, sino una estrategia contingente en una coyuntura en la que se sacrifican miles de héroes en el Desembarco de Normandía, sabiendo que las primeras líneas de combate van a morir cruelmente, para ganarle a los nazis la segunda guerra mundial. Puro mal menor (gracias a Javier Franzé, que explicaba Maquiavelo con Salvar al soldado Ryan en la Universidad Complutense, enseñándonos a pensar como adultos para no caer en la trampa demagógica de ningún predicador fatuo).
En cuanto al análisis concreto de la situación concreta, el malmenorismo también es una estafa analítica. El espacio del cambio pasó cerca de una década construyendo la idea de oposición popular, plebeya, al régimen del 78 que había construido un ala izquierda y un ala derecha para administrar el Estado desde algunos consensos nucleares. Esto fue así a grandes rasgos durante algún tiempo, hasta que la Constitución Española de 1978 enfrentó la quiebra entre la constitucion formal y la material. La formal sigue y seguirá vigente por mucho tiempo: el articulado, la arquitectura institucional, la forma de Estado… Pero es evidente que las condiciones de posibilidad en las que se redactó y se puso en marcha un país alrededor de un consenso han desaparecido por completo. Hoy la alternancia entre PP y PSOE no es un consenso, sino que está siendo permanentemente impugnada por la derecha (y, paradójicamente, por una parte escindida del PSOE y sus viejos aparatos de poder mediático). La derecha española no reconoce la mayoría parlamentaria de gobierno en España. Y no lo hace sola, sino surfeando la ola trumpista que amenaza con anegar todo cuanto hemos conocido como orden democrático. Por tanto, establecer como premisa analítica la existencia de un régimen con dos alas y de una izquierda exterior a su lógica y sus consensos es un análisis para 2014 que, en 2024, se ha quedado viejo. Puede ser una torpeza. Pero siendo Pablo Iglesias quien lo enuncia, tengo serias dudas al respecto. Más bien hablamos de una estafa intelectual.
El otro planteamiento inevitable es el que tiene que ver con la relación entre el planteamiento y lo que Gayatri Spivak llamó «locus de enunciación»: desde dónde se construye la crítica al malmenorismo nos ayuda a entender por qué se formula. Si el concepto apareciera en los márgenes intelectuales de la izquierda anticapitalista o autónoma, estaríamos ante una continuidad de la idea de gobernismo que trató sin éxito de configurar el clivaje central de la interna del espacio del cambio en la década pasada. Mientras que las facciones pablista y errejonista apostaban por asumir las contradicciones del poder, emergían sectores que reclamaban un espacio político de impugnación pura, sin cortar. La representación institucional no se debía utilizar para pactar parches, sino para escenificar la confrontación entre el pueblo y sus élites. Todo bien con esa línea política: es coherente y supuso para quienes la sostuvieron un alejamiento de posiciones de poder interno que asumieron con dignidad y sin claudicar. Esas gentes son muy respetables y dignas. Pero el malmenorismo es un producto intelectual elaborado por un ex vicepresidente del Gobierno que pactó con el PSOE en 2019 un acuerdo que suponía un giro estratégico definitivo: Podemos dejaba de ser una formación política que trabajaba para sustituir al PSOE como fuerza dominante de la izquierda española para pasar a asumir un rol de muleta de Gobierno con un nicho electoral y un techo asumiendo definitivamente el eje izquierda/derecha como brújula política y autoposicionándose más allá del PSOE.
Ese giro estratégico, de calado, no se asumió después de una reflexión de fondo, sino que la anticipó: en una dinámica establecida desde el inicio del asalto institucional en 2014, los análisis servían para justificar a posteriori decisiones tomadas por conveniencia táctica del líder y su grupo dirigente. Marca Iglesias. Es difícil de creer que el núcleo dirigente que ha hecho de las cloacas y el uso ilegal de los aparatos del Estado una trinchera, desconozca la diferencia entre el gobierno de coalición progresista y un Ministerio del Interior en manos de Santiago Abascal o cualquier otro fascista. Produce asombro ilimitado que las denuncias de lawfare en la década pasada no tengan continuidad cuando la campaña de asedio mediático y judicial deja de apuntarte a ti y apunta a La Moncloa.
Porque hay dos formas de analizar la realidad para intervenir en ella que nos sitúan en una u otra dimensión moral. La primera consiste en usar una maza conceptual que haga encajar las piezas de la realidad en una serie de marcos analíticos que terminen por establecer un mapa para la batalla que coincide milimétricamente con tus intereses. A saber: en España hay un Gobierno tibio y cobarde que no se atreve con las reformas necesarias y una izquierda vendida que no le exige. De tal suerte que la solución es apostar por una fuerza política valiente, firme, y por un medio de comunicación independiente (por cierto, compa, suscríbete, da like y por unos euros al mes ayúdanos a mantener el proyecto) del poder que confronte con audacia al mismo tiempo a esa izquierda y a la derecha porque, en el fondo, son lo mismo.
La otra implica analizar con honestidad intelectual, sin apriorismos sectarios, y con disposición a cabalgar contradicciones. A saber: el PSOE es en 2024 el único partido progresista de la UE que resiste en el Gobierno (Alemania acaba de caer) y lo hace en coalición con fuerzas progresistas y plurinacionales. El Gobierno tiene límites evidentes: los que el PSOE impone, pero también los de la correlación de fuerzas. No se está dando respuesta a los retos de país, aunque es cierto que la agenda del Gobierno es la acertada y sus posicionamientos los correctos en los temas fundamentales. Lo que toca no es construir fuerzas políticas puras e intachables en sus planteamientos para pelear por un nicho electoral, sino articular una mayoría que frene en España la ola trumpista con una premisa fundamental: no se trata de defender la democracia que tuvimos, sino de impulsar la democracia para sostenerla. Quizá la correlación de fuerzas no nos da para socializar los medios de producción pero, con una mayoría progresista, sí podemos mantener derechos que otros países están perdiendo y erigirnos como un faro de esperanza en nuestro entorno para derribar gobiernos fascistas y voltear la situación. Hoy la alternancia no es una herramienta del poder para mantener el orden, sino la condición constituyente de una democracia que cabalga hacia el terreno de lo iliberal. Lo que se atisbó en 2004 se ha hecho carne en 2024: Feijóo cabalga una ola de impugnación que confunde el rechazo a Sánchez como presidente con el rechazo al hecho de que Sánchez pueda ser presidente. Desconocen la mayoría parlamentaria porque no consideran legítimos los votos que convierten en diputados a casi un tercio del Congreso y explicitan sin complejos la vieja sensación patrimonialista del poder de la derecha desde Franco. Hacer política adulta y madura que entienda el socialismo como un «movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual» y no como un parapeto milenarista para prometer el paraíso garantizando una derrota tras otra a tu gente que te vale siempre y cuando a ti te toque el papel de profeta en la representación.
No existe el malmenorismo: lo que existe es una izquierda que, con todas sus limitaciones y la mochila de las derrotas de la década a cuestas, está mirando a los ojos al mal para defender la democracia y la vida. Eso merece compañerismo, respeto y, al menos, una discrepancia que no tome a todo el mundo por imbécil.
Ramón Espinar Merino (Madrid, 1986) se estrena en El Cuaderno el día 1 del año 0, horas después de la segunda victoria electoral de Donald Trump en los Estados Unidos. En los últimos años colabora de forma habitual con medios de comunicación audiovisual (Cuatro, La Sexta, TVE) y participa en su asociación de vecinos y el AMPA de sus hijos. Anteriormente fue activista social en el 15M, militante universitario y formó parte de la dirección de Podemos entre 2015 y 2019 asumiendo la Secretaría General de la Comunidad de Madrid y la Portavocía del Grupo Parlamentario del Senado.

