/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
El nombre de José Ramón Arana no suele destacar en la siempre incompleta nómina de escritores del exilio republicano. No sé si será por lo escueto de su producción, la dispersión de sus energías en otros asuntos que no fueran su propia obra, que no se han hecho los suficientes esfuerzos por rescatarlo del olvido, aunque me consta que sí, o que, como dijo una vez el escritor Alfons Cervera, lo que pasa con el exilio es que es un lugar del que no se vuelve. El de Arana comenzó cuando todavía era José Ruiz Borau y acababa de sonar la última hora de la República. Aquella retirada en un inhóspito invierno de 1939 por los pasos fronterizos de Portbou, Cerbère, Bourg-Madame, Le-Perthus… Una avalancha de mujeres, ancianos, niños y hombres con el escozor de la derrota a cuestas. Carros, enseres, maletas, animales, camiones. Los maltrechos restos del ejército del Ebro y el sueño de un sol de infancia prendido en los bolsillos de Antonio Machado. Luego vendría el campo de Gurs, levantado a toda prisa por los franceses para acoger a toda aquella masa informe de refugiados, que ya no cabían en el de Argelès-sur-Mer. Como no estaba previsto que los barracones estuvieran terminados hasta el verano, los españoles se encontraron con simples chozas, sin aseo ni electricidad, a merced del viento, el frío y la humedad. Para lavarse les daban las mismas cubetas donde luego hacían el cemento los obreros. De todas aquellas calamidades daría cuenta Arana, ahora sí con el nombre que eligió como escritor, en un libro de poemas titulado A tu sombra lejana y que aparecería publicado en México. Logró fugarse de Gurs a finales de 1939 y se estableció en Marsella. Pero apenas unos meses después los alemanes habían entrado en París y los cochazos negros de la Gestapo cruzaban toda Francia «acarreando pasto para el odio», como dice uno de los versos de aquel libro. De nuevo, una huida desesperada. Años más tarde contaría en una entrevista que tuvo que pagar su pasaje en un vapor con destino a Martinica con la venta de una primera edición del Romancero gitano firmada por Lorca.
La historia de José Ramón Arana podría contarse desde los inicios del éxodo republicano, pero sería un relato incompleto, porque antes hay que hablar del hijo de un maestro rural con ideas socialistas que murió cuando el escritor solo era un niño. Una infancia de luto, escasez y hambre canina, remediada con pan de serrín y a la sombra excesivamente protectora de su madre y dos tías, trabajando de aprendiz desde los doce años en una imprenta de Zaragoza y en todo tipo de empleos precarios hasta que pudo emigrar a Barcelona con su primera mujer. Eran los años veinte y la dictadura de Primo de Rivera estaba dando las últimas boqueadas. Mucho tiempo después describiría cómo fue la llegada a la ciudad, el contacto con el movimiento obrero y el trabajo en una fundición de donde extrajo unas lecciones que le durarían toda la vida. Can Girona: por el desván de los recuerdos, un libro que iba a ser la primera parte de un ciclo autobiográfico y que no se publicó hasta 1973, cuando el escritor era prácticamente inédito en nuestro país y la Causa General abierta contra el realismo social se había saldado con el veredicto de que aquello, además de un pecado estético, se avenía mal con la España que estaba a punto de salir del vasto calabozo de la dictadura. Para que luego digan que eso del canon es una cosa objetiva donde no pesan los criterios ideológicos. Pese al dictamen de los exquisitos, yo les puedo asegurar que emociona y estremece entrar en las páginas de ese libro de Arana, olvidado desde hace décadas, y ver pintada de una manera tan honesta y veraz la realidad cotidiana de los obreros, con doce horas diarias de martirio remunerado ―dieciocho los días que había que cambiar de turno, nada menos―, el resurgir del movimiento sindical, la alienación embrutecedora del trabajo y los duros ambientes por los que se movía aquel joven aragonés de formación autodidacta que aún no era escritor, pero asistía con curiosidad a las discusiones con los compañeros y las tertulias políticas e intelectuales en los cafés o participaba como uno más en los choques con los chivatos y los patronos. Un trozo de vida, como indicó en el prólogo de la novela un amigo del alma, el escritor Manuel Andújar, o la descripción de una paulatina toma de conciencia de clase que habría de cristalizar años más tarde, cuando ya de regreso en Zaragoza, Arana se convirtió en dirigente de la UGT y secretario del Ateneo Popular.
La guerra estaba a punto de estallar. Tras el triunfo del golpe en la capital, Arana, que militaba en secreto en el PCE y fue avisado por un vecino de que los pistoleros falangistas estaban tras él, tuvo que refugiarse en Monegrillo, el pueblo donde se encontraba su madre, y donde ejerció un tiempo de maestro después de que las tropas anarquistas de Durruti lograran controlar la zona. De allí saldría para la Unión Soviética, formando parte como delegado sindical de una comitiva que pretendía negociar armas para el ejército republicano. Aquel episodio daría lugar a Apuntes de un viaje a la URSS, libro en el que narra un tremendo desengaño ―conoció a Stalin y vio de cerca el miedo con el que los rusos sentían aquella zarpa de oso que estaba convirtiendo en terribles purgas la edificación del gran estado socialista― y que desconozco si ha sido recuperado por alguna editorial. A estas alturas, y viendo que con la excepción de un par de títulos el legado del escritor ha desaparecido en los rastros y las librerías de viejo, me imagino que no. Fue en esos años en los que vivía a salto de mata, con continuos viajes entre lo que quedaba del Aragón republicano y una Barcelona sobre la que no dejaban de caer las bombas fascistas cuando conoció a la que sería su compañera, María Dolores Arana, periodista y funcionaria del gobierno republicano, firma habitual en algunas revistas poéticas que estaban en la vanguardia cultural zaragozana como Noreste y secretaria de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Nuestro protagonista, tal vez porque necesitaba una nueva identidad después de haber empezado a hacer labores de espionaje en Francia, porque temía las represalias del franquismo o simplemente como muestra de amor a la que sería su segunda esposa, adoptaría en adelante su apellido como seudónimo. Nunca más volvería a utilizar los apellidos de Ruiz Borau, que sí hizo famoso un primo suyo dedicado al cine. Juntos, tras escapar de los nazis y después de un periplo que comprendió una breve estancia en Martinica y otra más accidentada en el particular Macondo que dirigía con mano de hierro un sátrapa como Trujillo, Arana y su mujer desembarcarían en México a finales de 1942.
Dice Manuel Aznar Soler que el del regreso, como la idea de libertad para quien está preso, fue un pensamiento recurrente y casi obsesivo en la mente de los exiliados. Un vivir escindido, atrapado en el dilema entre el ansiado retorno o la necesidad de encontrar un arraigo para superar el trauma de la pérdida. José Ramón Arana no fue una excepción. A pesar de que hizo todos los esfuerzos posibles por lograr una integración en su país de acogida, durante los treinta años que pasaría allí prevaleció siempre el anhelo de volver a España. Se ha descrito muchas veces, y no sin excesivo entusiasmo, el generoso y noble recibimiento que México dispensó a los exiliados españoles. Faltan por añadir a ese relato los exabruptos y comentarios despectivos de una parte de la sociedad ―ahí están los términos refugachos y refigigiados con que un actor como Cantinflas y la derecha mexicana definían a los refugiados españoles― que no veía con buenos ojos la aparición de aquel hormiguero de comunistas, socialistas y anarquistas, poco menos que anticristos, que llegaban con lo puesto, sospechosos de todos los delitos y a los que culpaban de quitar los puestos de trabajo a la población local. ¿Les suena el caso? Unos comienzos difíciles en la supervivencia diaria, con el pesar del destierro a cuestas, las animadversiones y enfrentamientos entre unos y otros republicanos por la responsabilidad en la derrota y, en el caso particular de Arana, las dentelladas del remordimiento por haber abandonado a su primera familia en España.
Quién sabe si fue por la huella que había dejado aquel primer trabajo en una imprenta zaragozana, pero el caso es que Arana no encontró mejor ocupación en México que la de librero ambulante. En e un libro del también exiliado Simón Otaola, La librería de Arana, ha quedado para siempre la estampa del escritor aragonés con un enorme paquete de libros que llevaba «como un pan o como un golondrino» bajo el brazo y malvendía de puerta en puerta o en los cafés donde paraban los exiliados. Fue así como empezó a estrechar lazos con muchos de aquellos otros expatriados ―Jarnés, Bergamín, Sender, Pedro Garfias, Altolaguirre, García Bacca, Anselmo Carretero, León Felipe― con los que acabaría colaborando más adelante en la creación de revistas como Aragón o Ruedo Ibérico, que apenas tuvieron unos pocos números, pero que serían el antecedente de una de las más importantes y originales publicaciones del exilio, Las Españas, fundada por Arana junto a Manuel Andújar en 1946. Una revista en la que se pretendían aglutinar las distintas experiencias y sentimentalidades del exilio y con la que difundir la cultura española y que, esta vez sí, alcanzó una cierta continuidad. Y ligados a esas publicaciones surgirían luego los proyectos editoriales, como la editorial Medea, en la que apareció aquel primer libro de poemas del que les hablé antes con dedicatoria a su madre, o la mítica colección Aquelarre, en donde salieron títulos como Ariadna y Mosén Millán de Sender o Veturián y El cura de Almuniaced, del propio Arana.
De esta última les quería hablar, pero déjenme empezar por el final. ¿Se acuerdan de Mientras dure la guerra, la película que rodó Amenábar hace unos años sobre los primeros compases de la guerra civil y con Unamuno de protagonista? No sé la de premios que se llevó. A mí, en cambio, todavía me dura el cabreo. Una cosa descafeinada y como de cartón piedra que sustituía lo que debería haber sido un retrato de los conflictos y las posiciones que estaban en juego al comienzo de la guerra por la épica de los grandes sentimientos, con mucho piano y violines, unos cuantos clichés y el mensaje de la dichosa tercera vía como alternativa a aquellas dos Españas que estaban a punto de enfrentarse. Bueno, pues El cura de Almuniaced es todo lo contrario. En esas apretadas cien páginas se encuentra la respuesta a la gran obsesión que rumiaron los exiliados durante cuarenta años y que aquí, salvo unas contadas excepciones, no hemos sabido responder: el porqué y el significado de la guerra. Y una cosa más. No creo exagerar si les digo que la novela de Arana está a la misma altura que El Diario de Hamlet García de Paulino Masip, La forja de un rebelde de Barea, La cabeza del cordero de Ayala, los Campos de Aub o el Réquiem por un campesino español de Sender, con la que a menudo se la emparenta. Casi nada. Curiosidades de la vida o cosas de la literatura: El cura de Almuniaced vio la luz en México en 1950, tres años antes que el libro de Sender, que, además, salió en esa colección de la que les hablaba antes y había creado el propio Arana, pero cuando se intentó publicar aquí casi veinte años más tarde se encontró con la oposición de la censura, que paralizó la edición. Al final ha sido el Réquiem el que ha quedado en los manuales y se pone de lectura obligatoria en los institutos. Y yo me pregunto si no hay sitio para los dos.
En El cura de Almuniaced, aparte de una imagen precisa, de gran belleza, intensidad y alto vuelo lírico del paisaje aragonés en que se había criado Arana, nos encontramos con Mosén Jacinto, uno de esos sacerdotes agónicos, como el de Unamuno o Sender, que a las puertas de la guerra no está ni con unos ni con otros. Lo que tenemos aquí es un hombre de una sola pieza y con las ideas muy claras, caritativo y profundamente humano, que, a diferencia de los desgarros existenciales de Manuel Bueno o la debilidad de carácter que mostraba el párroco Mosén Millán, no duda en enfrentarse a los caciques locales a la hora de mantener vivo su magisterio, asistiendo a los pobres en las faenas del campo y dándoles consuelo cuando lo necesitan, o de pararles los pies a las hordas de desarrapados anarquistas que entran en el pueblo en los primeros instantes de la guerra y pretenden pasar por las armas a todos aquellos que consideran enemigos de clase. Incapaz de entender los motivos de tanto odio y crueldad ―aún menos de justificarlos― y convertido en motivo de recelo y desconfianza para los dos bandos, que no acaban de verlo como uno de los suyos, el desarrollo de la contienda sumirá al personaje en profundas dudas y un desengaño que harán tambalear los pilares de su fe, pero que, sobre todo, le ofrecerán algunas certezas acerca de la locura que ha empezado a dominar el país: la violencia y brutalidad que emplean unos y otros, el papel cómplice que ha jugado la Iglesia contra los oprimidos o los resortes y conflictos de clase que están detrás del estallido de la guerra. Unas conclusiones que no pueden ser más pesimistas y que dejan entrever lo que se avecina cuando todo acabe: «No hay después. Un día callarán los fusiles y alguien dirá que ha llegado la paz, pero será mentira. La guerra estará con nosotros y nosotros en ella, inmóviles en este tiempo: ¡que no se puede matar y ver morir impunemente!». Ese fracaso íntimo, que es por supuesto la historia de una gran derrota colectiva, se resolverá en un intenso y soberbio final que les dejo descubrir a ustedes.
José Ramón Arana no llegó a ver publicada esta novela en España. Como les decía antes, el libro se encontró con la oposición de la censura y no sería hasta 1979 cuando pudo editarse con un prólogo de Manuel Andújar. El escritor regresó de su exilio mexicano en 1972, ya muy enfermo, y trabajó en un relato formidable, ¡Viva Cristo, ray!, sobre aquellos primeros y agitados años de su vida en la política sindical, y que aparecería inconcluso tras su muerte un año después. Su último deseo fue el de ser enterrado en el pueblo de Monegrillos, en una tumba al lado de la de su madre.
Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.

