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El runrún interior (137)

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (136)

Miércoles, 29/5/2024. Lo señala Mauro Entrialgo, con respecto a Gaza y el apoyo de nuestras derechas a las masacres israelíes: qué de antiabortistas a favor de matar niños.

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A veces se escuchan en la izquierda lamentos por que la derecha se «apropie» de la rojigualda. No dejan de expresar en negativo el deseo de una «bandera de todos». Yo no lo tengo. Se la regalo con un lacito. No quiero que me una absolutamente nada a gente como Santiago Abascal.

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Cayetana Álvarez de Toledo, en el Congreso, a Sánchez: «Sobre Argentina, un comentario: yo prefiero la motosierra al coche bomba, que fue el juguete de sus socios». Madre del amor hermoso,la psyop por la que se nos quiso hacer pensar que esta señora era una intelectual de tronío. En realidad tiene menos luces que una lancha de contrabando, pero esa fornida seguridad en una misma que da el nacer con una cucharilla de plata en la boca. Y con eso a veces basta.

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198, la marca de ropa de izquierdas, fetiche de las gentes de Podemos y algunas otras, anuncia una nueva línea de camisetas; remedos de camiseta de selección de fútbol de cada una de las regiones españolas. El anuncio dice: «¿Recuerdas los buenos viejos tiempos? ¡Vuelve a vestir tus principios! Redescubre cómo vestir y estar del lado bueno de la historia. Porque ser de izquierdas nunca pasa de moda. ¡Haz clic para ver qué hay de nuevo y aprovecha un 15% de descuento en tu próxima compra con el código REVUELTA198!». Me quedo perplejo. Apelación reaccionaria a «los buenos viejos tiempos» para promocionar camisetas terruñistas. Los principios como algo que se viste, el «lado bueno de la historia» como un lugar en el que basta con vestirse de una determinada manera para estar. La izquierda como moda. Por aquí no es. No debería.

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El envío de armas a Ucrania tiene derivadas a considerar con prudencia, y es legítimo oponerse (aunque yo no lo hago). Pero decir que no ha servido para parar a Putin, como escucho bramar hoy a Irene Montero, es una burda mentira. Cualquiera se da cuenta de que, sin él, la guerra habría durado días y hoy habría un gobierno títere en Kiev.

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En Israel, gana las primarias del Partido Laborista —hegemónico en las primeras décadas de existencia del país, hoy muy menguado— Yair Golan, un tipo con vitola de moderado, pero del que hay constancia de llamamientos a «matar de hambre a los gazatíes» y de su utilización de civiles palestinos como escudos humanos cuando era comandante del Tsahal. El problema no es solo Netanyahu.

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Hay un conjunto de gente de los años treinta con el que simpatizo mucho cuando me lo topo en mis lecturas. Fueron siempre comunistas, revolucionarios, recusaban el reformismo, pero el estalinismo les fue espantando, y no solo por su terror, sino también por su opulencia, esa cosa barroca. Se tomaron en serio el antifascismo, España les conmovió hasta el tuétano. No eran necesariamente trotskistas. Marcaban distancias con los anarquistas, pero se sentían próximos al anarquismo más sensato; admiraban a Durruti. Solían ser algo ingenuos, pero a la vez muy clarividentes (porque, en tiempos de auge fascista, la ingenuidad es clarividencia). Eran activistas abnegados, siempre disponibles para lo que se les pidiera, pero no la clase de gente que inspira, expira y exuda política las veinticuatro horas del día. A la vez disciplinados y creativos; leales, pero no perrunos. Cultos, políglotas, cosmopolitas, frecuentemente judíos. Sufrieron mil desengaños, pero no se volvieron cínicos, ni amorales, ni liberales. Fueron generosos con las nuevas generaciones y sensibilidades, les rejuveneció el sesenta y ocho si vivieron para verlo, nunca olvidaron España. Y eran una minoría, al fin y al cabo, pero una que no se encapsuló en su minoritariedad, sino todo lo contrario. Consciente de serlo, nunca puso reparos en aliarse con quien fuera, y por desagradable que fuera, para derrotar a los monstruos.


Jueves, 30/5/2024. Netanyahu recibe a una delegación de Vox con honores casi de Estado. Están Abascal y Hermann Tertsch, hijo de un militante del NSDAP. Tenemos que ir haciéndonos cargo de algo terrible: la memoria antifascista ya no tiene operatividad política. Si no la tiene en Israel, menos la va a tener en otros lugares. Si la alerta antifascista funciona todavía, es como miedo a lo que viene, no como recuerdo de lo que vino.

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Una foto tremenda de Ronen Zvulun para Reuters, tomada en la frontera de Gaza. La mitad inferior es un cuidado campo de girasoles alineados. La mitad superior, los edificios destruidos de la Franja masacrada; una masa gris de quesos de gruyère de hormigón, recortándose contra un cielo tomado por el humo. La frontera es una línea exacta, perfecta. A un lado y hasta el borde, los girasoles; al otro el apocalipsis. El siglo XXI —pienso— es esta fina linde entre la Toscana y Chechenia.

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Un niño y una niña de unos siete u ocho años juegan en el prado de un merendero, al sol ya vigoroso de esta tarde penúltima de mayo. Son morenos y guapos. Ella hace como que es un bebé; él, como que es su padre. Y con esa premisa narrativa, entre gugutatas y llantinas de pega, se abrazan, se besan, dan vueltas entrelazados en la hierba segada. Es puro juego infantil; no hay el menor atisbo de nada más. Pero aprecio en ellos un sutil mohín de fastidio cuando otros amiguitos tratan de sumarse al pasatiempo, y me da la sensación de que se escabullen de ellos en cuanto pueden, en un deseo inexplícito de volver a estar solos. No: no hay nada más que infancia en estos cuerpos tiernos y su risa desmañada; ellos, desde luego, no sienten que haya nada más. Pero algo oiría en ellos, creo, un tímpano imposible, sensibilísimo, capaz de vibrar con el rumor de una margarita naciendo quedamente al fondo de la tierra; de captar el murmullo de una rama pelada cavilando —como alguien que apura los cinco minutos previos al sonar del despertador— el quehacer inminente de llenarse de hojas.

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Cada capítulo de Nos vemos en otra vida, la miniserie de televisión basada en un libro de Manuel Jabois sobre el 11-M, te avisa al empezar de que «contiene imágenes de tabaco», pero de los tres kilos y medio de rayas de cocaína que los protagonistas consumen no te dice una palabra.


Viernes, 31/5/2024. Legisladores del Partido Republicano de Texas están elaborando una ley que castigará con pena de muerte a pacientes que quieran abortar. Además, en dicho proyecto se solicitará que se enseñe el cristianismo y la Biblia en las escuelas públicas. Cristo también tiene talibanes, y son igual de chungos.

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En Madrid, la estación de Metro de Santiago Bernabéu cambia de nombre durante una semana por el concierto de un tal Duki. Se llamará Estación Duko hasta el 8 de junio. El Madrid de Ayuso es como el tipo aquel de las hipotecas a tiro fijo, que se tatuaba cualquier cosa humillante por (no demasiada) pasta.

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«Creedme, Israel está perdiendo», tuitea Muhammad Smiry desde Gaza. No me parece una boutade. Palestina sobrevivirá, aunque sea hecha trizas, porque, pese a todo, un arrasamiento total es imposible. Pero a ver qué pasa con Israel, porque los más salvajes allá no van a aceptar una «victoria mutilada», los ánimos ya estaban caldeados en el país, y en una sociedad armada y febril tras una guerra enloquecida, eso es carne de conflicto civil. A veces el que gana pierde, y el que pierde gana. Este último no es el caso de Palestina, que ha perdido mucho: decenas de miles de vidas, para empezar. Pero el primero sí puede ser el caso de Israel. De esta guerra, cuando se acabe, no va a salir un país más unido y más fuerte. Y para un país joven y hecho de retazos como es Israel, eso es una noticia más preocupante que para otros. El ultranacionalismo y la guerra contra enemigos exteriores camufla a veces grandes divisiones y debilidades internas que no resuelve, sino que posterga e incluso agrava. En un país ya casi sin izquierda, con un parlamento cuyos quesitos agotan los matices del negro y el azul, los que clamen contra la «puñalada por la espalda» de una invasión sin Solución Final si al final hay acuerdo de paz (y tendrá que haberlo, por draconiano que sea para Palestina) no van a ser cuatro gatos. De un escenario así, sale lo que la historia nos dice que sale, pero, esta vez, con armas nucleares desde el principio e informaciones contrastadas de que el Estado israelí está perdiendo el control de porciones de sí mismo, que se paramilitarizan o privatizan de facto. En Haaretz hemos ido leyendo informaciones de pérdida de control de partes del Ejército por parte del mando central; partes que se convierten en milicias que rechazan las órdenes de contención y se dedican a perpetrar crueldades inenarrables. O que la Knéset aprobó hace poco la creación de una Guardia Nacional a las órdenes del ministro fundamentalista Ben Gvir, entre cuyas funciones está «sofocar» las protestas. Yo, de ser israelí, estaría preocupado. Y no solo ni principalmente por Hamás.

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Empiezo Claros del bosque, de María Zambrano, y en el prólogo de Joaquín Verdú de Gregorio leo que el primer recuerdo de la filósofa era de su padre acercándola pausadamente hacia la rama de un limonero, y la fascinación por el aleteo del aire y el color del fruto. El mío —evoco— es de un mogote de hormigón que había en el parque de mi barrio y en el que jugábamos con micromachines.Vidas distintas.

Qué libro, este. No me entero de mucho, pero me dejo arrullar por la prosa deslumbrante, como por un sueño que no sabríamos resumir, pero que nos estremece —por citar a la propia Zambrano— como «lo que apenas entrevisto o presentido va a esconderse sin que se sepa dónde, ni si alguna vez volverá; ese surco apenas abierto en el aire, ese temblor de algunas hojas, la flecha inapercibida que deja, sin embargo, la huella de su verdad en la herida que abre, la sombra del animal que huye, ciervo quizá también él herido, la llaga que de todo ello queda en el claro del bosque. Y el silencio». Dice la filósofa que «sueño y vigilia no son dos partes de la vida; que ella, la vida, no tiene partes, sino lugares y rostros». Y algo así es este ensayo para un lego como yo; un sueño incomprensible y magnífico en el que da tanto en tanto resplandece la claridad de la vigilia. Como cuando Zambrano define la revelación: «Una llama que funde el sentido hasta ese instante ciego con su correspondiente ver, y con la realidad misma que no le ofrece resistencia alguna. Pues que no llega como una extraña que hay que asimilar, ni como una esclava que hay que liberar, ni con imperio de poseer. Y no se aparece entonces como realidad ni como irrealidd. Simplemente se da el encenderse de la visión, la belleza». Belleza que también define la autora al escribir que siempre tiende «a la esfericidad. La mirada que la recoge quiere abarcarla toda al mismo tiempo, porque es una manifestación sensible de la unidad. […] Y la mente de quien la contempla tiende a asimilarse a ella, y el corazón a bebérsela en un solo respiro, como su cáliz anhelado, su encanto».

Subrayo también este pasaje: «Mientras dura un ciclo histórico, hay palabras que permanecen en una determinada visibilidad y que corren de boca en boca; son los tópicos de esos siglos. Sus sentencias, por lo tanto, son condenatorias por lo general. Y hay también palabras escritas, y que, como escritas, se repiten, apaciguadoras y sabias, que marcan el límite; un cerco vienen a formar todas ellas que muy pocas gentes trascienden».

Y este: «Centellean en la noche del ser, a través de la claridad de la conciencia que no la disipa, signos, signos del reino de la matemática, y figuras también de otros reinos, del reino de lo sacro o de lo que a serlo tiende, principalmente. Llaman, amenazando convertirse en obsesiones, a ser descifrados; se imponen como estaciones a recorrer, como pasos que hay que dar fuera o más allá del camino de aquel que se lo haya trazado de antemano, con su sola, escuálida razón. Rondan y revolotean estos signos en las figuras del arte y en las del que ve visiones. Muchas de ellas, fantasmas de algo, ser o suceso, percibido realmente en la vida cotidiana, percibidas realmente, mas no verdaderamente. Y su imagen visionaria persigue así como la verdad inadvertida, como la razón dejada en los aires».

Otra parte que me cautiva especialmente es una en la que la filósofa diserta sobre la Luna y su luz; «una luz que es solo luz, sin fuego, propio reflejo de una lejana y ajena combustión», una luz «ávida como un pensamiento que no llega a serlo por faltarle la chispa de un fuego indispensable», pero que es capaz de crear «un mar propio con su sola aparición», y que, «atrae, en su avidez incontenible de ser amada, a costa del ser que la mira y que de ella se queda prendido, llevándolo hacia sí, hacia el mar acuoso que su luz crea; una luz como de galaxia, que, quizá, es lo que ella dejó de ser, desprendiéndose de alguna galaxia de la que guarda nostalgia». La belleza, define también Zambrano, es esa «claridad sin signo alguno del fuego». Y qué deslumbrante, también, la reflexión que hace sobre que «los cielos son múltiples. Cielo en singular es una abstracción casi inoperante». Y el infierno no es más que un cielo hermético: «Pues que sucede de sólito que se sea prisionero de un cielo, y al sentirse así, prisionero, se gire buscando la salida. Se hace entonces el infierno […] Pues todo está en un cielo. No hay infierno que no sea la entraña de algún cielo».


Sábado, 1/6/2024. Una época la nuestra —también dentro de la izquierda— de hijos de puta brillantes y concienzudos y bondades mediocres y aplatanadas.

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Xandru Fernández: «La vida está llena de momentos para actuar conforme a tus convicciones políticas. Creer que solo puedes hacerlo cuando votas es puro cinismo. Y un error político: en unas elecciones no se decide qué convicciones son las mejores, sino el marco donde poder ejercerlas».

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La tarde ambarina, el techo de madera de la casa de pueblo, la danza de los árboles, su vals de hojas contentas al otro lado de la ventana, no deshacer la cama y encima de sus ásperas mantas aflojarse, perecer dulcemente, entregarse a la policía amorosa del sueño, ser arroyuelo desembocado en el agua del sueño, una abeja anónima en los enjambres del sueño, la miel que segregan las abejas soñadas, un pálpito de miel en una siesta de abeja en una gema de ámbar, gemación del gemido de un anhelo desanhelante, una nada serpenteante en el abismo de un mar de ámbar, ser escuálido y ser feliz allá donde no hay lenguaje sino una procesión de fosforescencias, un aliento de aurora trisolar sin crepúsculo, tremor de noche dorada, furtiva de mediodía, de clareada llanura, y en la llanura evadirse al confín del horizonte, abrigado por la intemperie, dichosamente deshecho, arenisca pulverizada en un sol inconmensurable, y con él ponerse, marcharse con él detrás del horizonte, al obrador de las alboradas, al taller de la luz, al útero del alba y con el alba nacer como un aciano tímido, ser arrullado en el alba, en un pliegue palisandro de la colcha del alba, ser ave de alas impregnadas del polen rubio del alba, quetzal majestuoso que en árboles danzarines descanse de su patrulla de deidad frágil del manglar, y añada sus plumas verdes a la danzaprima de las hojas, en una tarde ambarina de brisa juguetona, al final de la primavera, y en un momento dado, con un batir de alas, con un fulgor también de crueldad pícara en los ojillos, desaparezca súbitamente.

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El fascismo es la aplicación a la metrópoli de lo primeramente perpetrado en las colonias. El nazismo empezó en Namibia; el franquismo, en el Rif. Va a haber gente en Israel que acabe sufriendo lo que hoy se perpetra en nombre de su libertad contra los gazatíes.

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Pienso a menudo, y a la vez, en la gente decepcionada con que, en Juego de tronos, Daenerys Targaryen acabara siendo una tirana en vez de una salvadora fetén y en la que, de Cómo conocí a vuestra madre, le indignó que Ted Mosby acabara con Robin en lugar de con la madre del título. Inquietantes deseos de redondez romántica.

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Xan López: «Desde 2016 vivimos una cadencia de crisis permanente. Cada una abre oportunidades de intervención, pero también envía a una parte de nuestro tejido asociativo a una especie de neurosis permanente e irreversible. Blackpilled, dirían en inglés, perdidos en el tañido del vacío. Es especialmente angustioso, al menos para mí, ver a gente que hace bien poco eran pilares de nuestro espacio político (¡a nivel mundial!) caer en un frenesí de automarginación sin límites. Y ni siquiera es una respuesta a una derrota contundente, algo que sería trágico pero comprensible a nivel humano. Muchas veces es casi lo contrario, el trauma de haber ganado una mínima relevancia, de haber mirado de frente a la responsabilidad».

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Juan Ponte: «En situación de mínimos emancipatorios, preferir antes reformas sin reformismo que ideología reformista sin reformas».

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Una sustanciosa conversación entre la tuitera Sara y Jónatham F. Moriche:

SARA: Naturalmente que la ultraderecha sigue teniendo el antisemitismo como uno de los argumentos fundacionales de su ideario. Apoyar a Israel es meramente instrumental. Es respaldar a un Estado que hace realidad sus sueños húmedos de expansionismo etnicista y depredación colonial.

MORICHE: Tengo algunas dudas sobre esto. Como el pinkwashing o el ecofascismo, es posible que lo que naciera como conveniencia táctica se esté consolidando como estructura ideológica real, especialmente en los sectores en que el abrazo al sionismo se basa en elucubraciones escatológicas.

SARA: Bueno, es un asunto de contexto histórico. Mientras fueron una comunidad marginada y reprimida no dudaron en emplear el martillo, ahora que son potencia mundial usan la peana.

MORICHE: Sí, pero en el curso histórico se producen evoluciones ideológicas reales. Digamos que, para muchos fascistas, los judíos en su travesía colonial post-1945 pasaron de aquel a este lado de la supremacía blanca, «han aprendido», «se lo han ganado». Es hipersociopático pero eficaz.

SARA: Eso no implica que en su universo conspiranoico no sigan sólidamente anclados Los protocolos de los Sabios de Sion, adaptados a la Nave del Misterio.

MORICHE: Efectivamente, o la conspiranoia evidentemente antisemita sobre Soros. Pero creo que, por muy ilógico que nos pueda parecer, eso no genera contradicciones al nazi que honestamente admira al judío sionista blanco que asume la defensa de la marca israelí masacrando musulmanes.

SARA: Igual que la presencia judía se entendió como extraña en espacios pretendidamente blancos, tras la aniquilación de las comunidades judías europeas con el Holocausto el papel invasor corresponde al elemento musulmán.

MORICHE: Exacto. Además eso cuadra bien con el discurso fascista del etnopluralismo («cada quien esté donde debe según su color»): el judío no es lo suficientemente blanco para vivir aquí, al menos en gran número, pero sí para hacerse un hueco allí matando a otros menos blancos que él.


Domingo, 2/6/2024. Hoy he visto a una madre con su hijo pequeño en brazos que llevaba tatuada en el brazo una madre con su hijo pequeño en brazos. Fractales del día.

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Como recuerda hoy Moriche, el 5 de mayo dijo Raúl Sánchez Cedillo, rabioso intelectual del pablismo: «Obviamente, sabemos que eso [el reconocimiento de España del Estado palestino] no va a suceder». Como resume Xan López, «antes de que ocurra es imposible, cuando ocurre es absolutamente irrelevante. O dicho de otra manera: mientras algo no se consigue, se usa para demostrar que es imposible conseguirlo con reformas; si se consigue, se usa para demostrar que es una reforma funcional al sistema».

Dice también Moriche hoy que «toca elegir si la actividad política es para transformar algo o para expresar todo el dolor y disconformidad acumulados. Yo creo que mover media micra una sola cosa real vale y sirve más que chillarle todo tu descontento al universo, pero igual esa es hoy una idea pasada de moda». Amén.

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De la pandemia guardo y guardaré siempre el espantado recuerdo de que llegué a leer sobre el «derecho a enfermar», y de estas europeas tal vez guarde el de que llegué a encontrar lecturas de cartilla de Podemos a Manu Pineda —un tipo que vivió en Gaza y ha sido escudo humano allí— por insuficiente propalestinismo.

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Empiezo La liebre con ojos de ámbar: una herencia oculta, de Edmund de Waal, un libro en el que cuenta la historia de su familia —los Ephrussi, una saga de financieros judíos— a través de la de una colección de netsuke japoneses adquirida por Charles Ephrussi (1849-1905) y que luego fue peregrinado por distintas casas familiares, en el París del XIX, la Viena pre-primera guerra mundial, Londres o Tokio. En torno a ese hilo conductor,De Waal habla de muchas cosas interesantes, del impresionismo del que Charles fue mecenas al antisemitismo, pasando por la moda nipona en la Europa del XIX, tras el colapso del feudalismo en Japón. Hoy leo un pasaje muy interesante sobre esto último; uno que ilustra magníficamente cómo se escribe la historia del capitalismo:

«Sichel era un gran comerciante, pero no un antropólogo curioso u observador. En un opúsculo publicado en 1883, Notes d’un bibeloteur au Japon, escribió: “Para mí el país era una novedad total: si he de ser franco, la vida diaria no me interesaba en absoluto; lo único que quería era llevarme lacas del bazar. […] Por entonces Japón era un tesoro oculto de objetos de arte que uno podía adquirir a precios de ocasión. Las calles de las ciudades estaban llenas de tiendas de rarezas, telas y cosas empeñadas. Turbas de mercaderes se agolpaban a la puerta de uno al amanecer: vendedores de fukusa [papiros] o comerciantes de bronces que llevaban la mercancía en carretillas. Había incluso paseantes que muy de buena gana vendían los netsuke que sacaban de debajo del obi [la faja con que se ciñe el kimono]. El aluvión de ofertas era tan incesante que uno acababa abrumado de cansancio y casi de repulsión por comprar. Sin embargo, aquellos traficantes de objetos exóticos eran comerciantes amistosos. Actuaban de guías, regateaban en nombre de uno a cambio de una caja de dulces infantiles y sellaban tratos comerciales ofreciendo en honor de sus representados grandes banquetes que culminaban con cautivantes actuaciones de bailarinas y cantantes».

Japón —escribe De Waal— «era esa caja de dulces. Coleccionar allí despertaba una glotonería pasmosa. Sichel habla del impulso “de dévaliser le Japon”: de saquear o violar el país. Daimyo [señores feudales] en la indigencia que vendían sus reliquias, samuráis que vendían la espada, bailarinas que vendían el cuerpo (y transeúntes sus netsukes): todas estas historias eran una sola posibilidad ilimitada. Cualquiera podía vender cualquier cosa. Japón existía como una suerte de país paralelo de autorizada gratificación artística, comercial y sexual».

Esto de los samuráis vendiendo las espadas me trae a la memoria alguna escena de El fin del «homo sovieticus» de Svetlana Alexiévich, donde se habla de los veteranos de la Gran Guerra Patriótica que, en la Rusia madmaxizada de los noventa, se veían obligados a ir al rastro a vender sus medallas, para poder comer. Todos los colapsos de una civilización se parecen.


Lunes, 3/6/2024. Moriche: «Los llamados a «pasar a la ofensiva» son imaginería retórica destinada a desteñir con la primera lluvia. Ni estamos ni estaremos a la ofensiva. Estamos defendiendo y salvando lo que pueda salvarse: la tarea más noble y digna del mundo, a reivindicar con toda vehemencia y orgullo».

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Nos definen nuestros medios, no nuestros fines. Si nos definieran nuestros fines, todos los comunistas adorarían a John Lennon, porque en ninguna parte se expresa mejor el sueño comunista que en Imagine. Por eso hay que fiarse poco de la etiqueta que cada quien le ponga a su ideología. En lo que hay que fijarse, por encima o debajo de eso, es en su posición objetiva en la gran contienda del momento; en sus actos y tomas de partido cotidianas, concretas y reales.

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Hay gente que, más que una ideología, tiene un macrojuicio. En su cabeza no hay más que crímenes, culpables y cómplices; nada que se parezca a un proyecto. No intentan cambiar el guion de la película de catástrofes: solo el mensaje final sobre depuración de responsabilidades.

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La última ocurrencia de Pablo Iglesias es montar una funeraria de izquierdas, para gente que se quiera enterrar con la bandera republicana o la de la CNT. No se sabe si es broma o vera, pero solo que la haya pensado ya dice algo. Iglesias es empresario —en realidad nunca ha sido otra cosa— y sabe que el folclore de izquierdas es un nicho de mercado.

Bodas laicas, bautizos laicos, funerales laicos: not my cup of tea. No dejé de creer en Dios y abandoné la Iglesia y sus rituales para correr a reproducirlos con santos y rosarios distintos. Si me apuran, si se me obliga a punta de pistola a escoger unos, aún prefiero los eclesiásticos. Una vez fui a una boda cuya ceremonia era un refrito inenarrable de supuestas tradiciones cursis de distintas culturas —que si una cosa celta con velas, que si esto lo hacen los japoneses— y citas de El Principito. Para eso, prefiero la venerable predictibilidad de una misa. La necesidad de rituales y boato la comprendo aunque no la tenga, pero entre que me entierren con una bandera republicana y  al son de Si caigo en el camino hagan cantar mi fusil de Silvio y que un cura aburra a mis seres queridos en la capilla del tanatorio con una homilía enlatada, de verdad que prefiero lo segundo. No soporto la santería de izquierdas y cada vez la soporto menos. Me hace desconfiar. Generalmente, a más santitos, menos eficacia transformadora contante y sonante. Los santitos, el folclore, son un mecanismo de compensación.

No sé si parezco un defensor de la Santa Madre Iglesia, pero nada más lejos. Lo que pretendo decir es que el boato laico no repele menos que el eclesiástico, porque lo que me repele es el boato en sí, esa necesidad de autorregalarse ceremonias grandiosas. Y que el eclesiástico, al menos, tiene el atractivo de lo antiguo, y por encima de eso (y debido a eso), maneras rutinarias y desapegadas de celebrarse que me parecen mejor plan B (siendo el A la ausencia de ritual) que un ritual pomposo y hortera nuevo.

Escribo esto en Twitter y hay quien me recuerda mi entusiasmo con los funerales republicanos de Anita Sirgo y Aníbal Vázquez, o los de Berlinguer o Cunhal. Sí: yo también me emocioné con los primeros y me emociono cuando veo imágenes de los segundos. Qué se yo: menos de cinco contradicciones es dogmatismo, ya se sabe. Pero estoy dispuesto a dar una vuelta a qué me emociona de esos funerales, si el homenaje a gente que admiro o la cosa sublime de la muchísima gente junta en torno a un mismo sentimiento; la consecución por un segundo de la comunidad perfecta, sin grietas ni tensiones. Yo me he visto emocionarme hasta la lágrima con minutos de silencio en El Molinón en honor a próceres desconocidos y hasta sin absolutamente nada de admirable, porque treinta mil gargantas calladas de golpe escuchando la Marcha d’Antón el neñu no dejan de ser muy emocionantes. Pero eso es una emoción peligrosa, problemática, problematizable al menos. La comunidad perfecta, sin grietas ni tensiones, no existe, nunca existió y no puede existir. Y quienes nos pueden hacer creer en ella con un par de trucos no suelen pretender nada bueno.


Martes, 4/6/2024. La gran contienda del momento también es entre gente implacablemente segura de lo suyo, avasalladora como una riada, y esta calderilla nuestra de obsesivos exégetas de cada mínimo acontecimiento, para ver si hay que dar un sí rotundo, un sí critico, qué peguitas hay que poner… Necesitamos armar una conciencia política que brille como un relámpago en el instante del peligro; una que sea abiertamente —como la de ellos— intuición, resorte, prejuicio. Los prejuicios son —decían los reaccionarios a los ilustrados que querían razonarlo todo— saber milenario encapsulado, razón automática, regalo de nuestros ancestros. Necesitamos eso. Encapsular en forma de prejuicio todo el saber antifascista de nuestros antepasados. Y dejar de razonar, de ponderar, de escrutar, de analizar.

Hoy leemos la noticia de la agresión de un conocido nazi de Valladolid a un cómico en directo, mientras hacía su monólogo. Hace un tiempo había publicado —el nazi— una foto de su hijo y el otro había hecho un chiste sobre que de mayor el niño será gay y buenas pollas negras se comerá. Debido a ello hay gente de izquierdas que, aun defendiendo al cómico, corre a puntualizar que el chiste era inaceptable y que la agresión es, en algún grado, comprensible. Mal camino me parece. A mí mi prejuicio antifascista me dice que allá donde haya un nazi, hay un sujeto execrable, un malvado esférico, un belcebú sin cuento y sin excusa, quien sea que tenga enfrente o a quien ataque es de los nuestros, y con él hay que estar como si fuera familia. Me da exactamente igual el chiste.

Una de las que apoya al nazi es Bea Talegón. Dice que es madre y que los hijos son sagrados. La trayectoria mefítica de esta mujer es ya larga. De promesa blanca del PSOE —se hizo famosa cuando militaba en el partido, con un discurso denunciando la opulencia del aparato— a defensora de Putin, militante antivacunas, entusiasta del Procés, colaboradora de Junts per Cat y, ahora, justificadora de agresiones neonazis. De neonazis de caricatura, porque no hablamos de un nipster disimulado, sino de un dibujo de El Jueves; un armario con símbolos nazis tatuados y un reguero de alabanzas a Hitler y a terroristas de ultraderecha como Brenton Tarrant. Las convergencias de los cultic milieu que caracterizaba Colin Campbell, ese espacio de heterodoxias distintas de una misma ortodoxia que, siendo hasta contradictorias entre sí, acaban fusionándose en el odio a un enemigo común, son una cosa impresionante.

El proceso de Talegón lo veo clarísimo. Eres una socialista pacifista y naíf a la que le va lo hippie. Reconexión con la tierra, la naturaleza, estas cosas. Por ahí llega el antivacunismo. También un feminismo de la diferencia: la naturaleza de la mujer es ser tierra, crear vida, ser madre por encima de todo. La mercancía se va averiando. Vas detestando a quien se opone a todo eso y arrimándote a los que lo detestan también, aunque de partida no tengan que ver contigo. Resulta que a lo mejor sí lo tienen, después de todo: hablan de conexión con la tierra, de «lo natural», de que la misión de la mujer es ser madre. Mal no te suena. Tu candidez, tu cosa naíf, te hace tragarte hasta el último bulo conspiranoico, y esos nuevos amigos tuyos los tienen para aburrir. Vas viéndole a tu enemigo otro nivel de malignidad, va pareciéndote gente que no es gente normal equivocada, sino partícipes de una conjura satánica. Por pacifista que seas, contra Satán, contra quienes quieren envenenar a nuestros niños, vale todo. Vale Putin, que lucha por la tierra y «lo natural»; vale el nazi de los puñetazos, que es un padre que defiende a su hijo. Y ya se sabe que «si vis pacem para bellum». Pasito a pasito te has vuelto fascista sin darte ni cuenta, y como no ha habido caída del caballo, sino lenta evolución, no lo vives como transformación, sino como fidelidad a tus principios de siempre.

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Sales a la calle y piensas que la sensación apocalíptica que te ha procurado leer las noticias o el timeline de Twitter es exagerada. Hace sol, está todo florido, trinan los pájaros, pasa un tractor, la gente hace sus cosas con normalidad, charlas amigablemente con todos tus vecinos, hasta el alcalde de Vox es majete. Pero luego piensas que a lo mejor alguno de esos vecinos, después de charlar contigo con genuina amabilidad, se saca el móvil y se pone a whatsappear bulos de Alvise o memes sobre fusilar rojos. Y que el horror siempre prospera calladamente, bajo la superficie, hasta que es tarde.

El runrún interior (138)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).

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