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Ángel María de Lera: la gran revancha

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Contaba Fernando Fernán-Gómez en sus memorias que en los últimos estertores del asedio a Madrid ya nadie llamaba guerra a la guerra. No se la nombraba de ningún modo, como si así uno pudiera poner un poco de distancia con lo que ocurría en la calle o las confusas noticias que llegaban del frente. Un tabú. A punto de caer la capital, la guerra y sus circunstancias se habían transformado en un esto cuyo fin se esperaba con ansia: «cuando todo esto acabe, a esto le queda poco…». Tres interminables años del no pasarán, de bombardeos, alarmas, refugios, colas de suministros, casas desventradas, cascotes, mujeres de luto, niños con cara de hambre y hombres que regresaban de permiso con el espanto de las trincheras pintado en el rostro, cada vez más convencidos de que la derrota era irremediable. Así, hasta la debacle final. Hemos visto todas esas imágenes, que nos siguen interpelando, y también las que vinieron después, las del ya hemos pasao que cantaba una muy ufana Celia Gámez y que resume mejor que muchos libros de historia el ambiente festivo que se vivía en aquella primavera de 1939. Un Madrid de balcones engalanados con banderas nacionales, corazones de Jesús y calles llenas de soldados victoriosos y de hombres y mujeres sonrientes que alzaban el brazo y lanzaban vivas al ejército y a Franco. Junto a ellos, sigue contando Fernán-Gómez, el silencio y la humillación de los otros, de quienes asistían a los desfiles triunfantes con los labios apretados, disimulando como podían su tristeza y tratando de pasar inadvertidos. Una tristeza, un silencio y una humillación que durarían años.

Pensamos en las fotografías de esa época en que Madrid fue la capital del mundo y en los libros que nos la han contado. El mismo Fernán-Gómez se encargó de hacerlo en Las bicicletas son para el verano, una obra que concluía precisamente con la llegada a España no de aquella paz tan anhelada, sino de la victoria. Y ahí figuran también los excelentes cuentos de Juan Eduardo Zúñiga o un título imprescindible como Días de llamas de Juan Iturralde. Y no quisiera olvidarme de Barea, de Sender, de Aub… Sin embargo, el primero de entre los vencidos que publicó en nuestro país un testimonio sobre los últimos instantes de ese Madrid heroico y ensangrentado fue un escritor llamado Ángel María de Lera. No sé si hoy alguien se acuerda de él. Lo hizo con una novela que se titulaba Las últimas banderas y con la que obtuvo el Planeta en 1967. Fíjense qué cosas más raras. Al otro lado del Atlántico tenemos al pobre Aub cuyos libros habían sido enviados a la leprosería literaria, y aquí, en un país de palabras, escritos y pasos vigilados y donde se cortaba por lo sano cualquier gesto transgresor, alguien decidió otorgarle un premio —y no uno cualquiera— a una novela que contaba la guerra desde el punto de vista de los perdedores. ¿Qué les parece? Unos pocos años después, Lera afirmaría que, cuando le dieron la noticia de que era el ganador, lo vivió con la satisfacción de un desquite, el momento en que todo lo soportado hasta entonces cobraba un sentido. Me dirán ustedes que eso suena a victoria moral, al romanticismo y la épica del derrotado y cosas por el estilo, pero es que, si uno se pone a mirar la biografía del novelista, observará que no le faltaban razones para entender aquel triunfo como un resarcimiento. O, en sus palabras, como «una gran revancha».

La vida de Ángel María de Lera tiene algo del traqueteo de los héroes barojianos. Nacido en un pequeño pueblo de Guadalajara en 1912 e hijo de un médico rural que fallecería en la epidemia de gripe del 27, el escritor iba para sacerdote hasta que una crisis de fe lo empujó a salir del seminario de Vitoria al que lo habían enviado a estudiar. Ya se sabe que en este país los centros religiosos han sido siempre una excelente cantera de revolucionarios. Las estrecheces económicas llevaron a la familia a La Línea de la Concepción, donde a la madre le habían prometido una administración de lotería. Un año antes de la proclamación de la Segunda República, y tal vez motivado por todas las lacras e injusticias sociales que contemplaba, Lera empezó la carrera de Derecho en Granada e ingresó en las Juventudes Republicanas. Pero un encuentro posterior con el líder anarquista Ángel Pestaña —a quien años después dedicaría una apasionada biografía— lo llevó a dejar los estudios y a volcarse en la actividad revolucionaria. Comenzada la guerra, escapó por los pelos de los paseos falangistas y buscó refugio en Madrid, donde llegó a ser comisario del Ejército republicano y alcanzó el grado de comandante. Tenía como tarea levantar el ánimo de las tropas y se movió por todos los frentes escribiendo artículos, dando conferencias o improvisando mítines relámpago en las calles. A pesar del pesimismo y desengaño con que observaba la marcha de la guerra, Lera estuvo entre los que vivieron la resistencia de la capital, golpe de Casado incluido, hasta el último día. La paz de Franco lo condenó a muerte por «delito de adhesión a la rebelión», pero luego le conmutó la pena por la de treinta años de cárcel. Comenzó entonces el peregrinaje por distintos penales: Ocaña, San Antón, Porlier, Santa Rita, Aranjuez… En alguna de las novelas que escribió más tarde se cuenta lo que padeció allí: las sacas diarias, las celdas para los incomunicados, el hacinamiento estabulario, la mugre y las pésimas condiciones higiénicas, las vejaciones y los abusos de los carceleros. También las pequeñas victorias de los presos, como cuando lograron montar un servicio clandestino de información o, gracias al soborno de un cura, enviar cartas a sus familiares. Era famosa la frase que pronunció el entonces director general de prisiones, Máximo Cuervo (el nombre no es un apodo ni una broma): «En las cárceles españolas deben reinar la caridad de un convento, la disciplina de un cuartel y la seriedad de un banco». Hace falta ser original, por no decir otra cosa. 

Lera obtuvo la libertad condicional en 1944, pero el tribunal se la revocó y tuvo que volver a entrar en prisión. Ahora, en la de Zaragoza y con una pena de veintiún años y un día. El escritor lo achacó siempre a una venganza personal. Finalmente, y gracias a un indulto, logró salir en 1947. El régimen se apresuraba a revisar las causas de muchos excombatientes porque no podía mantener a toda aquella población reclusa, pero, sobre todo, porque necesitaba mejorar su imagen tras el desenlace de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la vida no era fácil en aquella España paupérrima y desangrada y aún menos para quien cargaba con el estigma de los vencidos. Fueron años muy duros y en los que Lera hizo de todo para sobrevivir: peón, barrendero, agente de seguros, representante de una empresa de gaseosas y sifones, viajante de abonos agrícolas, contable en una fábrica de licores, empleado en un taller de máquinas de escribir e incluso redactor de fascículos para una academia de cursos por correspondencia. Entre empleo y empleo, algunos artículos en periódicos y revistas, los esbozos de varias novelas y comedietas que vendía a cuarenta duros a una pariente con ínfulas de artista y que esta se encargaba luego de publicar con su propio nombre. Hasta bien entrados los sesenta no conseguirá la estabilidad necesaria para dedicarse únicamente a escribir.

Si hablamos del novelista, podríamos situarlo por edad en la generación de Delibes, Cela y tantos otros más, pero Ángel María de Lera fue un escritor tardío que no publicó su primer libro hasta 1957. Se tituló Los olvidados y, aunque no se le suele incluir en la nómina habitual de sus narradores, marca una adscripción al modelo social que se estaba cultivando entonces. Una historia sobre los problemas del chabolismo que apareció dos años antes que La piqueta de Ferres. Lera conocía bien las dificultades de aquellos emigrantes andaluces que habían recalado en los arrabales madrileños. Por el despacho de la licorería donde trabajaba se dejaban caer algunos en busca de empleo y él, además de aconsejarlos, escribía sus cartas. La novela pasó sin pena ni gloria. Pero un año después fue publicada Los clarines del miedo, que se convirtió en un éxito y se encuentra, junto a los relatos incluidos en La gran temporada de Fernando Quiñones, entre las mejores obras que se han escrito en nuestro país sobre el mundo del toreo. Algunos dicen que es su obra maestra y uno no acierta a explicarse por qué esta historia protagonizada por dos maletillas —uno veterano y fracasado y otro más joven y con hambre de gloria— que se ganan la vida como pueden en las capeas de los pueblos no ha sido recuperada por ninguna editorial. Para quien esto escribe, Los clarines del miedo constituye uno de los más crudos retratos que se han hecho de la España negra que pintaron Goya y Solana, pero, sobre todo, es un veraz testimonio de las entrañas del toreo, con esa borrachera de brutalidad y barbarie, y un extraordinario estudio acerca del miedo. El escritor, superviviente de sí mismo y enfrentado tantas veces a la muerte, lo había conocido bien durante la guerra y en las cárceles de Franco. A cualquier lector se le quedan grabadas esas escenas en las que el pueblo entre aplausos y voces asiste enardecido a la muerte del animal, en las que sean tal vez algunas de las más estremecedoras descripciones de lo que se oculta tras el oropel de la fiesta:

«El toque de muerte abrió la gran interrogación dramática de la tarde. Todos los preparativos, gastos, esfuerzos, ilusiones; la larga espera de un año, la profunda excitación del día; los cohetes, el vino, el sol… Todo esto no tenía más que un objetivo: la muerte del toro. Esa era la razón única de la fiesta. Allí estaba todo el pueblo congregado para estremecerse, para sufrir, para sentir la muerte como un aire frío y, después, gozar con el triunfo de la vida, como si para valorar esta, el pueblo necesitase verla cara a cara con la muerte…».

No se pierdan la versión que rodó Antonio Román al rebufo de la publicación de la novela, que cuenta con un Paco Rabal de voz ya acanallada y que, como en todo lo que hizo, está más allá del elogio.

Podría seguir hablándoles de Los clarines del miedo o recomendarles que le den una oportunidad a alguna de las novelas que vinieron después —La boda, Bochorno, Trampa o Tierra para morir— e incluso a las crónicas que escribió acerca de la situación de los trabajadores españoles en Alemania y que se reúnen en Con la maleta al hombro. Pero de entre todos los libros posteriores que escribió Lera, creo que ninguno tuvo tanta resonancia como Las últimas banderas, la obra de la que les hablaba al principio, y que constituye la primera parte de una tetralogía —Los que perdimos, La noche sin riberas y Oscuro amanecer serían los siguientes títulos— donde el escritor volvió sobre sus penosas experiencias de la guerra. Tiene su historia lo del Premio Planeta. La novela había sido masacrada en el informe de censura, pero eso no arredró a un oportunista como Lara, que vio la oportunidad perfecta para repetir el éxito que habían obtenido libros de parecida temática como los de Gironella o Luis Romero, ambos contando la guerra desde el bando nacional. La cosa no podía salir mal. Si la novela, por mucha ojeriza que se le tuviera al autor por su pasado republicano, resultaba vetada, el escándalo sería mayúsculo, algo que el régimen quería evitar. No olvidemos que solo un año antes se había aprobado la ley Fraga. Así, entre el afán comercial de unos y la tibia voluntad aperturista de otros, salió Las últimas banderas. La perplejidad de Max Aub es entendible. A muchos les escoció que sus libros siguieran prohibidos y, en cambio, el de Lera llegara a los escaparates de las librerías, agotando una edición tras otra, y recibiera las bendiciones de un premio cuya cuantía había subido precisamente aquel año a algo más de un millón de pesetas.

Han pasado casi sesenta años de la publicación de Las últimas banderas y son legión las narraciones que han abordado desde entonces la catástrofe del 36. En su momento, y a pesar de que la mayoría de las críticas fueron positivas, hubo quien dijo que el libro pecaba de una prosa ramplona. Un escritor «popular», así definieron a Lera, con esa condescendencia que la crítica exquisita tan mal disimula. También que era una novela superficial políticamente o que no profundizaba lo suficiente en los entresijos de la contienda. Hoy diríamos que es equidistante. Qué querían. Era el año 67 y, aunque uno pudiera pensar que se había abierto un poco la mano, había que ser muy ingenuo para suponer que la situación se había relajado hasta tolerar no sé qué cosas. Lera, por tanto, lo tenía difícil para meterse en honduras ideológicas. No sé, por otra parte, si eso le interesaba a alguien que no se había marcado otro objetivo que el de narrar una historia personal y reflejar los traumáticos episodios de los que fue testigo y protagonista. Contar los horrores y el sinsentido de la guerra, desde sus comienzos hasta el último parte que firmó Franco. Mostrar de manera desapasionada y honesta la resistencia numantina y el martirio de Madrid y deslizar, incluso, una dura crítica al modo en que actuó la retaguardia republicana cuando el final se aproximaba. La obsesión de todos los vencidos: explicar la derrota y formular un acta de acusación sobre sus causas.

Dudo, sin embargo, de que sea en esos aspectos donde resida el valor de una novela como Las últimas banderas, que bebe directamente de los episodios de Galdós. Aquí no hay vistosas acciones bélicas ni actos heroicos y, aunque es cierto que en su inicio el relato regresa a los orígenes del conflicto para explicarnos la trayectoria de los personajes o que en otros momentos se eleva en busca de grandes panorámicas, los mejores fragmentos son aquellos en los que la mirada discurre a ras de suelo y nos descubre la cotidianeidad de la guerra y el convivir en alerta permanente de una masa anónima con el esto del que hablaba Fernán-Gómez. Creo que es ese retrato humano y la emoción que generan sus figuras lo verdaderamente importante de Las últimas banderas: el ajetreo y el bullir de la gente entre los escombros y los últimos bombardeos, la tensión creciente tras la llegada de nuevos partes y comunicados, el enfrentamiento entre los partidarios de la lucha y los entreguistas, el miedo a los rencores y venganzas que están a punto de desatarse, la urgencia con que se vive y se ama en un mundo que ha perdido todo contorno reconocible. Esas prisas con que, en medio de la catástrofe, se sigue soñando con la vida. Más allá de las objeciones que puedan poner los estilistas, uno debe reconocer el enorme esfuerzo de Lera por presentar de manera fidedigna el caos y el desconcierto que se vivía en aquel Madrid maltrecho y degradado, cuando «las palabras ya no tienen un significado claro, ni tampoco las acciones» y el hombre se había convertido en un animal de acciones imprevisibles. Y junto a esa pintura tan trágica y tenebrosa, admirar el interés por rescatar la dignidad y la grandeza de unos seres como los que protagonizan este relato, tipos a punto de ser barridos por el vendaval de la historia, testigos de excepción de unos acontecimientos terribles y que, pese a intuir la derrota que se avecina, no renuncian a mantener viva una frágil esperanza en el futuro. Lo dice el personaje de Federico Olivares, alter ego del autor: «En lo más alto quedan siempre las banderas de la esperanza, madre. Son las últimas que nos quedan y ¿quién sería capaz de abatirlas definitivamente? ¡Nadie, madre, nadie!».

En los años siguientes Ángel María de Lera publicó otros libros que narraban las vicisitudes de los vencidos. En 1968 participó en la creación del Premio Águilas de Novela, que llegaría a rivalizar en su dotación con el Planeta, y poco tiempo después, cuando ya estábamos en democracia, fundó junto a Eduardo de Guzmán y Gregorio Gallego, compañeros durante la guerra en el anarcosindicalismo y de penas en la represión franquista, la Asociación Colegiada de Escritores de España. Dicen los que le conocieron que era un hombre jovial y vitalista, entre cuyas obsesiones estaba la de garantizar unas buenas condiciones de trabajo a sus colegas y proteger la libertad de expresión. Resabios del sindicalista que siempre fue.

Ángel María de Lera murió en julio de 1984 a los 72 años. Por expreso deseo suyo, fue enterrado en el cementerio civil de Madrid. Sus libros son un ejemplo de actitud crítica y un testimonio de solidaridad y fe en la justicia y en el hombre.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.

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