/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /
No solo Derrida o Lyotard pusieron sobre la mesa la relatividad del texto, sino que ahora con la IA vuelve a plantearse de nuevo, no solo su relatividad, sino incluso los límites de la autoría del texto de un escritor.
Los escritores siempre han ofrecido resistencia a los adelantos tecnológicos, para tener, inevitablemente, que incorporarlos a sus técnicas creativas. Igual que ahora nadie viaja en un carruaje de caballos para desplazarse de una ciudad a otra, casi ningún escritor pega sus correcciones en una hoja de papel como hacía Marcel Proust en sus manuscritos, Para realizar esta esencial tarea del proceso creativo, los escritores de hoy —como consumados tecnólogos— recurren a los numerosos programas que les facilita su ordenador, tanto para establecer variaciones, como amplificaciones y modificaciones textuales. Así y todo, hay escritores que tienen una idea romantizada de su oficio, y que por ello se aferran con veneración a la pluma de escribir y a sus cuadernos y libretas de papeles especiales, por sus texturas y colores. El proceso creativo, en estos casos, pasa por un previo rito de paso, como si las palabras primordiales precisasen prefigurarse en un ámbito sacralizado por los liminares objetos del escritor.
También hay escritores que coleccionan máquinas de escribir, o que conservan como oro en paño la suya —las Letteras de nuestra juventud—, aunque no la utilicen, como un animal totémico que sigue transpirando la inspiración.
La resistencia es tenaz, aunque infructuosa, ya que nadie —sin graves consecuencias— puede sustraerse a su tiempo. Recuerdo a José Saramago cuando expresaba, con audacia poética, su resistencia a las nuevas tecnologías y decía —cito de memoria— que una lágrima nunca humedecerá un e-mail. Se refería, naturalmente, a la irreparable pérdida de la comunicación humana a través de las cartas, del papel atesorado en un sobre, que llegaba a nosotros —la mayoría de las veces— como una prolongación física de su emisor. Pero, lamentablemente, como revela esta sabia constatación empírica de Saramago, ya apenas se escriben cartas —como nadie viaja en coche de caballos—, y cuando alguna llega a nuestro buzón, enseguida nos percatamos de que también tienen el funcional formato de un correo electrónico. Qué lejanas se muestran aquellas reflexivas y lúcidas cartas —casi tratados de estética y de otras cuestiones— de nuestros escritores decimonónicos.
La inmediatez ha sustituido a la mediatez, causa tal vez de que todo sea tan efímero, o tan líquido —con permiso de Bauman—, en el flujo incesante de lo instantáneo. Quizá esta conciencia de lo efímero, del inestable suelo por el que transita nuestra época, facilite los egotismos extremos, como se puede comprobar en la política —caso de Trump y de tantos otros— y también en el arte, que, si bien por esencia tiende a perdurar, por necesidad se ha vuelto extremamente contingente, como reflejo del morboso anhelo de brillar, aunque sea solo un fatuo instante, para —con la misma inmediatez— formar parte de las cenizas de este tiempo saturnal.
Esta inmediatez nos sumerge en una insondable paradoja —la del «síndrome de Virgilio»—, ya que, si bien hoy día cualquier escritor tiene en sus manos poderosísimas herramientas para copiar y duplicar su obra, así como para expandirla, a través de los canales abiertos de Internet, también cuenta con menos posibilidades de que se perpetúe. La Eneida llegó, en cambio, a nuestras manos, a pesar de sus escasísimas copias y de las guerras y catástrofes sin cuento que sus manuscritos tuvieron que atravesar.
Por eso llaman tanto la atención, además de mostrarse sumamente necesarios contra los banales y efímeros destellos de las mixtificaciones literarias, los poetas fuera de las convenciones y convencionalismos del mercado, como Fernando Menéndez: uno de los últimos amanuenses de nuestra tradición literaria, cada vez más digital y tecnológica. Fernando Menéndez es un caso extremo de resistencia contra las nuevas —vuelvo a reiterar— e insoslayables tecnologías, un escriba nada anacrónico en el dédalo de la inmediatez, en cuya escritura cobra tanta importancia el obrar como el sentir, el hacer como el pensar. Fernando Menéndez es un claro ejemplo de artista solitario, ensimismado en torno a su obra, alejado de los mentideros literarios de Gijón; si bien —y no es una paradoja—, en permanente conexión con otros trazadores de significados profundos, emboscados por diferentes ciudades europeas.
En Fernando Menéndez todo es sutil: un color puede ensombrecer una idea, un grafismo iluminar el universo. La sinestesia ilumina la sinfonía interior de sus textos, de su río o mar heraclitiano: «todo se acaba/ me dices contemplando/ pasar las nubes». Fernando ha construido una obra insondable a través de lo pequeño, del aforismo, del haiku, y de la sensorial imagen y del evocador concepto; es decir, a través de la desnuda inteligencia. Y ha trasladado su saber artesanal, casi claustral, a la edición de libros que en sus minoritarias ediciones adquieren la condición de obras de arte en sí mismas, libros iluminados e iluminadores, en donde el texto de sus respectivos autores se transforma en otra materialidad textual que lleva su firma y huella.
Fernando Menéndez es en sí mismo —como proclamaba Juan Ramón Jiménez— una obra en marcha, que no precisa de grupos literarios ni de cansinas confrontaciones de egos; orientado siempre a lo sustantivo, al incremento de las páginas de su universo creativo. Tal vez, porque lo anime la secreta certeza de que sus ediciones limitadas sobrevivirán a la banalización de este incendio digital, al expurgo destinado a otra época.
Por eso Fernando Menéndez es un buen referente en estos mutantes tiempos, donde se vuelve a plantear con descaro los límites de la autoría del texto de un escritor. Leer a Fernando Menéndez es una forma de no perder el vínculo —sacralizado o no— con la escritura, con su transignificación; aun a sabiendas de que una lágrima nunca humedecerá un e-mail.
Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.

